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   Problemas y controversias

Acerca de la certeza (segunda parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En una crítica implícita a Descartes, Wittgenstein sostiene1: “Quien quisiera dudar de todo, ni siquiera llegaría a dudar. El mismo juego de la duda presupone ya la certeza.”
Para él la certeza nunca es la certeza en general sino la certidumbre propia de un juego de lenguaje que actúa desde sus supuestos, los que constituyen –al decir del autor–, una suerte de “mitología” que funciona como el horizonte de un juego particular.

Sin embargo, la duda radical –no las dudas comunes– opera solamente cuando algo del fondo, del lecho del río, como le gusta decir a Wittgestein, ha experimentado un cambio, un sacudón sísmico.
Pero él, que quiere luchar contra todo lenguaje que hechiza al intelecto, está hechizado por la oposición entre certeza subjetiva –que es “interior”, psicológica–, y la objetiva –la que mostraría cómo alguien sabe, sin advertir que la certeza que tematiza en todo su texto está más acá de esa oposición en definitiva falsa–. Es que la oposición subjetivo/objetivo depende por entero del nivel conciente-preconsciente. El movimiento mismo de la certeza que puedo llamar radical, es en su trama desconocido y sólo conocido por sus efectos, muchas veces paradójicos, traumatizantes.
En definitiva, cuando Wittgenstein, quiere excluir el embrujo del “estado de ánimo” (Stimmung), no hace más que reducirlo a la psicología y así mantiene su hechizo elemental e indespejado, mientras excluye la solidaridad indisociable entre enunciado y enunciación.

Todo nos lleva a la mencionada pareja, enunciado/enunciación, cuya trabazón está muy lejos de haber sido despejada.
Desde luego, la enunciación no es lo que alguien quiere decir, puesto que un querer decir anterior al decir es una falsa evidencia: el Cogito de Descartes no consiste en una experiencia de puro pensamiento que luego se manifestaría en “Pienso, soy”, sino en el efecto a posteriori de esta frase sobre el que la pronuncia desde el lugar donde es escuchado. Es la esencial discordia de todo acto de habla.
De ahí la conocida inversión: si digo “pienso, soy”, primero recibo un signo de interrogación “¿Eres?” y luego una negación: “pienso, luego no soy”.
Cada vez que digo “quiero decir”, produzco una expansión de algo que he dicho antes y que al interlocutor no le resulta ni claro ni incuestionable. Todo discurso es contra, contra otro discurso.
En sus ensayos de lingüística general Benveniste sostiene que la enunciación es la acentuación de la relación discursiva con el interlocutor; otros hablan del tono.

¿Qué se dice?
Lacan, en las líneas finales y tan soberbias de “La metáfora del sujeto”, escribe: “decir la desorganización constitutiva de toda enunciación no es decirlo todo,…” Desde luego, hay algo más que decir: que la desorganización proviene de que el hombre es en cuanto Otro que desea, lo que se complica porque, a diferencia de Malebranche, para quien el hombre desea en la visión de Dios, el hombre está en exclusión interna de ese lugar: desea como Otro y no obstante está exiliado para siempre de ese lugar que es el lugar de nadie, aunque necesariamente lo represente alguien que encarna el abismo de la materia muerta.
La lingüística de la enunciación, temiendo ser devorada por la psicología, decreta –por ejemplo en Ducrot2– que la enunciación es estrictamente contemporánea del enunciado.
Fórmula tramposa y vacía pero que nos resulta favorable para nuestros fines.

Digo que la imposibilidad de la contemporaneidad entre enunciado y enunciación es precisamente lo que define a la enunciación3.
Lo que quiera o quisiera decir –subjuntivo, que va del presente al pretérito imperfecto de tal modo gramatical– no es lo que quiero decir. Es voluntad, mas no intención a secas.
La voluntad no es la intención. El término intención a secas está totalmente gobernado por la supuesta transparencia de los llamados actos de conciencia, transparencia que se funda en un equívoco elemental y decisivo: que es lo mismo ver un árbol que decir “veo un árbol”.

Es imposible que haya adecuación entre lo mentado, y lo dado, puesto que lo dado tiene que ser nombrado cuando asevero la mentada adecuación. Decir “veo un árbol” es la nihilización de ver un árbol. (La transposición del ver al decir implica, a la vez, una ganancia y una pérdida).
La voluntad, por el contrario, es una tendencia ciega que sólo secundariamente alcanza su objeto.
Que alguien deseara decir establece una especie de suspensión en el pretérito imperfecto del subjuntivo; no es una intención sino una intención en suspenso en el pasado, que cuando se realiza, cuando se la articula, cuando –en una palabra– es dicha, se transforma en otra cosa.

Entre la intención en suspenso y la realización que apunta desde el presente al futuro, pero atravesando el pasado, que es el mentado “futuro anterior”, se da el pasaje desde la intención en suspenso a la suspensión de la intención; entre ambos momentos se instala propiamente hablando la voluntad como noluntad.4
Esa tensión jamás resoluble entre lo que oscuramente busco decir sin acabar de decir y que cuando finalmente lo digo se vuelve otra cosa que retorna sobre mí dividiéndome, no tiene una plena presencia en el enunciado, puesto que sólo aparece en sus márgenes: silencios, erratas, furcios, contornos borrosos o superpuestos, indecisiones que paralizan, bruscas emergencias de desesperados no sé qué… Esla letra no literalizable.
Lo que equivale a la llamada “dicción oblicua”. No podemos prescindir de la intención, con seguridad, pero tampoco aceptarla en sus términos tradicionales. Podemos sí transcribirla en términos freudianos: el hallazgo de objeto está en un plano diverso al de la búsqueda, mas ésta es búsqueda que no sabe lo que busca; sólo a posteriori, cuando el hallazgo llegue de golpe y sin previo anuncio, podrá decir (decir-se, a través de la reflexión del sujeto): “no se trata de ésto, sino de otra cosa…”5.

(Ninguna praxis, ninguna conducta, –lo digo contra Wittgenstein–, puede eliminar tal dimensión sin suprimir el drama del ser parlante).
En este respecto, lo esencial de la retórica es el campo del Otro que me escucha, el Otro en el cual soy escuchado y que me divide entre lo que estoy articulando y lo que recibo como distorsión de la misma articulación. Una vez más: el emisor recibe del receptor su propia certeza (mensaje) en forma invertida.
_________________
1. Wittgenstein, L. Sobre la certeza, Gedisa, Barcelona, 1995. Proposición 115. Ver también la 24.
2. Ducrot, O. El decir y lo dicho, Edisial, Buenos Aires, 1994.
3. La deducción de la temporalidad inconsciente empieza aquí: es una declinación de la no coincidencia entre enunciado y enunciación. La teoría de la enunciación es inseparable de la temporalidad.
4. Me remito al término latino noluntas, el nivel más radical de la voluntad, es decir, del no querer.
5. Como el circuito de la demanda, insostenible por definición, se interrumpe, en tal intervalo opera lo que llamamos argumentación conjetural: conjeturo en el Otro su distancia con el otro que lo soporta, apoyándome de continuo en evidencias oscuras y en argumentos ad hominen: es decir, provocadores; argumentos que promueven la reacción del otro.
 
 
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