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   Filiación

Padre e hija: la filiación en el cuerpo
  (una diferencia entre psicoanálisis y literatura)
   
  Por Sergio Zabalza
   
 
“¿Cómo se llama el nombre?”
Alejandra Pizarnik1
“...me aplauden porque creen que soy la hija de Jorge Luis Borges”2
Graciela Borges

Probablemente sea, en la encrucijada entre cuerpo y filiación, donde psicoanálisis y literatura dividan sus aguas. Por eso, nos serviremos de un texto tan genial como apropiado para indagar en este tema que, al situar la especificidad de nuestra práctica como analistas, nos convoca indefectiblemente.
Al grano: antes de partir hacia la clandestinidad, Emanuel Zunz jura que el responsable del desfalco por el cual su vida se está malogrando es el gerente de la empresa que hasta entonces lo había empleado. Su hija, que sin reservas decide creerle, guardará el secreto con odio contumaz. Así, a partir de este y otros pormenores, Borges construye “Emma Zunz”3, el relato cuya homónima protagonista animará al concebir un temerario plan con que vengar la muerte –para ella suicidio– de su padre, acaecida años después de aquella revelación determinante.
 
En efecto, con el pretexto de brindar detalles sobre una huelga, Emma conviene una entrevista con Aarón Loewenthal, el gerente sindicado como autor del delito, pero ahora devenido dueño de la empresa en que ella misma trabaja. Previamente, y a pesar del “temor casi patológico”4 que el sexo le inspira, la joven se vende por unos pesos a un rudo marinero del puerto, para luego, con la huella de la ignominia aún en su cuerpo, acudir a la cita previamente concertada. Desde la madrugada anterior, Emma Zunz ha esperado el momento en que, revólver en mano, le hará confesar al infame el delito que sellara la suerte de su padre. Pero una vez frente al patrón, la muchacha es invadida por el odio que la reciente humillación le ha provocado –esa “cosa horrible”5 que su papá le hacía a su mamá, tal como coligió durante el sórdido encuentro con el marinero–; y así, omitiendo toda mención a su finado progenitor, descerraja al empresario dos tiros para tumbarlo primero y uno para rematarlo después. Lo demás ya estaba cantado: la muchacha denuncia el extremo proceder al que un presunto abuso del hombre la habría obligado. Emma queda libre de culpa y cargo.
El narrador de Borges concluye: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”6.

Ahora bien, al describir la polifonía de significaciones concurrentes en el episodio de la venganza, Beatriz Sarlo7 destaca la identificación de Emma con su madre. Sin embargo, la perspectiva de la autora se conserva en el registro meramente simbólico imaginario porque descansa en un supuesto que su ponencia solo enuncia más adelante. En efecto, después de afirmar que Emma no es Electra, la ensayista agrega: “En el momento en que Emma llega a enfrentarse con Loewenthal el cuerpo puede más que la filialidad y es por el ultraje padecido que ella no puede no matarlo”8.

Aquí es donde literatura y psicoanálisis dividen sus aguas, ya que para nosotros se trata de exactamente lo contrario, a saber: porque no hay cuerpo sin filiación, Emma consuma en ese objeto actualizado y contingente llamado Loewenthal, la venganza de una trama tanto más trágica cuanto más originaria. Ciertamente aquí no es Electra la convocada, sino la dimensión más oscura y traumática del Edipo: la relación que ambos géneros sostienen con la mujer en tanto alteridad radical.
En efecto, la mención del pudor junto con la del nombre propio que aparecen en el remate del texto más arriba citado, demuestran que Borges –siempre fiel a la letra– estaba bien orientado. Por lo pronto, la etimología de la palabra que hemos utilizado al mencionar el mancillado cuerpo de Emma –ignominia– literalmente significa perder el nombre9. Y, efectivamente: ¿en qué otro lugar se albergan el honor y el pudor de un sujeto si no es en su buen nombre?
De allí que también la maniobra de Emma no sea sin riesgos subjetivos, porque en el enroque patronímico que su coartada fabrica (Zunz –anónimo marinero– Loewentahl), se agita la condición de objeto que, por ser hablante, toda mujer soporta: esa dimensión de la femineidad a la que ningún nombre llega y que el padre –en tanto instancia y función que dona el símbolo– es responsable de velar.
¿De quién se venga Emma entonces? ¿A quién mata?

Porque después del acto sexual, una mujer pide palabras, dulces y justas palabras. Las mismas que cosifican el cuerpo que un goce innombrable le fragmentó en pedazos. Palabras que la hagan una. Y palabras que la vistan como única. Palabras tiernas, palabras del pudor. Como las que Cyrano de Bergerac vertía para enamorar a la amada de su joven gascón. De eso se trata cuando Lacan, en sus fórmulas de la sexuación10, indica que la mujer apunta al falo. Porque no se trata del pene, sino de esos significantes capaces de humanizar la inquietante satisfacción en que una mujer no se reconoce.
Pero los hombres –Borges incluido, si algún alivio esto nos supone–, somos torpes por estructura y no siempre estamos a la altura de aquella demanda. Sobre todo si la dama en cuestión, como en el caso de Emma, no pudo oportunamente contar con los significantes que velaran eso que el papá le hacía a la mamá. De nuevo: ¿De quién se venga Emma entonces? ¿A quién mata?
Además, si el pudor es el resguardo de una nada, el diálogo de una mujer con el espejo consiste en la tramitación de “esa cosa horrible” imposible de ver para el sentido común. (No en vano al describir el pasaje por el puerto, Borges dice: “Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada...”11).

