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   Avatares de la asunción sexual

Encrucijadas de la sexualidad y límites del igualitarismo
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En estos tiempos en que tanto se exalta lo nuevo –“nuevas formas de familiaridad”, “nuevos síntomas”, “nuevas patologías”, etc., etc.,– y en los cuales, concomitantemente, se incurre en el predominio de lo bautizado como “líquido” (¡cuántos han hecho su agosto con esta metáfora!), sería bueno retroceder hacia adelante (valga el oxímoron…) para tomar una perspectiva más amplia. Es la diferencia entre los sexos la que está, como suele decirse con metáfora imprescindible, en el corazón del debate, algo tan evidente de suyo, que termina por olvidarse en polémicas encerradas en círculos sin salida.

En efecto, el feminismo grueso (los hay finos, sin duda…) habla impávido de “género”, como si supiera exactamente de qué habla; pero el psicoanálisis portátil que nos asfixia tiene a su disposición (o finge tenerlo, que no es lo mismo) el concepto de falo y a partir de aquí se encadenan las razones habituales y rituales: el falo que constituye a la clase de los seres sexuados opuesta binariamente a la colección de mujeres que carecen del rasgo y… etc., etc.
Pero el falo no es un concepto sino una metáfora radical, esa que representa a nada que esté allí de antemano, representante de una representación ausente1. Un concepto es segundo con respecto a las metáforas radicales o metáforas absolutas2; puede, reflexivamente, establecer los límites de una multiplicidad a condición de que una metáfora última lo sostenga como fundamento ante la ausencia de éste.
Lacan intentó en el seminario XX reducir el falo a un trazo, a un letra matemática, lo que es imposible porque la única letra que puede interesar al psicoanálisis (¿Es preciso recordar el texto sobre la carta robada que el propio Lacan deja de lado?) es la que a la vez está y no está allí donde está. La que se sustrae cuando se la localiza y retorna, una vez olvidada, en los intersticios del enunciado.
(Gaston Bachelard, continuamente evocado para sostener un racionalismo elemental, a propósito del trazo experimental en física, subraya una línea temblorosa, un verdadero arabesco que representa un “indeterminado de segunda aproximación”3. Es en este terreno que se sostienen tanto nuestras metáforas cuanto los conceptos en ellas apoyados.)

Es un hecho de experiencia que el órgano masculino está investido de un poder a la vez apremiante y extremadamente frágil: su analogía con lo eréctil y numinoso es tan evidente como la extrema dificultad para otorgarle un estatuto preciso. Enfrentamos una dificultad similar a la de los politólogos cuando tienen que definir el poder. No ignoramos que el poder es indivisible, y de allí el extremo embarazo que engendra la denominada división de poderes. Pero ¿cómo definir lo indivisible? ¿Cómo avanzar sin recurrir al mito?
(Basta leer con un poco de atención un texto argumentalmente tan riguroso como “La significación del falo”, para descubrir que el mito del resplandor, cobijado en la ilustración deslumbrante de los frescos de Pompeya, y cumbre sugestiva de una iniciación erótico-religiosa, domina completamente el escenario.)
Ahora bien, el falo4 sólo lo es en correlación con otro término, antagónico, tan antagónico como el orden con el caos. Entre los Bororos de Brasil, etnia estudiada por Lévi-Strauss, la estructura concéntrica de la representación social se expresa en el dualismo del conjunto central de la casa de los hombres y la periferia donde las mujeres, excluidas de los misterios de la religión, se dedican a las tareas domésticas.
Salteemos tiempo y espacio y vayamos a otra constelación: el pitagorismo del siglo V a.C.

