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   Problemas y controversias

La naturaleza del “Je”
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En las proposiciones que van desde el 5.6 al 5.641 de su Tractatus1, Wittgenstein expone una teoría del sujeto que es útil confrontar con la psicoanalítica, en particular con el momento de “Subversión del sujeto” de Lacan, en el cual éste menciona lo impronunciable e impensable que se pone en juego cada vez que se pronuncia el nombre propio y que metaforiza por su –1 y por el significado asimilado a la raíz cuadrada de –1.
“¿Pero de dónde proviene ese ser –dice Lacan– que aparece como faltando en el mar de los nombres propios? No podemos preguntárselo a ese sujeto en cuanto Yo (Je). Para saberlo le falta todo, puesto que si ese sujeto, Yo, estuviese muerto, ya lo hemos dicho, no lo sabría. Y que por consiguiente no me sabe vivo. (…) ¿Qué soy Yo? (Que suis-je?)

Soy (Je suis) en el lugar desde donde se vocifera que ‘el universo es un defecto en la pureza del No-Ser’ (Paul Valery)”.2
Agrego a este párrafo otro que proviene del mismo texto pero de unas páginas anteriores, en las que el Je se temporaliza.
“Pero el francés dice: là où c’était… (allí donde eso estaba3). Utilicemos el favor que nos ofrece de un imperfecto distinto. Allí donde eso estaba en este mismo momento (instant), allí donde por poco eso estaba, entre esa extinción que luce todavía y esa eclosión que se estrella, Yo (Je) puedo ver al ser desapareciendo de mi dicho. Enunciación que se denuncia, enunciado que se renuncia, ignorancia que se disipa, ocasión que se pierde, ¿qué queda aquí sino el rastro (trace) de lo que es preciso que sea para caer del ser?”4

Antes de exponer los textos pertinentes de Wittgenstein para ponerlos en diálogo y en fricción con los que acabo de citar, tarea que nos insumirá varias notas sucesivas, prefiero introducir un comentario preliminar sobre los alcances del Je.
¿El Je aislado y formal, es exactamente el mismo que el Je del Je suis, es decir el Je del Cogito?
Para responder al interrogante, propongo distinguir tres niveles sin duda interrelacionados:

1) El Je como articulador formal; 2) el Je de la temporalización corriente, dominada por un presente que divide las aguas entre el pasado y el futuro; es lo que me gustaría denominar el Je standard; 3) El Je del Cogito, en el cual se presentifica la temporalización con efecto retardado y de inminencia diferida, como en la cita del texto de Lacan, “un poco más y…”; temporalización en la cual hay un instante vacío y que se corresponde con la angustia.
Veamos: El primero es el más fácil de definir, basta acudir a los manuales usuales. El pronombre de primera persona es, al igual que los otros deícticos y tal como lo afirmó Benveniste, una irrupción del discurso en el seno de la lengua, ya que solo designa al que habla, en tanto habla actualmente: su sentido se reduce a su empleo efectivo. Es un operador perfectamente vacío: designa sin significar. Así como la serie entera de los números naturales se deduce a partir del conjunto vacío, la posición del sujeto empieza a construirse a partir del triángulo indicial sin contenido: Yo, aquí, ahora.

El niño que pide dame eso desconoce que en la desinencia verbal en la cual dos personas vacías se conjugan (yo, tú) junto con el útil y polivalente designador “eso”, se articulan designaciones que nada significan en sí mismas. A partir de ahí, se iniciará el largo camino que, detenido provisoriamente en los juegos lingüísticos triviales, se habrá de tornar vertiginoso cuando se trate de ceñir el trasfondo infinito de las significaciones.
Ahora bien, en un segundo nivel, el Je y los deícticos que lo circundan y sitúan, se ubica en una temporalidad corriente, que en términos tópicos es estrictamente pre-conciente. En esta instancia el Je, que es un elemento del código, es pronunciado efectivamente, forma parte del mensaje. El sujeto desconoce ese Je que en castellano queda discretamente puntuado en la desinencia: pienso, me muevo, etc. Aquí es puro enunciado que nada sabe de sí ni podría saber: este Je es, por decirlo de alguna forma, algo objetivo.

El tercer nivel es decisivo. Cada vez que me pregunto dirigiéndome al Otro “¿Qué soy?”, “¿Quién soy?”, se sabe que solo escucho mi propio mensaje en forma invertida. Pero aquí el Je adquiere una nueva modalidad: el vacío de la enunciación se revela, súbitamente, en medio de la angustia, relacionada de múltiples modos a sus parientes, el deseo, el sufrimiento.
En este punto, el sujeto deja de ser un mero punto de emisión sin extensión, para convertirse en un sujeto encarnado. Contra Descartes, podemos decir que el Pienso, luego soy, con todas las inmensas resonancias que posee, incluidas las ilusorias, supone el roce del cuerpo. Como dice Joubert a propósito de Rousseau, se trata de la carne que toca el himen del espíritu.5
Mas el pasaje supone un cambio de la temporalidad, ya no pre-conciente sino inconsciente; a condición de que pensemos al inconsciente como algo intersticial entre conciencia y preconciencia y no al modo de la psicología “profunda”. Es decir, como una frontera que cesa de aparecer cuando interviene la represión eficaz, y que retorna con el choque traumático de la enunciación.
No obstante, nada ganaríamos con adjudicar un saber a ese Je encarnado, si desconociéramos que el Je vacío de partida, ese Je que pertenece por derecho propio al territorio de la lengua, es decir, a la sincronía, afecta decisivamente al que llamo encarnado.

¿Cómo? En el instante temporal casi infinitesimal pero decisivo entre la desaparición que está en vías de efectuarse, que está constituyéndose como tal, y un significante que marchite y aliene al sujeto, allí mismo, en tal intervalo acontece lo esencial del sujeto, si es que como podemos utilizar el vocablo “esencia” y sus derivados. Es el punto de la angustia que revela, a la vez, la vaciedad del yo de la enunciación, el temblor de la carne y los límites del saber que, no obstante, es el único saber auténtico del que disponemos.

El discurso psicoanalítico todavía no se ha hecho cargo de él, entre otras y buenas razones, porque se contenta con pensar el tiempo del inconsciente como un simple tiempo a posteriori, dejando de lado que el a posteriori, como inversión simple, que conduce de vuelta, desde la derecha a la izquierda, la flecha temporal, es algo pre-conciente por completo.
De aquí debemos partir.
_____________
1. Wittgenstein, L. Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Universidad, Madrid, 1973. pp.163/167. Véase asimismo, Kripke, Saul, Wittgenstein: reglas y lenguaje privado, UNAM, México, 1989, pp.129 y 145.
2. Lacan, J. Escritos 2, Siglo XXI, Buenos Aires, 2008, pp.779/780. Quiero aclarar que en lo que sigue no intento decir “qué quería decir verdaderamente Lacan”. El estilo de “Subversión del sujeto” –elíptico, voluntariamente patético, enigmático–, está hecho para que nadie pueda leerlo sin aportar algún excedente significante, que es, en definitiva, el alcance que tiene cualquier interpretación: interpola en lo dicho algo no dicho. Por supuesto, la paráfrasis y el comentario servil ignoran estas condiciones de enunciación.
3. El traductor elige esta versión (podría haber dicho “allí donde era”) para adecuarse al Wo Es war freudiano, aunque escribir “estaba” por “era” no parece un buen criterio; pero, en definitiva, no es decisivo para los fines que me propongo con la cita.
4. Ib. pp.762/763.
5. Laserre, Pierre, Le romantisme français, Mercure de France, Paris, 1907, pp. 143/144.
 
 
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