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   Entrevista

Rebeca Hillert
  Niños y analistas en análisis
   
  Por Emilia Cueto
   
 
En el Prefacio de Via Reggia. Sueños a la letra en la clínica psicoanalítica, Norberto Rabinovich hace referencia a lo que podríamos situar como el escaso interés en los sueños en la llamada clínica lacaniana. Así, propuso un dispositivo al que denominó “Taller de sueños”, que tenía como propósito hacer foco sobre el tra­bajo en los mecanismos de la elaboración onírica. Usted es una de las integrantes de dicho taller, ¿A qué atribuye el escenario al que alude Rabinovich?

Es uno de los signos de la enfermedad que Fernando Ulloa llamaba la indolencia del psicoanalista, que a veces se confunde con la abstinencia. Podemos suponer que es el triunfo del principio del placer, pero él solo, no podría tener efectos tan duraderos. Podríamos presumir que se trata de ese principio con la alianza del yo. Estoy escuchando, no mucho por suerte, que jóvenes psicólogos hacen juicios de valor sobre las conductas de los probables pacientes y desde las primeras entrevistas, con la antigua idea de reforzar al yo. Creo, como muchos psicoanalistas, que nuestra época idealiza los logros, y lo útil. Desde esa perspectiva el sueño y cualquier formación del inconsciente pareciera lo que es: un desecho, una equivocación.

No sólo se deja de lado la interpretación de los sueños, también la asociación libre a partir de las formaciones del inconsciente. Es decir, se tiende a olvidar el método freudiano. Este partía de algunos elementos aislados del discurso para seguir el hilo asociativo hasta llegar al núcleo traumático. Ahora muchas sesiones transcurren en un diálogo corriente sobre lo que ha sucedido en la última semana, por ejemplo.

Por el contrario, los sueños no son ni relatos de lo cotidiano, ni meros fantaseos. Si se pone el acento, como decís en tu pregunta, en los mecanismos del trabajo del sueño, condensación y desplazamiento, se descubre lo que realizan. En la presentación de Vía Reggia… , Ruth Gaggero, en la tónica del taller, sugirió que en vez de decir “tuve un sueño”, sería mejor decir “hice un sueño”. Eso realmente me gustó mucho: una exquisitez. Se trata de una acción realizada o algo que siga la lógica de la acción. Algo censurado o no admitido por el yo; yo, cuyo objetivo es adaptarse a la demanda del otro y del Otro. Y bien, la demanda ahora viene a los terapeutas desde las empresas de “salud” pre-pagas, ¿y cuál es el rédito para ellas de la interpretación de un sueño de un asociado? No les parece conveniente, pero esa política es errónea porque lo barato, o sea la llamada terapia breve, sale caro.

¿Cuáles son desde su perspectiva las contribuciones más relevantes que le ha proporcionado la experiencia del taller?
El taller es un ejercicio de discurso y de escritura. Nos ejercitamos en una técnica que tiene como premisa no insertar el relato del sueño en la biografía del paciente, por eso no abundamos en dar al grupo mayores datos del soñante. No hacemos caso, en dos sentidos: no hacemos caso clínico ni hacemos caso a la falta de sentido.

Es una práctica de discurso porque prevalecen las asociaciones y la producción sobre la prestancia particular de quién es el que toma la palabra. La cosa funciona si lo que resta es tomado para relanzar lo dicho.
Es de escritura porque los textos son leídos y reescritos.
Para mí funciona como una experiencia de aprendizaje del oficio y también sorprende y da la certeza de lo que habla sin saber lo que dice.

¿Qué aporta a la interpretación de los sueños una lectura donde las letras del significante adquieren un lugar preponderante?

