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   Colaboración

La novela de Lacan (decimaséptima entrega)
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
“El rostro humano muestra una suerte de muerte perpetua de la cual el pintor puede salvarlo devolviéndole sus propios rasgos”.
Antonin Artaud, para la exposición
“Portraits et dessins”, julio de 1947.

Entretanto, la confrontación de Bonneval se aproximaba. El 6 mayo de 1946, Henri Ey envía una circular notificando la fecha de las jornadas; serán el último viernes, sábado y domingo de septiembre. Hay cupo para cuarenta colegas y cada jornada se reserva para escuchar y debatir una larga ponencia: abrirá la de Lacan, luego sigue la de Rouart, el domingo la de Follin con Bonnafé. En vano buscaríamos un comprobante parecido acerca de cuándo y cómo empezó Lacan a escribir, para la ocasión, los borradores de “Acerca de la causalidad psíquica”. Sería querer un tipo de prueba para la que siempre faltan documentos. Sin embargo, puedo asegurar que todo se originó cuando, en el almuerzo con Georges Bataille del primer fin de semana de junio, Lacan supo del regreso de Antonin Artaud a París. Terminada la guerra, los amigos de Artaud habían conseguido traerlo de vuelta y atenuar, con el pase a un régimen de puertas abiertas, la continuación de los nueve años ya sufridos de reclusiones psiquiátricas. Lacan paró la oreja pues había sido un protagonista menor, aunque no ajeno del triste caso.

El peregrinaje manicomial de Artaud comienza bien al norte de Francia, en el puerto de El Havre, adonde es repatriado por autoridades de Irlanda. Había pasado un par de meses en ese país, alternando el escándalo con el hambre y la encarcelación. En vano aguardó allí el advenimiento del Apocalipsis, en vano intentó el renacimiento espiritual de los irlandeses llevándoles un bastón suyo que tomó por el báculo de San Patricio, antes propiedad de Lucifer y Cristo. El regreso a través del Canal de la Mancha no resultó menos agitado; cuando quiso defenderse de sus invariables agresores, blandiendo un souvenir de la espada del Cid, la tripulación lo redujo y fue entregado en tierra firme dentro de un chaleco de fuerza. Del Havre es trasladado a Quatre-Mares, en las afueras de Rouen, y de allí pasa a París. De fines del 38 a abril del 39 permanece internado en Sainte-Anne; es cuando Lacan lo entrevista y da el célebre veredicto que enseguida detallaremos. Luego es destinado al servicio de agitados de Ville-Evrard, en la periferia de París. La disciplina es más estricta, sólo autorizan la visita de la madre, se busca interrumpir las entregas de heroína y láudano. Estalla la guerra. La situación se torna desesperante con las miserias del racionamiento y la política criminal para los enfermos crónicos decretada en la Francia ocupada por los nazis. Los compañeros de Artaud del primer surrealismo, particularmente Éluard, Paulhan y Desnos (que aún no había sido enviado a los campos de concentración) logran mudarlo a la Francia “Libre”, por mediación del psiquiatra y poeta, Gaston Ferdière, director del asilo de Rodez en el Macizo Central. Aunque la internación en Rodez acabará revelando el patético furor curandi de Ferdière, y de su asistente Latrémoliére, los inmovilizados en Ville-Evrard corren peor suerte que Artaud. Como lo descubrió Hester Albach, en 2009, ese sería el fin de la heroína de Nadja, la novela testimonial de André Breton. Poco después de ser abandonada por el poeta, aburrido y alarmado de sus derivas, Léona Delcourt, era ese su verdadero nombre, figura en la lista de internas de Sainte-Anne en febrero del 27.
Como él mismo lo confesó, Breton se desentendió completamente del problema y, en lugar de visitarla, escribió la diatriba del Segundo Manifiesto alentando el asesinato de los psiquiatras. Albach encontró el leve atenuante de una carta suya al director del Perray-Vaucluse, donde Léona había sido trasladada en marzo, pero tampoco hay allí registros de que haya entrado a visitarla. Recluida definitivamente en el asilo psiquiátrico de Bailleul, morirá por las consecuencias del hambre en 1941.

El retorno de Artaud a París provoca varias sorpresas. En primer lugar, por su deterioro físico. Bataille se lo comenta a Lacan: “Lo vi aparecer, el miércoles, en la vereda de Deux Magots, no me reconoció y yo no me hice notar. Estaba en un estado tal de decadencia que asustaba. Todavía no cumplió cincuenta y tiene el aspecto de los hombres más viejos que conozco.” No sólo por la delgadez y los efectos erosivos de la adicción. Las cincuenta y una aplicaciones de electrochoques sin anestesia, recibidas entre junio de 1943 y diciembre del ’44, habían hecho lo suyo: el aplastamiento de una vértebra y la pérdida completa de la dentadura, como está documentado en la tesis doctoral de Latrémoliére (Incidentes y accidentes observados en el curso de 1200 electrochoques). Irónicamente, lo único que dejaron prácticamente intacto fue el delirio. Lacan lo supo pronto y con oscuro regocijo le hacía repetir a Bataille el siguiente episodio:

