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   El refugio de las creencias

La escatología como refugio
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
No cabe la menor duda de que hay cosas que están mal, demasiado mal en nuestro mundo actual: el derrumbe del comunismo y la universalización sin restricciones del capitalismo –incluidas China y Rusia–, ha sido acompañada de un dominio también sin restricciones de las políticas neoliberales y de su corolario inevitable: la instauración del capital financiero como árbitro de la economía en su conjunto y también de la política.

Esta visión, sin duda justa, sigue siendo parcial: no contempla la situación actual de América Latina, ni tampoco tiene en cuenta el ascenso de las nuevas potencias, China, indudablemente, pero asimismo India, que en un tiempo difícil de prever pero no lejano, cambiarán la configuración política mundial. ¿Hacia dónde vamos? Nadie lo sabe con certeza, pero sí podemos tener certeza en un punto decisivo: que las visiones apocalípticas y su reverso optimista son refugios ambos en el fondo obsesivamente idénticos contra la evidencia de que el hombre, mientras domina cada vez más la materia, pero al precio de producir intervenciones catastróficas en ella, carece de control sobre la sociedad, ¿y cómo podría obtenerlo si el único modo de gestionar tal utopía sería la conversión pesadillesca –imposible de realizar– de reducir la masa social a una totalidad homogénea y sin fisuras, dirigida por un Gran Jefe inmaculado? La ciudad moderna –no caben dudas de que nuestro siglo lleva al límite la gran transformación del siglo XIX– con su extrema complejidad, nos impone ciertos límites que no cesamos de desconocer.

El primero de ellos está relacionado con la noción de “individuo”1. Desde luego, hay individuos, si se quiere, desde siempre, mas lo que solemos denominar, para simplificar, sociedad industrial del siglo XIX, lleva al máximo el despliegue de un rasgo decisivo que me gusta llamar “tectónico”, porque está hecho de plegamientos, dislocaciones, deformaciones, que operan a través de los múltiples y antagónicos códigos que reclaman al individuo sin saturar jamás sus virtualidades. Dicho en otros términos: el individuo está constantemente fragmentado por reclamos contrarios y hasta contradictorios. Reclamos traumáticos que generan turbulencias y movimientos espontáneos de aquellas formas de sociabilidad que poseen un alto grado de disipación, ya que ni las estructuras ni las instituciones alcanzan a controlar los movimientos centrífugos. Un asesinato puede desencadenar una pueblada; una huelga aparentemente manejable por los poderes, puede precipitar la ruina de un proyecto político gestado durante años; una idea no muy lúcida y hasta de improbable eficacia, puede aquietar las aguas y hasta traer, inesperadamente, la paz social –“paz social”, es un eufemismo que reemplaza al vocablo más adecuado: tregua–. No es que sea posible que ocurra cualquier cosa2; por el contrario, una vez ocurridos los hechos, se tornan a posteriori visibles sus enmarañadas razones. Pero no de antemano, porque la eficacia demoníaca del azar es ineliminable, ya que la multiplicidad inconsistente de las redes simbólicas que reclaman la aquiescencia de los individuos, torna incalculable el efecto del cruzamiento de las series de determinaciones.

II. Volverse escatológico es una manera de defenderse de estas angustiosas evidencias. Y al hacerlo, nos reintroducimos sin más en la religión que sutura todas las faltas afirmando la continuidad entre vivos y muertos, otorgando finalidad a lo que no lo tiene y favoreciendo radicalmente el temple de ánimo que nos hace contemplar, en torno nuestro, un campo de ruinas del que pudiera salvarnos, quizá, el advenimiento de un nuevo Mesías, que aquí deberíamos interpretar como un nuevo líder. La religión (y hablo del cristianismo, hoy religión que tiende a la universalidad de la mano del capitalismo) encarnada en el templo gótico, se erige durante siglos y apunta con sus torres al cielo que araña. Es la promesa no sólo de duración, sino fundamentalmente de perduración.

Tengo ante mí uno de tantos textos escritos por psicoanalistas para “aplicar” el psicoanálisis a la sociedad actual. Pertenece a Jean-Pierre Lebrun y se llama Un mundo sin límite, el subtítulo dice: Ensayo para una clínica psicoanalítica de lo social.
Sin duda, alguna de sus descripciones son válidas –como la eliminación del límite de lo imposible y la propagación celebratoria de que “todo es posible” a través de la propaganda inspirada por la tecno-ciencia–, pero reitera el síntoma de la corporación analítica por el cual constituye su pequeña iglesia: la absoluta insensibilidad para los problemas específicamente simbólicos, que es un medio de cerrarse sobre sí. Y no me refiero solamente al uso mecánico y salvaje del ternario –RSI–3, sino también a algo que es esencial y por ello mismo desconocido: la diferencia entre el intercambio de equivalentes, que constituye el intercambio propiamente económico –la “economía restringida” en la terminología de Bataille–, y el intercambio simbólico dominado por el exceso, el robo y la donación (esta última constrictiva porque no hay medida común entre el dar, aparentemente gratuito, y la obligación de devolver, indeterminada en su contenido) todo lo cual instituye la “economía generalizada”, basada en el gasto improductivo, tan improductivo, tan inútil, como lo es el goce. De un lado los ritos sacrificiales que presiden la formación de masas, la parafernalia heredada de las tradiciones políticas en que se repite la pesadilla de los muertos oprimiendo el cerebro de los vivos, según la célebra metáfora de Marx; los sacramentos identificatorios de los grupos enfrentados en la lucha por el poder; el teatro social, callejero y estimulante, que alegoriza las funciones de la ciudad; del otro, la racionalidad del mercado, presidido por el valor más allá de su fetichización, y en el cual lo equivalente hace surgir lo no equivalente y así se organiza el consumo productivo, siempre interferido e interfiriente en el otro registro, el de las retóricas de la polis.
De esta diplopía social, ni noticias…
Por otra parte y para sobreabundar: que la función paterna es denegada, como si ella actuara de otra manera, antes y ahora; que la llamada “ciencia”4 cristaliza enunciados despojados de su proceso de enunciación, lo cual ha sido siempre una condición del orden social… que la ciencia ocupa el lugar de la religión, pero se olvida que puede haber una religión de la ciencia. Tras todo esto hay un tufo a conservadurismo nutrido de la más profunda ignorancia…