Durante las sesiones no funciona únicamente el discurso del analista. Pero la interpretación es siempre a la letra. Esto quiere decir que una interpretación, lo leímos en el Seminario 1 de Lacan, es todo lo contrario de una comprensión. Opera como un enigma, o sea, una enunciación, o como una cita, es decir un enunciado. En el enigma o en la cita insisten algunas letras. El aislar esas letras permite al sujeto una separación del deseo del Otro, o sea superar la angustia y descifrar los síntomas. Es fácil decirlo pero no tanto hacerlo. En el libro Via Reggia cada interpretación puede ilustrar este trabajo.
Voy a dar dos ejemplos. Uno muy simple, el olvido de un término. Durante una cena, frente a una calórica porción de pizza, comento a mi amiga el frugal almuerzo de ese día: una ensalada de… y no aparece la palabra. Por más que pienso no la encuentro. Al otro día, en un grupo, entre otras, aparece: “berro”. Y una participante del diálogo me apunta: berro, las letras de tu nombre: “rreb”. Se ve el material de las letras y me reservo las asociaciones que llevan a descubrir la causa de la represión.

El otro ejemplo tiene que ver con mi práctica. Richard, un joven músico, trabado en su producción, conserva en su memoria un hecho traumático de su infancia, en Chascomús, su ciudad natal. El nombre de su agresor comienza con la letra Ch. Pero, además, su padre, guarda de ferrocarril, renuncia a un ascenso de inspector, “chancho”. Richard vive con culpa fantasías “chanchas”, sin advertir la relación con ir más allá del padre. Verificamos ahí, la insistencia de la letra “ch”, que va apareciendo en su discurso a distintos niveles.

En Niños y analistas en análisis señala que “el segundo despertar sexual da la especificidad y plantea los límites del análisis con niños”, ¿Cuáles son esa especificidad y esos límites?

En los niños el primer despertar sexual culmina en la fase fálica. Un pequeño en análisis, a sus 5 años, escribe en un papel plegado diferentes “malas palabras”. Una es “concha”. Pregunto por su significado y dice muy suelto: “Qué va a ser: ¡pito!”
El falo imaginario es un límite para el análisis, y su relación con el deseo del Otro, del cual depende el niño, deja abierta la puerta para ir a jugar, crear un espacio propio con pares, pero la inmadurez infantil excluye el goce del coito, y la libido se va acumulando…

En esta línea ¿Cómo pensar la dirección de la cura en niños?

En cuanto a las producciones del inconsciente, la dirección es la misma que en los adultos. Pero el desamparo, no es algo con lo que pueda confrontarse a un niño. El otro tema es el Otro sexo, como decía, y el desasimiento con respecto a los padres. Y algo mucho más sencillo que es un límite variable: la responsabilidad frente a los efectos y resultados de sus propios actos.

Volviendo a los sueños ¿es posible hacer una lectura a la letra de los sueños en niños?


Totalmente. El sinsentido y el fuera de sentido operan de la misma forma.
Hay en Niños y analistas en análisis un texto de Nancy Lista. Son sesiones de un niño que dibuja, que es una forma de soñar despierto. Ahí insiste la letra Y, tachada de su nombre. Su madre quiso inscribirlo en el DNI como Ryan, y lo cambiaron por Rian. “I” en vez de “Y”. Pero el hijo pone la “Y” en varias palabras y lo repite. Es cierto que la metonimia prevalece en el juego de los niños, pero la letra está, en sueños y dibujos. En el blog “Bitacoradeanalista” que escribimos con Mirta Greco y Alejandra Viademonte, Alejandra publica un ejemplo claro de juego significante con una púber. Ella dice que la llamen Sol, no Soledad, que es su nombre. La analista interpreta: “le sacaste edad” y de ahí parten asociaciones con su infancia. Hay que recordar que la letra es el soporte material del significante.

En las últimas décadas, distintas voces señalan la declinación del Nombre del Padre, ¿coincide con este postulado y por qué?, de no ser así ¿por qué no?

