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   Problemas y controversias

Los engorros del significante
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
A esta altura es evidente que la concepción de Lacan expresada clásicamente en la famosa aseveración “el significante no tiene nada que ver con el significado”, es insostenible no sólo en lingüística –lo cual fue manifiesto desde el principio–, sino en el propio psicoanálisis.
Muchas razones abonan lo que digo, y para empezar, lo que dice el propio Lacan en el capítulo de su tercer seminario titulado, justamente, “De los significantes primordiales y de la carencia de uno”: “El significante debe primero concebirse como diferente de la significación. Se distingue por no tener en sí mismo significación propia. Intenten, pues, imaginar, que puede ser la aparición de un puro significante. Obviamente, por definición, ni siquiera podemos imaginarlo”.1

El “pues” de conclusión llama la atención, porque dice algo diverso de lo esperado… En uno y el mismo párrafo Lacan se contradice sin remedio.
¿Un significante puro es un significante trascendental?
Sea lo que sea lo que Lacan intenta decir, la verdad es que la aseveración es incuestionable si admitimos por razones de principio que el significante nada tiene que ver con el significado: no podemos dar ni el menor ejemplo de un significante carente de algún esbozo de significado. Una expresión incomprensible, disparatada, impronunciable incluso, termina, en virtud del contexto o de la situación de enunciación, por adquirir sentido, como aquellas que Lacan retoma en el seminario “Problemas cruciales”: Colorless green ideas sleep furiously: ideas verdes incoloras duermen furiosamente… Puedo perfectamente incorporarlo como verso de un poema vanguardista, de las vanguardias posteriores a la guerra del 14, y listo… (El ejemplo es de Chomsky y está muy lejos de carecer de sentido.)
Es más, la misma constitución morfológica de la expresión: significante, opuesta en correlación a significado, al igual que otras expresiones isomorfas: vinculante/ vinculado, y tantas otras, indica que el significante es significante porque remite a algo diverso de sí mismo.

Hay una ley que es imposible violar: apap no significada nada, papa, ya significa. Pero además, la fonologización del significante, que condujo a tantos disparates hoy olvidados y que por piedad no vuelvo a revivir, desconoce el rasgo distintivo del lenguaje humano: la existencia de niveles heterogéneos que se entrelazan entre sí en una progresión cada vez más rica y abierta e informalizable.
Pero entonces, ¿es la mera sugestión la que explica la difusión de algo tan manifiestamente endeble, insostenible, por momentos francamente irrisorio?
No lo creo, porque la transferencia nunca es mera sugestión: tiene sus razones…

El escándalo del significante es el escándalo del sinsentido.
Y el sinsentido proviene del hecho irreductible de que el origen nos es rehusado: la existencia humana transcurre por completo in media res; el comienzo está perdido y el fin ocurre de repente sin culminación ni causa final que lo justifique.
Vivimos rodeados, circunvalados, por el sinsentido más abismal… Mas en la vida cotidiana las expresiones lingüísticas usuales, por su ligazón a la situación vivida, tienen un sentido que sólo se pierde en el momento de la interpretación, sea jurídica, analítica o literaria.2

Allí se revela algo que estaba desde el principio pero encubierto. Ahora bien, lo que llamamos significante no es un punto de partida sino un punto de llegada que nunca culmina como tal.
En el principio, tenemos la demanda del Otro que no es todavía significante, pero lo será en el momento de su repetición en el discurso del sujeto.
(Esta separación es ideal y puramente metodológica, ya que en el análisis recibimos la demanda del Otro como significante, quiero decir, ya interpretada de tal o cual manera: es el propio paciente el que dice y al decir ya ha producido una selección y una nueva combinación “Mi padre me ha dicho…”.)

Quiero mostrar cómo lo esencial de la experiencia invocada por el psicoanálisis se conserva a condición de que otorguemos al significante una dimensión de segundo grado, metalingüística. Quiero decir: el significante no se obtiene por la división imposible del signo –que nos deja ligados a lo que queremos superar, que nos deja librados a la metafísica binaria del signo y sus oposiciones clásicas3–, sino por una operación de segundo grado que desmantela, descompone y recompone las dos caras del signo, introduciendo una dimensión tercera que no es otra que la identificación final del sentido y el sinsentido: en las zonas corrientes, intermedias, de la vida cotidiana, nuestra vida se sostiene en gestos y sentidos automatizados, pero en los extremos de la falta de sentido y del exceso de la ausencia sobre la presencia –que es una forma extrema de la presencia, presencia excesiva de una ausencia–, sin ser idénticos, el sentido y el sin sentido pertenecen a lo mismo.
El significado del significante inconsciente es el signo lingüístico expuesto a su progresiva descomposición.

Esta es la dimensión de segundo grado del significante, que hace de la cara significante de primer grado una suerte de borrador literal de la huella en la que vienen a condensarse múltiples planos de intersección: basta pensar, pongo por caso, el conocido conjuro de “El hombre de las ratas”: “glejisamen” y sus referencias y alusiones a semen, amén, etc.
Operación que sólo es posible si simultáneamente se hace estallar el significado pero no para estabilizarlo en núcleos sémicos primarios y secundarios, contextuales y no contextuales, sino para diseminarlo en múltiples sentidos, que conservan esa propiedad del vocablo que simultáneamente indica una dirección que podemos representar por un vector, pero también los sentidos del cuerpo.
Perspectiva que tiene consecuencias que es preciso exponer progresivamente.

La primera de ellas y quizá la fundamental, nos llevará a cuestionar la supuesta unidad de la denominada con excesiva prisa “función simbólica”, expresión que se ha tornado un cajón de sastre donde se puede encontrar cualquier cosa: la pintura, la música, los llamados lenguajes artificiales, no son lenguajes porque no hablan y entran en el campo de la retórica de formas insistentes pero indirectas, aunque el habla los condicione y los transmita. Y el significante, rectamente entendido, pertenece sólo a una zona sin duda preciosa del campo que Benveniste llamó del discurso, opuesto a la gramática de la lengua. Identificar a secas “significante” con “simbólico”, implica permanecer entrampado en una serie de fórmulas aparentemente simples aptas para saldar cualquier cuestión.
_________________
1. Lacan, J. “Las psicosis”, Seminario 3, Paidós, Buenos Aires, 1988, p. 284.
2. Deberíamos prestar alguna atención a un texto olvidado: la “Teoría del lenguaje” de Karl Bühler (Revista de Occidente, Madrid, 1967). Para él el campo lingüístico se articula en dos niveles interconectados: el mostrativo –al que llama “situación”, ordenados por la tríada deíctica “yo, aquí, ahora”– y el contexto simbólico-representativo. La ventaja que posee esta división no es poca, ya que no expulsa la situación a una región oscura y puramente empírica. La situación, que comprende todo el campo de la acción y por lo tanto la dimensión corporal-perceptual, también se nuclea en torno a operadores lingüísticos, mas configurados desde otra perspectiva, que el autor escalona en planos que aquí no puedo exponer. Entre ellos la llamada “deixis en fantasma” que alguna vez supo evocar Massotta.
3. Paradigma/sintagma, sincrónico/diacrónico, material/espiritual, esta última resumiendo a todas.
 
 
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