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   Comentario de libros

La incompletud de lo simbólico
  De René Descartes a Jacques Lacan de Guy Le Gaufey (Letra Viva - Lecol, 2012)
   
  Por Patricia Polari
   
 
Este libro, cuya traducción esperamos mucho tiempo, es una suerte de matriz de la que saldrán los desarrollos posteriores de Guy Le Gaufey acerca, por ejemplo, del corte epistemológico operado en el pensamiento clásico por la lectura lacaniana de Freud y del muy particular sujeto del psicoanálisis, entre muchos otros. Para quienes lo lean por primera vez en ocasión de su aparición en castellano, promete y cumple el efecto de una luz que les aportará, a esos desarrollos, un nuevo relieve.
Lo particular en La incompletud de lo simbólico es su proyecto de señalar el punto de encuentro entre la evolución lógico-matemática, de Descartes a Gödel, y la ruptura del orden de la representación clásica debido a la introducción de lo inconsciente por Freud, ruptura que Lacan radicaliza con su noción de letra. Tratemos de señalar las preguntas clave de este progreso y algunos hitos de su recorrido.
¿Puede el matema ser perfectamente unívoco y la ciencia ser una en teoría y método? Nos enteramos de que esto es lo que Frege y Hilbert persiguieron, dos siglos después de que esa unidad de la mathesis universalis fuese establecida sobre el plano metafísico por el cogito cartesiano.

Hilbert buscó un metalenguaje en el cual el signo fuera un objeto en sí mismo, despojado para siempre de su misión representativa. Frege por su parte, quiso el conjunto consistente y unificado de todos los conceptos, como entidad independiente de los conceptos que son sus elementos; y aunque este último, a diferencia de Hilbert, se opuso a cortar los lazos entre signo y referente, buscó la misma cosa: la univocidad absoluta del signo. Se trataba de fundar la unidad de la mathesis, su ausencia total de contradicción y la identidad consigo misma, tres propiedades inseparables.
Constreñido por la demostración de consistencia mediante los propios medios del sistema, Hilbert fue superado en ese punto por las demostraciones de Gödel, que se desplegaron según la letra hilbertiana y demostraron que la incompletud es inmanente a la estructura. ¿Podemos acaso los psicoanalistas no escuchar la resonancia que tiene esta inmanencia para nosotros?

El teorema de Gödel no arribó, y éste es el énfasis especial del libro ya presente desde su título, para marcar un déficit en el rigor formal que estuviese plantado en el centro mismo de la racionalidad amenazándola de catástrofe, sino antes bien un cuerpo extraño constitutivo de su estructura. El lugar del Otro, desplazado de Dios a la Naturaleza primero, y de ésta a lo Simbólico después, sufre así su último golpe.
Lacan sigue a Gödel por este camino y aprovecha la fractura de lo simbólico para alojar ahí esa otra fractura que es el inconsciente freudiano. La letra en Lacan, como en Hilbert, es dispensada de toda relación al referente, al significado y a cualquier “contenido”, valiendo sólo su enlace fecundo con otras. Pero mientras Hilbert necesita del cálculo finitista, porque si el infinito se entromete el sistema será acechado por las paradojas, Lacan en cambio promueve la suspensión del principio de identidad, que implica a su vez la inclusión de los infinitos bajo la forma de su no-todo.

Lo que hace eco a los pensamientos inconscientes de Freud es ese particular sujeto lacaniano, entidad semiplena que producen los significantes en su materialidad, y que tiene la virtud de extraer el inconsciente freudiano de la epistemología clásica en la cual nació, para insertarlo en la nueva racionalidad inaugurada por la incompletud en la que encuentra su lugar verdadero.
La inmanencia de la incompletud significa que la unidad perseguida de la ciencia, sin ser posible, no hace desaparecer a la ciencia como tal; la introducción de un germen de incompletud o de inconsistencia no son disolventes o catastróficos como los científicos modernos temieron, sino que marca más bien el lugar de su causa.
Patricia Polari
 
 
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