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   El refugio de las creencias

Creencia y sacrificio en el capitalismo salvaje
  Por Emilia Cueto
   
 
Poco más de 50 adolescentes bajan las escaleras de una estación de subte en Tokio. Caminan conversando, riéndose. Llegan al andén y allí se quedan sin cambiar la actitud hasta que se escucha el anuncio: “Expreso a Tokio entrando por la ruta ocho” y con la misma alegría del comienzo se dirigen hacia el final de la plataforma.
Nuevamente una voz en off dice: “Para su seguridad, por favor permanezca detrás de la línea amarilla.”

Las jóvenes, una al lado de la otra, se adelantan. Permanecen en silencio mientras la formación va ingresando a la estación –de fondo se escucha una agradable música– se toman de las manos y comienzan a balancear los brazos al tiempo que cantan: ¡A la una..., a las dos..., y a las tres! Juntas, aún aferradas, se arrojan a las vías del tren. Lo demás será sangre y gritos. Luego vendrán muchas, cientos de muertes más.
El club de los suicidas, tal el título en castellano de esta película japonesa, con guión y dirección de Sion Sono, irá en su desarrollo dejando indicios de que detrás de estas muertes se encuentra una organización que supone entre sus premisas la conexión con el mundo más allá de la muerte.

Allende la ficción, Japón es un país de cultura milenaria en el que si bien se registra en las últimas décadas el avance del capitalismo, conserva su raigambre oriental –lo cual hay que tener muy en cuenta al momento de realizar cualquier análisis–. Esto implica entre muchas otras derivaciones una modalidad particular de vínculo con el otro, diferente de la occidental, donde los suicidios en grupo preocupan a las autoridades y concitan la atención de los investigadores.
La 38º Feria Internacional del Libro en Buenos Aires –abril 2012– fue el marco para que activistas de una agrupación antisectas realizaran un escrache a Claudio María Domínguez, por sus presuntas vinculaciones con el “Maestro Amor”, lider espiritual, acusado de abusos sexuales. El video, rápidamente reproducido por medios televisivos y digitales abrió –una vez más– el debate sobre las sectas. A los pocos días, la noticia sobre un joven cuya vida peligraba por no aceptar recibir una transfusión de sangre a causa de motivos religiosos, avivó aún más la polémica.
En un mundo globalizado donde la ciencia pareciera haber venido a sustituir definitivamente a la religión –en tanto portadora de respuestas– y más aún a la magia (su antecesora), fenómenos ligados a la sumisión al Otro como efecto de creencias sorprenden a muchos.

Diversos autores y artículos periodísticos señalan suicidios en masa durante las últimas décadas, e incluso un notable incremento en relación a épocas anteriores. Solo por tomar algunos ejemplos podemos mencionar a los 39 integrantes de la secta Puerta del Cielo, quienes se quitaron la vida como parte de un ritual en marzo de 1997, o a centenares de personas que participaron en el suicidio colectivo del grupo “Los Diez Mandamientos de Dios”, en Uganda, en el año 2000.
¿Podrían ser estos considerados “actos de sacrificio”? Si así fuera ¿por qué insiste una práctica milenaria, pese a la aparente condena social?

Freud en “Psicopatología de la vida cotidiana” desliga las automutilaciones, de las cuales dirá que el suicidio puede aparecer como final del conflicto psíquico, de la casualidad, y vincula estos “automaltratos semiintencionados” al autocastigo. También distinguirá el suicidio concientemente intencionado de otra clase con intención inconsciente. En este texto Freud sitúa varios ejemplos de accidentes que no son tales, dado que a partir de su análisis queda al descubierto el designio inconsciente. En uno de tales casos señala que se trata de un “acto de sacrificio” tomando la interpretación que da J. Stärcke. En “Totem y Tabú” vuelve a destacar la vinculación entre impulso suicida y autocastigo por vía de la culpa.
La relación entre suicidio, sacrificio, super-yo y Nombre del Padre se encuentra amplia y profundamente desarrollada por Marta Geréz Ambertín en Imperativos del Superyó, quien avanza sobre las huellas de Freud y Lacan. En el Capítulo VI podemos leer: “La culpa se hace sometimiento y la alianza amorosa con el padre troca en temor y ofrecimiento sacrificial –saldo masoquista inevitable– que puede derivar en atentados, autoinmolaciones parciales o en suicidio. El sacrificio testimonia la presencia de un padre-Dios brutal y malvado; pero también, procura hallar los signos de su deseo para intentar pacificarlo a cambio de un pedazo del cuerpo o de la vida misma.”

