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   Problemas y controversias

El eros romántico y su genealogía
  Por Juan Bautista Ritvo  y El eros romántico y su genealogía
   
 
¿De qué se habla cuando se habla de “amor romántico”?
Se sabe que la palaba “romance” (en latín romanice) designaba en primer término a las lenguas romances, es decir, a las derivadas del latín. Luego, por sinécdoque, pasó a designar composiciones poéticas generadas en esas lenguas, las que generalmente hablaban de temas heroicos y amorosos. Del mismo vocablo derivó romanz, que significaba “lengua corriente o rústica” en el francés del siglo XVI, y que se oponía así a la lengua culta, el latín de los eruditos y del clero. Finalmente, una nueva sinécdoque comenzó a nombrar, bajo el significante roman, a las narraciones escritas en esa lengua.

Este complejo semántico tiene su epicentro en el siglo XII, en el que, como es notorio, se impone una nueva sensibilidad1. “Amor cortés” es un sintagma propuesto por un francés del siglo XIX, Gaston Paris, en el clima de revival con sabor a decadencia propio de la época y de su cultura burguesa, que recubre, no sin confusión, este acontecimiento. Cortés, obviamente, deriva de corte, es decir, de los ritos y reglas imperantes en una corte nobiliaria. Mas, es preciso aclararlo, tales ritos y reglas son, antes que nada aunque no exclusivamente, programas literarios2, los que llegan a moldear turbulencias y presentimientos : no constituyen un espejo de la realidad, sino la realidad del espejo: quien allí se contempla, llega a contemplar la plenitud de su ideal.

Habitualmente, la expresión recubre la lírica de los trovadores provenzales, es decir de la Francia meridional, donde imperaba la lengua de oc –de trobar, que deriva del latín tropare, “componer tropos”–, pero también se aplica a las aventuras y desventuras del amor caballeresco de las novelas en verso de la Francia septentrional, donde imperaba la lengua de oïl.
A pesar de la enormes diferencias de lengua, tema y estilo entre ambos dominios literarios, hay elementos en común que permiten que se use la expresión “amor cortés” con cierta latitud.
 En la “vida”3 que acompaña las canciones del trovador de Aquitania Bernart de Ventadorn, se nos dice que, habiendo sido acogido por el vizconde de Ventadorn, sedujo a su mujer y al ser descubierto tuvo que exiliarse mientras la esposa sufrió encierro. Lo mismo le ocurrió con la duquesa de Normandía: la amó y fue correspondido; finalmente el rey de Inglaterra la tomó por esposa y Bernart se quedó sin nada. Bernart, al cabo, tras haber hallado refugio en la corte de Raimon de Tolosa, se entregó a la orden religiosa Dalon, y allí murió.4
La más famosa de las historias de amor –la de Tristán e Isolda– que culmina con la muerte de los amantes, reune a un trío: Tristán, sobrino del rey Mark y la esposa de éste, Isolda.
En el relato de Thomas5, Tristán padece todas las vicisitudes de la sollicitudo, voz latina con la que los teólogos medievales6 identificaban la pasión sexual desmesurada, tentación que la humanidad ha heredado del pecado original de Adán, la que transforma la equilibrada delectatio en concupiscentia.

Así, a la teoría médica del coito constituida por tres elementos –espíritu (en el sentido antiguo de la palabra, todavía presente en Descartes y en sus “espíritus animales”) humor y apetito–, viene a superponerse la visión teológica para la cual, luego de la expulsión del Edén, el pensamiento (cogitatio) y la inquietud (sollicitudo) se tornan, de manera determinante en el varón, angustia, perturbación.
Como dice la leyenda, Tristán e Isolda murieron en el mismo día, él por ella, ella por él; mas ese final puso fin a la locura de Tristán, quien desde que fue sorprendido por el rey Mark en la cámara de Isolda, no ha cesado de sufrir.
Otro trío, quizá el más famoso de todos: Lanzarote del Lago, la reina Ginebra y el rey Arturo. El más noble de los caballeros traiciona al más noble de los reyes con la más hermosa y pura de las reinas; la libido homosexual es uno de los núcleos más notorios de la caballería mítica… (También de la histórica, sin duda.)
En la noche de amor entre Ginebra y Lanzarote, la herida de los dedos de éste, mancha las sábanas y se vuelve premonición del derrumbe del imperio artúrico7.

¿Cuál es el lazo de unión de estas historias mitopoéticas?
La institución matrimonial custodiada por el régimen eclesial, de la cual se deriva, más allá de las formalidades jurídicas, sin duda laxas con respecto a los campesinos, la estricta prohibición de la mujer del señor, uno de los bienes más preciados de éste.

