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   Problemas y controversias

Acerca de la certeza (tercera parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Esta última expresión –“El emisor recibe del receptor su propio mensaje (certeza) en forma invertida”– puede orientar al menos preliminarmente el examen de la noción de certeza.
Aclaraciones: 1) la certeza no es pregunta sino respuesta a un apremio que nos llega de afuera, pero 2) la respuesta implica necesariamente una decisión, mas 3) se trata de la decisión que sobreviene a una objeción que también proviene del Otro.

El sujeto de la certeza posee una textura muy diversa de la que supone la psicología. Para la psicología –y en este plural abusivo podemos incluir sin dudar a todas las corrientes psicológicas, sean las que fueran– yo conozco mis propios pensamientos del mismo modo que desconozco los de los otros. Desde luego, los otros son para mí incógnitas difíciles de despejar, y por una razón compartida: tanto los otros como yo estamos separados de nuestros pensamientos –de nuestras palabras por venir, esas que cuando vienen lo hacen de otra manera, desplazadamente– por la barrera del inconsciente.
La presencia de otro que represente al Otro, siquiera sea momentáneamente, fomenta la represión, incrementa el rechazo y lo hace de manera ambivalente, puesto que esa misma presencia me constriñe, de forma alterna, a descubrirme a mí mismo en algo que me adviene desde afuera.

Dice una paciente: “Descubrí hasta qué punto estaba comprometida con él cuando acepté acompañarlo a una fiesta”.
En esta frase se despliega un juego dramático: hay una invitación que entraña una objeción potencial o quizá un desafío, luego hay, del lado de la interpelada, vacilación, duda, y finalmente una conclusión –que literalmente es decisión– que cierne desde el Otro la certeza. ¿La certeza era anterior a la invitación? Si fuera así, la decisión no sería otra cosa que mera expresión de algo previo. Por una cuestión de método, no llamaría certeza a tales casos. En cambio, en el ejemplo evocado, la certeza es anterior sólo porque una decisión acaba de constituirla de forma retroactiva. Es el mismo esquema temporal que organiza los vínculos del trauma y el síntoma subsiguiente.
Pero correlativamente esto quiere decir que la certeza –o mejor, el plexo de certezas que juegan entre sí corrigiéndose, fortificándose o al revés, debilitándose– está constituida por un organismo cuya especificidad es traumática.
No hay certeza sin choque, sin choque y sin pérdida.

Lacan decía que el término mayor es certeza y no verdad; afirmación que podemos leer de diversas maneras, aunque la más elemental sea la siguiente: certeza y verdad no forman parte del mismo conjunto pese a sus imbricaciones solidarias; no hay la una sin la otra, pero ambas se exceden. La verdad, si cabe definir su carácter eminente, es el exterior que irrumpe en el interior entreabierto a ese mismo exterior; la certeza es el momento a la vez puntual y evanescente en que interior y exterior, suspendiendo su distancia, se tocan fulminantemente.

La revelación que precede a la certeza y que alcanza en ésta su plenitud, antes de eclipsarse nuevamente, equivale a “verdad”. Podríamos decir, de manera un tanto convencional, que la certeza es la subjetivación de la verdad, a condición de no cosificar los términos. Es que la subjetivación no es una vuelta al interior de cada cual, sino la puesta en exterioridad de un interior que se despliega replegándose y la certidumbre de que existe un afuera donde todos nos comunicamos. El lugar donde nos constituimos, es precisamente el lugar del cual estamos exiliados para siempre. De tal manera, una frontera exterior con efectos internos, nos lleva a esa desposesión que nos incumbe, haciendo de cada cual un pliegue único de una trama que nos excluye en común.

Cada uno de nosotros puede decir: Yo soy, en ese giro único que me excluye, con otros que participan de un mismo pero no idéntico exilio.
Ahora bien, si la certeza tiene este carácter agonal –es la recepción1 de una verdad que literalmente pasa– y que por eso mismo implica la repetición, entonces no hay certeza fuera del circuito de la repetición.
Nadie puede esgrimirla desde la perspectiva de la llamada “fe animal” a que me referí en una nota anterior. La fe animal o fe perceptiva, para emplear el vocabulario de Merlau-Ponty, es el correlato de un juicio de imposibilidad. Es imposible, pongo por caso, un caso sin duda nada incidental, rehusarle existencia al prójimo. Es el nivel de lo que Lacan denominó afirmación primordial2. Pero las certezas acerca del inconsciente y sus formaciones, son de otra naturaleza: se hacen y rehacen de continuo y es la razón por la cual no podemos, como hacen tantos, quizá la mayoría, pensarlas como un piso estable en el cual apoyarse para siempre. La certeza es el correlato de un juicio de posibilidad que reclama la puesta en cuestión de la imposibilidad que es nuestro límite.

Así, la certeza de Freud acerca de sus sueños, proviene de la imposibilidad de representar el contenido del sueño soñado durante la noche. Ese obstáculo constriñe a un rodeo que lo obliga a darle relieve de verdad a los notorios desequilibrios de los relatos oníricos. La fragilidad inventa pruebas que se anticipan a la certeza y terminan por darle sustento.
¿No habremos confundido certeza con creencia? En lo que respecta a la creencia, el que cree siempre es el otro, como representante del Otro: ¿cómo no voy a ser lacaniano si mi maestro lo es y también lo son mis amigos y tanta gente que aparece hablando con mi vocabulario y mis guiños y mis gestos de reconocimiento en tanta reunión social, congreso, jornada, debate? ¿Cómo no voy a serlo si tanto señor o señora importante suele repetir, ante un auditorio embobado, y del modo más teatralmente impune, el abecedario de rutina que oímos una y mil veces como ensalmo, siempre con las palabras inevitables y esperadas? El poder de la Iglesia, hoy tambaleante en sus mismos cimientos simbólicos, se fundó en esa transferencia convertida en sugestión; el que cree en el Infierno es el otro: yo, como otro, me pliego al arzobispo, al cura, a papá, a mamá: ellos sí supuestamente creen.

Una prueba experimental: cuando alguien que no participa de nuestras consignas y de nuestros códigos, alguien para el cual el uso de “significante”, “libido”, “pulsión”, etc. es sospechoso o al menos cuestionable, cuando ese alguien entonces nos discute a fondo, pensamos, primero que nada, ya sin el refugio anhelado de la jerga de la tribu, que fomenta los lazos de complicidad, en lo que hemos oído de boca de nuestros maestros, grandes y pequeños… Si ellos creen o han creído, ¡cómo podríamos nosotros no creer!
Descubrimos así, de golpe, por qué el tema de la certeza ha sido pasado por alto como problema: confundir certeza con creencia es también una manera de no interrogar el falso suelo en el que se soporta una estructura cuyas grietas podemos avizorar.
_________________
1. Una recepción a la que podemos otorgarle el nombre que Maine de Biran le otorgó a cierta recepción activa de aquello que proviene de Otro, es decir, “pasividad superior”.
2. No estoy diciendo que Lacan pensara “verdaderamente” en que la afirmación primordial tenga el contenido que yo le atribuyo. Digo, simplemente, que podemos aprovechar que por única vez y en los Escritos, diferenció certeza de afirmación primordial sin caracterizar su diferencia.
 
 
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