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   Problemas y controversias

Salto y aserción
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Se suele decir que no es lo mismo inferir –es decir, deducir de premisas una o varias conclusiones, colofones, corolarios–, que asertar, es decir, afirmar la conclusión. Por ello se puede prestar asentimiento a razonamientos débiles y, al revés, negárselo a los fuertes.
Pero todo esto es válido desde la psicología de la conciencia, porque si intervienen los procesos inconscientes y las decisiones del sujeto, es preciso advertir que si se presta asentimiento a un razonamiento supuestamente débil, es porque hay, censurada, otra cadena argumental, de naturaleza bien diferente, disimulada en la aparente.
Es que el asentimiento no está en el mismo plano que la inferencia que parte de premisas y arriba a una conclusión según un régimen formalizado con proposiciones que adopten la forma de sujeto y predicado o bien, como propone la lógica desde Frege, la de argumento y verbo1.
En su Conceptografía Frege sitúa en primer plano la noción de juicio. Dos expresiones que difieren léxica y sintácticamente,2 presentan el mismo contenido judicativo3. Él propone eliminar todo lo que implica la retórica, es decir, la interacción entre el oyente y el hablante, para que en la sucesión de proposiciones –cuya estructura es f(x)– se descarte todo lo subjetivo y así sólo se considere un juego de consecuencias.
Se sabe que Frege inventó un símbolo para la aserción “|—”. La barra vertical es la afirmación propia del juicio, la denomina “barra del juicio”; la horizontal, por el contrario, es la “barra del contenido”. Si sólo figura delante del juicio, lo que viene delante, por ejemplo “los polos magnéticos se atraen”, será una mera combinación de ideas, hasta tanto no sea marcado el contenido por la barra vertical de la aserción.
Pero, ¿hablamos de ésto cuando hablamos de aserción? En realidad, Frege distingue dos contenidos homogéneos, porque pertenecen al plano del enunciado y así la duplicación es perfectamente inútil. Un contenido lingüístico independiente de su expresión, una idea que puede tener distintos “vestidos” lingüísticos, o sea, un enunciado abstracto abstractamente afirmado, sólo puede ser asertado por el acto de un sujeto, pero tal aserción se ubica en el nivel de la enunciación, no en el del enunciado. Y se sabe, entre ambos media un abismo que es preciso saltar. Por razones didácticas, Lacan, cuando compuso el llamado grafo del deseo, dibujó dos líneas, una del enunciado y otra de la enunciación. Didáctica complicada y a la postre confusa, porque la enunciación –como lo revela el mismo Lacan en múltiples intervenciones textuales–, no puede ser representada por un trazo o una secuencia positiva, ya que es lo entredicho entre dos enunciados. La enunciación habita el silencio, sea el meramente tácito (taceo) o el más profundo, ese silencio que roza lo inefable e incomunicable: en latín, sileo. Y sin embargo no tiene otra forma de manifestarse que no sea a través de un nuevo enunciado. Con lo cual la misma economía libidinal del par enunciado/enunciación queda alterada. La imposibilidad de decir cabalmente el dicho enunciado, castra al decir y al dicho. Como el deseo (y copio aquí una fórmula de Lacan), el decir está efectivamente articulado, mas no es articulable. Algo que es en acto y no obstante es un acto sin potencia, un acto ligado a la imposibilidad, que desde el punto de vista de la lógica es un disparate. Digámoslo en nuestra lengua: es una paradoja.
En el plano de la retórica del inconsciente, la aserción seguramente aserta el pasaje de las premisas a las conclusiones, pero esa aserción no es lineal, cronológica y tópicamente.
Hablar de premisas y de conclusiones en el terreno de la retórica, implica efectuar un esfuerzo de simplificación para sostener linealmente algo cuya malla reticular –y se trata, más bien, de múltiples mallas reticulares superpuestas–, se resiste a semejante traducción. La retórica del inconsciente se enfrenta así a una tarea enorme y difícil de resolver: en el movimiento universal de los discursos –sociolectos, idiolectos– que se van singularizando a medida que alguien rompe a hablar en primera persona, cada vez que es preciso concluir, se forma una condensación de antecedentes y de consecuentes al que hay que imponer un giro, una conversión: tal es el salto, que merece semejante nombre porque implica un cambio abrupto de nivel, dominado por la necesidad imposible de realizar de que un decir se equipare a un dicho,4 de efectuar un corte que ilumine un camino y que sea prenda de convicción, como si se dijera: “me sumerjo en el mar del discurso y ahora, apremiado por los otros en el Otro, tengo que saltar a la superficie y producir un corte, una puntuación eficaz.”
La aserción es un cambio, una ruptura de la heterogénea homogeneidad a la primera potencia, que revela la heterogeneidad a la segunda potencia que constituye el orden simbólico.5 Es que si proclamo que todo es heterogéneo, le impongo a esa masa una cierta y apreciable homogeneidad. Quiero decir: asertar implica que le cabe la tremenda responsabilidad a un enunciado –y aunque sean varios, tienen que poseer la apariencia de Uno–, de hacerse cargo de la memoria del conjunto. ¿No es la condición misma de las grandes invenciones, las cuales, pese a su complejidad, alcanzan a expresarse en enunciados que tienen la apariencia de una simpleza ejemplar?
Son las razones por las cuales he empleado el término “salto”, formulado inicialmente por Lessing, de quien lo tomó primero Kierkegaard y luego Heidegger. En Lessing es el paso sin transición desde el orden empírico al orden metafísico –ya volveré sobre el particular–.
En Lacan, el término, más allá de su uso banal, se emplea categorialmente en por lo menos dos seminarios. En La Angustia menciona al pasar el saldo de la vida acuática que en algún momento abandona su medio primitivo y pasa al aire. ¿No es una conmovedora metáfora de la angustia?
Se sabe, por lo demás, que en el seminario Acto analítico llama “salto” al pase de analizante a analista.
El término “salto” tiene, sin exageración, un alcance cósmico: está presente cuando el orden vital emerge del orden físico sin reducirse a él, y cuando el lenguaje permite que alguien se desprenda de la mera necesidad para constituirse en una suerte de casi nada de la naturaleza. En todos los casos y de maneras diversas que sólo negativamente podrían totalizarse, emergen estados, cualidades, relaciones, constelaciones cuyas causas últimas, cuya causa eficiente, diría, para nombrarla con el término canónico, son inaprehensibles.
Es curioso: una expresión usada por Aristóteles –metábasis eis allo génos– literalmente “transcripción o transporte de algo más allá de su género”, que usó en su obra de Coelo, es decir, sobre el cielo, ha sido tomada como expresión culta para designar un cierto tipo de falacia argumental: cuando hay un “salto” (spring en inglés, Sprung, en alemán) desde un dominio a otro ajeno y sin fundamento.
Amonestar las transcripciones, desplazamientos, transposiciones, traducciones consideradas indebidas, ¿no es un modo del pensamiento tradicional de aferrarse a la tranquilidad de que hay un Uno y adecuado orden simbólico que abraza sin saltos todos los niveles de la realidad?
El buen sentido dirá que cometo un sofisma muy evidente, porque todos los días vemos cómo se extrapolan sin sentido y disparatadamente conceptos y representaciones allí donde no es posible extrapolarlas. No obstante, y es lo que vuelve sintomática esta amonestación dirigida al pensamiento: “no vayas más allá del género permitido…” muchas veces se ha pronunciado el dictamen para ocultar los pensamientos que rompen los clisés habituales y dejan a la intemperie los sitios de estancamiento conceptual.
Ya volveré.


