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   Violencia de género

El peor lugar del mundo para ser mujer
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 
“Se trata, en suma, de interrogar el caso de una sociedad que desde hace más de un siglo se fustiga ruidosamente por su hipocresía, habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice, denuncia los poderes que ejerce y promete liberarse de las leyes que la han hecho funcionar. Desearía presentar el panorama no sólo de esos discursos, sino de la voluntad que los impulsa y de la intención estratégica que los sostiene”.
Michel Foucault

Con la globalización capitalista —la reconversión neoliberal de la economía mundial— la explotación de las mujeres se extendió y se reforzó hasta niveles nunca vistos anteriormente. Con la globalización “la rapiña que se desata sobre lo femenino se manifiesta tanto en formas de destrucción corporal sin precedentes como en las formas de trata, tráfico y comercialización de lo que estos cuerpos pueden ofrecer, hasta el último límite. La ocupación depredadora de los cuerpos femeninos o feminizados se practica como nunca antes y, en esta etapa apocalíptica de la humanidad, es expoliadora hasta dejar solamente restos”1. El femicidio2, las grandes masas de refugiadas y desplazadas, la explotación sexual comercial que conocemos como “prostitución”, la trata de personas, componen un cuadro en el que se ponen claramente de manifiesto los estragos del Capitalismo. En todas estas situaciones, la crueldad y el desamparo de que son objeto las mujeres aumentan a medida que la modernidad y el mercado se expanden y anexan nuevas regiones. De modo tal que, a pesar de lo mucho que avanzaron la legislación y la jurisprudencia internacional desde la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos, de 1993, y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, de 1995 y su Plataforma de Beijing que consagró “los derechos humanos de las mujeres”, ratificados posteriormente por el Consejo de Seguridad y el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, nada ha impedido la barbarie creciente de prácticas generalizadas que muchos ya califican de “genocidio de género”3. Es así como la “violencia de género” queda subsumida en el contexto de violencia que el Capitalismo promueve y perpetúa en su etapa tardía.

La violación sexual de la mujer figura prominentemente entre las prácticas de dominación y subyugación más antiguas que se conocen. Pero la “destrucción vaginal” es de incorporación reciente a la larga lista de injurias y tormentos a las que están expuestas las mujeres por el mero hecho de tener cuerpo de mujer. En solamente dos provincias orientales de la República del Congo (ex Zaire) –zona limítrofe con Rwanda— se han registrado 200 mil casos de violaciones en 2008. Según estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas, en 2009 el promedio de ataques sexuales variaba entre 40 y 80 por día en una población en que el 65% de las víctimas eran menores de edad. Human Rights Watch4 asegura que en 2010 las agresiones sexuales se duplicaron, e incluso se triplicaron, en comparación con 2008. “Los hombres violan sistemáticamente a las mujeres –individualmente o en grupo— y, después, disparan sendas balas en sus vaginas”5. De modo tal que no se trata únicamente de la violación (práctica frecuente en ciertas culturas de la región) sino de la forma en que se lleva a cabo. De modo tal que no se trata solo de la violación perpetrada por soldados y milicianos (los conflictos armados refuerzan esas prácticas) sino de las violaciones practicadas en presencia de familiares y vecinos, que involucran a civiles, ratificando la potencia simbólica de una violencia que tiende a convalidarse y persistir, afincándose en usos y costumbres.