Hablar de la declinación es más que problemático. No estoy de acuerdo. Me explico. Miller afirma en una conferencia que el Nombre del Padre ya no es lo que era y eso está claro por el cambio de los semblantes. Aunque la palabra semblante tiene algo de mágica, se la define como un significante.

El Nombre del Padre no es una versión ni una función. No tiene que ver con la forma en que cada padre de familia aporta a la reproducción, a la educación o impone derechos y obligaciones. El Nombre del Padre, podría señalar citas, y lo tengo publicado en el blog, es el Falo Simbólico: lo que no tiene palabra. Se trata de la excepción, es la “x” que existe y no responde a la función fálica. Es un operador del sinsentido, y operando, hace a la metáfora, es decir, la operación metafórica nos hace parlantes neuróticos. Gracias a eso funcionamos en la ley del malentendido en el lenguaje.

Voy a dar el ejemplo de una incipiente forma de metáfora en el diálogo con uno de mis nietos que acaba de cumplir dos años.
Le pregunto cómo hace el perro: –guau. ¿El gato? –miau. ¿La vaca? –mu. ¿Y Nico cómo hace? Entonces lleva una manito a su oreja y dice: –hola.
Creó un sentido, incluyó al otro, al lugar de la palabra y a la interlocución, en un contexto metonímico.
Una metáfora más típica la logró mi hijo a sus casi tres años cuando vio un avión por primera vez, dijo: –Miren qué pájaro tan grande.
Hablar de declinación del Nombre del Padre es un deseo de Amo. Y desde ese lugar de autoridad pretende funcionar la persona del analista en la clínica, dando órdenes, priorizando el corte de las sesiones y no atendiendo a la producción de significantes S1: el significante sin sentido en el lugar de la producción o plus de goce. Me estoy refiriendo al lugar del S1 en el discurso del analista. Si la ingeniería genética funciona, tal vez los sujetos no se produzcan más por metáfora paterna sino en un laboratorio. Mientras tanto hablar del Nombre del Padre es hablar de que no hay relación sexual. Ignorarlo es trabajar con los pacientes con la ilusión de mejorar las relaciones entre los seres humanos según las pautas del discurso capitalista.
Si Miller trata de hacer equivaler el significante del Nombre del Padre con el a, va en el sentido del discurso del capitalista, cuya producción es justamente el a, y no el Uno. El a que absorbe el sujeto lo colma en palabras textuales de Miller.

¿Qué efectos ha podido constatar en la clínica con niños?

Actualmente la figura paterna está muy presente en la clase media. En general con culpa. Yo no he podido constatar un borramiento del padre. Más se observa un cambio en el ideal de mujer no sometida o restringida al cuidado de sus hijos.

¿Qué lugar ocupa en el análisis con niños la muerte?

La muerte aparece en fantasías de mutilación, de desafío y de lucha. A veces como miedo o deseo de perder a un ser querido. En síntomas obsesivos y en fobias. Pero recordemos al pequeño Hans del historial freudiano; hay un famoso diálogo de Hans con su padre donde admite haber deseado la muerte de su hermana.
En textos de orientación lacaniana suelen abundar las referencias al Nombre-del-Padre ¿No corre el riesgo este concepto de convertirse en una muletilla teórica?
Retomemos la enfermedad de indolencia del analista, la teoría, lo advirtió Freud, también Lacan, tiende a convertirse en un manual donde todo se comprende. Creo que para poner nuestro oficio en un nivel aceptable, sería bueno no abusar de los implícitos. Trabajar en taller como hablamos al principio. Es una modalidad que promuevo y coordino: reuniones donde la práctica y la clínica dialoguen con la teoría.

_______________
Rebeca Hillert, es psicoanalista. Autora de Niños y analista en análisis (Letra Viva Editorial) y co-autora de Via Reggia. Sueños a la letra en la clínica psicoanalítica (Letra Viva Editorial) y El tren de los adolescentes (Lumen-Humanitas).
La versión completa de esta entrevista en www.elSigma.com.
 
 
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