Es sobre la transgresión de tal mandato que se elevará el juego triangular8 del Esposo, el Amante y la Dama. El epicentro de tal juego es el asalto erótico, el ensayo, que en la antigua lengua de oc, los trovadores llamaban assaig –“ensayo”, término que el catalán conserva para designar justamente a este género literario– retórica y fantasma del amor, del nuevo amor de Occidente, en un sentido bien distinto al pensado por de Rougemont9, el que se ve facilitado e incluso causado en el momento histórico en que se refuerza la institución matrimonial: fidelidad y traición forman parte de la misma trama.

Sobre ese asalto reglado, ha dicho con entera precisión Duby: “…el código amoroso imponía una minuciosa dosificación de tales favores y entonces la mujer volvía a coger la iniciativa. Se entregaba, pero por etapas. El ritual prescribía que ella aceptara primero que se la abrazara, ofreciera luego sus labios al beso, se abandonara después a ternuras cada vez más osadas, cuyo efecto era exacerbar el deseo del otro. Uno de los temas de la lírica cortés describe lo que hubiera podido ser el “ensayo” por excelencia, el assaig, como dicen los trovadores, experiencia decisiva a la que el amante soñaba con ser finalmente sometido y cuya imagen lo obsesionaba, le paralizaba la respiración.. Se veía acostado, desnudo, junto a la amada desnuda, autorizado a aprovechar esa proximidad carnal. Pero sólo hasta cierto punto, pues en última instancia la regla del juego le imponía contenerse, no apartarse, si quería mostrar su valor, de un pleno dominio del cuerpo.
Lo que cantaban los poetas, pues, retrasaba indefinidamente, remitía siempre al futuro en que la amada caería, en que su sirviente tomaría en ella su placer. Éste, el placer del hombre, estaba desplazado. No residía ya en la satisfacción, sino en la espera. El placer culminaba en el deseo mismo. Es precisamente en esto donde el amor cortés desvela su verdadera naturaleza: la onírica. El amor cortés concedía a la mujer un poder indudable. Pero mantenía ese poder en el interior de un campo bien definido, el de lo imaginario y del juego”10.

La formación social denominada neurosis obsesiva, que es el dialecto de la decepción elevada a sistema, también implica la declinación y cristalización mortífera de un juego que ya no impera porque no está abierto al vértigo del azar. La oposición entre dos términos puede servirnos de guía: dame y femme. Dame proviene del latín domina, y significa inicialmente “mujer noble”, “muy alta y muy potente”, como dicen los diccionarios. Por analogía pasará a designar Notre-Dame a la “Santa Virgen”.
Entretanto, el vocablo femina destacará las funciones juzgadas “inferiores”: la cualidad de producir hijos, o de ser esposa, amante o doméstica, y asimismo “débil mujer”. Como dice un verso de Atalía de Racine: Elle flotte, elle hésite; en un mot, elle est femme.
En el amor obsesivo, ambos términos han cesado de contaminarse: santidad y degradación habitan los extremos de la escala erótica –y uno bien puede decir, desde esta perspectiva, que la cura del obsesivo pasa por contaminar, fundir, mezclar ambos niveles hasta el punto de la incandescencia–.

Pero la separación sistemática de los términos, forma sistema con el sacramento matrimonial y su envés: la necesaria infidelidad de la fe jurada.
El horizonte matrimonial y la urgencia por escapar por el ensueño, la poesía o la búsqueda, digamos, cuerpo a cuerpo, de esta trama tornada trampa, no sólo establecen una tensión entre código de amor, casuística e interpretación, sino que esbozan una dialéctica inagotable, tanto que ha hecho temblar las pasiones de Occidente. El amor cortés y su misticismo de la Dama, artificioso y hasta por momentos pueril, tiene un inevitable contracanto en la degradación obscena de su objeto que en la misma época generan algunos troveros, al punto de que las proezas nocturnas, las proezas guerreras y la lírica de la Dama, llegan a marchar en paralelo sugestivo según las leyes de la extensión analógica11.
¿Qué decir del amor del caballero andante que realiza hazañas para conquistar la dama, enloqueciendo hasta afeminarse y así él también flota, vacila, cuando al final la dama ha sido conquistada?12

Tendrá, claro está, que volver a tomar las armas con los pretextos más retorcidos…Uno puede imaginarse qué pensamientos, que presentimientos toman a los lectores o auditores –más bien a estos últimos, claro– cuando en un bosque de símbolos perciben que la aventura puede perseguirse sin tregua y sin fin, de tal modo que todo se interrumpe por la vejez o el derrumbe o el cansancio y se caen los caballeros unos sobre otros con ruido a lata, como en el inquietante film Lancelote del Lago de Bresson, o les espera un muelle y sentimental fuego pálido de hogar anónimo.

