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   Entrevista

Silvia Wainsztein
  De la adolescencia al tercer despertar sexual
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Usted rescata a Oscar Masotta como su primer maestro, ¿qué de su enseñanza hizo traza en usted?

Oscar Masotta me enseñó a leer a Freud a la letra, lectura cuyo impacto perdura hasta hoy. El primer texto que abordamos fue “Más allá del principio del placer”, con lo cual la pulsión de muerte como fundamento del sujeto del inconsciente revirtió lo que había aprendido hasta entonces. Al poco tiempo empecé con él un grupo de estudios “de Lacan” –desconocido para mi y para mis coetáneos–, y ya con el primer texto que trabajamos,” La carta robada”, la traza quedó marcada como un real que inscribe un antes y un después en mi recorrido como analista, como así también en mi transcurrir por la vida. Tampoco puedo olvidar la escena en la que reunía a sus alumnos: un ambiente cargado de gatos que caminaban por nuestras faldas, la infaltable botella de whisky en la mesita ratona y el aire enrarecido por el humo de los cigarrillos. Todo ello también transmitía un clima descontracturado y descontextualizado de las escenas tan solemnes que investían a la mayoría de los analistas.

El otro hito fundamental está referido a mi entrada en la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Al momento de su fundación, Oscar Masotta nos invitó a los que integrábamos uno de sus grupos de estudio a entrar a la Escuela. Nos puso una condición: debíamos presentar un escrito para ser expuesto en el pequeño círculo que la constituía en esa época.
Es decir que el escrito pasó a tener valor de acto, cual rito de iniciación, como modo de pertenencia a una comunidad de analistas. No cumplía con ninguna regla de estandarización, tan común en las instituciones de aquella época.
Me enseñó a pensar, a articular conceptos que la lectura del Freud “cronológico”, me impedía. Y por sobre todas las cosas, a perderle el miedo al dogmatismo y a las ideas consagradas. Su relación con el arte en la época del Happening, se filtraba en su enseñanza tan creativa por cierto.

Por otra parte destaca a Isidoro Vegh como el primero en acompañarla a articular la teoría lacaniana con su práctica como analista. ¿Qué de aquel encuentro significó un sendero personal?

El espacio en el que Isidoro Vegh me acompañó a realizar dicha articulación, fue el análisis de control.
Es que en los ’70, nos analizábamos con analistas que eran de APA o de alguna institución derivada de aquella, y como dije anteriormente, la impronta que cundió en nuestro país fue la de la escuela kleiniana. Me daba cuenta que la teoría iba por un lado y la clínica por otro. Esta discordancia empezó a afectar mi propia práctica y a cuestionarme acerca de la transferencia, el fin de análisis, la interpretación, el número de sesiones, la duración de las mismas y el detonante fue la pregunta acerca de la interpretación por la vía del significante. Me sorprendió la escucha de Isidoro Vegh cada vez que llevaba el material de mis pacientes. Por ejemplo, qué quería decir interpretar desde la transferencia y no la transferencia. Se ocupaba de mi posición como analista y no tanto del material clínico que exponía. Me orientó en la escucha del significante, su relación con la letra y por lo tanto a que me despreocupara por el sentido, por el diagnóstico y por el juvenil furor curandi que me obsesionaba.

Su interés por la adolescencia y los adolescentes data de finales de la década del ’70. ¿Cómo surgen sus estudios y reflexiones sobre este período de la vida poco abordado por el psicoanálisis de aquellos tiempos?


Fueron varios años de estudios y reflexiones que despertaron mi interés por la adolescencia a partir del análisis con pacientes adultos.
La relectura del texto de Freud “Metamorfosis de la Pubertad” y algunas clases sueltas que circulaban en Buenos Aires del Seminario “Aún” de Lacan, me llevaron junto a mi amigo, colega y co autor del libro Adolescencia. Una lectura psicoanalítica, Enrique Millán, a postular la tesis que desarrollamos en los diferentes capítulos del libro. La pubertad como posición del sujeto en la estructura, porque es el tiempo del sellado del fantasma cuya condición es del orden de lo necesario, donde la relación entre el sujeto y el objeto que lo causa es exquisitamente singular.

Hablar de adolescencia en la época de los ‘70 en la parroquia lacaniana tenía tufillo a herejía. Se trataba de los comienzos del lacanismo en nuestra geografía, y la garantía de pertenencia era ser más papistas que el papa. Esto es, que se repetía sin cesar, que para el psicoanálisis sólo hay sujeto y además no hay tiempo cronológico. Pero el análisis con adolescentes requería del analista intervenciones específicas que había que fundamentar con rigor para no salirse del dogma. Fue una apuesta atrevida pero interesante por sus efectos. La adolescencia dejó su estatuto de psicología evolutiva como único modo de abordaje de la misma.

