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   Entrevista

Moty Benyakar
  Lo disruptivo en psicoanálisis: de la trinchera al diván
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Su curriculum es muy extenso y su historia de vida muy intensa. A los 21 años se fue a vivir a un Kibutz en Israel, con el fin de ejercer la docencia –la primera de sus profesiones– luego, en 1967, intervino en la Guerra de los Seis Días. ¿Esto modificó en parte o en todo los objetivos con los que había llegado a esas tierras?

Primero, para ser precisos, yo fui al kibutz a trabajar en el tambo. Trabajé en el tambo como tambero, ordeñando vacas y educando niños –o sea, las dos cosas juntas–; y así es como estudié psicología también: ordeñando vacas y estudiando paralelamente. Para que quede claro que no es que fui a ser docente, aunque siempre estuve abocado a la docencia desde muy, muy joven. Y ¿si la guerra cambió mi vida? Sí, yo fui y soy un pacifista empedernido y apenas llegué a Israel, a los pocos meses se declaró la Guerra de los Seis Días que comenzó a unas dos cuadras del kibutz en el que yo estaba. Entonces apenas llegado a Israel, lo primero que tuve que hacer fue entrar a las trincheras, aprender a manejar el rifle y cosas por el estilo... Por suerte –en las cinco guerras de las que participé– matar nunca fue la parte mía, sino tratar de ayudar a la gente que estaba damnificada por ese tipo de situaciones, esto fue así ya desde un principio.
Y fue en la Guerra de Yom Kipur en 1973 donde usted empezó a perfilar con mayor claridad su interés en lo traumático...

Exactamente. Sucedió que lo que estaba escrito en la literatura clásica en ese tiempo no me resultaba suficiente para poder explicar lo que yo estaba viendo, ni darle una aplicación clínica. Escuchaba a los profesionales y anotaba todo lo que veía, anotaba, anotaba y anotaba. Una vez un supervisor me pidió que le dijera lo que pensaba y le manifesté: “mire, de todo lo que yo leo, de todo lo que hablan, no me parece que se trate, y lo que ocurre no sé como explicarlo”. Entonces él me respondió: “mirá, a todos nos pasa lo mismo, pero no todos se animan a decirlo”. Y así fue que seguí investigando, viendo, preguntándome, y hasta ahora tengo ese don, ese mal digamos, de seguir preguntando y cuestionando cosas que son tomadas como supuestos, como “la palabra de”, cosas que me parece que realmente no dan cuenta de lo sucedido, ni tampoco permiten a los profesionales trabajar y desarrollar una labor con una mente amplia y abierta. Una de ellas es el Síndrome de Estrés Postraumático. El estrés postraumático emerge de la guerra de Vietnam, adquiere centralidad con esta guerra; de ahí en adelante se trata de postular cómo se califica y cómo se trata a gente alterada psiquicamente por lo acontecido. Lo bueno que tuvo el estrés postraumático es que reconoce ante la ley que hay algo, ante los tratamientos, que no se trata como una neurosis que se activa, sino de algo de otro orden. Lo terrible de eso es que se basa solamente en fenomenología, entonces hay que justificar, decir que las personas tienen una serie de síntomas para concluir en que tienen estrés postraumático. Y esa fenomenología no daba cuenta suficientemente de lo que nosotros vimos. Por ejemplo, vimos más cuadros de depresión que cuadros de estrés. Por otro lado, el trauma como proceso psíquico, el estrés post-traumático no lo reconoce. ¿Por qué se llama estrés post traumático?, porque los americanos piensan que la patología es el estrés, y lo que es trauma es el evento, lo que pasó: las Torres Gemelas, el incendio, etcétera.

Se postula que el hecho es traumático en sí mismo.
Así es, entonces es como darle una cualificación psíquica a un fenómeno fáctico. Trauma no es un choque, trauma es un proceso psíquico, el choque es un evento. Cuando hay incesto, se trata de un entorno al que erróneamente que se lo llama traumático, pero el tema es si el psiquismo lo vive como trauma, es por ello que el concepto de estrés postraumático desvirtúa la esencia, porque a través de él se plantea que todo evento terrible es traumático, y eso es como postular a priori algo –que nosotros que venimos del mundo del psicoanálisis sabemos que no es posible– que en realidad habrá que verificar o no en un proceso psíquico.

