Siendo muy joven y a través de Héctor Yankelevich conoció a Oscar Masotta, ¿qué signó para usted ese encuentro?
En una mirada retrospectiva, puedo decir que ese encuentro fue decisivo para mí. El interés previo que tenía por el psicoanálisis, a partir de conocer a Oscar, tomó una dimensión nueva que sostuve a lo largo de mi vida. Es muy difícil explicar la calidad y el estilo que tenía Oscar para trasmitir su amor por el psicoanálisis y la profundidad de su pensamiento. Sin lugar a dudas, su enseñanza marcó a fuego a sucesivas generaciones de psicoanalistas, aunque no lo hayan conocido personalmente ni leído sus textos.
Habiendo participado del acta fundacional de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, en 1994 decide alejarse de la institución, ¿qué lo llevó a tomar esa resolución?
El disparador de mi renuncia tuvo que ver con el problema de la nominación de analistas. Había llegado a la conclusión que las nominaciones efectuadas dentro de la institución, cuidaban, en primer lugar, los intereses institucionales y corporativos de sus socios, y eso iba a contramano de los intereses del desarrollo de la práctica analítica. Propuse entonces un dispositivo de nominación “extra-institucional” que no tomara en consideración las necesidades de cada grupo y las vicisitudes de la inserción institucional del postulante y se concentrara en evaluar exclusivamente el testimonio de su análisis personal. Pero esta propuesta no era conveniente a los intereses políticos de la Escuela, particularmente de las jerarquías establecidas. Darme cuenta de eso, fue la gota que rebalsó el vaso. Y renuncié. De todas maneras, hay que reconocer que ninguna institución, por lo menos de las que conocemos hasta ahora, está en condiciones de producir nominaciones que no recorran los circuitos jerárquicos tradicionales. La propuesta del pase de Lacan, a mi juicio, no es compatible con la naturaleza de las instituciones que pretenden implementarla. En fin, es un tema complejo y aún no resuelto.
¿Este distanciamiento tuvo incidencia en su forma de pensar la teoría y la clínica lacaniana o fue a la inversa?
Las dos cosas. Cierta manera de comprender el psicoanálisis me condujo a interrogar el tema de la formación del analista, lo cual desencadenó mi alejamiento de la Escuela. Pero a su vez, el camino más solitario que emprendí me ayudó mucho a profundizar en la línea que ya estaba recorriendo desde antes.
A partir de los estudios que usted formuló en torno al Nombre del Padre, ¿qué diferencias introduce respecto de las lecturas más habituales que se realizan de este concepto?
Su pregunta está bien formulada y prefiero recalcar la sutileza que contiene. Efectivamente yo introduzco marcadas diferencias con las lecturas más habituales o consagradas de otros lacanianos, pero no creo que me aleje en nada sustancial de lo que propone Lacan. Muchos colegas me dijeron que lo que yo proponía, era diferente de lo que había elaborado Lacan, y yo les respondía siempre, que me sentiría muy satisfecho de haber inventado una teoría tan… como decir, tan profunda y rigurosa de la función paterna, como esa. Lamentablemente, en ese caso, mi tarea sólo consistió en rescatar de la maleza con que habían sido recubiertos por sus discípulos, los principios directrices de la perspectiva de Lacan respecto a la problemática del padre.
Pero no me resulta fácil resumir en pocas líneas en qué reside la diferencia entre las lecturas más habituales y la de Lacan. De todas maneras, puedo subrayar algunas cuestiones. En primer lugar, ellas reproducen en la terminología de Lacan las mismas articulaciones que hizo Freud. ¿Cómo entendió Freud la cuestión del padre? Que la ley paterna era necesaria para poner freno a la demanda pulsional. Freud ubicaba de un lado al Ello y del otro lado al superyó. La función de la ley se soporta en el superyó. En cuanto al yo, se encuentra sometido a dos exigencias opuestas: la del goce pulsional y la del padre prohibidor. Este modelo teórico dice que el superyó es la encarnación de la ley, el yo pretende cumplir con la ley y el Ello está fuera de la ley. ¿Qué partido toma el análisis en este conflicto del sujeto con la ley? La respuesta de Freud fue clara: se trata de liberar al yo de su sometimiento al despotismo del superyó, en consecuencia, ampliar la capacidad de goce pulsional, incluyendo particularmente su satisfacción sublimada. La sentencia freudiana dice: “Allí donde estaba el Ello, el sujeto debe advenir”. Pero entonces uno puede preguntarle: Profesor ¿qué sucedería, en el límite de la experiencia analítica, respecto a la relación del sujeto a la ley? ¿El sujeto quedaría exclusivamente a merced de las pulsiones, liberado de toda ley? No –respondería Freud apesadumbrado– el análisis no puede llegar nunca hasta el final y lo más que podemos hacer es que el superyó sea más tolerante.
