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   Problemas y controversias

¿Interesa la estética al psicoanálisis? (II)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En lo que sigue, quisiera que el lector retenga esta anfibología que recae sobre el vocablo “imaginación”: se designa por él tanto la capacidad de forjar imágenes como de inventar; lo que impone una pregunta sin duda esencial ¿qué relación media entre la imaginación y su vínculo necesario con el continuo de las imágenes y la creación, que es por definición un acto discontinuo (como todo acto) que interrumpe el continuo de la imagen?
Hace tiempo, Massotta formuló una tesis que no parece haber llamado la atención: que el secreto de la represión consiste en la escisión entre la función escópica y la palabra1, que parece desarrollar una observación de Freud en sus “Estudios sobre la histeria”, que paso a transcribir: “En el retorno de imágenes uno tiene en general menos dificultades que en el de pensamientos; los histéricos, que en su mayoría son «visuales», no son tan difíciles para el analista como la gente con representaciones obsesivas. Una vez que una imagen afloró desde el recuerdo, es posible que uno le escuche al enfermo decir que se hace jirones y pierde nitidez en la misma medida en que él avanza en su descripción. El enfermo la desmonta, por así decir, al trasponerla en palabras.”2

Las imágenes, lo sabemos, tienen partes o fragmentos, no elementos. Un elemento es transportable: conserva su identidad –piénsese en los fonemas o en las letras del álgebra– en diversas combinaciones en las cuales adquiere valores también diversos. Una parte –sea parte de un dibujo, sea un detalle icónico cualquiera retenido en la memoria–, es sin duda transportable y rectificable, más allí su identidad relativa (todas las identidades son relativas, claro está) se pierde por completo. Ya lo sabía Freud ¿cómo traducir una negación en imágenes?
No obstante, y para evitar confusiones habituales, es preciso deslindar dos o tres cosas decisivas. No es lo mismo una imagen que un discurso dominado por lo imaginario. Si hablamos de discurso, ya nos instalamos en el nivel de lo discreto: son discretos los fonemas (una p no es más o menos p: o es p o no lo es) son discretos los elementos denominados sincategoremáticos, o sea los conectores: no, y, o, por lo tanto, etc.; y en general los morfemas y las reglas sintácticas, pero en el nivel semántico-retórico emerge algo extremadamente evidente, oculto a la vista: una cadena significante A es significada por otra cadena B, también significante; en un sentido estricto, la significación no está ni en A ni en B, sino entre una y otra. El aspecto discreto de esta operación queda expresado en el hecho de que para explicitar dicha significación habré de necesitar de una tercera cadena,3 aunque el aura de la significación continua, flotante, jamás se disipa: como un latido, a veces evidente, otras disimulado.

Nominamos para significar, pero la significación escapa a la nominación y entonces se comprende cómo hay dos actitudes básicas y contrapuestas: puedo abandonarme al flujo, también puedo intentar controlarlo mediante inventarios provisoriamente cerrados que, a la postre, implosionan4.
Algo más: el significado de una expresión es siempre virtual; cuando se actualiza salimos de los límites de la gramática. El significado es un hueco al que suponemos constante y en torno al cual gira una semántica que jamás puede escabullirse del equívoco, en el sentido estricto del término: no es equívoca una noción cuyos sentidos despejamos o más bien creemos despejar; el equívoco implica que los distintos sentidos se entrecruzan en todas direcciones sin que podamos efectuar un corte limpio al cual, de otra parte, no podemos renunciar.

Pero aquí es necesario avanzar en la distinción del estatuto de la imagen con el del discurso. Una imagen como tal, aunque su unidad descanse, en última instancia, en la posibilidad de contarla como al menos una, tiene una naturaleza continua, regida por la lógica de la parte y del todo. Con mayor rigor y usando términos matemáticos con cierta latitud intuitiva, podemos decir que un conjunto continuo tiene las propiedades de conexidad y de compacidad. Conexo por indivisible y compacto porque entre un elemento cualquiera del conjunto y otro puerden interponerse infinitos elementos que pertenecen al mismo conjunto.. Con cierta precaución podemos trasladar estas propiedades al orden de la figura.
Una figura se capta por los sentidos, es visible, se ve mientras que un elemento discreto, aquel que admite cortes entre elementos y elementos, como ocurre con la serie de los números enteros, se lee. Oposición radical, al menos en principio, entre la visión y la lectura, complementaria de la fascinación que lo continuo –un sonido, un color, una fuente luminosa– ejercen sobre el ánimo y que explica el carácter predominantemente icónico del los objetos fetichísticos fóbicos.
Ahora bien, la lógica de la imaginación admite transportes, desplazamientos, desgarramientos, tachaduras, inversiones entre elementos que en rigor son fragmentos y no elementos, porque carecen de latitud combinatoria: un elemento es invariable y conserva su invariabilidad entre combinaciones necesariamente variables.

El discurso, por el contrario, tiene una capa gramatical enteramente discreta, de elementos divisibles y no compactos. Es en cara significante, donde se manifiestan discontinuamente los fonemas, los morfemas y los paradigmas; mientras en el nivel semántico, ya comienzan los planos del continuo: el esfuerzo por constituir una semántica combinatoria, discreta, choca siempre con el equívoco del sentido y asimismo con su pérdida.
Por el momento y antes de entrar en el análisis de la Crítica del juicio de Kant, necesito deslindar mejor no sólo la diferencia entre imagen y discurso dominado por lo imaginario, sino entre este último y el discurso que llamaré, apelando a un término griego, dianoético.

Entre estos tres planos hay a la vez divergencias profundas y no menos convergencias que es preciso analizar.
Ahora bien, si el lenguaje tiene algún privilegio es precisamente porque alberga en su seno profundas heterogeneidades que la literatura encarna como su extremo: el caso extremo de la ley revela la naturaleza de la ley. (continuará)
_______________
1. Ritvo, J. B. “Incompatibilidad de la palabra con lo escópico”, en Conjetural Nº 20, abril de 1990.
2. Freud, S. “Estudios sobre la histeria”, Amorrortu, Buenos Aires, 1980, tomo II,p. 286.
3. ¿Necesito aclarar que un significante es en todos los casos una cadena significante condensada en un elemento discreto que puede ser menor que una palabra?
4. Incluso podemos hacer ambas cosas, pasar constantemente de una actitud a la otra: de practicar inventarios analíticos que al cerrarse nuevamente se abren, a dejarse llevar por el movimiento vivo del discurso.
 
 
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