1. Un predicado expresa una cualidad; un verbo una acción. No es lo mismo decir que X es corredor, que X corre. Los mismos predicados pueden reducirse a acción verbal.
2. Frege, G., Conceptografía. Los fundamentos de la aritmética, UNAM, México, 1972. El ejemplo que da el autor en la página 15 es la conversión de una frase pasiva –“En Platea fueron derrotados los persas por los griegos”–, en otra activa: “En Platea los griegos derrotaron los griegos a los persas”. Se sabe, en la dualidad sujeto/predicado es excluyente la proposición nominal: X es inteligente; X es funcionario, los argentinos somos sudamericanos, etc.
3. Claro: para él un juicio es unívoco y refleja el pensamiento más allá del equívoco lenguaje cotidiano. Es una ilusión de la cual participa todo el pensamiento clásico, el pensamiento que cree poder pensar el lenguaje más allá de él.
4. En otro lenguaje Lacan diría que un significante tiene la apariencia de significarse a sí mismo. En este punto el vocablo clave es “apariencia”: es como una súbita iluminación que luego decae, mas dejando su huella. Es la apariencia no en el sentido de apparence (que es aspecto en francés, específicamente aspecto exterior) sino de semblant, o mejor, de faire semblant, que significa mostrar, dejar o hacer ver. Mostrar lo que casi alcanza el objetivo de la repetición, hacer ver lo que casi estaría por ofrecerse a la mirada…
5. “Orden simbólico” es una suerte de contraseña que suele permitirnos contrabandear muchas cosas y zafar de dificultades innumerables.
 
 
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