En la cuarta clase del seminario “La topología y el tiempo”, en el que poco se habla de la topología y menos aún del tiempo, dice Lacan: “Es curioso que haya elegido el nudo borromeo para hacer algo (…) La metáfora del nudo borromeo en el estado más simple es impropia. Es un abuso de metáfora, porque en realidad no hay cosa que soporte lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real. Que no haya relación sexual es lo esencial de lo que enuncio. Que no haya relación sexual dado que hay un Imaginario, un Simbólico y un Real, es lo que no he osado decir. Al menos lo he dicho.
Es bien evidente que he tenido la culpa, pero me he dejado deslizar... me he dejado deslizar ahí muy simplemente.”1
Hay muchos problemas implicados por esta admisión de culpa, pero antes que nada: ¿en qué consiste el abuso de metáfora? ¿Cuál es el alcance del verbo “soportar” que Lacan usa reiteradamente en los últimos seminarios? ¿Cuál es la impropiedad?
El tropiezo del que habla es, sin duda, una consecuencia del modo en que enfocó en el seminario R. S. I. el estatuto del nudo borromeo. Modo que, ya enfocaré en su momento la cuestión, depende por entero del trinitarismo cristiano; de manera especial el de San Agustín.
Veamos, someramente:
1) La homologación de lo imaginario con la consistencia, de lo simbólico con el agujero y de lo real con la ex–sistencia, que con variantes y matices es la arquitectura del seminario referido, no recoge lo que Lacan elaboró bajo el nombre de estos términos en las décadas anteriores. Brevemente: imaginario y simbólico nombran dispositivos, no entidades; nombran por lo tanto niveles, elementos, umbrales, combinaciones virtuales y actuales, complejidad de relaciones; real, por el contrario, es el límite, siempre móvil de estos registros por otra parte plurales y no simples, límite siempre excedentario con respecto a lo que se inscribe, pero no porque posea el rasgo de la alteridad (lo real no es lo otro de lo mismo), sino porque es literalmente incontable: cuando se lo cuenta no se lo cuenta y esa ausencia de cuenta en la cuenta misma lo define, si es que esta palabra le conviene.
Ahora bien, el uso del término consistencia está más cerca del uso vulgar, que remite a la resistencia y a la estabilidad, que del uso lógico, y es la propiedad más empírica y derivada de las que están adscriptas a lo imaginario; y en cuanto a la ex–sistencia y al agujero, podemos volver reversibles sus correlaciones con argumentos impecablemente lacanianos: lo real del lado del agujero y lo simbólico del de la existencia: esta última dimensión literalmente yace fuera de sí, está ex–, y si no hubiera algo real no habría agujero.
2) Todo este incordio procede de la clase del 10/12/74, en la que Lacan se pregunta a qué registro pertenece el nudo. La respuesta es sintomática: “… el nudo borromeo en tanto que se soporta del número tres, es del registro de lo imaginario”.
¿Qué soporta este soportar? ¿Qué es lo que aguanta? ¿Qué es lo que porta, lo que sostiene?
Para empezar: el número tres es exquisitamente simbólico; incluso podríamos decir, sin exageraciones, que es su esencia: el tres de la dialéctica; el tres de la trinidad cristiana, el tres del interpretante, en la terminología de Peirce. ¿Cómo pasar desde aquí a lo imaginario? Claro: podríamos decir que lo simbólico se proyecta en lo imaginario del plano. Mas si es así, lo imaginario oculta la estructura, antes que revelarla.
Quiero decir: el trazo del nudo es continuo; la terceridad es discontinua2 y así hay un abismo entre contar tres y hacer una trenza. Seguramente en la topología matemática el nudo es simbólico; pero como Lacan no usa la combinatoria, como requiere tan sólo la representación empírica, entonces su topología se pierde en la noción de modelo sensible; algo que él niega enfáticamente a continuación, pero complicando las cosas cuando una vez más dice que el nudo se soporta (siempre se trata de “soportar”…) en el trazo de la escritura, que es, volvemos al principio, simbólica por definición, al menos en primera instancia3.
En la clase siguiente, todo se torna más confuso aún. “Este real que es el nudo –dice–, es una construcción. Este real se basta, al dejar abierto este trazo de escrito; este trazo que está escrito; que está escrito y que soporta la idea de lo real”.
Ahora es real (pero, ¿de qué estamos hablando? ¿Hay un real derivado, un real que se construye y un real constituyente, que sería su causa? ¿Hay dos reales? ¿En qué podrá consistir una “idea” de lo real que, por definición, carece de idea?), y para enredar más las cosas, este real es una “construcción”. La noción de construcción forma parte, también y estrechamente, de lo simbólico: si algo caracteriza a ese real “que no cesa de no inscribirse” es precisamente que es insoportablemente insusceptible de ser construido.
3) Se podrían prolongar estas reflexiones en múltiples direcciones, pero importa, en este momento y por una cuestión de método, preguntarse por la expresión de Lacan que ha motivado esta nota: “abuso de metáfora”.
Antes de plantear su estatuto –lo que haré en la próxima entrega de Imago-Agenda–, conviene que nos enfrentemos con un problema radical. Si hablamos de metáfora, hablamos de sustituto, sustituto en el origen. Toda metáfora es segunda con respecto a un primero ausente y esa ausencia –los libros de la Torá comienzan con la letra Beth, falta a su lugar Aleph–, provoca que toda presencia sea una presencia en proceso de desvanecimiento; sustrae cualquier esencia posible al orden de la apariencia.
Sin embargo, en una clase posterior, del 11/3/75, Lacan dirá que imaginario, simbólico y real son nombres primeros. ¿Podemos hablar en psicoanálisis de nombres primeros sin incurrir en una metafísica teológica tantas veces rechazada?
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1. Agradezco la referencia a este texto de Lacan, que yo había pasado totalmente por alto, a Juan Molina.
2. Uso los términos “continuo” y “discontinuo” en su acepción lingüística antes que en la matemática, la que por su extrema especificidad no es demasiada apta para nuestros usos, sin duda más torpes, pero también más complejos y erráticos, como corresponde a la naturaleza del significante. Así lo continuo admite grados, más y menos, mayor o menor. Lo discontinuo es drástico: un fonema o es “a” o no es “a”; no caben los términos medios.
Por cierto: en el ámbito del significante la discontinuidad es la base sobre la cual se asienta una superestructa retórica y semántica a la vez continua y discontinua.
3. Véase la nota anterior. |