Lacan introduce una modificación en este esquema, pues afirma que el pivote de la función de la ley, no está en el superyó, sino en el inconsciente. Ese pivote es lo que denomina, entre otras formas, el significante del Nombre del Padre. He aquí la novedad que pasó desapercibida a la mayoría de sus discípulos: que la incorporación de la ley del padre a nivel del sujeto se inscribe en el corazón del inconsciente, en el campo de lo reprimido que es el campo de la Verdad, donde, para colmo, confraterniza con las pulsiones. Esto permite comprender las cosas de modo diferente. Avanzar en el análisis en dirección al inconsciente, implica un desujetamiento de la ley moral pero no un desujetamiento de la ley en general, porque el inconsciente responde a otra ley, la ley del significante, la ley del equívoco. La sentencia lacaniana, sería algo así como: allí donde estaba la Verdad, el sujeto debe advenir.
El esfuerzo que hice en mi libro El Nombre del Padre, fue el de demostrar que para hablar de la ley en Lacan, es preciso distinguir esas dos funciones: la ley del mandamiento de la palabra y la ley del equívoco del significante. Sin esta distinción el análisis tiende a caer por la pendiente moral del acotamiento del goce que pulsa desde el inconsciente.
En El Nombre del Padre toma una cita del seminario 17 (De un discurso que no fuese semblante) –cuya traducción le pertenece–, en la cual Lacan refiere que el lugar que Freud le otorga al padre en su teorización, –más específicamente el párrafo alude a Tótem y Tabú–, es un producto de la neurosis freudiana. ¿Se podría rastrear algo de la neurosis de Lacan en sus desarrollos sobre el Nombre del Padre?
Ese párrafo que menciona, si mal no recuerdo, dice que Freud, como buen neurótico, “salva al padre”. El padre que salva es el superyó, el que nos protege de la castración. La misma cosa que venia diciendo.
Lo más neurótico que encuentro en Lacan, relativo a su teoría de la función paterna, es su confesado temor a decirlo, su decisión de haber renunciado a desarrollar el seminario de Los Nombres del Padre, su necesidad de disfrazar sus ideas, incluso ante sus seguidores. Es algo que aún no termino de entender bien, aunque tengo algunas conjeturas al respecto.
Biógrafos y estudiosos de la obra lacaniana –por ejemplo E. Roudinesco– refieren que la importancia conferida por Lacan al concepto Nombre del Padre estaría dada –entre otros factores– por el nacimiento de su hija Judith, producto de su relación con Sylvia Maklès-Bataille, quien portaría ese apellido hasta 1964. Según sus consideraciones ¿qué de esta situación puede haber incidido en los desarrollos de Lacan?
Yo no creo que una circunstancia como esa, pueda explicar demasiado acerca de la génesis del concepto lacaniano del Nombre del Padre. En el mejor de los casos pudo haber funcionado como la manzana que Newton vio caer del árbol. Son eventos de todos los días pero que en cierto momento se les revelaron como constatación de algo que venía elucubrando durante años con fórmulas, experimentos, etc. A mi juicio, el asunto de Judith tiene que ver con un capítulo de la vida de Lacan que sería de mucho interés investigar, y es el de su transferencia con George Bataille.
En “La interpretación analítica”, publicado en Letrafonía marca la diferencia entre interpretación por el significado e interpretación a la letra, situando que en definitiva será esta la que irá horadando la transferencia. ¿Qué sucede en aquellos casos donde la dificultad se presenta en la instalación de un Otro del saber?
El caso princeps donde no se instala esa transferencia es la psicosis, pero también en otras muchas circunstancias. Por regla general, diría que salvo en los casos de psicosis, el primer paso es favorecer el desarrollo de la transferencia, pero hay muchas formas de hacerlo cuando el consultante se defiende de la transferencia, como decía Safouan. Es importante que el analista, cuando se ofrece como garante del Sujeto Supuesto Saber, dé claras señales de que lo que ofrece como saber es saber leer en el texto del sujeto y no que es adivino o dueño de la verdad. Esto permite atemperar el temor a la transferencia y facilita la depositación de la confianza en el analista.
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Norberto G. Rabinovich es Lic. en Psicología (UBA). Miembro Fundador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires e integrante de la misma hasta 1994. Desde el año 1996 dicta anualmente un seminario en Buenos Aires y desde 2002 enseña y transmite el psicoanálisis en Santiago de Chile. Desde el año 2004 es miembro de Letrafonía. Autor de: El Nombre del Padre. Articulación entre la letra la ley y el goce. Editorial Homo Sapiens, Rosario, Argentina1998 y 2005; El inconsciente lacaniano. Editorial Archivo, Bs. As 2004 (próxima reedición en Letra Viva); Lagrimas de lo real. Editorial Homo Sapiens, Rosario, Arg. 2007. |