¿Es reductible el sujeto, ese efecto del acto de articular la primera persona, a una simple variable dependiente? Si fuera así, ¿cómo concebir que una variable elija, decida, dé un salto ético?
Decimos que “tiene” un cuerpo; mas ¿qué significa exactamente esta expresión que evoca la etimología: subyectum?
Tomaré las cosas por un sesgo en apariencia oblicuo. En el seminario “La angustia”, como es sabido, una de las categorías del afecto menos explorada es la que Lacan denomina embarras y que fue miserablemente traducida por “embarazo” contra todas las evidencias del uso: en francés el término no designa el estado de la mujer en gestación sino lo que está atestado, abarrotado, atiborrado, por ejemplo “atiborrado de comida”, el atosigamiento de alguien por la razón que fuera; designa los atascamientos del tránsito vehicular, las obstrucciones de todo tipo e incluso a las intoxicaciones medicamentosas. Si tuviera que elegir algún término para traducirlo, prefiero “atosigamiento”, que refiere a alguien agobiado por el exceso de trabajo o por la falta de tiempo. ¿No nos acercamos aquí a esa prisa que es la característica básica, primaria, de la temporalidad del inconsciente lacaniano?
Un sujeto agobiado es exactamente lo contrario de un sujeto dividido. Hay aquí una doble dimensión que excede el campo de las variables, sean dependientes o independientes.
Mas, problema adicional, ¿cómo es posible que el significante que divide pueda también atosigar? (Vemos aquí en germen la posterior teoría de lalangue, que indudablemente rectifica y expande la noción de significante).
Un sujeto atosigado –y el mejor ejemplo es la rumia pensante del obsesivo que gira incesantemente en torno a un mismo punto o en torno a cualquier cosa que se desliza y da vueltas como en calesita–, está alienado por aquello que lo constituye y al mismo tiempo lo desestructura. El representante que lo representa para otro significante no sólo lo instituye, también lo demuele, lo mortifica, lo deja sometido a la espera sufriente.
Vemos así el esbozo de una dialéctica –dialéctica trunca, es cierto, pero dialéctica al fin– habitualmente ignorada por la vulgata, que en el seminario “La lógica del fantasma”, más precisamente en su clase inaugural, del 16 de noviembre de 1966, se manifiesta de manera clara. Jugando con un elemento de la lógica modal, el famoso losange de la fórmula del fantasma [◊] lo segmenta horizontalmente y obtiene conjunción y disyunción; al segmentarlo verticalmente, obtiene “mayor que” y “menor que” [<>]. Además, termina por complicar las cosas declarando que el losange permite leer una inclusión como exclusión.
Por cierto, con estos elementos que están tomados de distintos sectores de la lógica y de la aritmética –de las cantidades en este último caso y en el anterior, de la lógica proposicional– y con los cuales no puede haber ninguna clase de combinatoria (¿cómo establecer una combinatoria con elementos que simultáneamente se contraponen?) no se puede hacer lógica pero sí una retórica muy especial, lleve el nombre que se quiera: la retórica de la doble relación. “Doble relación” es la expresión que usa Lacan. Se necesitan dos operaciones simultáneas y de sentido contrario para constituir un sujeto. El ejemplo princeps es el del escrito “La ciencia y la verdad”, del cual extraigo su formulación puntual: “El sujeto está, si así puede decirse, en exclusión interna de su objeto.”
Obsérvese: exclusión interna quiere decir, estrictamente, que la disyunción entre el objeto y el sujeto, disyunción tanto más notoria cuanto que ambos términos, a diferencia de la antigua y perimida gnoseología, no son simétricos, porque el objeto es un agujero circundado y el sujeto un temblor que vacila y se apresura a concluir, es una disyunción que no cesa de mezclar incensantemente aquello que separa, y lo hace radicalmente.
El objeto se separa del sujeto, pero deja la huella de un objeto de segundo grado, objeto sordo y opaco, lugar de asentamiento de lo que la teoría, en el nivel clínico denomina “objeto parcial”.
De otra parte, en el fantasma el sujeto queda atrapado entre esos objetos fascinantes exhibidos con rigor inagotable en los frescos de la Villa de los Misterios de Pompeya.
Excluido en tanto incluido e incluido en tanto excluido, la operación no da vueltas en redondo porque su salida es la compulsión a cifrar y descifrar el enigma, que es propia del saber y orienta el movimiento espiralado de la repetición.
Al finalizar la misma clase Lacan habrá de distinguir con un rigor verdaderamente plotiniano* el Uno de la totalidad del Uno contable; este último es el que se sustrae y se desliza para no ser más que el Uno que al repetirse al menos una vez y al cerrarse sobre sí mismo instaura en el origen la carencia que funda al sujeto.
Sustracción, deslizamiento, cierre sobre sí.
De estos tres términos podemos decir que el primero es el del elemento incontable: cuando cuento un número que escribo, cometo un error en la cuenta, porque cuento uno y sin embargo hay allí dos: el contar como enunciado y la enunciación del contar: el contar y el acto de contar. Y si intento contarlos a ambos surgirá un tercero, o sea el acto de contar incontado. El último es el del cierre del inconsciente que puede leerse como el comienzo de la apertura, apertura al significante en demasía, el uno en más, nuevo uno.
El término que aparece aquí un tanto disimulado es clave: el deslizamiento. Sí, deslizamiento de la cadena, pero también deslizamiento del sujeto que rebota interválicamente entre encadenamientos y encadenamientos: el sujeto es la pasión del significante.
Es representando por un significante, pero no se reduce a él, es el sujeto de la angustia y ésta implica, antes que nada, el desamarramiento, característica definitoria de lo que Freud y Lacan llaman afecto. El desamarramiento es el punto de incidencia del azar propio de las series complementarias. Punto o vector que hace de la flecha del tiempo un vector con dos direcciones contrarias: hacia el futuro y hacia el pasado pasando por el tiempo del imperfecto que es el tiempo de la sustracción en el extremo de la inminencia –no “yo amo”, en la contundencia de la expresión, sino “yo amaba”, en su oscilación ambigua entre el presente simple y el “yo amé” del pasado no menos contundente–.
______________
* Hay quienes creen que el Uno plotiniano es el Uno de la totalidad. Por el contrario, el Uno absoluto de Plotino no se confunde con el Uno expresable, decible, inscribible, puesto que aquél es literalmente inexpresable. Si lo decimos ya no es más el Uno absoluto. El inexpresable es causa del expresable y así permanece fuera del círculo que sin embargo inaugura con su salida de sí. Por lo tanto está tanto dentro como fuera de él. |