Después agrega: “el sacrificio pretende en un solo movimiento dos operaciones: captar la falta del Otro, y al mismo tiempo taponar dicha falta, dicha inconsistencia o, extremando nuestra posición, la inexistencia del Otro. Es una garantía de que el Otro existe y que el sujeto no le es prescindible. Hay Otro, el sujeto tiene un lugar posible en el deseo del Otro, y a su vez ese Otro, puede ser apaciguado o, mejor dicho, colmado vía el sacrificio.” Un apaciguamiento que en todo caso será temporario y el sacrificio deberá ser ofrecido una y otra vez.

Siguiendo a los historiadores podemos destacar un aspecto –que no se contrapone al anterior– también presente en el sacrificio. Si bien la bibliografía hace hincapié en las experiencias desarrolladas en Mesoamérica, se los puede ubicar prácticamente en todas las culturas. En lo esencial, el sacrificio humano era un medio para alimentar a los dioses, una expiación y una forma de destruir el cuerpo-materia para sobrevivir después de la muerte: la vida nacía de la muerte. Por un lado constituía la encarnación del dios al que se ofrecía en sacrificio quien se inmolaba, pero al mismo tiempo implicaba dar muerte al dios.
Mircea Eliade señala como el ejemplo que mejor se conoce de sacrificio humano agrícola, al que practicaban hasta mediados del siglo XIX los Khonds, tribu dravídica de Bengala. En Tratado de Historia de las Religiones podemos encontrar dos aspectos: a) los sacrificios se desarrollaban en fiestas periódicas o en circunstancias excepcionales y b) las víctimas eran siempre voluntarias1. Destaca que “los meriahs (víctimas) vivían bastante felices durante largos años, estando como estaban considerados como seres consagrados.2

Sagradas, tomando la definición que nos ofrece Giorgio Agamben en Profanaciones, son las cosas que pertenecen de algún modo a los dioses. Será el sacrificio –según sus palabras– el que “sanciona el pasaje de algo que pertenece al ámbito de lo profano al ámbito de lo sagrado, de la esfera humana a la divina.” Lo humano se torna divino por ese y en ese acto.
Y luego agrega: “el meriah parecía identificarse con la divinidad: el pueblo se apretujaba en torno suyo para tocarle, y las alabanzas que le dirigían apenas se distinguían de la adoración.”3
Es cierto que la ceremonia toda y el sacrifico tenían como propósito obtener los favores de la diosa de la tierra Tari Pennu, pero es de destacar la identificación a la que alude el autor entre la víctima y la divinidad.
Volvamos a “Totem y Tabú”, donde Freud señala que la forma más antigua de sacrificio era la de animales, cuya carne y sangre compartían entre el dios y sus adoradores. Cada uno de los participantes recibía su porción en el banquete, por tanto la religión era un asunto en común, de comunión, donde sacrificio y festividad coincidían. “El sacrificio era un sacramento; la víctima un miembro del clan y en realidad el antiguo animal totémico el mismo dios primitivo, cuyo sacrificio y absorción reforzaban la identidad de los miembros de la tribu con la divinidad.” También destaca que con el mismo acto con el que se ofrecía al padre la máxima expiación posible, el hijo alcanzaba “el fin de sus deseos contrarios al padre, pues se convierte a su vez en dios al lado del padre, o más bien en sustitución del padre”. (el destacado es mío).