En Adolescencia. Una lectura psicoanalítica destaca las resistencias presentes en padres y analistas. En relación a quienes conducen estas curas, ¿cuáles son las resistencias más frecuentes y qué efectos producen?

La resistencia del analista se manifiesta cuando se identifica o con los padres o con el paciente. De resultas de lo cual su posibilidad de intervenir se encuentra restringida.

¿Qué derivas se pueden situar en los adolescentes a partir de los cambios producidos en la familia en las últimas décadas?


El tiempo de la adolescencia es un tiempo de deriva por el estallido que produce la discordia entre el cuerpo real y la imagen del mismo que el espejo devuelve, confirmada en la mirada de los otros. Esta mirada es inquietante para el adolescente. Las formas de las familias han cambiado en las últimas décadas. Estos cambios pueden incidir a favor o en contra según los sujetos que las componen. Hay familias de las que se dicen “normales”, “bien constituidas”, donde ocurren fenómenos extremos tales como relaciones incestuosas entre padres e hijos, entre hermanos, entre abuelos y nietos, cuya apariencia jamás haría sospechar este tipo de relaciones. Por otra parte, la posibilidad que tiene una mujer de engendrar un hijo cuyo donante de espermatozoides es anónimo, las parejas del mismo sexo que tienen hijos por adopción, por vientres alquilados y por tantos otros métodos que la ciencia moderna oferta, intentan restituir las formas de la familia cuyos efectos son impredecibles. Estas nuevas formas familiares nos exceden a veces en nuestro propio imaginario, por lo cual los analistas debemos estar advertidos de los prejuicios que nos habitan y aceptar que estas novedades no las comprendemos, las rechazamos o en el mejor de los casos nos atrevemos con ellas.

A fines de la década del ’60 Lacan planteó que la sexualidad había perdido algo del goce clandestino y transgresivo. A más de cuarenta años de esa formulación ¿qué piensa usted al respecto?

Cuando la sexualidad pierde algo del goce clandestino y transgresivo lo que pierde es la gracia del mismo. El destape sexual que se produjo a partir de los 60 confundió la represión de la sexualidad con la represión del inconsciente. La represión para el sujeto del inconsciente es fundante de la estructura. El término en su sentido común tiene otras connotaciones ligadas en algunos casos a la censura, a la prohibición de ciertas manifestaciones públicas y de otra índole. Cuando el goce de la sexualidad se hace público, lo que oculta es la inhibición del amor. El amor está devaluado en nuestra cultura y la insistencia en gozar del sexo tiene la coloratura del superyo que ordena gozar. El goce de la sexualidad es privado, por la singularidad del mismo en cada sujeto que lo ejerce. Es pertinente recordar el aforismo de Lacan que dice que “sólo el amor permite al goce condescender al deseo”.

Teniendo en cuenta la influencia de la cultura en la adolescencia y las transformaciones sustanciales que se produjeron en los vínculos en pocos años ¿se pueden avizorar cuáles serán las tendencias posibles que modifiquen nuevamente esta etapa da la vida?


Para mí es una pregunta difícil de responder porque no puedo hacer futurología. Puedo decir que la adolescencia en su esencia no cambia más allá de la cultura y de la época. Por eso hablo de la adolescencia como posición del sujeto en la estructura. Lo que cambian son las vestiduras que resultan de la influencia de la cultura y la época. Respecto a los vínculos también padecen de la volatilidad que señalamos antes respecto al Nombre del Padre. Volatilidad que notamos en los encuentros eróticos entre los jóvenes. En ocasiones, este tipo de vínculo se desplaza hacia el grupo de amigos que pasa a tener prioridad absoluta. La presencia del semejante se hace imprescindible y funciona de antídoto frente a la volatilidad de la cual hablamos. Nos encontramos también con jóvenes que frente a la carencia de normas recurren a la religión, a sectas de diferente índole, a movimientos ideológicos, etc., donde obtienen respuestas cuyas normas los estabilizan provisoriamente.

En la introducción de Los tres tiempos del despertar sexual señala que la práctica del psicoanálisis con analizantes que atraviesan la “edad media” de la vida la condujo al hallazgo de lo que llama “tercer despertar sexual”. ¿Qué entiende por tercer despertar sexual y como arribó a ese descubrimiento?