Aristóteles (Metafísica, A 5, 985b 23) ha expuesto, en un primer esbozo de la historia de la filosofía, la tabla de las diez oposiciones cósmicas, dominadas por el eje impar/par, el primero limitado, el segundo ilimitado; todo lo que es par puede dividirse indefinidamente por dos, pero la unidad que se agrega, impar ella, en todos los sentidos del vocablo, viene a limitar la operación indefinida. El límite (péras) está del lado de lo uno (hen) opuesto a lo múltiple. Y así tenemos masculino y femenino, luz y oscuridad, derecho y curvo, estático y en movimiento.
Estas categorías han trabajado y aún trabajan la imaginación de Occidente: es lo que se llama tradición, que se transmite por vías traicioneras y traicionadas. Cabe, sin embargo, hacer una distinción que hoy alcanza su importancia para nosotros. La oposición Bororo entre el centro y la periferia es reductible a la polaridad activo/pasivo, es decir, a la oposición entre lo que posee la facultad de obrar y lo que carece de ella, de modo tal que entre uno y otro polo, constituyen una totalidad sin fisuras. La tabla pitagórica, por el contrario, la excede tanto en sus términos matemático –uno/ múltiple, impar/par– como en sus términos míticos: luz/oscuridad, o incluso morales, bueno/malo.
Basta ver una de las oposiciones, la aparentemente más inocua, la del cuadrado (tetrágonon), con el rectángulo u oblongo (heterómekes). El cuadrado posee una sola dimensión; el rectángulo dos, por su carácter intuitivamente “alargado”. Obsérvese la raíz del segundo: hetero; lo otro, lo diverso, lo que posee otra u otras dimensiones.

La dispersión, la multiplicidad que hiere “oscuramente” a la luz de la mismidad-una, es más profunda que la receptividad, característica esta que tampoco es reductible a pasividad.
¿No advertimos acaso que las concepciones de la sexualidad, al menos en Occidente, permanecen dentro de este esquema original, esquema del cual el psicoanálisis ha encontrado la clave, no por haber aportado una concepción distinta, sino por haber mostrado el carácter totalmente carente de fundamento de semejante oposición que confronta la medida fálica a la desmesura femenina?
¿No es visible que el saber contemporáneo, en lo que tiene de más fértil, ha virado rumbo al otro polo, el oscuro y denso de estos dualismos en el fondo no binarios, el que promete dispersión, heterogeneidad, raíces perdidas, excesos y excedentes, Dionisos que no Zeus, en suma hacia la feminidad?

(El feminismo, anticipado por Nietzsche, ha invertido la valoración de los términos en oposición. Así permanece en la misma cuadrícula de metáforas fundacionales –metáforas que sustituyen algo en el origen– volátiles, constantes, en su inconstante retorno. Sin embargo, aportó algo que está lejos de ser desdeñable: la caducidad del par activo/pasivo, historizable y disminuible a prejuicio acendrado; pero el falo, contra lo que cree Luce Irigaray5, está muy lejos de ser complacencia con respecto a la supuesta mismidad masculina, precisamente porque actúa a través de su eclipse; mas, desde luego, la heterotopía femenina en ningún caso es reductible a pasividad.)
Estos dos polos, uno de los cuales fecunda con su caos, pero poniendo en peligro un orden que, no obstante, se secaría y perdería vitalidad si careciera del empuje femenino, esta transmutación por entero ambigua, oscilante, que se ofrece por su costado zigzagueante, ajeno a la frontalidad de lo claro y distinto, transmutación que tal como lo advirtió Lacan con su peculiar lenguaje, carece de proporción, presenta dos problemas que objetan en profundidad mucho de lo que se elabora actualmente. En primer lugar, el fondo mismo de la oposición masculino/femenino se nos escapa irremisiblemente; y en segundo lugar, las demandas de igualdad, que potencian al máximo la lógica abstracta de la política de la democracia formal –un hombre un voto–, y de la cuantificación propia de la intercambiabilidad irrestricta de los objetos del mercado, chocan no sólo con el avance de la miseria relativa de las masas, sino, con respecto a nuestro tema, con la perturbadora e insuprimible distancia entre el hombre y la mujer; distancia que, para colmar el escándalo del buen sentido, es tan irredimible como injustificable.
Todo lo cual converge, en primer término, en el concepto de identificación sexual.

