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   ¿Qué hay de nuevo viejo?

Crepúsculos
  Por Mario Pujó
   
 
Una literatura calumniosa persigue al psicoanálisis desde sus orígenes. Freud denuncia el propósito difamatorio de esa crítica y, lejos de amedrentarse ante ella, se dedica a leerla a partir de las revelaciones obtenidas por el propio psicoanálisis. Esas injurias vendrían así a confirmar y no a desmentir las incómodas verdades sobre las que nuestra práctica echa luz, intentando silenciarlas y poniéndose con ello al servicio de su represión. La exitosa propagación del psicoanálisis en Europa y América corrobora lo acertado de la estrategia adoptada en su momento por Freud.

Por su parte, lo intrincado del discurrir de Lacan, así como ciertos rasgos de su personaje, se han prestado fácilmente a distintas tentativas de ridiculización. Estando él en vida, la más célebre ha sido probablemente L’effet t’ yau de poêle de François George, en los años ‘70. La mayor parte de esas diatribas atestiguaba antes que nada de la impotencia de sus autores para abarcar el rigor de una enseñanza que les resultaba simplemente impenetrable. Pero, en casi todas ellas, lo que estaba en juego era el crédito de la figura de Lacan, no el de la cura analítica ni el de su disciplina, ni el de los modos de su transmisión. Cuando verdaderamente se quiere atacar al psicoanálisis, es contra el propio Freud que los detractores la emprenden sin mediación alguna.

Es lo que efectivamente ha venido ocurriendo en los últimos años, de una manera que, si no sistemática, resulta al menos reiterativa. Por caso, El libro negro del psicoanálisis, una compilación de 47 autores aparecida en Francia en 2005 bajo la dirección de Catherine Meyer, generosamente traducida a múltiples idiomas. Y, al año siguiente, Le Dossier Freud: enquête sur l’histoire de la psychanalyse de Mikkel Borch-Jacobsen. Y muchos otros, antes o después. [Les Illusions de la psychanalyse, de J. Van Rillaer (1980), Le Freud inconnu: l’ invention de la psychanalyse, de R. Webster (1998), Retour sur “Faut-il en finir avec la psychanalyse?”, de L. Joffrin (2005), etc.]. En todos esos textos Freud es presentado poco menos que como un inescrupuloso falsario, un mitómano embaucador, el canallesco creador de una ilusión fabulatoria, el esmerado artífice de su propia leyenda, su gloria y su celebridad.

En línea directa con esa saga se inscribe el último libro de Michel Onfray, editado por Taurus en abril de este año. Su título es de por sí sugestivo: El crepúsculo de un ídolo. La fabulación freudiana. La definición de fabulación que inaugura sus páginas no deja lugar a dudas: “Manera caprichosa y hasta mentirosa de presentar o transmitir los hechos”.

Resulta bastante notable −y hasta chocante− que un reconocido filósofo, con más de cincuenta títulos publicados, asuma con entusiasmo la empresa de demoler en 500 páginas la autoridad de la figura de Freud. Aunque no resulte, sin embargo, incomprensible. Porque todo en el libro, absolutamente todo, desde el prestigio de su autor, sus subtítulos, su diseño, su organización, parecerían premeditadamente destinados a convertirlo en un seguro best-seller.

Para corroborarlo, basta hojear el índice dividido en cinco partes, con su prefacio y su conclusión, acompañados de sus cinco “tesis” mayores: 1) El psicoanálisis reniega de la filosofía, pero es en sí mismo una filosofía. 2) El psicoanálisis no supone una ciencia, sino una autobiografía filosófica. 3) El psicoanálisis no es un continuo científico, sino un revoltijo existencial. 4) La técnica psicoanalítica participa del pensamiento mágico. 5) El psicoanálisis no es liberal sino conservador. Cada capítulo pretendería “demostrar” cada una de esas tesis.

El desarrollo argumentativo del prefacio es relativamente simple. Onfray enuncia diez breves “tarjetas postales” −un clisé estandarizado de lo que sería la vulgata psicoanalítica−, para oponerle sus respectivas “contrapostales”. Así, a la afirmación: “Freud descubrió el inconsciente por sí solo con la ayuda de un autoanálisis extremadamente audaz y valeroso”, contrapone la de que “Freud forjó sus hipótesis a partir de sus lecturas filosóficas (Schopenhauer y Nietzsche) y científicas”. A la idea de que “Freud descubrió una técnica que, a través de la cura y el diván, permite atender y curar psicopatologías”, sostiene que “la terapia analítica es una rama del pensamiento mágico: como tratamiento funciona en el estricto límite del efecto placebo”. Cada una de esas sentencias (un remedo de los Diez Mandamientos en el imaginario del autor), son refutadas en un ejercicio de contra argumentación “ateológica”. Pero la respuesta a la tercera pone el foco sobre la hipótesis central del libro: “El psicoanálisis procede de observaciones clínicas: pertenece al ámbito de la ciencia”. A lo que Onfray responde: “El psicoanálisis es una disciplina que pertenece al ámbito de la psicología literaria, procede de la autobiografía de su inventor y funciona a las mil maravillas para comprenderlo a él, y sólo a él”.

Esta aseveración es martillada a lo largo de las quinientas páginas: el psicoanálisis freudiano es una aventura autobiográfica, estrictamente personal, que universaliza la atracción incestuosa por la madre y la rivalidad con el padre que ha experimentado efectivamente su creador; “una disciplina verdadera y justa sólo en lo concerniente a Freud y a nadie más”. Hipótesis que nos da freudianamente una pista de la posición de enunciación de quien la sostiene, por cuanto Onfray es el primero en ser alcanzado por ella.

En efecto, esta extensa diatriba que constituye su texto, está explícitamente sostenida en una vivencia autobiográfica. Porque es como alumno del Liceo y como profesor de filosofía que Onfray accede a su lectura filosófica del psicoanálisis. Y en circunstancias que expone con indisimulada valentía: «Yo salía, en efecto, de cuatro años pasados en un orfanato de sacerdotes salesianos, pedófilos algunos de ellos, y los libros ya me habían salvado de ese infierno en el que no sabía si, a la mañana siguiente, no se habría bajado un escalón más hacia la infamia. Viví en esa hoguera de vicio entre los diez y los catorce años, la edad de mi regreso a la vida». «El niño que ha sentido en el cuello el aliento de la bestia cristiana…» [sic] encuentra entonces en Nietszche, Marx y Freud (El Anticristo, El Manifiesto del Partido Comunista y los Tres ensayos de teoría sexual), el trípode con el que sacudirse el agobio y el oprobio del régimen eclesiástico. El cristianismo no sería ya una fatalidad, el socialismo despejaba el horizonte de otro mundo posible, la sexualidad podría ser vivida sin los desvelos opresivos del dios y el diablo de la moral cristiana.

Veinticinco años después sólo Nietzsche permanece en pie en la consideración del autor. Y, en su visión crepuscular, el freudismo se le aparece como una iglesia monstruosa y fantasmal, con su papa, sus obispos y sus cardenales.
El ocaso de los ídolos revela no ser entonces sino el ocaso de sus propias expectativas libertarias, el crepúsculo personal de sus pretéritas y olvidadas convicciones modernas.
 
 
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