I - Afirma Aristóteles en su Metafísica1 que tanto el ente (lo que es) como lo Uno se dicen de varias maneras; podemos agregar, a contrapelo de él, que si se dicen de varias maneras es porque resulta imposible decirlo de una sóla y única forma: apenas pronunciamos o escribimos esa supuesta manera-una, inmediatamente se torna equívoca.
Sirva esta escueta referencia de introducción a la noción de falo, la que se ha naturalizado de tal manera que parece, entre nosotros, ir de suyo.
Ocurre algo semejante a lo que sucede con el significante: nadie parece preocupado por él, ya que los enigmas se desplazan al mathema o a la escritura sin que se advierta que se ha producido, justamente, un desplazamiento.
Así cuando hablamos de goce femenino y de su más allá del falo, los enredos y cortocircuitos provienen, qué duda cabe, en buena medida de la índole del tema; pero también agrega lo suyo (y en insospechada dimensión) que se haya transformado una noción tan compleja y problemática como la de falo, en elemento puntual, simple, incluso empírico.
Para tomar un atajo, veamos los diversos niveles que implica esa noción según el conocido texto de los Escritos, “La significación del falo”. Están presentes allí por los menos tres modelos o esquemas de referencia2, muy distintos entre sí. En primer lugar, el esquema linguístico, según el cual el falo es el significante último y fundamental que articula los efectos de significado; segundo, el mítico-religioso, inspirado en las ceremonias griegas y romanas de los misterios, y según las cuales el falo está velado y más aún es velo él mismo, un velo ligado al demonio fantasmático del Pudor y al desfallecimiento extático del impulso vital; tercero, el matemático, según el cual el falo es razón, en el sentido formalizado de la expresión, es decir, como proporción áurea o también como proporción en la improporción o medida en y de la desmesura.
Es claro que no basta diferenciar al falo del pene, ni siquiera distinguir el nivel imaginario del simbólico, ya que lo imaginario y lo simbólico están presentes en los tres niveles sumariamente descriptos.
Es más: está presente diagonalmente en los tres y de un modo perceptible la trama de lo que los griegos, y en particular los presocráticos, llamaban lógos, esa función vital que Lacan marca con el signo del desfallecimiento3.
Por supuesto que no hay contradicción e incluso hay convergencia entre el falo-medida y el falo-velo; no obstante, es decisivo señalar que también hay salto, discontinuidad, entre la noción de medida que, aún abstraída de su dimensión rigurosamente matemática, como es el caso, por cierto, sigue siendo una función constante, y el velo, que, por definición, y por provenir de la religión antigua y de la poesía, instituye una metáfora múltiple, tornasolada. De uno a otro nivel se pasa por salto, no por gradación.
Como es sabido, el velo es una metáfora central en toda la especulación sobre el falo, ya que a diferencia de Freud, quien diferenciaba pene de falo pero para construir el segundo sobre la matriz del primero para terminar así localizando a éste de manera puntual y empírica, el falo lacaniano presenta la inconsistente consistencia del meteoro: algo que surge de repente de lo oscuro, fulgura un instante y desaparece para retornar en la repetición cíclica del mismo movimiento: el falo no es; o en todo caso su ser se agota en el aparecer desvaneciente. De esta forma se entiende la reiterada afirmación de Lacan: nunca está más presente el falo que cuando se ausenta.
Adviértase entonces, como primera conclusión, que Lacan trata al falo tal y como trató a la pulsión en su seminario Los cuatro conceptos: como un montaje de elementos heterogéneos.
