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   Ficción y Realidad en Psicoanálisis

Jorge Luis Borges y las cuatro memorias
  Por Luis Kancyper
   
 
“La memoria es individual.
Nosotros estamos hechos,
En buena parte, de nuestra memoria.
Esta memoria está hecha,
En buena parte, de olvido”.
J. L. Borges (1979), El tiempo

La obra de Jorge Luis Borges posibilita echar una mirada original a ciertos psicodinamismos que intervienen en la configuración de la memoria y del olvido. Su obra resulta ser en gran medida una denuncia y a la vez un alegato. Denuncia el poder secuestrador de la memoria imperante de otras generaciones que suelen alienar a los individuos en una historia de otros que no les conciernen, y los retienen fatalmente en un laberinto clausurado al cambio. Por otro lado, su obra constituye un alegato en defensa de una memoria liberadora tanto para el sujeto como así también para los pueblos. Una memoria del esplendor, orientada a la fraternalización del género humano.
Para Thomas Eliot, la memoria opera como una clave para ingresar con esperanza en un renovado acto de liberación, mientras que para la mayoría de los personajes borgeanos la memoria ejerce un poder diametralmente opuesto, permanecen inexorablemente abrumados y con desesperanza, bajo el peso agobiante de una memoria impuesta y excesiva. Dice Eliot en “Cuatro cuartetos” (1988): “La historia puede ser servidumbre/ La historia puede ser libertad./ Ve, ahora se esfuman, las caras y los lugares con el yo,/ Cuando pudo, los amó, para tornarse/ Renovados, transformados, en otro diseño./ Esta es la utilidad de la memoria, para la liberación/ No disminución del amor, sino expansión del amor/ Más allá del deseo, y así liberación del futuro/ Tanto como del pasado”.

Entre los pliegues de la memoria borgeana distingo cuatro memorias: la del rencor, del pavor, del dolor, y la memoria del esplendor.
Mientras que las memorias del rencor y del pavor permanecen refractarias al olvido y al trabajo del duelar (Kancyper, 2003), las memorias del dolor y del esplendor integran al pasado en una diferente reestructuración afectiva espacial y temporal y propician al mismo tiempo el duro, lento e intrincado trabajo de elaboración de los duelos.
Desde el célebre “Funes el memorioso” (1942) hasta Hermann Soergel, protagonista de su último cuento: “La memoria de Shakespeare” (1982), se libran en el mundo interno de los personajes borgeanos batallas ambivalentes entre “la memoria que elige y que redescubre y el olvido que purifica” Borges (1981).

El poder de las cuatro memorias:
servidumbre o liberación. Las diferencias de las cuatro memorias resultan ser elocuentes y sus efectos suelen determinar, en gran medida, la identidad del individuo y de los pueblos.
En la memoria del esplendor los recuerdos de la historia vigorizan las tres dimensiones del tiempo. El esplendor de esta memoria se basa en el hecho que la dimensión del pasado ilumina con su resplandor al presente y, al mismo tiempo, el futuro se reabre con un sentimiento oceánico y mágico a la vez. Podemos pensar que la memoria del esplendor guarda cierta semejanza con la imagen borgeana del Aleph. Es un acontecimiento témporo-espacial, en el que conviven en un momento y espacio de fulgor y con felicidad los tres tiempos cronológicos sin aparente superposición ni contradicción. Esta memoria, pletórica de alegría, belleza e inmortalidad se diferencia de las otras. En efecto, mientras que el pasado arroja luz en la memoria del esplendor al presente y futuro, en las memorias del rencor y del pavor el pasado eclipsa a las otras dos dimensiones del tiempo.

En la memoria del rencor, presente y futuro permanecen hipotecados para reivindicar a un injusto pasado que se reinfecta por el accionar de los resentimientos y remordimientos incandescentes y compulsivos (Kancyper, 2010). Diferenciamos dos tipos diferentes: la memoria del rencor comandada por resentimientos y remordimientos concientes y manifiestos (“Emma Zunz”, 1949; “Leyenda”,1969; “Remordimiento por cualquier muerte”, 1974; “El remordimiento”, 1976), de aquella otra memoria del rencor en la que los resentimientos y remordimientos se hallan latentes, encubiertos o enmascarados (“Funes el memorioso”, 1942; “La memoria de Shakespeare”, 1982); “Sherlok Holmes”, 1985.
En la memoria del rencor prevalece la esperanza reivindicatoria. En cambio, en la memoria del pavor, las reminiscencias traumáticas empantanan al presente y futuro con un pertinaz sentimiento de desconfianza. El presente no se vive como un verdadero presente, lo que implicaría un anclaje actual y perspectivas de futuro.

El mnemonista del pavor es un forastero acosado de los caminos. No puede permanecer ni pertenecer en un lugar y en un tiempo sostenidos, le resulta imposible entablar vínculos confiables.
Jorge Luis Borges en su poema “El amenazado” –de El oro de los tigres– describe ese mismo destino infausto del mnemonista del pavor que, como pasajero en tránsito, peregrina en busca de un futuro perdido. Este poema, escrito en 1972, sería en gran medida un lamento de amor por el amar imposible. El narrador borgeano no puede establecerse en una relación de amor confiable porque resulta ser rehén de la pavorosa memoria del “horror de vivir en lo sucesivo”.
“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.