Así pues, los hombres, tras violar sistemáticamente a las mujeres, individualmente o en grupo, y dispararles después sendas balas en la vagina (o introducirles palos, tubos o navajas), se aseguran de que la lesión no mate a la víctima. La razón es bien simple: la “destrucción vaginal” es un arma de guerra. Porque en esas comunidades africanas6, donde las mujeres son el soporte princeps del lazo social, se impone inexorablemente el repudio por parte del marido, de los hijos y de la familia, de que es objeto la mujer que ha sido violada. Esto es el motivo de que las violaciones, en su mayoría, se cubran con un manto de silencio, con la intención de borrar todos los rastros de lo sucedido y poder, así, mantener la cohesión familiar y las relaciones “normales” con los vecinos y la comunidad. Los enemigos bien saben que la violación, para tener efectos de arma de guerra, debe dejar pruebas incontestables. La “destrucción vaginal” evidente y demostrable es, entonces, fundamental para suscitar la exclusión de las mujeres por las comunidades a las que pertenecen7. Porque cuando son muchas las mujeres que han sido agredidas (de manera brutal, en presencia de sus familiares o, a veces, forzando a parientes inmediatos a violarlas), su expulsión significa, lisa y llanamente, la desintegración de la trama y la cohesión social. De esa manera se aseguran que la población desplazada fracase en su intento de restaurar la malla social y recuperar la “normalidad” en el lugar donde residían; se aseguran que el reagrupamiento en torno a las mujeres (ya que son ellas las garantes del vínculo) sea imposible. Así, la disolución del grupo social y sus raíces estructurales crea canteras de reclutamiento a disposición de los vencedores8. Las diferencias entre varones de bandos opuestos, de etnias distintas, de grupos diversos, se resuelven gracias a su convergencia en cuanto al trato hacia las mujeres. Esa “destrucción vaginal” liga a los hombres más allá de sus pertenencias y sus matrices de identidad; y esas mujeres, que ahora no son más que vaginas destruidas (su condición queda reducida al rasgo que las identifica), posibilitan alianzas que se cimentan al lapidarlas en su condición de personas.

¿Alianza de “todos” los hombres?
No. Los hombres blancos, occidentales y “civilizados”, aparecen allí para salvar a las víctimas. Son los “hombres blancos que salvan a las mujeres color café de los hombres color café”9. Son los hombres blancos quienes, fieles a su estilo (con sus estiletes) cantan “presente”, dispuestos a intervenir frente a la depredación sufrida por esas vaginas: decididos a reconstruirlas, a repararlas. Proponen la creación, por conducto de múltiples organismos de las Naciones Unidas y de varias ONG, de quirófanos y de “Ciudades de la Alegría” para que las mujeres violadas puedan recuperar su autoestima y tal vez posibilitar que algunas hasta lleguen a convertirse en líderes de sus comunidades.10

La “destrucción vaginal”. El fantasma fundamental reside en el lazo que une al sujeto en posición de pura mirada con la pura violencia. Y esa escena es repugnante. Es una escena que seguramente nadie considera ni siquiera remotamente tolerable. Si hasta me parece inoportuno invocar esa atrocidad cuando bien podría evitarlo mediante una verwerfung, una verleugnung, una verdrangung, o una verneinung; alguno de esos recursos de los que uno dispone para eludir una tan pesada carga, una carga mortífera que nubla la razón.

No obstante, esa presencia persiste. Esas mujeres están ahí, circulan por ahí y su mera existencia me acusa, me inquieta profundamente… y me avergüenza. Mi turbación frente a la “destrucción vaginal” —lo que paraliza mi expresividad— no es la mirada “cosificante”, petrificante del “otro” (como lo querría Sartre) sino su soledad, su desvalimiento y su desamparo; su desnudez indefensa, su vulnerabilidad manifiesta. Frente a esas mujeres me siento avergonzado y la vergüenza es un sentimiento agobiante. La vergüenza es difícil de expresar y es difícil de callar. De ahí que mi consternación, el oprobio que me embarga, no sea sino la turbulencia moral, el desasosiego ético que me invade.

En el reconocimiento de ese horror es mi propia responsabilidad la que se evoca y se provoca. Y la responsabilidad, esa palabra trillada, esa noción que alude al deber subordinado a una moral, es el fundamento de la construcción subjetiva. La responsabilidad11 es, como categoría teórica, el fundamento de la construcción subjetiva pero, justamente, por eso no lo es en su acepción convencional. No como concepto de “deber”, ni siquiera por su proximidad a la culpa —al resultado en mi conciencia de las faltas reales o imaginarias que pude haber cometido— sino como exigencia que el otro me impone con su desvalimiento esencial, y a pesar de que ese sufrimiento nada tenga que ver conmigo; ni me concierna. Quiero decir con esto que no es mi intención apelar a una supuesta compasión o ternura esenciales para justificar mi implicación y sensibilizar a los demás ante los estragos de la violencia ejercida. Quiero decir con esto que, cuando se atribuye el papel activo al amor al prójimo, se pervierte hasta la afectación la cuestión moral.

