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   Problemas y controversias

La naturaleza del “Je” (Tercera parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
La concepción del sujeto y la del tiempo se esclarecen la una por la otra: la temporalidad de la primera persona, la temporalidad del Je, intermitente, que opera discontinuamente,1 en cada caso y en cada ocasión solo es comprensible en la alternancia de lo que, en términos canónicos, se conoce como movimientos de cierre y apertura del inconsciente.
Es del texto Posición del inconsciente, que extraigo dos citas que contienen lo decisivo.

Veamos la primera: “Se da uno cuenta de que es el cierre del inconsciente el que da la clave de su espacio, y concretamente de la impropiedad de hacer de él un dentro. Demuestra también el núcleo de un tiempo reversivo, muy necesario de introducir en toda eficacia del discurso: bastante sensible ya en la retroacción, sobre la que insistimos desde hace mucho tiempo, del efecto de sentido en la frase, el cual exige para cerrar su círculo su última palabra.
El nachträglich (recordemos que fuimos los primeros en extraerlo del texto de Freud), el nachträglich o après-coup (efecto a posteriori) según el cual el trauma se implica en el síntoma, muestra una estructura temporal de un orden más elevado”.2

Aun hoy y entre nosotros, reversibilidad y retroacción se siguen confundiendo, al punto que el párrafo que acabo de citar, suele ser pasado por alto incluso en los comentarios más minuciosos.
La retroacción concierne al preconciente: espero la última palabra y la pausa de la frase para cerrar el sentido. La reversión es otra cosa, implica tanto al sujeto como al objeto y allí se gesta una dimensión difícil de aprehender.
Que el trauma esté implicado en el síntoma supone que uno y otro se sitúan en diversos niveles3, a diferencia de la retroacción que es una linealidad invertida.
Voy a la segunda cita que pertenece al mismo texto:

“El significante, produciendose en el Otro todavía no delimitado, hace surgir allí al sujeto del ser que no tiene todavía la palabra, pero al precio de coagularlo. Lo que allí había listo para hablar –esto en los dos sentidos que el pretérito imperfecto (il y avait) tanto en francés como en castellano da al había, el de colocarlo en el instante anterior: estaba allí y ya no está, pero también en el instante siguiente: un poco más y estaba por poder estar–, lo que había allí desaparece por no ser más que un significante”.4

Lo que estaba listo para hablar, ya no habla. En realidad, ese ser que somos cada uno en el núcleo más oculto y a la vez manifiesto –manifiesto a medias, digamos– de nuestro ser, nunca termina de hablar, siempre está por hablar y jamás lo hace: he aquí uno de los secretos lacanianos de la tan traída y llevada palabra: trauma.
Un viejo adagio humanista –“Cuando habla el alma… ¡ay! ya no habla el alma”–, expresa la situación con sencillez desarmante. Cuando me dispongo a hablar me anticipo a la interpelación hipotética del Otro y… entonces hablo, pero digo algo que la presencia efectiva de ese Otro desvía mi habla hasta desposeerme de ella y me hace escuchar, mientras me divide, algo diverso a lo que quisiera haber dicho. Sin embargo, lo que he dicho más allá de mi intención es más mío que el más recóndito de mis supuestos pensamientos. Es el instante de la responsabilidad.

Temporalidad de inminencia y de sustracción de la misma inminencia que deja, no obstante, su huella en todo lo dicho; temporalidad de ausencia, de intervalo indeterminado allí donde el sujeto se ve apremiado a hablar y así concluir con un acto inescindible del hablar mismo; temporalidad que desdobla, fragmenta y escinde todos los términos hasta el punto de que el sujeto, desapropiado por el significante que lo significa, no tiene más recurso, en su apremio constituyente, que decidirse, que decidirse a hablar en el sentido auténtico del vocablo.