Crecen los muros de la cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de la letras, la
vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero
norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad,
las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el
joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la
noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a
la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las
ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y
la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto).
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo”.

El destino del sujeto apresado por la memoria del pavor se halla comandado por el accionar inconsciente de angustias de desvalimiento y de muerte que no alcanza a domeñar, a diferencia de la angustia de castración que comanda a la memoria del dolor.
En ésta no se olvida al pasado, pero se lo admite y acepta como lo irrecuperable y resignable, lo cual posibilita el pasaje al presente y a un futuro posibles no idealizados. En la memoria del dolor el pasado deja de ser presente para transformarse en experiencia pasada, ya que sólo de esta manera se lo puede considerar como una experiencia útil frente al presente. En cambio el mnemonista del rencor, se posiciona como una pretenciosa e injusta víctima por las frustraciones padecidas. Frustraciones, promesas e ilusiones incumplidas que le legitiman detentar un poder soberbio y reivindicativo, generando en la dinámica del campo intersubjetivo una tensa atmósfera de crispación, que suele exteriorizarse de un modo compulsivo a través de la queja, el litigio, el reclamo, el reproche y la venganza.
El menmonista del dolor, a diferencia del mnemonista del rencor y del pavor, asume, por un lado, la pérdida de una vana esperanza planetaria, y por otro lado, la asunción de una otra realidad menos idealizada pero más acotada e imperfecta.
En el poema “1964” Borges enfoca en cámara lenta la existencia del dolor y de la tristeza que se presentifican durante el trabajo de elaboración de un duelo normal.

1964
“Ya no es mágico el mundo. Te han dejado
Ya no compartirás la clara luna
Ni los lentos jardines. Ya no hay una
Luna que no sea espejo del pasado,
Cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
La fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
Sino lo que no tiene y no ha tenido
Nunca, pero no basta ser valiente
Para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
Y te puede matar una guitarra.

II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

En la memoria del dolor se posibilita “aprender el arte del olvido”, mientras que en las memorias del pavor y del rencor la carcoma de ambigüedades y de asintóticas esperanzas reivindicatorias paraliza el trabajo de elaboración de los duelos y se intercepta la posibildad de olvidar. Augé (2011) otorga un función fundamental al olvidar y señala “que es necesario; tiene un papel muy activo. Porque lo que se olvida va dibujando las formas de lo que se olvida. Es como un trabajo de escultura. Lo que queda no es un recuerdo simplemente, sino un recuerdo trabajado por el olvido”.
En efecto,el olvido y la memoria se dan en forma conjunta y se condicionan recíprocamente. Pero el fugitivo del pavor como así también la víctima y victimario del rencor se regodean en una memoria que los atenaza y que no pueden olvidar, que no pueden mantener a distancia del conciente. Ambos permanecen fatalmente abrumados por el peso de la hipertrofia de una memoria centinela, memoria impuesta en el personaje borgeano: “… me impone las miserias de cada día, la condición humana… Me acecha en los espejos, en la caoba, en los cristales de las tiendas… Bebes el agua de mi copa y devoras mi pan… Soy su viejo enfermero; me obliga a que le lave los pies…”. (Borges, El centinela 1972, de “El oro de los tigres”).

Las memorias del esplendor y del dolor expanden nuevos horizontes, a diferencia de las memorias del rencor y del pavor que traen consigo una compresión del tiempo y del espacio. En efecto, estas últimas secuestran al sujeto y a los pueblos en la repetición circular del sufrimiento por el ayer, mientras que las del esplendor y del dolor son memorias liberadoras. Deponen la vana esperanza de lo perfecto, asumen dolorosamente lo irreversiblemente perdido y propician, al mismo tiempo, la búsqueda y realización en acto de un cambio dentro de lo posible.
Borges nos presenta la relevancia de la memoria del esplendor y del dolor en su último poema “Los conjurados” (1983) en el que aboga por recuperar la fraternalización del género humano.

Los conjurados

“En el centro de Europa están conspirando./ El hecho data de 1291./ Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas./
Han tomado la extraña resolución de ser razonables./ Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades./ Fueron soldados de la Confederación y después mercenarios, porque eran pobres y tenían el hábito de la guerra y no ignoraban que todas las empresas del hombre son igualmente vanas./ Fueron Winkelried, que se clava en el pecho las lanzas enemigas para que sus camaradas avancen./ Son un cirujano, un pastor o un procurador, pero también son Paracelso y Amiel y Jung y Paul Klee./ En el centro de Europa, en las tierras altas de Europa, crece una torre de razón y de firme fe./
Los cantones son ahora veintidós. El de Ginebra, el último, es una de mis patrias./ Mañana serán todo el planeta./ Acaso lo que digo no es verdadero; ojalá sea profético”.


Antes de finalizar, deseo señalar que las líneas de demarcación que se trazan entre las distintas memorias son claras, pero en ciertos momentos resultan menos nítidas y suelen difuminarse. En efecto, las cuatro memorias: del esplendor, del rencor, del pavor, y del dolor, coexisten y conservan sus propias huellas en el palimpsesto mnémico que porta cada sujeto. Haría la salvedad, sin embargo, de que el entrecruzamiento de las mismas y la prevalencia de unas sobre las otras será inestable y cambiante como lo es el fluir oscilante del tiempo-río de Heráclito.
 
 
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