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   Problemas y controversias

Incógnitas de la metáfora
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Uno de los problemas decisivos que ofrece la concepción de la metáfora radica en la imposibilidad de captar su dinamismo creador con conceptos estáticos. Ni la noción de sustitución ni mucho menos la de proporción son satisfactorias, porque dejan de lado el hecho esencial de que entre el sintagma metaforizado y el metaforizante, existen relaciones de transformación recíprocas tales que el devenir del conjunto escapa a toda formalización.
Mas antes de justificar esta perspectiva, es preciso localizar los problemas que la lectura de Lacan suscita.
Empecemos por el final de “La instancia de la letra”, allí donde Lacan dice, acentuando el verbo, que el síntoma es una metáfora tanto como el deseo es una metonimia, tras haber afirmado que “si el síntoma es una metáfora, no es una metáfora decirlo”.

Se comprende de inmediato adónde se dirige Lacan: la metáfora no es un recurso didáctico, –y el mismo razonamiento vale para la metonimia– no es un modo de hablar analógico acerca de algo que se constituye de otra manera; la metáfora constituye al síntoma.
Sin embargo, el ejemplo de metáfora que proporciona la misma “Instancia”, me refiero a la gavilla de Booz que viene a representar su renacida potencia fálica, es no sólo escolar, elemental y hasta inútil –identificar la potencia fálica con la gavilla no aporta nada a la comprensión del poema ni al psicoanálisis, ya que una figura debe ser un mecanismo de elaboración productiva, no de mera taxonomía– sino tomado totalmente por la simple analogía que Lacan quiere dejar de lado en beneficio de la sustitución1. Mas, cabe preguntarse: ¿es la sustitución la que engendra la metáfora o está motivada por alguna semejanza previa?

(Esta pregunta, puede advertirlo el lector, es un callejón sin salida, quizá inevitable toda vez que se dejan de lado las categorías freudianas llamadas condensación y desplazamiento, más originarias a mi juicio que la sustitución. El desplazamiento descentra a partir de un centro ausente. Alguien que no lloró cuando murió su amante, lo hace ante la vista de una prenda íntima; pero la prenda es un objeto y lleva su nombre, la muerte no es un término sino un abismo. En cuanto a la condensación, se burla de la oposición entre significante y significado. Es el sueño que trata a las palabras como cosas y a las cosas como palabras, el que puede darnos una pista sobre el alcance de la condensación.)
Agrego otra pregunta: si la que Lacan denomina metonimia está orientada por el deseo de Otra cosa, y si el deseo se engendra en la carencia de ser2, cabe interrogarse: ¿la metonimia es una figura o más bien un aspecto instituyente de la misma metáfora?

Voy a continuar y durante un cierto tiempo y por espacio de varias notas, con las preguntas.
Cuando la Instancia sostiene que decir que el síntoma es una metáfora ya no es metáfora, genera en el ánimo del lector una asociación inevitable: el decir metalingüístico es un concepto. Pero, ¿cuál es el estatuto del concepto en psicoanálisis?
Asombra la escasa preocupación al respecto…
La tradición afirma que el concepto es un procedimiento general de descripción y de comprensión. Desde luego, esta consideración, tan propia de manual, tiende a distraernos de la molesta evidencia de que cada vez que se quiere definir la noción con mayor precisión, se tendrá que tomar posición inmediatamente sea con respecto al racionalismo, sea con respecto al empirismo, sea con respecto a las nociones a priori, sea con respecto a las nociones a posteriori, y así sucesivamente…

Que yo sepa, Lacan caracterizó –no digo definió– el término en una sola oportunidad y fue en los “Cuatro conceptos”.
Dice en el capítulo segundo de este seminario, denominado “El inconsciente freudiano y el nuestro”: “… nuestra concepción del concepto implica que éste siempre se establece como una aproximación que no deja de estar relacionada con lo que nos impone, como forma, el cálculo infinitesimal. Si el concepto se modela en efecto en una aproximación a la realidad a la que está hecho para captar, no es más que por un salto, un paso al límite, que se acaba al realizarse. Por eso, nos vemos requeridos a decir en qué puede acabarse –diré, bajo la forma de una cantidad finita– la elaboración conceptual que se llama el inconsciente”.