En octubre de 1943, recibí una carta enigmática y grosera. Tenía la firma de Antonin Artaud, con quien yo apenas había tenido trato. Estaba escrita en Rodez, donde había leído [mi libro] La experiencia interior, publicada al comienzo de ese año. La carta era algo más que un poco loca: mencionaba el báculo y el manuscrito de San Patricio. Ese manuscrito, que cambiaría el mundo, había desaparecido, pero me escribía porque la lectura de La experiencia interior le había mostrado que yo necesitaba ser convertido, que debía volver a Dios. El debía advertírmelo. La súplica de que me convirtiese en un devoto, venía dirigida a mí en términos tan conmovedores y urgentes que la recuerdo nítidamente.

Ahora bien, cada vez que Bataille lo repetía, estropeaba la victoria lacaniana añadiendo: “Yo lo conozco y estoy convencido de que Ferdière hizo lo mejor que pudo, y si puede ser criticado por haber indicado un tratamiento impropio, lo cierto es que el estado de Artaud mejoró en gran medida.” El comentario tenía un doble envío. Por una parte destacaba que, en Rodez, Artaud había vuelto a leer, traducir, escribir y dibujar. Lo habían alojado en una pieza para él solo, lo proveían de papel, tinta y libros. Por otra parte, buscaba situar a Lacan en una situación jocosa. Desde las declaraciones de Roger Blin al diario Libération (del 14 de junio de 1977), este juego dejó de ser un chiste privado entre ellos dos. Se conoce que, luego de las entrevistas con Artaud, Lacan concluyó: “Está fijado, vivirá hasta los ochenta años, [pero] no escribirá ni una línea más, está fijado”. Mientras la mayoría del lacanismo lo descuida, la gente de teatro y de letras lo repite y se ríe de la mala puntería: Artaud no llegó a los cincuenta dos años y, luego de Rodez, escribió parte de lo más significativo de su obra… Citan particularmente el Van Gogh, el suicidado por la sociedad, de 1947, tanto por la sagacidad y el vigor reivindicativo del libro como por las tres páginas que aluden directamente al Dr. Lacan:

Frente a la lucidez de Van Gogh en acción, la psiquiatría queda reducida a un reducto de gorilas, realmente obsesionados y perseguidos (…) No hay psiquiatra que no sea un notorio erotómano. Conozco uno que se rebeló hace algunos años, ante la idea de verme acusar en bloque (…). En lo que a mí respecta, señor Artaud —me decía— no soy erotómano, y lo desafío a que presente una sola prueba. No tengo más que presentarlo a usted mismo, Dr. L…, como prueba; lleva el estigma en la jeta, pedazo de cochino inmundo. Tiene la facha de quien introduce su presa sexual bajo la lengua y después la da vuelta como una almendra (…) Si en el coito no logra ese cloqueo de la glotis que usted tan a fondo conoce, y al mismo tiempo el gorgoteo de la faringe, el esófago, la uretra y el ano, usted no se considera satisfecho. (…) Deje a los hombres tranquilos. El cuerpo de Van Gogh, libre de todo pecado, también estuvo libre de locura.


