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   Problemas y controversias

La eliminación del sujeto
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora.
 Siglos de siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire,
 en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí
…”
Jorge Luis Borges “El jardín de senderos que se bifurcan”.

Parece, según algunos que no son pocos, que el sujeto puede ser eliminado de nuestras ecuaciones para que el psicoanálisis, por fin, cumpla su ideal de cientificidad.
Es más: se podría sostener que el llamado por Lacan “sujeto de la ciencia”, quizá sea la instancia preliminar a dicha eliminación.
¿Es eliminable el sujeto responsable, que Lacan opuso, en “La ciencia y la verdad”, precisamente al sujeto de la ciencia?

Creo que no, y precisamente por eso trataré de argumentar su necesidad, la que en gran parte se basa en el texto de Borges que figura en el acápite y que proviene, como es sabido, de “El jardín de los senderos que se bifurcan”.
El que sufre un accidente grave y absolutamente casual, suele preguntar tan patética como inútilmente “¿Por qué, por qué a mí?”. Que la respuesta “científica” invoque el azar y la ley de los grandes números, a nadie consuela. Borges repite el adverbio “precisamente”. Es la precisión de lo que me afecta de manera inescapable: la herida misma que no tiene por qué ser una herida física: toda certeza proviene de la angustia y la angustia es la prueba tanto de la misteriosa inexistencia de ese Dios cuyo nombre sin embargo es ineliminable, como de la existencia desamparada del sujeto, al que no objetivaré como el puro reverso de un objeto, porque se trata de cada uno, cada uno de nosotros, uno por uno y sin configurar una totalidad. Lo lamento por los Deleuze y compañía: cada vez que digo “yo”, entro cada vez en intermitencia y tal intermitencia, lejos de objetar mi existencia la confirma como irreductible e insuperablemente discontinua. Y, sin embargo, vaciado de todo, sigo siendo uno: uno que se refiere a sí mismo y al hacerlo –el sí mismo no es el famoso self inglés– se pierde.

Hay dos verbos cuya enunciación es inenunciable en presente del indicativo y por lo tanto no son enunciables de ninguna forma en primera persona, nacer y morir1; pero sí cualquiera de nosotros puede decir que siente placer o dolor o una mezcla ambigua de ambos. Todo juicio de experiencia, que encuentra en el trauma2 su condición de existencia, está rodeado por un horizonte de imposibilidad que es constitutivo.
A diferencia de Descartes, la oscuridad, el misterio, la opacidad, son para nosotros condiciones de evidencia.

La cita de un trabajo de Jean Hyppolite sobre Fichte es muy oportuna para que, invirtiendo sus términos, demos forma adecuada a la posición del sujeto de la experiencia analítica.
“Si uno se pregunta ¿cómo la experiencia es posible? puede llegar a preguntarse ¿cómo el encuentro es posible sin implicar, no obstante, una trascendencia absoluta? Nosotros no encontramos lo que comprendemos, sino comprendemos lo que encontramos. El encuentro y la comprehensión se condicionan mutuamente, tema profundo que Fichte presenta abstractamente, pero cuya significación no se nos puede escapar; el encuentro con el Otro es la condición del comprender, y el comprender la condición del encuentro con el Otro.”3

No quiero discutir aquí el contexto en que Hyppolite formula su apreciación, sino aprovechar la oportunidad que nos ofrece su precisión e inteligencia, para hallar la perspectiva de la experiencia freudiana4, tan diversa de la que está fundada en la reciprocidad entre comprender y encontrar.
Si hay reciprocidad, la alteridad desaparece, es lo primero y lo más evidente. Yo formularía la modificación del aserto citado así: “Encontramos lo que no comprendemos; y precisamente porque no lo comprendemos, porque nos choca su efecto inesperado, empezamos a entender que no entendemos y así surge la chispa de un nuevo sentido.