Decía que el fantasma fundamental reside en el lazo que une al sujeto en posición de pura mirada con la violencia pura. El fantasma fundamental reside en la mirada impasible ante el horror. Soy yo el que ve. El que ve, el que ilumina con su mirada, el que exhibe ante quien lee los detalles de la crueldad, el que despliega el cuadro, el que presencia la escena. El poder reside, qué duda cabe, en la mirada: en la mirada que organiza y domina el entorno. El poder reside en la mirada central, en el panóptico de Bentham. Según esta concepción, “la relación de poder… está determinada por el hecho de que la mirada masculina controla el campo visual, mientras que el estatuto de la mujer es el de objeto privilegiado de la mirada masculina”.12
Sin embargo, la dialéctica de la mirada y el poder es mucho más sutil ya que, si bien la mirada connota poder, también supone su par antitético: la impotencia en la medida que me ubica (que nos ubica) en la posición de testigo inmóvil que solamente puede observar lo que está mirando. La mirada, acompañada del sentimiento que embarga al observador impotente, obligado a enfrentarse al horror inefable, inaudito, inenarrable, nos inocula, nos fija y nos captura en ese lugar incómodo, vergonzante, aunque me repita una y mil veces que las niñas y las mujeres del Congo nada tienen que ver conmigo, que no soy yo el agresor. Entonces, como testigos inmóviles frente a lo ominoso que excede nuestra capacidad de representación solamente nos queda el recurso de salir del atolladero por el lado del rescate de la víctima, a sabiendas de que, aun así, hemos de quedar cautivos (cautivados) por esa mezcla de fascinación y de repulsión que dimana del horror.

Porque ocurre que también la violación de una niña o de una mujer ante la mirada de su pareja o de su padre está destinada a poner en movimiento el círculo vicioso de la vergüenza: la vergüenza del padre o del cónyuge, impotente ante sí mismo y ante los ojos de la mujer; la vergüenza de la mujer por “causar” la humillación del varón. Y no todo queda clausurado allí. Se impone reconocer la impotencia vergonzante del tercero, del gran Otro, Se impone reconocer la impotencia vergonzante del tercero, del gran Otro, de la autoridad del Congo, cuyo Jefe de Estado suscribió, entre otros acuerdos internacionales, el Documento Final del vigésimotercer período extraordinario de sesiones de las Naciones Unidas acerca de la igualdad entre los géneros, en particular los compromisos relativos a la mujer en los conflictos armados y la “responsabilidad de proteger” a la población13, compromisos que incumben a cada país, a las propias Naciones Unidas, y a las comunidades, todos los cuales han demostrado ser incapaces de impedir actos criminales de misoginia que infringen el derecho internacional. ¿No les da vergüenza?

Porque la violación como espectáculo y la “destrucción vaginal” como “creación de una realidad” en el cuerpo de la mujer tiene un destinatario; esa destrucción está dedicada a la mirada, la necesita ineludiblemente. El encuentro de la mirada masculina con la vagina destruida se inscribe sobre el encuentro de la mirada del fetichista descripta por Freud: el niño desliza la vista sobre el cuerpo femenino, la dirige hacia los genitales y se sorprende cuando no encuentra nada allí donde esperaba ver algo (un pene). Pero… no es exactamente el caso. Aquí se encuentra con algo: algo inexistente porque ha sido destruido. Algo horroroso, que da cuenta antes que de una castración fálica, de una ausencia, o presencia residual de la impotencia a la que antes aludía, pero metamorfoseada en poder masculino capaz de producir ese daño. Y un tal horror es un horror que liga y obliga a los hombres, más allá de sus diferencias en otras cuestiones. Son hombres que apenas se conocen, aislados, desarraigados, que coinciden únicamente cuando la violación, certificada por el daño real, impone su evidencia. De modo tal que esa mujer es el catalizador que posibilita el reconocimiento mutuo y la alianza de los hombres, al mismo tiempo que pone de manifiesto la imposibilidad de construir cualquier tipo de lazo social.
¿Es prenda de unión entre los hombres?

No. No de todos los hombres. Los hombres blancos, occidentales, aparecen entonces para salvarlas, para reconstruir con sus bisturíes lo que ha sido dañado, para devolverles sus “derechos humanos”. Son otros, y son los mismos, hombres blancos, occidentales, que produjeron y sostienen esa civilización depredadora; esa (reitero el exergo del presente texto) “sociedad que desde hace más de un siglo se fustiga ruidosamente por su hipocresía, habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice, denuncia los poderes que ejerce y promete liberarse de las leyes que la han hecho funcionar” y que, aun, no se atreve a enfrentar la voluntad que la impulsa y la intención estratégica que la sostiene.