El tercer despertar sexual es una invención que se me ocurrió a partir del análisis con pacientes que atraviesan la “edad media” de la vida, y que no debe confundirse con la llamada “tercera edad”, que el discurso común nombra tomando en cuenta exclusivamente la cronología. Las condiciones de posibilidad de dicho despertar están determinadas por la muerte que se imaginariza en el horizonte. Hay un límite real cuya retroacción temporal puede adormecer al sujeto o mantenerlo despierto como sujeto deseante.
El tercer despertar es en relación a la sexualidad pero también a la sublimación de la pulsión, de la pulsión de muerte. Me encontré con analizantes que retomaron proyectos largamente postergados a lo largo de su vida, y que los llevaron a cabo con una intensidad poco usual y sorpresiva para ellos y para los otros de sus lazos sociales. La equivalencia entre la enfermedad por la edad, la vejez y la muerte debe ser interrogada por el analista teniendo en cuenta que siempre se trata del cuerpo sexuado para el ser parlante.
Después de largos años de darle vueltas al tema me atreví finalmente, primero a presentarlo en unas jornadas de la EFBA y ahora a publicarlo en el libro que usted menciona. Descubrirlo y nombrarlo como tercer despertar fue un hallazgo que no tenía en el menú de la teoría psicoanalítica. No tiene el carácter de la función ordinal de las matemáticas pero si la lógica modal.

En referencia a esto último agrega que “su función –la del tercer despertar– no es del orden de la estructura del sujeto” y que por eso lo plantea desde la modalidad lógica de lo contingente. ¿Cuál sería su función?

La modalidad lógica de lo contingente, es la del no todo cuya expresión retórica dice que puede darse o no darse. El tercer despertar no define la estructura del sujeto, es decir, que no es del orden de lo necesario como sí lo son el primer y el segundo despertar. Los encuentros azarosos funcionan en ocasiones como contingencias sin solución de continuidad que producen vacilaciones en la consistencia de fantasmas ligados a la vejez, la enfermedad y la muerte. Tiempo fecundo en un análisis para intervenir en la construcción de un nuevo fantasma, que promueva en el sujeto un deseo renovado. Para su eficacia se juega el deseo del analista en tanto función, que apueste al sujeto del deseo que será posible si se reanuda el sintagma freudiano “sexualidad y muerte”.

¿Cuáles son las manifestaciones que, de forma más frecuente, ha encontrado en la clínica a partir de las dificultades en este despertar?


Hay diferencias entre los hombres y las mujeres. Lo específico en las mujeres es el fin de la concepción y los cambios hormonales de la menopausia, que son instrumentados en ocasiones para justificar la renuncia al erotismo, confundiendo así el fin de la concepción con el fin de la sexualidad. El duelo por la pérdida de la fertilidad en las mujeres requiere de su elaboración. Cuando la mujer siente como pérdida sus encantos, el brillo fálico de su cuerpo frente a la mirada de los hombres, el verdadero duelo por la pérdida de la fertilidad se desplaza a la imagen del cuerpo, con su consecuente quebradura narcisista. La respuesta es el ofrecimiento del cuerpo a la enfermedad o a la frecuente visita a los quirófanos de la medicina estética.

El varón, teme por su órgano. Los síntomas de disfunción del mismo, son experimentados como signos de alguna enfermedad: la próstata, la hipertensión, la hipotensión, la diabetes y tantas otras. Sabemos que para el varón preocupado por su órgano, éste siempre es un obstáculo o la amenaza de un obstáculo que condiciona su goce fálico. Pero en la llamada “edad crítica”, como decía Freud, el argumento se sostiene en la enfermedad y en la vejez. Es cuando la sexualidad queda ensombrecida por al muerte, es cuando se renuncia a la misma para conservar la vida.
Señalo de este modo un tanto general, las dificultades que nos presentan estos pacientes y que nos desafían a apostar a la creación de un tercer despertar.

___________________
Silvia Wainsztein, psicoanalista es miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires desde su fundación. Ejerce su práctica en la ciudad de Buenos Aires. Ha colaborado en varios números de los Cuadernos Sigmund Freud. Presentó numerosos trabajos en congresos nacionales e internacionales que pueden consultarse en la página Web de la EFBA.
Es co autora del libro Los discursos y la cura junto a I. Vegh, S. Amigo, A. Flesler y A. Meghdessian, Editorial ACME y de Adolescencia. Una lectura psicoanalítica, en co autoria con E. Millán, Editorial El Megáfono. Autora del libro Los tres tiempos del despertar sexual, Editorial Letra Viva, 2013.
 
 
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