II - Dice Lacan en la clase del seminario Formaciones del inconsciente del 12 de febrero de 1958: “El falo entra ya en juego tan pronto el sujeto aborda el deseo de la madre. Este falo está velado, y estará velado hasta el fin de los siglos por una simple razón, porque es un significante último en la relación del significante con el significado. Hay en efecto pocas posibilidades de que se muestre nunca de un modo que no sea su naturaleza de significante, es decir, que se revele verdaderamente qué significa en cuanto significante.”4
A diferencia de la medida, la noción de velo, que Nietzsche ha desplegado en y para la modernidad, mediante la equiparación de máscara, apariencia, pliegue, superficie y piel, todo lo cual era reunido por él en la femineidad5, implica un desdoblamiento original, un desdoblamiento inicial e irreductible. Quiero decir, no hay primero un falo que luego sería velado; si fuera así no sólo estaríamos entronizando un dios antiguo en su lugar, sino que estaríamos despojando al falo de su función primordial, que es simbolizar el impulso vital negativizado y que promueve una representación que, es preciso anotarlo, no es un dato sino una invención de Lacan para comenzar a nombrar bajo un término que los agrupe, una serie de fenómenos y de instancias que la cultura ha dejado en la sombra de su dispersión.
El falo mismo se desdobla entre él mismo como significante y objeto; siempre apariencia que remite a otra apariencia y de allí ese pliegue que sólo se despliega para replegarse como una positividad que sólo emerge bajo la forma de su negativización.
Mas, y es esto lo esencial, el falo (¿es necesario decir que “falo” es un nombre técnico y erudito?) es una constelación de rasgos discontinuos y no un objeto puntiforme, aunque así nos guste imaginárnoslo, constelación que aparece sustrayéndose en los nombres corrientes de la falicidad (pongo por caso esa verga que es cetro y castigo, vergajo, para abundar, entre otras cosas que el lenguaje común dice sin saberlo) en las imágenes erectas que proliferan por todos lados, oculto a la vista su efecto en profundidad, y asimismo en los ritos que se sostienen en ese patético signo de escritura eréctil (“l”) que se alterna con otros no menos fundamentales, como la negación (“–“), el cero matemático, el punto geométrico, ese punto indeducible del cual se deduce todo, y la barra que cruza oblicuamente y tacha, mancha, incluso borra cualquier inscripción inconsciente: (“/”).
Y si además (pero no en último término) es medida, esta medida ¿qué mide? y sobre todo, ¿cómo lo mide? Es algo que seguiré explorando, no sin recordar que el famoso “número de oro”, la “media y extrema razón” invocada por Lacan en Significación del falo, y luego retomada en el seminario La lógica del fantasma a propósito del objeto a, tiene una impronta sin duda matemática, pero antes que nada, (y su historia la revela, a través de las edades en las que fue inspiración de las artes plásticas, de la religión, de la poética, y de tantos esfuerzos iniciáticos), de una matemática mágica, como lo muestra el conocido libro de Matila c. Ghyka, El número de oro6.
1. Véase de la obra citada, libros IV (gamma), 1003b,5; y X (iota) 1052ª,15. Aristóteles dice que en cierto sentido lo Uno y el Ente son lo mismo.
2. Los términos “esquema” y “modelo”, los dos susceptibles de usos diversos, designan, simplemente, el lugar de proveniencia de las metáforas, los recursos, los conceptos. Pero, a diferencia del lacanismo portátil, creo que si bien no es posible identificar el lugar de origen con el producto final, tampoco es descartable la resistencia que es propia de esos materiales y que dejan su huella, a veces tan profunda como inadvertida.
3. Véase “Logos. Políticas de transmisión del psicoanálisis”, Nº4 de Redes de la Letra, Buenos Aires, junio de 1995. Allí se traduce ( y se discute) el texto “Logos” de Heidegger, así como la peculiar versión francesa que Lacan hizo de él.
4. Lacan, J. Las formaciones del inconsciente, Paidós, Buenos Aires, 1999, pp. 248/249.
5. Nietzsche, F. La ciencia jovial, Monte Ávila, Caracas, 1999, pp. 6/7.
6. Ghyka, M. El número de oro, vol. I “Los ritmos” y vol. II, “Los ritos”, editorial Poseidón, Buenos Aires, 1968.
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