Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Desencadenamientos

El analista ante el desencadenamiento.
  Acto y efectos
   
  Por Gabriel Belucci
   
 
Hace tiempo, recibí en el hospital la consulta de un adolescente en quien coincidían una formulación muy difusa de la demanda y el registro de una ostensible precariedad. Después de algunos acercamientos a mujeres, inducidos en parte por amigos, y en los que no se había concretado el acto sexual, el joven había comenzado a experimentar un marcado malestar, unido a una creciente desorientación. Un día, al contemplar su imagen en el espejo, lo invadió una sensación de extrañeza y, luego de hacerse algunos cortes superficiales –que, aclaró, no tuvieron intencionalidad suicida1–, comenzó a correr por la calle hasta perder el conocimiento. Su relato se tornaba en ese punto confuso y lagunoso.

A medida que desplegaba las circunstancias que lo habían traído a la consulta, dos cosas fueron quedando en claro. La primera, que cada vez que se bordeaba el tema de sus experiencias con mujeres, su decir se volvía impreciso o se detenía, mientras la mirada y el afecto se deslocalizaban, signos estos de una perplejidad que reclamaba mi cautela. La segunda, que su preocupación –cuando le fue posible articularla– iba exactamente en el sentido de saber de eso: me pidió, concretamente, que lo aconsejara sobre el abordaje de las mujeres.

Una disyuntiva se me planteó en este punto, pues habría sido riesgoso ubicarme en el lugar del que sabe, pero no lo era menos dejarlo sin orientación. Respondí recomendándole que por el momento pospusiera esos encuentros, hasta saber más de lo que le pasaba, y lo asistí en un trabajo que consistía en imaginar los distintos avatares pensables en esas situaciones, modos de sortearlos, límites. Ese doble movimiento introdujo con cierta rapidez puntos de referencia, e inauguró un trabajo posible.

Al borde del abismo. ¿Cómo sortear el riesgo de un desencadenamiento, especialmente cuando se nos presenta como un acontecimiento inminente? El breve testimonio anterior permite establecer dos puntos: hay allí alguna invención, y esa invención no carece de lógica.
No pocas consultas tienen lugar en sujetos de condición psicótica, en momentos en los que tambalean el o los soportes que les han permitido contrarrestar los efectos de la ausencia del Nombre-del-Padre en la estructura. En esto no hay diferencia entre quienes han cruzado ya el Rubicón del desencadenamiento y quienes no lo han hecho, pero en este segundo caso el daño potencial es mayor. Aunque sabemos hoy que no todos los sujetos psicóticos desencadenan la estructura del modo típico, sino que muchos logran reanudarla sin un deterioro importante, el peligro existe y evitarlo no es cosa desdeñable.

Lo que el recorte clínico presentado sugiere es que es posible una intervención a pesar de la fragilidad de un sujeto en estado de desamarre, más o menos consumado. Y que, pese a la urgencia que suelen conllevar esos momentos, hay un margen temporal en el que alguna maniobra es calculable.
Esa maniobra y sus efectos están sujetos a dos premisas que sostienen entre sí una tensión fecunda. Es fundamental, tal como vengo poniendo de relieve desde hace años, el mantener una posición de apertura que deponga en la escucha todo prejuicio acerca de aquello que, para cada sujeto y en cada momento, lo soporta, ha dejado de soportarlo o podría hacerlo. Esta ignorancia radical no es otra cosa que la modalidad propia del deseo del analista en un campo no ordenado por el universal del Padre. Pero esa apertura no es sin las formulaciones que nos legaron los grandes nombres del psicoanálisis, y que una amplia experiencia clínica ha permitido depurar, al modo de la escritura de series lógicas. En esto estamos hoy en un punto bien distinto de hace apenas dos décadas, en lo tocante al tratamiento de las psicosis. Los veinticinco años que nos anteceden serán con toda probabilidad recordados como la época en la que el tratamiento de las psicosis dejó de ser una mera promesa o apenas un esbozo, y en la que algunas de sus posibilidades fueron formalizadas de modo riguroso. Ahora bien, ¿cuál es la lógica, aquí señalada, que nos orienta en nuestro cálculo?

Soportes, contingencias Sigue siendo una de las mayores contribuciones de Jacques Lacan el haber definido la operación constitutiva de las psicosis. Aun con la reformulación de su última enseñanza, la forclusión del Nombre-del-Padre permite concebir la diferencia estructural que determina que, en los hechos, ningún psicótico se transforme en neurótico (o, para el caso, en perverso) y viceversa.
Lo que la última enseñanza de Lacan aporta es, entre otras cosas, la idea de que hay distintos modos en los que la estructura se anuda y desanuda, y distintos soportes2 que le permiten al sujeto hacer con su condición estructural. Y no sólo eso, sino que esos diversos soportes pueden tanto sucederse en el tiempo como coexistir, lo que le confiere a la clínica (y a nuestra maniobra allí) una nueva complejidad.

