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   Los bordes de Thánatos

Muerto bien muerto
  Consideraciones sobre el pasaje al acto
   
  Por Liliana Donzis
   
 
Matías padece de psoriasis. Sus padres consultan por sugerencia del médico dermatólogo quien supone que el niño está afectado por el fallecimiento del hermano mayor ocurrido dos años antes de la consulta. Según el dermatólogo, Matías expresa en la piel escarada la silenciada dramática familiar.*
En las primeras entrevistas, los padres del niño relatan el accidente que había truncado la vida de su otro hijo. Con muy pocas palabras mencionaban que el niño se había caído intempestiva y accidentalmente al vacío, en el hueco de un tobogán.
Situación inexplicable, contundente e irremediable producto de lo incontrolable e hiperactivo que había sido el niño. Sin que fuera esperada, ni su llegada ni su partida así como llegó se fue. Triste, oscuro, inquieto y callado. En cambio con Matías todo fue diferente.

Ni los padres, ni la familia ampliada –abuelos y tíos– supieron el modo de comunicar la tragedia a Matías quien a la sazón tenía tres años. Con silencio pertinaz esperaban mejores días y las preguntas que pudiera realizar el niño para poner en palabras la situación. Hasta la aparición de la psoriasis y el consejo del pediatra, no había recibido explicación alguna de la situación que transcurría en silencio, sin palabras y sin historia.
La psoriasis fue el modo en el que Matías, de alguna manera y entre otras causas, edificó a través de las marcas en la piel, a partir de lo renegado y rechazado por la familia, los signos de vida y muerte de su hermano.
Mientras tanto la muerte, lo indeseado, el duelo, el dolor y la angustia quedaban fuera de la vida cotidiana.

En las entrevistas con Matías advertíamos en el juego y en sus relatos que la piel era el límite y el borde en el que se figuraba una trinchera reveladora del sujeto.
En sus juegos con personajes de guerra, soldados, muñecos, bolsas de arena, construía una obra en la que la muerte y los muertos hablaban, peleaban, se tiroteaban. Si bien sus juegos eran violentos con cierta dosis de agresividad entre pares, también eran divertidos y creativos. En más de una ocasión refiriéndose a algún soldado muerto aclaraba el tipo de muerte que la que se trataba. Es así que algunos estaban muertos por la balacera y otros estaban muertos bien muertos.

¿Qué decía esta frase, muerto bien muerto? ¿Qué es para un niño la muerte? Y aun más la muerte de un par, de un hermano. Hermano insepulto que, como Polinices para Antígona, requería de un entierro y un acto-ritual funerario que escribiera la defunción.
Para los niños pequeños, por una parte la muerte no es permanente, es un estado transitorio renegado y o ignorado, según razones de estructura y de la ligazón y separación al objeto. Según la constelación pulsional y el enclave del nombre del padre el límite que la castración aporta da la textura y el sentido que el fin y término de la vida tiene para cada quien. Desde ya que esta constelación estructural dejará consecuencias a los efectos de la tramitación del duelo. En los niños el término de la vida y el duelo por las pérdidas, está enlazado tanto a su constelación subjetiva como a la de los padres. Parafraseando a Lacan la idea positiva de la muerte, las pérdidas, los duelos están para los niños anexados a los parientes próximos que les transmiten la lengua materna.

La clínica pone de manifiesto que para algunos niños el muerto está en alguna parte y ya volverá. Están en el cielo, pueden enviar buenos augurios o no. Tuve ocasión de escuchar a un niño para quien los próceres de la patria por una parte estaban muertos pero también vivían congelados, duros y enyesados en las estatuas de las plazas públicas.
Son los padres y parientes quienes transmiten la letra, la castración que guarda los ecos del carozo real de la falta. Ahora bien, cuando la castración no aporta eficacias por la vía del discurso y de la palabra los niños pueden quedar desamparados y desamarrados del discurso. En el mejor de los casos es el cuerpo el que propone, a través de padecimientos y otros efectos pulsionales, un tramo de letra que requiere de una lectura para su producción sintomática.
Si bien el duelo no prescribe en su efectuación tomándose todo el tiempo que convenga al sujeto, la escritura discursiva para los niños tiene plazos de vencimiento, de lo contrario acontece por vía de la repetición, del acting y del padecimiento, la puesta en acto de lo real en el que cobra fuerza lo traumático.

Matías, hijo cuya filiación fálica era cierta para los padres, pudo de algún modo, evidenciar el silencio con un padecimiento doloroso, visible, que al mismo tiempo es un intento de subjetivación del trauma, en la medida que culmina como un goce que se muestra en el lugar del saber, transformando lo insabido en texto el niño pone a cielo abierto la fantasmática materna y parental. Fantasmática no sin culpa por la defenestración del hermano muerto.
Este último era defenestrado, sacado del marco de la ventana en vida, todos los días por los padres. El niño triste, oscuro y por demás movedizo fue un cuerpo extraño a la lengua familiar y no pudo ser extraído de la misma sino en la eyección del pasaje al acto. Para el hermano de Matías no hubo falta propiciatoria, se eyectó en el vacío.