Entonces faltaba un concepto que pudiera cualificar lo que impacta al psiquismo sin saber de qué manera. ¿Cómo se llama a un accidente?, ¿cómo se llama una bomba?, ¿cómo se llama una violación?, que son elementos fácticos. Ahí fue donde postule el concepto de lo disruptivo. Lo disruptivo es el evento en sí. Nosotros como terapeutas, psicoanalistas, tenemos que ver cuál es el efecto psíquico que causa el evento: puede ser estrés, puede ser trauma, puede ser depresión, puede ser resiliencia, porque no todo lo que es terrible siempre va a producir un proceso psíquico patológico. Por lo tanto, lo que se hace con el concepto de lo disruptivo es abrir una amplia gama de posibilidades, de síntomas y cuadros clínicos, los cuales no están incluidos dentro del concepto post traumático, cerrando de este modo el espectro clínico de la diversidad humana ante la que nos encontramos.

En Lo disruptivo habla de la “cadena del mal” y refiere que los profesionales de la Salud Mental son responsables de aportar conocimientos e instrumentos que sirvan para prevenir y canalizar el odio, ¿de qué manera?
Primero, tratando de entender que el odio es una manifestación humana, y no es la de ellos, sino que –y esto lo dijo también Erich Fromm citando a Terencio: “nada de lo humano me es ajeno”– el odio está en nosotros. Entonces, tratar de ver al odio como algo que le pasa a ellos es un problema. Segundo, la esencia del odio se acentúa por todo un proceso psicológico que no es solamente intra-psíquico sino también situacional, cultural, del entorno. Por ejemplo, la forma que tiene el odio en Medio Oriente no es la misma que tiene en otros países. Por ende, un profesional de la salud mental que no toma en cuenta eso pierde de vista algo. Esto no quiere decir que en un lugar hay más o menos odio que en otro, sino que la forma en que emerge es diferente. La manera en que muchas veces se incentiva la relación con un otro me parece que es la forma de poder canalizar el odio. Eso se puede ver en la vida cotidiana entre las parejas, también en gente que tuvo socios y los estafaron, se puede ver en gente violada. O sea, el odio emerge como una reacción frente a alguien que me puede dañar concreta o potencialmente. Abordarlo para mí significa no verlo como una defensa, un mecanismo, sino como una reacción muy humana que pertenece a la situación en si.

¿Podría describir –al menos en parte– aquello que define como la cadena del mal?

Nos encontramos en presencia de la cadena del mal cuando hay una escalada entre diferentes dimensiones, en las cuales lo esencial es violento. O sea, la violencia es la distorsión de la relación entre el hacedor del mal y la persona a la que se le hace mal. La esencia de la cadena del mal está en la distorsión que no permite defensas, no está en el enfrentamiento. El enfrentamiento pertenece al orden de la agresión, es decir donde cada uno se postula: yo tengo una posición y vos potencialmente me podés hacer daño, entonces yo me puedo defender psicológicamente o levantar una barrera o hacer lo que sea, pero me puedo defender y puedo tratar de elaborar eso. En cambio, la violencia no se puede elaborar porque el psiquismo queda capturado.

Usted afirma que “cuando ocurre un desastre, se calcula que por cada damnificado habrá unas cuatrocientas personas que necesitarán asistencia en Salud Mental”. Es una cifra más que considerable, ¿Cómo se llega a ese cálculo?

Lo que postulo es que por cada herido físico hay de doscientas a cuatrocientas personas que necesitan algún tipo de asistencia; pero ahí me equivoqué, porque las cifras son mucho mayores ahora, y eso está plasmado estadísticamente. ¿Por qué? Porque en un terremoto, en un accidente, si muere uno hay por lo menos cuatro personas impactadas: el papá, la mamá, el hermano, la hija. Ahí tiene ya la relación, solo en esos. Aparte están aquellos que son dañados psíquicamente: cuando una persona está dañada no se trata solamente de esa persona, hay que tener en cuenta la familia, el entorno, los hijos; vemos esto por ejemplo en los veteranos de Malvinas. Ahí se observa cuántas personas participan de un evento y a cuántas se las tiene que asistir después. Eso no quiere decir que todos tienen daño psicológico, que necesiten tratamiento: hay un primer período de asistencia, que apunta a poder dar respuesta al potencial daño que se provocó; una parte de ellos va a necesitar tratamiento, lo cual no quiere decir que los doscientos vayan a precisarlo, pero sí que van a requerir asistencia de orden psicosocial; lo vemos también en los damnificados por Cromañón.

Otro de sus planteos es que la atención y el seguimiento de las dificultades generadas por un desastre debería prolongarse durante por lo menos dos años, ¿Por qué ese periodo de tiempo?

En realidad tres años para un programa. Una cosa es la asistencia individual y otra que se consolide un programa: que el programa se empiece a plasmar, que las personas comiencen a trabajar y se vea la evolución lleva un tiempo mayor. El contacto con el damnificado son dos años, pero el programa tiene que tener ese período de evaluación.