Por eso: ¡ay! del hombre que, refugiándose en la cómoda mezquindad de lo obvio, pronuncia una torpeza en el momento en que la feroz y exigente imagen de la Otra vacila en el cristal. Pocas cosas son tan ofensivas para una mujer. Habremos fallado como mediadores. Y aquí aparece el registro que la literatura no considera en forma positiva y explícita: lo real.
En efecto, mal que le pese a nuestra frágil impostura machista, el hombre está –antes que nada– convocado para facilitar a su compañera la relación con esa Otra que toda mujer arrastra en sí misma; tal como Freud –no después de amargos sinsabores– coligió cuando, desechando toda complementariedad sexual, ubicó a la madre como el objeto primordial para ambos sexos12.
Al promediar el relato, Borges escribe: “Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra”13.
Si por un instante consideramos una disimetría en la doble negación que esta última frase enuncia, aceptaremos que un resto de ese padre que Emma mataba en Loewenthal permanece vivo. A su manera, Borges lo corrobora cuando expresa: “... la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo y seguiría sucediendo sin fin”14.

Ese hueso irreductible que ningún asesinato o negación pueden suprimir constituye el carozo de la diferencia subjetiva, nuestra singularidad; tal como bien Freud señalaba en “El Yo y el Ello”: “Al comienzo de todo (...) es imposible distinguir entre investidura de objeto e identificación”15. (Como si la fusión entre madre y padre estuviera incorporada a la manera de una primordial referencia).
En otros términos: es imposible erradicar la filiación cuando hay un cuerpo. (En este punto, la psicosis es nuestra mejor abogada: seres que por no apropiarse de la demanda del Otro primordial, no alcanzan a negar –léase reprimir– a través de lo simbólico la negatividad mortificante ínsita en el lenguaje. En efecto, el esquizofrénico sufre la ignominia en la carne: su imagen corporal se deshace, l-i-t-e-r-a-l-m-e-n-t-e.)

Ahora bien, esta singularidad ominosa que en el psicótico aparece a cielo abierto, es el mismo objeto que el artificio estético vela en su saber hacer con la tela, la cámara, el sonido o la letra. Freud llamó sublimación a este mecanismo psíquico que diluye el padecimiento a tiempo que respeta la diferencia subjetiva. Por esta misma razón, Lacan afirmó que el psicoanálisis aprende del arte un saber hacer allí con la irreductible singularidad del síntoma.
No deja de resultar interesante, entonces, observar que Borges desconfía de los abstractos arquetipos cuando, para situar el dominio específico del arte, expresa: El arte, siempre, opta por lo individual, lo concreto; el arte no es platónico16.
De esta manera, si bien –en principio– la literatura abreva de la novela que constituye la realidad psíquica de cualquier sujeto, en tanto que un análisis trabaja para conmover los significantes que determinaron una posición de goce17, en la propia diferencia entre arte y psicoanálisis se alberga el espacio en que ambos sostienen sus cuerpos. Y su filiación.

_____________
1. Alejandra Pizarnik, Extracción de la piedra de la locura, En Un Otoño antiguo.
2. Gustavo Camps y Raúl Valls, Reportaje a Graciela Borges, en http://www.canalok.com/cine/gborges.htm
3. Jorge Luis Borges, “Emma Zunz” en Obras Completas I, María Kodama y Emecé Editores, Barcelona, 1989, pag. 564.
4. Op. cit., pag. 565
5. Op. cit. pag. 566.
6. Op. cit., pag. 568.
7. Beatriz Sarlo, El saber del cuerpo. A propósito de Emma Zunz. Hiperinterpretación, accesible en
http://borges.uiowa.edu/vb7/sarlo.pdf
8. Beatriz Sarlo, El saber del cuerpo. A propósito de Emma Zunz. Conocimiento del cuerpo. http://borges.uiowa.edu/vb7/sarlo.pdf, pag. 238.
9. Ver http://etimologias.dechile.net/?ignominia
10. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 20, Aún, clase del 13 de marzo de 1973, Una carta de almor.
11. Borges, Op. cit. pag. 565.
12. Ver Sigmund Freud, Presentación autobiográfica en A. E. volumen 20.
13. Borges, Op. cit. pag. 567.
14. Borges, op. cit. pag. 564.
15. Sigmund Freud, El Yo y el Ello, A. E. XIX, pag. 31.
16. Jorge Luis Borges, Discusión, en Obras completas I , op. cit., pag. 180
17. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 23, El sinthome, clase 8 del 16 de marzo de 1976: “Del sentido, del sexo y de lo real” , Buenos Aires, Paidós, 2006, pag. 119: “... el sentido, es quizá la orientación. Pero la orientación no es un sentido puesto que excluye el simple hecho de la copulación de lo simbólico y de lo Imaginario, que es en lo que consiste el sentido. La orientación de lo real, en mi propio territorio, forcluye el sentid”.
 
 
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