Otrosí: el amor hasta la muerte, que encarna a la perfección Tristán, cuyo desdoblamiento refleja el carácter bifronte del vocablo folie. Fol luego Fou, designa, desde luego, la extravagancia y extravío del que ha perdido la razón; pero también el bufón que dice verdades tras el manto de una lengua desatada. El poema La folie Tristan comienza con el agonista sumido en la tristeza, pensativo y doliente, totalmente abatido, y sigue con el viaje a Bretaña, disfrazado de loco. En la corte de Mark y ante la reina Ysolt, despliega un juego patético: cuenta la verdadera historia de amor de Tristán e Isolda ante una reina espantada y ante un rey divertido porque el bufón le pide que le entregue a Ysolt para llevarla a una casa de cristal, entre las nubes y el cielo.13

¿Qué decir de esta duplicación bufa de una historia juzgada la más bella historia de amor y de muerte?
En el siglo XII nació una nueva sensibilidad; y lo que es más llamativo, en un mismo territorio del sur de Francia emergieron simultáneamente la herejía cátara, la lírica trovadoresca y la Cábala judía. Más allá de intentos sin sustento, no hay dudas de que las tres fuentes de Occidente tienen estructuras y alcances distintos que vienen a confluir, por vías infinitamente diversificadas, en la configuración de la modernidad: la exigencia de pureza y de retorno a las fuentes propias del movimiento cátaro, extirpada a sangre y fuego, renacerá con el protestantismo del siglo XVI; el romance de amor aflorará con rasgos vehementes y ya burgueses en el Sturm und Drang alemán y, desde luego, en Francia e Inglaterra, para transmitirse a todo el mundo civilizado; la Cábala tiene su extraña fascinación y sustento en la postulación de un comienzo que implica la pérdida del origen: la letra cabalística vuelve muda a la voz divina y la separación enigmática entre letra y sentido se convierte en la condición de toda interpretación.
___________________
1.    García Gual, Carlos, El redescubrimiento de la sensibilidad en el siglo XII, Akal, Madrid, 1997. Davenson, Henri, Les troubadours, Seuil, Paris, 1967.
2.    “Literario” significa aquí lo que escrito o formado verbalmente se hace para ser leído en alta voz. Lo cual, lejos de quitarle eficacia, dota al programa de cuerpo, cuerpo de voz. Muy lejos entonces del sentido actual de la letra.
3.    Todos los cancioneros están preludiados por siluetas legendarias de los cantores, llamadas precisamente vidas.
4.    Riquer de, Martín, Vida y amores de los trovadores y de sus damas, Acantilado, Barcelona, 2004.
5.    Béroul y Thomas, Tristán e Isolda. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1990. Bédier, Joseph, Le roman de Tristan et Iseut , (1900/1905) < Ebooks libres et gratuits>.
6.    Véase “Delectatio: The Physiology of Desire” , en el capítulo cuarto de Baldwin, John, The language of Sex, five voices from northern France around 1200, University Chicago Press, Chicago, Londo, 1994.
7.    Chrétien de Troyes, Lanzarote del Lago o el Caballero de la Carreta, (edición de Carlos García Gual y de Luis Alberto de Cuenca.) Labor, Barcelona, 1976.
8.    Duby, Georges, Mujeres del siglo XII, volumen III, Andrés Bello, Santiago de Chile, 1998. Del mismo autor véase la contribución “El modelo cortés”, en Duby y Perrot, Historia de las mujeres, La Edad Media, tomo III, Taurus, Madrid, 1992.
9.    Rougemont de, Denis, El amor y occidente, Editorial Leyenda, México, 1945. Todo el intento de de Rougemont está baldado por su intento de separar el amor específicamente cristiano o Ágape, convivial, pacificante, sacramental, del erotismo tristanesco, consagrado a la desdicha y a la muerte. Pero, lo hemos visto rápidamente, el amor cortés es impensable fuera de la ortodoxia cristiana, del mismo modo en que siglos después, las flores malignas de Baudelaire son inseparables del mundo cristiano.
10. Duby y Perrot, ob. cit. pp.302/303.
11.Bec, Pierre, edit., Burlesque et obscénité chez les troubadours, Stock/Moyen Age, Paris, 1984; Archer, Robert y Riquer de, Isabel, Contra las mujeres; poemas medievales de rechazo y vituperio, Quaderns Crema, Barcelona, 1998.
12. Ver Troyes de, Chrétien, “Yvain ou Le Chevalier au Lion”, en Poètes et romanciers du Moyen Age, Le Pléiade, NRF, Paris/Bruges, 1973.
13. La folie Tristan, (Anonyme), en ob. cit. en nota anterior.
 
 
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