No pretenderé aquí agotar la cuestión, pero no quiero dejar de hacer sobre este punto dos consideraciones. La primera concierne a la variedad de recursos que son elevados por el sujeto a esa función de soporte. Esa variedad sólo puede escribirse como una serie abierta, en permanente reformulación. Menciono aquí algunos. A las consistencias imaginarias que cumplen ese papel, ya delineadas en el Seminario 3 (vínculos especulares, “personalidades como si”, hábitos más o menos rígidos), pueden agregarse el valor del nombre, de la obra, ciertas adhesiones ideológicas, algunas intervenciones sobre el cuerpo (o que hacen cuerpo, para ser más exactos), incluso determinadas sustancias. Cada una de ellas, y por supuesto sus posibles combinaciones, son soluciones que encontramos una y otra vez bajo distintas formas y que –lo subrayo otra vez– lejos están de excluir otras.

La segunda observación está referida a la muy variable eficacia de esos recursos que el sujeto instrumenta para ordenar de algún modo su relación al Otro. Están, en un extremo, aquellas situaciones en las que nada hizo de contrapeso eficaz a las consecuencias de la forclusión del Nombre-del-Padre, caracterizadas como psicosis infantiles. En ellas, la condición de estructura se manifestó “ruidosamente” desde el origen, y no huelga la pregunta de por qué fue así. En otros casos hubo algún soporte, pero lo suficientemente lábil como para desarmarse ante el embate pulsional o el encuentro con el otro sexuado en la adolescencia o la primera juventud. Son las llamadas “hebefrenias”. Otras veces el recurso puesto en obra por el sujeto pudo funcionar durante décadas, y sólo dejó de ser operativo en fecha tardía, a raíz de alguna contingencia de la vida (Schreber es buen ejemplo de ello). Están, finalmente, aquellos casos en los que a una solución eficaz se agrega el que ninguna contingencia de la vida la haya hecho inoperante, y que permanecen en estado de psicosis no desencadenadas, sin olvidar a quienes logran reanudar la estructura sin secuelas apreciables luego de algún desanudamiento.
He hecho mención de las contingencias, porque en efecto se trata de ellas. Lo que nombramos defensa se organiza como una respuesta a lo que, inevitablemente, se nos presenta sin cálculo posible, siendo la vida, entonces, eso que desorganiza nuestros planes. Si la neurosis puede pensarse como una máquina de neutralizar las contingencias de la vida y transformarlas en pura reedición, las psicosis tienen con ellas una relación más precaria. He insistido en otro lugar3 sobre la importancia que reviste para el sujeto psicótico la “ganancia de saber” que muchas veces adviene en el tratamiento, y que hace posible al menos cierta anticipación. Sigo sosteniéndolo. Agrego ahora que, junto con esto, resulta crucial que prestemos nuestro auspicio al trabajo que, en las psicosis, el propio sujeto realiza para –entre otros fines– hacer con esas contingencias que el vivir conlleva.

El quehacer del analista. Volvamos al desencadenamiento. He remarcado que no se trata de un momento puntiforme, sino de una zona en la que la dimensión de la urgencia converge con cierto espacio para la lectura y la intervención, y que no siempre desemboca en una debacle estructural. Ahí, precisamente, hacemos nuestra apuesta, en ese “no siempre”, así como en el hecho de que, incluso cuando el desencadenamiento acontezca, sus consecuencias pueden ser de muy distinta magnitud.

Serán precisas, en primer término, una escucha atenta y una lectura de las circunstancias que rodean el desamarre subjetivo, así como del antes en el que las respuestas del sujeto eran eficaces. Esa lectura involucra al Otro y a los otros, y de modo fundamental a la constelación familiar.
Con frecuencia, es preciso además estatuir alguna barrera al exceso insoportable cuya salida podría ser de otro modo el pasaje al acto. Otros han destacado ya el compromiso del analista en esta empresa, al hacer terciar la dimensión de alguna ley4. He subrayado, al respecto, la importancia de que ello se efectúe no como imperativo, sino habilitando ese margen en el que el sujeto existe como respuesta al Otro5. No está excluido, desde luego, que ante ese exceso no regulado podamos usar también las herramientas que ponen a nuestro alcance la ley jurídica, la institución hospitalaria y la farmacología, a condición de no utilizarlas de un modo mecánico o acrítico, ni confundirlas con una solución efectiva.
Lo decisivo será, ante todo, la transferencia, cuya estructura en las psicosis ha sido precisada en los últimos años. De sus distintas dimensiones, acentuaré la importancia de aquella que involucra un otro más amable, vaciado de goce, y que tiene como correlato la introducción de algún objeto que opere en acto la extracción que en la estructura no está garantizada6. Encontrar o producir ese objeto suele ser la maniobra liminar del “tratamiento posible”, fundante de las escansiones en las que va a desarrollarse. No pocas veces, también, seremos convocados al lugar de destinatarios de un testimonio del pathos que así encuentra alguna inscripción.
En cuanto a las modalidades de nuestra intervención, recordaré que son tan escasas en sus tipos como variables en su forma. Descartada la interpretación, que supone la operación de la metáfora, quedan abiertos el recurso a la construcción y aquellos actos en los que hacemos constar nuestro deseo de analistas.