De él no quedaron huellas, ni fotos, ni recuerdos. Los padres lo enterraron para que nadie recuerde el salto mortal, la herida infinita, el desgarro entre cuerpo y alma. Olvidar lo inolvidable lo transformó en una vida sin vida, y en una muerte sin muerte ni duelo.
Muerto bien muerto fue el inicio de poner sentido al sin sentido. El sujeto dispuesto al duelo, como Antígona que arrastra el pecado de sus padres, está en el lugar de quien debe atravesar la dura prueba de la falta. Si está muerto bien muerto es enterrable, recordable, y no aparecerá en zonas espejadas plenas de espectros ni entre ruidos guturales, de gritos inaudibles.

Para Matías no se trata solo de la lucha fratricida por el amor del padre al modo de Abel y Caín, sino que análisis mediante deberá pagar un precio simbólico por el pasaje al acto de su hermano caído de los brazos parentales, caído desde su breve pero oscura historia.
Los efectos del pasaje al acto en los niños ponen de relieve la hostilidad de los padres, o especular poniendo de relieve la hostilidad, la agresividad.
La condición de prematuración expone al infans a una dependencia estructural y estructurante al Otro, condición humana que nos hace sensibles a los ecos del decir de los padres, de quienes transmiten la lengua y que al mismo tiempo son soporte de diferentes identificaciones.

El trauma puede o no entrar en discurso, Freud calificó una u otra de estas alternativas como trauma positivo o negativo con consecuencias también diferentes entre si. Tanto los excesos amorosos como los hostiles inciden a la hora de los padecimientos que en el mejor de los casos se escriben discursivamente.
La clínica con niños nos testimonia de hostilidades menos evidentes que las mencionadas en el apartado precedente pero también son del orden de lo cotidiano y de difícil elaboración. Entre padres e hijos observamos la instilación de odios, de productos no discursivos que muerden la estructura del infans.
El odio es de lo real, reniega de la diferencia y en ocasiones funciona como la injuria: ataca el cuerpo y lo esclaviza a un goce. Uno de los nombres de este odio es la crueldad. Fernando Ulloa solía plantear que se trata de un odio primordial que no se amarra a lo simbólico y que no hace par con la ternura que humaniza. Acuerdo con su lectura, es más, en la niñez se amasa entre estos odios y ternuras que deben enhebrarse al discurso, de lo contrario producen padecimiento psíquico.
Quienes trabajamos con niños advertimos que muchas de las dificultades por las que los padres de un niño consultan a un analista se tejen con los hilos del odio y la hostilidad entre ellos y para con el niño. Odio, pasión del ser, hostilidad como contracara del amor cubren silenciosamente las sintomatologías más variadas.

Los padecimientos en la infancia están poblados de abandonos y desalojos ocurridos por efecto del desenlace del amor y del deseo, es así que el niño queda a merced de goces mortíferos.
En ciertas circunstancias, nos encontramos frente a emergencias, esas que se despliegan en las guardias pediátricas, situaciones que sin más trámite subjetivo que el pasaje al acto pasan al cuerpo del niño desatando una dramática que ataca sin pasar al discurso. Asimismo hostilidades lacerantes despojan al niño del necesario y mínimo sentido que aporta el juego. Nada para dibujar ni decir de lo inconmensurable de ciertos goces que empujan al niño a pasajes al acto, intoxicaciones y accidentes. Urgencias cotidianas efecto del desalojo en el Otro.

La derrota de la palabra, el pasaje a la brutalidad del odio sindica al niño como el objeto de una reivindicación gobernada por la pasión, que al mismo tiempo lo ignora como sujeto.
El pasaje al acto tal como lo propone Jacques Lacan es un dejarse caer en el que el sujeto consiste y exsiste como objeto a para el Otro. Reacciona de un modo impulsivo, descoordinado o violento que no es sino angustia incontrolable. Se eyecta de la escena ofreciéndose al Otro, como si ese otro se encarnara y pudiera gozar de su muerte. El pasaje al acto sitúa lo irreversible. Franqueamiento, traspaso de la escena, en un encuentro con lo imposible cuya forma más común, tirarse por la ventana, concierne a la defenestración que nos indica la caída del marco del Otro.
Juego mortal para el hermano de Matías dice de la derrota del amor parental, la derrota de la palabra y de la pulsión de muerte desintrincada de la vida.


_____________
* La viñeta elegida en este texto es sólo un breve recorte de un material clínico más extenso y al efecto de comentar dos posiciones del niño, por una parte la posición del niño que presenta un padecimiento especifico y por la otra el pasaje al acto en una compleja situación familiar.
 
 
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