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   Problemas y controversias

El delirio suicida
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
El 15 de enero de 1989 Sándor Márai escribe la última anotación de su diario, pocos días antes de matarse de un tiro en la cabeza. Y la redacta a mano, a diferencia del resto del diario, escrito a máquina.
“Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”.1
Abrumado por la muerte de su mujer, por las penurias de la vejez, de la soledad, de la enfermedad, hacía tiempo que la idea de matarse se le había tornado explícita. Sin embargo, la penúltima anotación, escrita en agosto del año anterior, dice que no protesta contra la muerte, pero no desea morir.

El “llamamiento a filas”, que ya se ha producido antes de su formulación, puesto que es antes una respuesta que una interrogación, ese llamamiento que es, a la vez, índice de la catástrofe e interpretación delirante de la misma, índice de una abolición e intento de ubicar algo allí, aunque más no fuera esa apelación a formar las filas. ¿De qué? ¿De un ejército de condenados, de aparecidos, de militantes de la muerte? La expresión, tan impactante para nosotros, ¿es la señal, el signo, de una ruptura de la absoluta e insalvable separación de los vivos con los muertos?

Lo cierto es que, salvo el caso del psicótico que transforma una metáfora –por ejemplo, “¡matate, tonto!”– en pura literalidad y efectivamente se mata, o el de quien está acuciado por una situación extrema de dolor o bien por la inminencia del horror, la idea suicida requiere siempre un tiempo de elaboración, inseparable de los rituales mortuorios: el suicida2 ha organizado de antemano sus propias exequias.
Para que la demanda dé sentido del sujeto al Otro, se transforme en quebranto –antes que nada y sobre todo, quebranto de la demanda3–, es preciso que la llamada por Lacan e Hyppolite “afirmación primordial”4 –mítica antes que genética, afirmación del lazo que une al sujeto con el ser y no con el mundo–, haya sido profundamente alterada, que haya sido socavada la afirmación radical de una expulsión.5
Decir “afirmación primordial” no es una manera más o menos sofisticada de hablar de la “fe en la vida”, ya que remite a la creación del símbolo sobre un fondo de negatividad, más precisamente sobre un fondo de forclusión de restos. En esos momentos postreros, Márai está atento (sería necesario decir fascinado, totalmente fascinado por aquello que cuando nos agarra nos pierde) a la vileza, a la bestialidad, a la estúpida obscenidad, a la enfermedad que degrada, a todo lo que cuando estamos aún en pie mantenemos a distancia, sin dejar de estar convencidos y no, que sí y que no al mismo tiempo, que ese maldito conjunto configura el horizonte de cualquier existencia.
Somos animales residuales: todo lo que expulsamos nos constituye y negarlo nos permite elevarnos de un modo complicado, frágil, necesario y no obstante tramposo, a la condición simbólica. (Digo “elevarnos” y así respondo a una metáfora tradicional y sin duda parcialmente mentirosa. Uno se eleva como un saltimbanqui para dar luego con sus huesos por el suelo.)

El símbolo surge como un sello roto, en la encrucijada donde una parte de él permanece enterrada, ya que recordar es una manera de olvidar que hay algo que jamás recordaremos porque nunca estuvo presente, salvo bajo la forma de una aparición inminente que, de concretarse, impediría con su plena obscenidad que el aparato psíquico –transcriptor y retranscriptor de huellas–, superara un estado de parálisis fatal. En suma, se cancelaría el desvío metonímico, si se me permite usar la figura de la metonimia con extrema laxitud.

Conforme a la etimología, lo obsceno es lo que está fuera de escena, pero la multiplicidad de funciones de “ob”, nos permite decir que es algo que, desde afuera, tiende a acercarse hasta invadir la escena.
El que va a matarse y todavía tiene tiempo para hacerlo, se halla en cierto momento en la misma situación del insomne, cuya tortura consiste en que no puede interrumpir el flujo doliente de la vida. Lo ininterrumpido, lo sin tregua, llega así insoslayable, por sintomatologías diversas pero que concurren en un mismo punto: el de lo insoportable.
Digo más: lo obscenamente ininterrumpido.