Hoy en día todo el mundo parece saber de qué habla cuando habla de identificaciones sexuales; es más, con frecuencia, se emplea la expresión “identidad”, absolutamente ruinosa.
Se ha dicho que toda verdadera virilidad presenta un aspecto de caricatura, esa caricatura que terminó de plasmar en Occidente y fundamentalmente en Europa, el siglo XIX.
Pero algo semejante bien podríamos sostener acerca de la mujer. Las identificaciones sexuales, si seguimos la vía trazada por Freud, que podemos criticar pero no superar, conducen a una encrucijada.
Las identificaciones sexuales –momento de cristalización de cada cual frente a una interpelación del Otro– se canalizan a través de imposturas necesarias. La paternidad, terceridad oscilante y repetitiva, la piedad femenina que renueva el lazo ambiguo con la madre, tomadas ambas, madre e hija, en la cadena del sufrimiento que las más de la veces se idealiza, y las menos se sublima, la receptividad ante el otro que no por azar califica a la mujer mejor que al hombre para el oficio analítico; estos tres significantes maestros –paternidad, piedad, receptividad– se vertebran a partir de contenidos extremadamente variables y sin duda fungibles, que son, en su extrema variabilidad, los que casi en exclusividad llaman la atención de una crítica que se pierde en el inventario de costumbres.

Es que las identificaciones sexuales no son patrones invariables del comportamiento humano sino respuestas entredichas a la demanda de amor, allí donde la posición del hombre y la de la mujer es antes pregunta que respuesta y problematización de las creencias que la sociedad aporta para consolidar cada posición sexual. ¿Y cómo se sostienen tales preguntas si no es a través de una cierta mascarada, de una cierta impostura tan frágil como necesaria6?
_____________________
1. Es Lacan quien ha distinguido en su “Subversión del sujeto” una metáfora radical, la cual, a diferencia de la metáfora corriente o secundaria, que se funda en la sustitución de un elemento por otro, y por existir en un comienzo sin origen, tan arbitrario como lo es un dicho primero, instaura algo en el lugar de nada.
2. “La metáfora absoluta, como hemos visto, irrumpe en un vacío, se proyecta sobre la tabula rasa de lo teóricamente incompletable;…” (Hans Blumenberg)
3. Bachelard, Gaston, La philosophie du non, PUF, Paris, 1973, p.99.
4. Desde luego, el valor fálico se capta en el lenguaje popular, no con los términos técnicos, asépticos. Por ejemplo, “choto”, que adquiere sentidos degradantes: “Me importa un choto”, o bien “Ése es un viejo choto”. Para no hablar de “verga”… El vergajo es la verga de toro que seca y retorcida se emplea como látigo.
5. En su Espéculo de la otra mujer (Akal, Madrid, 2007, p.33) Luce Irigaray, define al falo, más cerca de Derrida que de Freud, así “Emblema de la relación de apropiación del hombre con el origen”. Mas el falo sube a escena sus máscaras cuando esa relación de apropiación falla radicalmente. Pero alguna de las críticas a Freud son justas… Es cierto que Freud tuvo la honestidad de declarar que la oposición activo/pasivo no define por completo el par masculino/femenino; no obstante toda su construcción está basada en tal par.
La supuesta pasividad femenina (¡la histérica haciéndose la idiota!) reduce y encubre tanto la receptividad como la heterogeneidad nunca mejor caracterizada que en la protesta masculina acerca de la mujer que no entiende la totalidad y se pierde en los detalles.
6. Los movimientos gay y lésbicos hacen pendant a esta impostura. Más que aportar algo nuevo, semejante caricatura de la caricatura profundiza el atolladero que se confunde con el malestar en la cultura.
 
 
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