III. Si algo hay en las corporaciones psicoanalíticas, es confusión y simplificación abusiva de los problemas, consecuencia de la impotencia para descubrir que la catástrofe que divisan afuera5, es una proyección de la catástrofe interna, del inmovilismo, del imperio de un principio de autoridad mucho más cruel que el eclesiástico, de la inhibición de pensamiento cada vez más acentuada.
Ciertamente, no es un síntoma exclusivo de la corporación analítica. En tiempos como los nuestros, el catastrofismo y la fetichización de los términos de la teoría, el endurecimiento de los rituales de acceso y de promoción, la transformación de la transferencia en sugestión, son rasgos que encontramos por todas partes. Vivimos una época que intelectualmente bien puede llamarse bizantina: no hay descubrimientos que nos sorprendan ni doctrinas que prometan –como todavía sucedía décadas atrás– un nuevo modo de ver las cosas, el nacimiento de un sentido insólito e inédito y gratificante. El endurecimiento de los códigos y el refugio tan marcado en la nostalgia y en la erudición biográfica y hermenéutica, son una respuesta a la grieta de lo impensable que se abre ante nosotros, abarcando prácticamente todas las disciplinas del ámbito conjetural.

Hay dos acontecimientos que rechazamos aprehender tanto en su matriz como en sus consecuencias; acontecimientos que, no es cosa menor decirlo, no pertenecen al mismo ámbito ni son reductibles el uno al otro, aunque una cierta forma de unidad, apenas presentida, deben tener en su convergencia inquietante. El primero: la historia humana carece de un sentido y los sentidos coyunturales, los que aparecen y se disponen, borrándose, como en un palimpsesto, manifestándose ante los ojos y en la praxis de los que están implicados en ellos, llegan finalmente a adquirir forma adecuada, aunque nunca definitiva, en la siguiente generación; los vivos captan lo que se les escapó a los ya muertos… y así sucesivamente. O para decirlo en un lenguaje más tradicional: la historia humana carece de determinación en última instancia y de una temporalidad en la que comprensión y presente se identifiquen. En el nacimiento del sentido, el sujeto nunca está presente: llega a él con retardo.

El segundo: la llamada “caída de la paternidad” y la multiplicación de los enigmas acerca de la feminidad, están ya configurados en el comienzo de la modernidad; lo que ahora sucede, es que la orientación de ambos fenómenos6 se ha vuelto, súbita e irreversiblemente, visible.
Si Dios es el nombre que garantizaría que la existencia posee una causa final, y si la paternidad inconsciente es un resto de esa supuesta garantía, ambas dimensiones han alcanzado hoy su máxima separación: la terceridad no es actualmente (de un modo soterrado no lo ha sido desde hace un largo tiempo) un dato de estructura sino un objetivo a conquistar, pero cuyos bordes son inciertos; algo que está muy lejos de convertirse en mero obstáculo.
Del mismo modo, la feminidad, de contornos fluctuantes y por momentos inaferrables, indiscernibles tanto de los mitos como del imaginario de la época, ahora vaciada de sus sentidos y evidencias tradicionales, podría convertirse en uno de tantos dialectos religiosos, si no fuera porque su llamado al misterio del erotismo, conserva vivo un impulso extraterritorial.

Quiero decir: el complejo de nociones y de figuras que implican a la feminidad, tiene el mérito, para un tiempo de estímulos mediocres, de evocar la alianza de la inscripción que fija los límites con la locura que los erradica. Es que las metáforas de la feminidad, que giran por entero en torno a la receptividad alejada del dominio y de la apertura a lo que ha cesado de ser conocido y disponible, y que por esto mismo indican la turbulencia y el exceso, realizan la mezcla de la inscripción que hiende la carne y delimita el vacío, con el hundimiento drástico y gozante de la inscripción. Locura o más bien errancia extrema, ¿no tiene la dignidad de invocar un terreno en el cual todavía es posible inventar y abrir caminos, un territorio, por así decirlo, extraterritorial, alejado de los niveles más desoladores en los cuales el consuelo religioso hace pagar el precio de la anestesia y del sometimiento?
___________________
1. Etimológicamente es lo indiviso. Que haya algo indivisible en él, que resiste a todas las transformaciones, hace que la noción, condición histórica de lo que llamamos “sujeto”, vuelva pertinente el nombre.
2. La lucha de clases, bajo formas sordas o abiertas, es insuprimible, y éste es un axioma.
3. La mayoría de los escribientes corporativos, emplea las nociones lacanianas como si fueran un conjunto plenamente disponible y aplicable sin restricción a cualquier campo. ¿No son acaso la indisponibilidad y la turbulencia de esas nociones, las que marcan indeleblemente los textos de Lacan?
4. Sería bueno que se dejara de usar la noción de “ciencia” como si fuera una suerte de palabra valija en la que cabe todo y nada…
5. Vuelvo a decirlo: hay circunstancias terribles en el llamado “afuera”, pero esto nada tiene que ver con la visión apocalíptica.
6. Entiendo el término “fenómeno” en su sentido heideggeriano: es lo que inmediata y regularmente no se muestra, se oculta, pero pertenece a la esencia de lo que se muestra.
 
 
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