El encuentro con el Otro es la condición del no-comprender y el no-comprender es efecto y no condición del encuentro inesperado con el Otro”.
A esta formulación podemos proyectarla en todos los terrenos: el sujeto extrae su certeza –que no es meramente interior sino exteriormente interior, un pliegue del afuera en un interior abierto a la trascendencia–, de la insuficiencia de las razones del Otro, de la extrema oscuridad de los significantes que portan un mensaje que oscila entre la sorpresa, la confusión e incluso la imbecilidad: así se forja la cadena de los muertos con los vivos.

Es preciso que allí donde no comprenda, el sujeto invente (en la doble acepción del vocablo) una interpretación de los decires del Otro, y que se identifique con lo que no es él5. (Lo cual no quiere decir que invente cualquier cosa: lo que no comprende marca el terreno a la vez con inflexibilidad y dispersión: las huellas se pierden en el desierto de la enunciación. Y es por ello que el enlace edípico entre generaciones –tres al menos, tres para hace una serie–, desconcierta las previsiones, sea en exceso, sea en defecto, en la medida en que el pasaje entre lo virtual y lo actual, entre la potencia y el acto, es más un salto que una continuidad.)

La identificación opera entre alguien que recibe un mensaje y el Otro desde el cual rebota para retornar al punto inicial. De allí el valor que Lacan concede al nombre propio. Los anhelos inacallados de los muertos pasan a los vivos a través de la transmisión del nombre propio, sin duda impropio, pero con el cual cada uno se identifica: cada uno se llama tal y como ha sido llamado.
Y sin embargo, volvemos a hallar aquí el mismo despliegue, el mismo juego que hace de la subjetividad una noción imposible de eliminar: para llamarse tal y como ha sido llamado, cada uno tiene que asentir al Otro. Digo adrede “asentir” y no “consentir”. El consentimiento es un término del derecho político calcado sobre el modelo del contrato entre partes en pie de igualdad; y entre el consentimiento y la identificación hay una evidente ruptura. Pero si la identificación es asimétrica, requiere no obstante del asentimiento del sujeto, ese que falta en las formas extremas de la locura, en la cual un sujeto deriva sin nombre al cual aferrarse.

Ahora bien, el asentimiento es una magnitud irracional: es un hueco, un hiatus irrationalis, tanto en la naturaleza como en la cultura. Todo conduce a él, con seguridad. Mas si todo lo condiciona nada lo causa de manera eficaz. La causa aquí es supletoria, pero legible y objetivable en los márgenes de los discursos y de las acciones: algo brota como un relámpago y posee más que intencionalidad –propiedad de los procesos concientes–, contra-intencionalidad. Quiero decir, desbarata las intenciones y se ofrece a sí mismo como una iluminación. Usemos sin precauciones inútiles, el lenguaje teológico: se ofrece como una revelación que se produce en el instante, como si suspendiera el antes y condicionara de otra manera el despúes.
___________
1. Arthur Schnitzler, el narrador austríaco contemporáneo de Freud, escribió Sterben (“Morir”), novela cuyo protagonista sabe que va a morir y que le quedan unos pocos meses de vida. El infinitivo muestra aquí su carácter extremo e irrebasable.
2. Es tan traumático lo que casi sucedió, como aquello que efectivamente sucedió y rompe las barreras protectoras.
3. Hyppolite, Jean, “L’idée fichtéenne de la doctrine de la science et le project husserlien”, en Figures de la pensée philosophique, PUF, Paris, 1971, tome premier, p. 26. También trabaja este texto pero desde una perspectiva diversa, Jean-Christophe Goddard. Véase Goddard J.-C., 1804-1805. La désubjectivation du transcendantal, Archives de Philosophie 2009/3, Tome 72, p. 423-441.
4. Esta experiencia ha fructificado en otros campos, filosóficos, literarios, pictóricos. Baste el ejemplo del surrealismo en sus inicios, en Nadja de Breton y El campesino de París de Aragon.
5. Es la originalidad psicoanalítica: me identifico con lo que no soy: ser mi padre es una metáfora de mi padre: soy cómo él, es decir, soy diferente. Es sobre la dialéctica de la identidad y de la diferencia, la identidad que se transforma en identificación y la diferencia volcada en repetición, sobre la que hay retornar una y otra vez.
 
 
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