La construcción, como entramado lógico, ha sido objeto en fecha reciente de una creciente atención centrada en sus usos en el tratamiento de las psicosis7. Está pendiente una elaboración sistemática de esos usos, hasta donde los hechos clínicos permitan abordarla. Entre los que nos son consabidos, mencionaré por su papel en circunstancias críticas aquel que implica la extracción del decir del sujeto de las coordenadas que hacen legible su urgencia y pensable algún camino de salida. También, en muchos casos, el establecimiento de un relato que venga al lugar de la historia nunca escrita, del Edipo ausente.

En cuanto al acto, con seguridad la menos calculable y formalizable de nuestras intervenciones, si hay una orientación que los articula en el tratamiento de las psicosis, podríamos enunciarla de este modo: favorecer aquellos movimientos que introduzcan y mantengan abierto un clivaje, una separación posible del sujeto con respecto a un Otro ante el cual, de otro modo, quedaría reducido a un puro objeto de su goce. Sostener un saludo, escuchar una interpelación espontánea en un bar hospitalario, habilitar un viaje que tiene como precondición la existencia de un lugar al que regresar, señalar que determinada actividad productiva representa no sólo un medio económico, sino la posibilidad de una circulación no encontrada de otro modo, gestos que fuera de su contexto pueden parecer nimios, en su debido marco pueden erigirse en otros tantos actos restitutivos del sujeto, mientras prosigue el trabajo hacia el restablecimiento de algún soporte o la institución de uno nuevo. Ese trabajo, hay que resaltarlo, es del sujeto. Reivindicamos para nosotros, analistas, la dignidad del que acompaña.
____________________
1.     Podríamos pensar topológicamente esta acción como el intento de producir algún corte que diera consistencia a la superficie corporal.
2.     Utilizo aquí el término “soportes” para evitar “suplencias”, que si bien es más preciso está sujeto a una discusión no saldada con respecto a su alcance.
3.     Cf. BELUCCI, G., “Desencadenamiento: la anticipación como estrategia”. En: Imago Agenda, Nº 143, septiembre de 2010, pp. 18-20.
4.     En particular, Colette Soler, bajo la figura de la “orientación de goce”. Cf. SOLER, C., Estudios sobre la psicosis, Manantial, Buenos Aires, 1992, p. 10.
5.     Cf. BELUCCI, G., Psicosis: de la estructura al tratamiento, Letra Viva, Buenos Aires, 2009, pp. 154-155.
6.     Aquí, nuestra deuda con los aportes de Élida Fernández e Isidoro Vegh.
7.     Mencionaremos en especial lo trabajado por Catherine Kolko. Cf. KOLKO, C., Los ausentes de la memoria. Figuras de lo impensado, Homo Sapiens, Rosario, 2001.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 191 | septiembre 2015 | El silencio en el análisis  Modalidades diferenciales y quehacer del analista
» Imago Agenda Nº 188 | enero 2015 | Acompañamiento Terapéutico y psicosis  Articulador de lo real, simbólico e imaginario
» Imago Agenda Nº 186 | noviembre 2014 | Entre «dispositivos» y «rizomas»: la Ética del caso por caso 
» Imago Agenda Nº 178 | enero 2014 | Lo escrito de un análisis. Repetición y diferencia 
» Imago Agenda Nº 160 | junio 2012 | El trauma, revisitado. Apuntes lógicos y clínicos 
» Imago Agenda Nº 148 | abril 2011 | Después del manicomio: ¿qué salida? 
» Imago Agenda Nº 143 | septiembre 2010 | Desencadenamiento: la anticipación como estrategia 
» Imago Agenda Nº 137 | marzo 2010 | El malentendido de la Verwerfung 
» Imago Agenda Nº 133 | septiembre 2009 | Semblante y escena institucional 
» Imago Agenda Nº 127 | marzo 2009 | Tres dispositivos: análisis, supervisión, comentario 
» Imago Agenda Nº 123 | septiembre 2008 | Acerca de lo "prehistórico" en Freud 
» Imago Agenda Nº 117 | marzo 2008 | Hacia una estética del intervalo 
» Imago Agenda Nº 107 | marzo 2007 | El analista en el Hospital:  entre la estética del sacrificio y una (posible) ética.

 

 
» La Tercera
Formación en Psicoanálisis  Inicio abril 2018 - reuniones informativas
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com