Hay algo que quiero que quede claro: como mi experiencia viene de guerras, desastres, catástrofes, la gente piensa que soy un socorrista, que me dedico a eso. Yo soy un clínico que toma esas experiencias en las que tuve que participar. Como estaba ahí, de ahí aprendí. No soy el primero ni el último. Salvando las distancias, Bion –por ejemplo– es una persona que tuvo sus experiencias en la guerra y de ahí aprendió mucho. Edgard Morin, que es un filósofo de la complejidad, toma sus experiencias también de allí. Desde ya que espero que no hayan muchas guerras, o que yo –por lo menos– no tenga que participar en muchas de ellas. Mi actividad es la clínica individual, pero tengo una visión –digamos– amplia de las situaciones; entonces como hay pocos que conceptualizan sobre el asunto de los desastres la gente piensa que me dedico solo a los desastres y no es así.

De igual modo usted es una autoridad nacional e internacional en materia de desastres y catástrofes, ha fundado una cantidad importante de organismos, preside y colabora en otros.

Sí, pero –y si bien no reniego de esos lugares, los cumplo– desde mi perspectiva la persona que se aleja de la actividad clínica cotidiana no puede presidir ningún organismo, es un doble trabajo. Hay gente que se dedica a eso y está todo el día abocada a esa tarea. Pero es la clínica la que nos permite descubrir día a día nuevas modalidades, nuevos fenómenos, se trate de la clínica del campo de batalla, la clínica con el diván o cara a cara. Por eso digo que estoy en contra de los especialistas en desastres, catástrofes. La gente tiene que saber, estudiar, profundizar sobre eso. No soy especialista en desastres, ¡no!, yo me dedico a la vida, a lo que sucede, a lo cotidiano, aunque tengo una visión sobre eso también. No me considero un especialista en desastres porque no respeto a las personas que se dedican a eso solamente porque pierden la distancia con la realidad. Así de simple.

En Lo disruptivo habla del “síndrome de ansiedad por disrupción”, ¿Cómo lo definiría?

El síndrome de ansiedad por disrupción es uno de los tantos síndromes que podemos encontrar cuando hay un impacto, un entorno disruptivo –un entorno disruptivo, no un evento– ¿Qué postula el síndrome de ansiedad por disrupción? En ese libro desarrollé cómo a partir de escuchar a un paciente en sesión, un economista –que decía que no podía dormir, que no podía dormir tranquilo porque se iba a sacar la plata del corralito– me cuestioné ¿quién no veía la realidad?, si era yo –que no estaba viendo lo que pasaba–, o era él, que estaba angustiado por la realidad. A partir de ahí postulamos con el Dr. Carlos Collazo que el síndrome de ansiedad por disrupción se da cuando quien está enferma es la realidad, o sea, cuando está enfermo el entorno, pero quien recibe el impacto es la persona. No es para analizar que la persona está distorsionando lo que le pasa, sino que la persona está viendo bien lo que sucede: lo que pasa es que uno no se puede adaptar a eso.

Respecto del modo de intervención propone la interpretación vivencial, ¿En qué consiste?, ¿Cuál es su diferencia con la interpretación al modo en que Freud la planteara?

Eso se basa en el concepto de un aparato psíquico que tiene tres espacios básicos: el espacio originario, el primario y el secundario. El originario es aquel espacio en el cual están las sensaciones y las figuras. Freud en 1900 postula que la creación más básica del psiquismo es la figura, que es lo que aparece en los sueños. Las figuras son formas que manifiestan sensaciones, es forma nada más. Después viene el segundo espacio: el primario, que es el que habla de emociones y relaciones. El tercer espacio es el de sentido, que es donde empieza la palabra –este concepto lo desarrolló Piera Aulagnier–. Lo traumático por lo general emerge o se instala en las sensaciones y en la falta de capacidad para elaborarlas. Al Intentar darle una explicación a nivel de la palabra, una explicación de sentido, no se está hablando en el idioma de la esencia del trauma. Entonces por medio de la figura, la interpretación figurativa, se intenta encontrar esa figura que dé forma a las sensaciones, y una vez que se pudo encontrar y se puede transmitir, se puede emerger al sentido que eso tiene. La figura se manifiesta en palabras idiosincráticas del paciente y es desde allí desde donde se parte a las palabras concensuadas, que son las que por lo general utilizamos en nuestro lenguaje cotidiano. Pero al trabajar el sentido, muchas veces se elabora cognitivamente lo que tiene que ser elaborado vivencialmente. Por ende propongo primero tratar de trabajar desde la vivencia, para que después tenga sentido la palabra.
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La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com.
 
 
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