Un infinitésimo, más que un número es una tendencia: una cantidad siempre mayor que cero y menor que cualquier cantidad finita que pueda concebirse. Así, el cálculo efectivo siempre culmina –es precisamente su límite– en una cantidad finita. La analogía es interesante, pero nada puede definir con algún grado de precisión por la sencilla razón de que el cálculo inifinitesimal –como por otra parte cualquier clase de cálculo– versa sobre sistemas de cuantificación y las realidades del inconsciente admiten cantidades, sí, pero se trata de montos indeterminados que se aprehenden a partir de su significación cualitativa.
¿Qué sentido pueden adquirir en psicoanálisis términos tales como “derivadas” o “series infinitas” o “integrales”?

Sin duda, se trata de una sugerencia que algún valor cualitativo posee, en tanto indica que las realidades que captura el concepto, exceden el momento de cierre.
También se podría agregar, con cierta causticidad, que no necesitábamos de la apelación al cálculo infinitesimal para descubrir algo tan elemental.
El problema central es el de la univocidad, íntimamente ligado a la noción de síntesis.
Aunque existan múltiples versiones del concepto, tantas como teorías epistémicas hay, todas sin excepción ponen el acento sobre dos cuestiones: la univocidad y la síntesis.
Un concepto tiene que ser unívoco y sintético. Ahora bien, en psicoanálisis afirmamos que el equívoco es una propiedad irrebasable del significante y que la noción de síntesis, si bien resulta prácticamente ineludible, encierra demasiadas trampas, la principal de las cuales implica el velamiento de la carencia.

Están aquí en juego problemas inmensos, sin duda relacionados con la exhaustividad y en no menor medida con la represión. Tópicamente el concepto no es inconsciente, pero reclama un cierto estado de la represión estrechamente relacionado con el síntoma, para poder constituirse. Alguna vez habrá que presentar la serie angustia, síntoma y concepto, con el mismo grado de rigor que la tríada freudiana inhibición, síntoma y angustia.
Quiero decir: si la metapsicología del concepto necesita de un metalenguaje particular, éste no puede gestarse por afuera del síntoma, pero tampoco puede permanecer tomado en su interior, como si fuera su envoltura racionalizante; en este vaivén entre alejarse y acercarse, entre estar concernido –en cierto modo el síntoma es un límite para todas las operaciones teóricas–, y sin embargo poder, necesariamente poder ganar una distancia digamos sublimatoria, se delinean los contornos de una cuestión quizá tan vieja como el Logos, pero que ahora, en la época de advenimiento del inconsciente, adquiere una actualidad candente.
Las discusiones acerca del título del seminario XI –¿Los cuatro conceptos o simplemente Cuatro conceptos?– son reveladoras. El primer título, el oficial, tiende a la exhaustividad: los fundamentales son cuatro y sólo cuatro. En el segundo se dice que de hecho se van a tratar cuatro entre otros cuyo número no es determinado.
En algún punto, la discusión es insaldable, porque se necesitaría la distinción entre términos originales y derivados desde los primeros según las reglas de un procedimiento formal, para que se justificara taxativamente la existencia de una serie cerrada.

Mas de otro lado, sabemos que no podemos yuxtaponer los conceptos sin que guarden relaciones de orden entre ellos.
Entonces ¿qué es el concepto en psicoanálisis y cuál su tópica?
Para contestar es preciso retornar a la metáfora, cuyo estatuto está muy lejos de estar asegurado.
________________
1. La susodicha gavilla está asociada al valor de intercambio, el poder y la fecundidad: desde este punto de vista la sustitución está absolutamente motivada.
2. La concepción que Lacan tiene de la metonimia no es unívoca, pero si uno observa con atención ese patch-work que es la “Instancia”, se advertirá que esta figura es un anticipo de la función que ulteriormente tendrá el objeto a.
 
 
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