Imposible no evocar, al respecto, el provocativo mural “Cátedra de sexología” que pendía sobre el salón de residentes de Sainte-Anne, o la risa de Victoria Ocampo mientras le escribe a Angélica a propósito de cómo el joven Lacan abandonaba la guardia para visitarla por las noches: “Los locos de St. Anne las habrán pasado buenas...”. El mismo Lacan no habrá dejado de sonreír. Pero antes, en aquel almuerzo de junio de 1946, se le ocurre replicar a Bataille que la mejoría de Artaud en Rodez no hacía sino darle la razón. Le habló de la conferencia de Jung, “El problema de la psicogénesis en las enfermedades mentales”, que justamente distingue las enfermedades del cerebro de las psicosis en que las primeras no son sensibles “a las flores y cortinas en las ventanas”. La demencia senil, la parálisis general y la epilepsia siguen su curso, no mejoran ni empeoran notoriamente, ajenas a los cambios del entorno físico o social. Además, como él mismo había demostrado con el artículo sobre la maestra Marcelle C., si Artaud había podido saltar de las cartas incomprensibles del retorno de Irlanda a las cartas, cuadernos y traducciones de Rodez, eso era porque las psicosis no resultan de un daño orgánico. Bataille asintió para sus adentros, recordando que su padre, un caso de neurosífilis, jamás había tenido ese tipo de mejorías milagrosas.
Por declaraciones semejantes y aún más discretas que las de Van Gogh… contra el Dr. L…, los de Rodez se disgustaron mucho, al punto de aplazar con un litigio legal la aparición de los últimos tomos del las Obras Completas de Artaud. Antes de morir, Latrémoliére se refirió a cómo lamentaron haber cedido al traslado (“De haber sabido lo que vendría, decía Ferdière, nunca lo habría dejado salir de Rodez. Había que haberlo dejado adentro tres o cuatro años más, pero no se pudo. De vuelta en Ville-Evrard fue confiado a un médico que le dio la llave de la clínica, podía entrar y salir cuando quisiera. (…) Podía ir a la catedral, arrodillarse en el medio del altar y realizar gestos bizarros. (…) Yo protegía a la sociedad de él… Hacía estupideces.”) Al mismo tiempo, Latrémoliére se consideraba el salvador (“Lo tratamos para protegerlo de sí mismo. Eventualmente pudo escribir y hablar con nosotros de nuevo. Nosotros le dimos eso.”) y el destinatario omnipresente de la última producción de Artaud (“En sus textos él me habla. No dice gran cosa, pero al menos me habla a mí.”). No dudó en reconocerse en el “Dr. L…”, solución desechada por Paule Thévenin, albacea y fiel colaboradora de los últimos años de Artaud.
La sonrisa que le supongo a Lacan, cuando se reconoce acertadamente en ese “Dr. L…” no es así porque sí, sino porque él estaba a gusto, no tenía de qué arrepentirse de su participación en el caso. Es lo que se desprende de una segunda lectura de su escarnecido veredicto de 1938-39. Es evidente que el “vivirá hasta los ochenta años” fue una apreciación correcta. ¿O vamos a reprocharle por no haber vaticinado que, en 1948, Artaud moriría de un cáncer intestinal o por una sobredosis de los aceites del cloral, indicado para mitigar los dolores? Lo que el buen augurio de Lacan indica es que no había encontrado en Artaud ningún signo o síntoma de una demencia presenil o una neurosífilis (que en vano buscaría Ferdière) las que habrían ciertamente comprometido la sobrevida a largo plazo. La conclusión de que “está fijado” [il est fixé] es más indescifrable. ¿Habla de una rigidez del semblante, de una insinuación de catatonía? Cabe mencionarse, al respecto, la primerísima impresión que Artaud le había causado a Bataille en los años veinte: “Parecía un ave de rapiña enjaulada, atrapada en el instante en que se aprestaba a pelear y que en esa postura quedó fijada.” Pero no adhiero a este subterfugio. Me inclino por leer esa “fijación” como sinónimo de una detención, de una cristalización subjetiva por la cual Lacan bien podía suponer que Artaud “no escribirá ni una línea más”. Quiero decir que Lacan se apresuró a conjeturar que Artaud evolucionaría como el caso Aimée de su tesis doctoral.

Si en la tesis del ’32 había sostenido: “Aimée no consiguió llevar a término lo mejor y lo más importante que ha escrito sino en el momento más agudo de su psicosis, y bajo la influencia directa de las ideas delirantes. Por lo demás, la caída de la psicosis parece haber determinado la actual esterilidad de su pluma”, en 1938 Lacan estaba mucho más confiado para augurar, con razón, que esa esterilidad era definitiva. La presunción de la psicogénesis alcanzaba así su apogeo: nada de déficit, sino un auge creativo en el peor momento (“¿Hay un beneficio positivo en la psicosis? Si hemos de ser consecuentes, no podemos negar a priori tal posibilidad.”), y si había pobreza en la evolución posterior de Aimée, tampoco era por déficit, sino por el freno superyoico, mediado por el castigo social de un encarcelamiento (desde su detención en 1931, no había vuelto a delirar, ni lo haría después). La misma mano que había arriado las banderas narcisistas de ser amada por el Príncipe de Gales o perseguida por figuras mediáticas del espectáculo, le había quitado la pluma.

Al final del almuerzo con Bataille quedaron así esbozadas las dos primeras partes del escrito de Bonneval. La tercera y última, “Los efectos psíquicos del modo imaginario”, comenzó a insinuarse la semana siguiente cuando Dora Maar trajo a sesión nuevas noticias. El pintor Balthus, por entonces su amigo más íntimo, le había contado con susto la reaparición súbita de Artaud en el estudio, insultándolo por los retratos que le había hecho en 1935. “Me acusó de haber captado una parte de él que aborrecía: su terrible inconsciente. Y de que yo era el pintor que usaba lo real con el propósito de crucificarlo”. Se agregaba la dura impresión por el deterioro físico de Artaud, multiplicada porque, antes de dejar de verse, la gente acostumbraba a confundirlos por el parecido. Como en una versión invertida y barroca de El retrato de Dorian Gray, el modelo prematuramente envejecido acude a reclamar la vitalidad sustraída no sólo por el retrato sino por el pintor. Dora, que nunca había perdido el don de la conversación, distrajo a Balthus alegando que podría decir lo contrario de cuando Picasso se atrevió a retratarla igualita a su amiga Nusch. “Fue algo monstruosamente insensible de su parte. O lo hizo con la deliberada intención de burlarse y ofender. Cuando acabó todo entre nosotros, ese fue el primer cuadro que vendí”.
 
 
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