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   Hambre de ser

Gordos: el reverso del yuppie
  Por Sergio Zabalza
   
 
Y, aunque os hacéis tan grave, /que a muchos sois pesada,
como os ven bien tratada /y es tal vuestra grandeza, /
no se atreve ninguno /a seros importuno;
 /que sois más mujer que otra, […]
Pedro Espinosa

Allá, por los lejanos años ochenta, Ronald Reagan –el mentor de la revolución conservadora–, solía elogiar a los que, según su perspectiva, trabajaban duro. ¿Quiénes eran estos conspicuos forjadores del futuro? ¿Obreros? ¿Maestros? ¿Empleados? De ninguna manera, se trataba de una nueva casta surgida al amparo de la fiebre especulativa que la Casa Blanca insuflaba en Wall Street, y que la prensa de entonces supo bautizar con un nombre indeleble: yuppie.

Hombres jóvenes, ambiciosos, ejecutivos al máximo, eficientes, exitosos. A estas características eminentemente operativas, se sumaban otras que –ciertas o no– el imaginario de entonces consolidaba en la figura del yuppie: tipos con pinta, glamour, ganadores, de buena estampa, siempre acompañados de bellas mujeres y duchos en el uso de la tecnología que Sillicon Valley paría al ritmo febril que exigían las empresas.
Se trataba de vivir al palo todo el tiempo, esa barbita de un día que solían lucir estos winners consumaba un irresistible efecto de desaliño sobre el fondo de esa incansable perfección operativa. Nada más cautivante que un toque decontracté en el fárrago de la implacable máquina de especulación. Teníamos entonces hombres exitosos, bellos, inteligentes, incansables, tipos cool, hombres erectos: falos consumados.
Sería reiterativo enumerar ahora el tendal de muertes, exclusión, cinismo, impudor, guerras, que se cobijó tras la figura del yuppie. Nos interesa, de acuerdo a los instrumentos que nos brinda la teoría psicoanalítica, preguntarnos: ¿cuál sería la figura por antonomasia que constituye el reverso del yuppie? Aquí nuestra respuesta: el gordo.
Al respecto, Ana María Shua –autora de El peso de la tentación1– expresa:
“El tema de los gordos no es prestigioso, no parece adecuado para escribir. Gran Literatura, los gordos son ridículos, son cómicos, son objeto de burla. Ningún actor de tragedia podría ser gordo, un gordo es visto por la sociedad como una especie de payaso siempre en funciones”.
En efecto, allí lo tienen: plastrón, cómodo, sucio, pajero, impotente, torpe, desaliñado, tierno, querendón, sentimental, depresivo, flojo, todas facetas y aspectos que, sin embargo, confluyen con su partenaire Amo en un rasgo indeleble: la voracidad.
Hoy, el gordo encarna –y esto no es metáfora–, los aspectos ocultos de aquella figura rutilante y machista que, sin dudas, mutaciones mediante, continua haciéndose sentir en la polis que habitamos. Pocas cosas más insultantes, por ejemplo, para una dama, que el mote de geeorrdaaa.
Y, tal como ocurre con todo aquello que la dimensión del semblante convoca, la cuestión está lejos de agotarse en el mero registro imaginario. De hecho, a muchas mujeres con cierto sobrepeso, –si nos guiamos por los criterios estéticos del sentido común–, les va muy bien, tanto en el trabajo como en la vida. Por ejemplo, resulta interesante señalar que, en la novela de Shua, la protagonista experimenta un notable giro en su vida cuando conoce un donjuanesco y obeso galán en la clínica donde la internan para adelgazar de peso…
No en vano, Colette Soler, por ejemplo, sostiene que la top model carece de poder unario, su figura no alcanza el estatuto de un semblante, adolece de dignidad simbólica2. Así, cual banda de Moebius, el geeoorrda designa nuestros aspectos más oscuros, temidos, y vergonzantes.
Por eso, resulta llamativo que hoy, los chicos, inmersos en la cultura de la imagen y tan vulnerables frente a los valores que impone el ideal estético, expresen, al referirse al encuentro erótico con un partenaire: me comí un pibe.
En efecto, se practican rabiosas y extenuantes dietas, también ejercicios y gimnasias rigurosas, para luego, sin más… comerse un pibe. ¿No hay una degradación flagrante que el uso lingüístico denuncia con proverbial transparencia?
En otros términos, el desprecio que el gordo padece no es más que el reflejo de nuestras imágenes más temidas. ¿Constituye alguna novedad que se prefiera dar la vida antes que ser considerado un gordo o gorda?
¿Cuál es, entonces, el eje a partir del cual abordar la problemática de la obesidad desde una perspectiva psicoanalítica?
Bien, sucede que hay personas, cuya posición respecto a la castración, no les deja resquicio alguno para hacer valer su diferencia, ese hiato respecto a los significados estereotipados que el sentido común impone.
Se hacen Uno, tal como el yuppie, con las coordenadas sociales que lo alojan para después excluirlo. Así, no se cumple con la maniobra princeps que le da hálito y respiro al sujeto, a saber: la sustracción; antes bien, se hacen excepción, objeto: se entregan cual ofrenda para el Otro voraz que lo somete. En otros términos: La anoréxica come nada para proteger su deseo de la demanda sin medida, pero ¿Qué se come el obeso?
Esta sola observación ya nos indicaría la orientación clínica que debe inspirar todo tratamiento posible, con la obesidad en particular, y con los trastornos de la alimentación en general.
Es decir, más allá de las demandas de que el sentido común impone desde los criterios de salud, se trata de propiciar la pregunta que abra una ranura, un resquicio, respecto al mandato hegemónico que aplasta al sujeto.
Así, por ejemplo, tenemos esas madres que traen al hijo a la consulta porque están gordos; y sin embargo, apenas el tratamiento insinúa algún atisbo de éxito, lo retiran so pretexto de que el chico está raro, se queja o habla con un tono que jamás antes había empleado.
De lo que se trata es que la obesidad porta un significado para quien esté dispuesto a leerlo. Se trata de la dignidad del síntoma, cuyo valor de verdad, tal como dice la canción, nunca es triste, sólo que no tiene remedio, es decir: eso habla.
Durante un reportaje concedido a propósito de la novela mencionada: Ana María Shua señala, con meridiana claridad, la responsabilidad del Otro en las adicciones:

“Creo que El peso de la tentación no sólo tiene que ver con la obesidad, sino, en general, con todas las adicciones. El abordaje psicológico de la adicción es útil desde el punto de vista del individuo, pero insuficiente desde el punto de vista de la sociedad. La droga no entra por demanda, entra por oferta. Todo tipo de droga. La comida no es una droga, pero sí lo es el comer de más. La industria alimentaria mundial necesita colocar sus productos a toda costa y la consecuencia es la epidemia de obesidad que se expande por el mundo entero, incluso entre los países más pobres: la obesidad en la pobreza es un hecho real y bien conocido por los investigadores”3.
La cita nos convoca en forma eminente. Si amar es dar lo que no se tiene ¿cuál es el estatuto del vínculo libidinal en un sujeto cuya boca nunca termina de llenarse?
_____________
1. Ana María Shua, El peso de la tentación, Argentina, Emecé.
2. Colette Soler, La Maldición del sexo, Buenos Aires Manantial, 2000.
3. Aperiódico psicoanalítico: http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:cmvKFy_6EfAJ:a-nomia.blogspot.com/+anor%C3%A9xica+come+nada+el+gordo&cd=3&hl=es&ct=clnk&gl=ar.
 
 
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