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   Problemas y controversias

La naturaleza del “Je” (Sexta parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Se suele decir: “El sujeto es huidizo…” “¿Cómo darle un sitio, un lugar preciso en la estructura?”.
Todas las dificultades del tema, desde las primeras formulaciones de Lacan, más bien fenomenológicas, que justifican el uso del vocablo y cuyas sedimentaciones y señuelos son tan notorios, están ligadas a que él concibe un sujeto carente de estructura, aunque sea el producto de varias. Quiero decir: el sujeto no es un aparato en el sentido freudiano de la expresión. Y, no obstante, Lacan llama a “eso” sujeto, es decir, sub-yectum, equivalente morfológico y semántico de la noción de substancia.

Ahora bien, si la expresión “sujeto-substancia” tiene alguna pertinencia, es porque, a diferencia del Da-sein heideggeriano, ha literalmente nacido de la cópula de dos; ha nacido como producto de una actividad que lo antecede y de la cual permanecerá ajeno de por vida.
Ajenidad que de alguna manera genera una interioridad, externa, desde luego, pero interioridad al fin. Se podría replicar que esa extimidad, esa interioridad externa, es del inconsciente, no del sujeto… Entonces, ¿el lugar del sujeto es puramente nominal, sin eficacia propia, un mero algo que oficia de soporte de las estructuras?

En su última época, Lacan hablará de un sujeto real y no sólo supuesto. Expresión difícil y que no obstante puede iluminarnos, del mismo modo que la unión de un atolladero con otro, puede aportar un comienzo de solución que podría ir más allá de la tarea escolar que consiste en hacer un inventario de los diversos sujetos que menciona Lacan: sujeto que miente, sujeto representado por el significante, sujeto de la ciencia, sujeto responsable… y la enumeración sigue y nos lleva al mismo aturdimiento que embarga a los especialistas en multiplicar los goces, para no tener que interrogar la raíz misma de la expresión jouissance.

Es pertinente quizá decir: el sujeto no es localizable a secas, porque toda localización requiere algún grado de estabilidad nominal y determinante y “eso” es indesglosable –si el verbo ser le conviene– de la temporalización imperfecta –en el doble sentido, imperfecto como tiempo, imperfecto como límite de la forma– de las estructuras; “eso” se constituye como margen, un margen que cesa, que se desvanece pero no por completo, y que las instancias de la enunciación han producido sin que puedan absorberlo, reducirlo. Digámoslo patéticamente: el sujeto es la enfermedad incurable de la lengua. Es el que está siempre y constantemente en exterioridad a sí mismo.

Veamos el punto más delicado: si digo “en exterioridad con respecto a sí”, ese “sí” no se confunde ni con el Ego de Freud ni, menos aún, con el de la psicología. Es un punto inextenso y temporalizado en cierto movimiento que se anticipa al Otro como medio del retorno sobre sí; mas, ¿qué es el “sí” sino una promesa desdoblada entre un punto de partida que sucede en el Otro y un punto de supuesto retorno, de pliegue dirigido hacia atrás, hacia esa opacidad que se vuelve insuperable justamente por la presencia de la división que articula un resto irreductible? (La división produce lo indivisible, ese objeto vacío sin concepto, que es la definición para el objeto a que Lacan tomó de Kant, más precisamente de uno de los tipos de nada –Crítica de la Razón Pura, B348– llamado nihil negativum, nada negativa, y que como se sabe es autocontradictoria, porque según Kant el concepto se suprime a sí mismo: el cuadrado redondo, el triángulo de dos lados, etc. etc. Es, en definitiva, el objeto que según von Meinong, subsiste sin existir.)

Una vez llegados a este término, las encrucijadas y perplejidades se multiplican. He descripto movimientos del sujeto: una reflexión que no culmina, una opacidad que es el único tesoro del sujeto y que siempre testimonia acerca de un resto irreductible, una anticipación anticipada por y desde el Otro que, cuando se vuelca en retroacción, retrógrada a un comienzo precario, jamás a un origen. ¿Cómo conciliar esta afirmación con la admisión de que el sujeto es una casi-nada de las estructuras?

La forma más sencilla de concebir, siquiera sea preliminarmente, este fenómeno, es pensar lo siguiente: reduzcamos una estructura psíquica, del nivel que fuere, a términos y a relaciones constituyentes, de cuya combinación habrán de surgir múltiples niveles constituidos. El sujeto opera allí al igual que un intersticio entre-dos. Un intersticio cuya movilidad es imprescindible para que los términos conecten entre sí; un intersticio, aclaro, que se mueve porque es constreñido a moverse, empujado, alejado, de nuevo atraído, aunque la dirección en que lo haga permanecerá siempre incógnita antes de generarse, y luego no cese en su enigma. Se mueve entre un término determinado y otro aún por venir, que cuando adviene lo hace bajo la modalidad del imperfecto: no está, estaba, no ama, amaba y, para retomar el ejemplo clarividente, un momento más y la bomba estallaba: ¿estalló? No, casi… Entre el futuro por venir y el pasado imperfecto –¿es preciso recordar las afirmaciones tan sugestivas de Posición del inconsciente y de Subversión del sujeto?–, hay un sujeto que se dispone a hablar porque quiere saber lo que supone que el Otro sabe acerca de él, un sujeto que piensa que es preciso pensar lo que aún no ha podido pensar del enigma de sí, y cuando final y esforzadamente lo hace, entonces ya no habla, habló, o mejor hablaba, habiendo quedado fijado sin remedio a los significantes que lo alienan. Exactamente ésa es la palabra: alienación.

Con todo, no se trata de la teoría clásica de la alienación –o no es, al menos, su vulgata–.
En la vulgata, algo interno se exterioriza y así se pierde, hasta que el agente interior recupera esa dimensión perdida. En la teoría que esboza Lacan, o que podemos esbozar nosotros a partir de él, hay antes de que una interioridad se exprese, un exterior anterior y causal que constriñe, y un exterior posterior que lleva la huella casi borrada, pero no obstante presente, de la interioridad fragmentada que se vuelca hacia afuera.
Estamos así en condiciones de responder a algunas –sólo a algunas– preguntas e incertidumbres que suele suscitar la introducción del “sujeto” –es mejor, hasta nuevo aviso, usar en abundancia comillas, para no suponer que “sujeto” es el nombre propio del sujeto–.

¿Cómo hablar, pongo por caso, de deseo decidido (Lacan emplea la expresión en Radiofonía y Televisión) si el sujeto ni siquiera sabe que habla? Y asimismo, ¿cómo identificar al sujeto con el cero*, si el cero es un puro significante?
En cuanto a la primera pregunta: no sabe que habla antes de hablar, pero descubre que lo hace cuando responde a destiempo –siempre se responde a destiempo, o demasiado temprano o demasiado tarde– al habla de Otro.
Por lo demás, si el cero es un significante y el sujeto no –hay una dimensión real de él, dimensión que comparte con el objeto– podemos contestar que el sujeto es significante y al mismo tiempo no lo es. Aquí es conveniente acudir a un vocablo de la teoría de la comunicación: el ruido. Los mecanismos significantes vacilan y caen porque en los canales el ruido aturde, aturde tanto como el silencio absoluto, si es que lo concebimos…
El ruido torna insuficiente a cualquier causalidad: es el principio de razón insuficiente que justifica suficientemente la introducción de un “sujeto” que vacila, se mueve a tientas y decide como puede. Es que lo más complejo, lo más difícil de pensar es que el significante al constituir al sujeto simultáneamente lo ubica en un estado de ruina.
_________________
*. Lacan lo hace en el seminario XI.
 
 
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