Y en este punto el suicida no tiene más salida que hacerse ordenar la muerte y la promesa de un sueño, de un eterno sueño sin sueños. “No soy yo, es el Otro el que me ordena”. Esta promesa, la más delirante de todas, la que viene a obturar la más íntima y primaria forclusión –una forclusión que de una u otra manera padecemos todos–, nunca puede oírse (o mejor, entreoírse) sin apelar al deletreo infantil, a esa dimensión infantil que uno conserva a lo largo de toda la vida: madre que acuna al bebé; el bebé que descansa en el seno materno.
Hay un párrafo de Márai donde aflora súbita y amargamente lo que llamo lo ininterrumpido:

“Hay un acto reflejo que no consigo erradicar: al despertarme, aún medio dormido, alargo la mano para coger la suya como he venido haciendo cada día a lo largo de sesenta y dos años y ocho meses. Cuando no la encuentro me invade el horror... Y de pronto me sobreviene el recuerdo de su muerte; por eso no está a mi lado. Y a ese momento lo sigue de modo cada vez más íntimo el asco. Asco porque no está aquí. Porque murió. Porque todo es mentira: lo que los curas, los médicos y gente de toda clase masculla sobre la muerte. La realidad de la muerte es asquerosa”.

El asco surge cuando se quiebra una defensa; cuando el objeto pierde su atractivo fálico y la imagen narcisista deja de resplandecer. Como antecedente de la acción suicida, siempre se perfila un fondo ininterrumpido de asco, de repugnancia, de náusea.

En ese punto extremo, la orden, el llamado a filas, la demanda de muerte (que en cierto sentido es un fracaso de la demanda) presentan un efecto diría pacificante. Interrumpen el dolor de la mera subsistencia cuando el fantasma ya no la soporta, y lo hacen con una promesa delirante, a la vez indeterminada e infantil.
El ser humano, aunque lo declare, no puede concebir la nada: cuando decimos la nada, cuando reiteramos que allí nada concebimos, estamos desmintiendo que proyectamos, salvo en momentos extremos atravesados por la angustia, pero que en sí mismos son intolerables, una superficie imaginaria6 (Imaginaria, sí; pero anclada en ciertos elementos simbólicos) hecha de lugares de reparo edificados con la materia infantil del fantasma: la mirada materna y el cortejo tierno que la acompaña. Este carácter inconcebible de la nada, es la condición de posibilidad absoluta para que el asco no derrumbe al psiquismo.

El que se mata meditándolo y calculándolo ritualmente, lo hace literalmente acunado.
Lo cual no excluye, en ciertos casos, el más intenso de los odios al Otro.
____________
1. Márai, Sándor, Diarios, 1984-1989, Salamandra, Barcelona, 2008, p. 209.
2. Digo “suicida”, pero no quiero abolir las extremas diferencias entre los diversos modos de suicidio.
3. Quizá tendríamos que manejar con mayor prudencia y sutileza la noción de demanda, ya que, en definitiva, la llamada demanda del Otro es leída solo en la enunciación de la demanda del sujeto. Quiero decir: lo que históricamente se la ha dicho –los dichos de padres, amigos, superiores, etc. –pertenece al campo de la biografía, no al del análisis del inconsciente.
4. Lacan, J. Escritos, Siglo XXI, Buenos Aires, 2008, tomo 1, p.364.
5. Me refiero, claro está, al artículo de Freud “La negación”. La Bejahung afirma una Ausstosung; pero esa afirmación es previa, míticamente, a la certeza del sujeto, puesto que cuando hay una certeza subjetiva radical, ya antes y de antemano algo primario se ha establecido como condición de estructura.
6. Curiosamente, el juego de imágenes supletorias,surge precisamente de la impotencia de la imaginación ante la nada.
 
 
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