El hablar no es puro bla-bla-bla, un charlar que se opondría puntualmente a la acción sensible; es, por lo contrario, disponerse a hablar allí donde la prudencia, la resistencia, en suma, obliga a callarse la boca, a guardar silencio obstinado, rumiante. Hablamos, alguien se dispone a hablar cuando se vence la resistencia, pero al hacerlo, el dicho, atravesado por todos los discursos del Otro en trance de constitución, dice más y otra cosa, dice lo que el sujeto no podía pensar porque pensar es disponerse a hablar, esforzarse por desplegar restos verbales y mnémicos en dirección al Otro de la escucha.
Entonces, he aquí una realidad insólita: estoy por hablar, es el instante previo, pero en el siguiente ya no está más el “por-hablar”, sino el habla que dice un decir que ya no es más pensamiento y que, no obstante, cuando retorna al sujeto, lo vuelve responsable.

Veamos rápidamente la serie freudiana: si el trauma neurótico –no el llamado trauma de guerra o de circunstancias catastróficas– adquiere su carácter en un segundo momento, momento sintomático, es por mediación del fantasma que transforma la primera escena en una escena de seducción incestuosa. Entonces, en la retroacción se genera un desfasaje que ya no es lineal, porque la primera escena queda dividida en dos partes no simétricas: una, la del recuerdo traumático, traumático a posteriori, y la otra, en su inmediatez, se pierde para operar continuamente bajo la red significante. Este ejercicio de división con la consiguiente pérdida –de una mediación que se conserva en la memoria y de una inmediatez inasimilable que se desplaza residual y pertinazmente– está en juego también en el síntoma, cuyo límite ideal es la reconstrucción5 propia del fantasma; el síntoma se despliega en la argumentación que lo configura –argumentación que no habría que confundir con lo que suele llamarse “racionalización”– al tiempo que se repliega en su núcleo más duro e impenetrable, el sufrimiento gozoso que rinde homenaje a la impotencia del Otro.

¿Dónde insertamos en esta economía clásica el lugar del sujeto concebible como un lugar eficaz? ¿Cómo hacer del sujeto algo más que un mero término supernumerario?

Del trauma al síntoma y en el movimiento inverso, del síntoma al trauma, es necesario localizar cada vez lo que Dupreel llama “intervalo indeterminado”. En ese intersticio, emerge, en primer lugar, la respuesta al llamado del Otro, respuesta que antes de consolidarse como dicho que signifique al sujeto más allá de toda intención, es un esbozo esquemático de acción verbal: un pequeño torbellino de decisión.

Aquí lo que suele llamarse, con un término en definitiva encubridor, “pensamiento”, se confunde con el deseo, el cual, según la difícil expresión de Lacan, que “esté articulado es la razón precisamente de que no sea articulable”6 .
Expresión paradójica a la altura de su tema, justamente porque viene a decirnos que algo que es literalmente ser en acto es imposible que sea en potencia.
¿Galimatías o hallazgo?

En todo caso, un juego con categorías filosóficas desprendidas de su función original: si hay carencia, entonces hay deseo en acto; pero cuando el deseo, causado por una carencia debe ser nombrado (¿cómo escapar al poder de la nominación?) ya no es el deseo el nombrado, aunque no tenga otro modo de manifestarse que siendo deseo de Otra cosa.
Introducir al sujeto de la enunciación en el enunciado está muy lejos de ser una operación psicológica, puesto que –comenzamos a advertirlo– la enunciación destella un instante en la imposibilidad de hacer coincidir “… la extinción que luce todavía y esa eclosión que se estrella, Yo (Je) puedo venir al ser desapareciendo de mi dicho”.7
_______________
1. Discontinuamente, se entiende: como corte en un continuo que es el devenir, sustancia y no forma del tiempo.
2. Lacan, J. Escritos II, Siglo XXI, Buenos Aires, 2002, pp. 797/798.
3. La diacronía se sitúa en diversos niveles simultáneos. El tiempo del inconsciente se parece más a un pentagrama musical en el cual se escriben diversas voces, muchas veces discordantes, que a la simple y fatídica línea; la cual, de todas formas, es imprescindible porque señala la dimensión irreversible de la vida.
4. Ib. p.799.
5. En un cierto sentido el fantasma –como lo puntualizó Freud– no es un hecho de experiencia sino algo reconstruido sobre sus huellas.
6. Ib. p. 765.
7. Ib. p. 763. La cita pertenece a Subversión del sujeto.
 
 
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