Esos Organismos Internacionales, esas Potencias colonialistas que alternan entre una indiferencia respetuosa de la diversidad cultural, apoyándose en la vigencia a rajatabla del multiculturalismo como norma cultural hegemónica del Capitalismo tardío con intervenciones solidarias y “reparatorias”; esa presencia “civilizadora” mantiene firmemente y en última instancia, al menos dos interrogantes:
¿Contra quiénes tienen que protegerse esas mujeres?
¿Cuáles son las causas que hicieron –y siguen haciendo— posible ese horror?
______________
1. Segato, Rita: “Género y colonialidad: en busca de claves de lectura y de un vocabulario estratégico descolonial”. En: Feminismos y Poscolonialidad: Descolonizando el feminismo desde y en América Latina. Karina Bidaseca y Vanesa Vazquez Laba (compiladores) Ediciones Godot. Buenos Aires. 2011.
2. Segato, Rita: La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juarez. Ediciones de la Universidad del Claustro de Sor Juana, 2006.
3. Winkler, Theodore; Las mujeres en un mundo inseguro: genocidio de mujeres.
4. Según Human Rights Watch, el Congo es el peor lugar del mundo para ser mujer. Pero Care International no está de acuerdo: es el tercero entre los peores lugares, después del Afghanistán y Somalia.
5. Dr. Denis Mukwege, director médico del Hospital Panzi, en Bukavu, provincia de Kivu Meridional. Congo.
6. …y europeas: en la guerra de la ex Yugoslavia los soldados serbios recibieron del comando militar la orden de violar a las mujeres bosnias. Y el “conflicto africano” ha sido azuzado por el Gobierno francés, entre otros. Casi todo el continente africano, otrora colonizado por Europa, es ahora objeto de una insoslayable disputa colonialista con los EE.UU.
7. El tipo de agresión es feroz. La mayoría de estas mujeres desarrollan fístulas que suponen la destrucción de la pared que separa la vagina de la vejiga y del recto. Esto provoca incontinencia y pérdidas constantes de orina y heces.
8. El conflicto en las zonas orientales de la República del Congo ha dejado entre 5,4 y 7 millones de muertos desde 1994. Dos millones de ellos eran niños y niñas. El ejército francés, cuyo Gobierno apoyaba militarmente al régimen de Rwanda, facilitó la fuga de los genocidas hacia el Congo, donde formaron las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Rwanda (FDLR) con el objetivo de lanzar una contraofensiva.
9. Chakravorty Spivak, Gayatri: A critique of postcolonial reason: Towards a history of the vanishing present. Cambridge, Harvard University Press. 1999.
10. La iniciativa es de Stephen Lewis, codirector de AIDS-Free World. Lewis ha trabajado a lo largo de más de dos décadas para las Naciones Unidas. Es asesor de la Mailman School of Public Health, en la Universidad de Columbia, Nueva York.
11. En Lo que queda de Auschwitz. Homo Sacer III ( Pre-textos. Valencia. 2000) Giorgio Agamben nos recuerda que es del verbo latino spondeo de donde deriva la responsabilidad como acto por el cual uno garantiza algo frente a alguien. Y, en un principio, se trataba de los esponsales: la promesa de matrimonio que el pretendiente ofrecía al padre de la novia devenida entonces en sponsa. Promesa de matrimonio o promesa de garantizar una reparación en caso de que no se cumpliera con lo acordado. El derecho romano arcaico era muy claro: el hombre libre se convertía en rehén –es decir, en cautivo-- cuando acordaba garantizar la reparación de una ofensa. Estaba obligado a cumplir con su responsabilidad. Estaba sujeto a ob-ligatio (ligado) a cumplir con su responsabilidad, a riesgo de pasar a ser reus, de perder su autonomía como ente jurídico.
12. iek, Slavoj: La metamorfosis del goce. Seis ensayos sobre la mujer y la causalidad. Paidos. Buenos Aires. 1994.
13. Es el primer gran desafío contemporáneo internacional a la inviolabilidad de la soberanía. Afirma simplemente que cuando un gobierno es incapaz o no quiere proteger a su pueblo contra flagrantes violaciones de los derechos humanos, la comunidad internacional tiene entonces la responsabilidad de intervenir. Esta responsabilidad puede traducirse en negociación diplomática, sanciones económicas, presión política o intervención militar; lo que sea necesario para restaurar la justicia para con los oprimidos.
 
 
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