Insiste la idea de identidad entre objeto de sacrificio y divinidad. Perspectiva que nos lleva a pensar más en la vía de la alienación que de la identificación. Alienación mortífera, de la cual solo podrá salir por la vía de la separación.
Esta misma línea se puede encontrar en los denominados “reyes temporeros”. De acuerdo con los estudios realizados por Frazer, cada cierto tiempo, o cuando acontecía alguna catástrofe como por ejemplo malas cosechas, diversas sociedades monárquicas exigían la muerte de la figura regia y fueron estos quienes –en un intento por desplazar ese destino funesto– desviaron la responsabilidad fatal primero en sus hijos y luego en un nuevo sustituto. Pero éste debía atesorar el carácter divino conservando algo del rey, su sangre, por lo tanto se solía elegir a alguno de sus parientes. Así, los reyes temporeros durante un breve período de tiempo gozaban de las prorrogativas de aquellos, para finalmente ser muertos.
Freud, en “Totem y Tabú” incluye el tabú de los soberanos. De ahí desprende el sentimiento de ambivalencia y hasta lo relaciona con el “delirio persecutorio”.

Dirá que en un segundo momento el dios aparecerá muy distante y el padre, “restablecido en sus derechos, se venga cruelmente de su antigua derrota elevando a un grado máximo el poder de la autoridad” y que “los hijos aprovechan estas nuevas circunstancias para eludir aún más su responsabilidad por el crimen cometido. No son ya ellos, en efecto, los responsables del sacrificio; es Dios mismo quien lo exige y ordena.”
Aquí llegamos a otro aspecto interesante en relación a los desarrollos que acompañan en general esta temática: la desrresponsabilidad del acto.
En este mismo texto, Freud siguiendo los postulados de Robertson Smith dirá que “El sacrificio... no tenía al principio la significación que adquirió en épocas posteriores, o sea la de una ofrenda hecha a la divinidad para aplacarla o conseguir su favor”. “... el sacrificio no era primitivamente sino un acto de camaradería social entre la divinidad y sus adoradores” y agrega que “la muerte de la víctima pertenecía originalmente a los actos prohibidos al individuo y solo justificados cuando la tribu entera asumía la responsabilidad.

También Mircea Eliade dirá en relación a la víctima: “¡Te hemos comprado, no te hemos cogido a la fuerza; ahora te sacrificamos según la costumbre y no cae sobre nosotros por ello ningún pecado!”.
Los otros elementos presentes son el tiempo –los rituales se reproducen con periodicidad, en fechas o ante acontecimientos determinados– y la ingesta alimenticia.

Si la tendencia actual es el resquebrajamiento de los rituales que reglamentan las creencias, ¿donde ubicar lo sagrado?
¿Cómo se reestablece hoy la relación entre lo sagrado y lo profano, cuando el consumo –tal lo planeado por Agamben– hace imposible elevar la cosa a lo divino para luego ser profanada?
¿Las adicciones –sobre todo las vinculadas a la ingesta de sustancias– serán otro modo que encuentra el sujeto para relacionarse con lo sagrado, sacrificio mediante?
¿La presunta proliferación de modalidades de sectas de todo tipo, no solo religiosas, tendrá que ver con que éste es uno de los reductos donde esa operatoria fallida puede reintentarse?
Transubstancialización y desresponsabilización: dos componentes que se reiteran en cada ritual que reproduce las creencias, que conforman la base del sacrificio, cuyas trazas podemos encontrar en la clínica, por los que el sujeto paga un alto precio toda vez que se encuentra petrificado en una posición sacrificial.
______________________
1. Sobre este punto no hay coincidencia entre los historiadores, ya que algunos sostienen que en muchos casos las víctimas eran fundamentalmente jóvenes vírgenes, esclavos o prisioneros de guerra, sacralizados mediante el holocausto.
2. Mircea Eliade, Tratado de Historia de las Religiones, “Los cultos de la fertilidad”, pag.123. Ediciones Cristiandad, Madrid, 1974.
3. Ibidem. pag. 124
 
 
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