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   Hambre de ser

Obesidades identitarias: ¿es el diablo, probablemente?
  Por Rubén Zukerfeld
   
 
Sin abrir la boca, porque suponiendo que se la abra, ¿quién sabe qué puede uno tragarse?
El diablo, probablemente
”.
Serge Daney, Crítica del film de Bresson, 2004.

Introducción

El cineasta francés Robert Bresson, en su penúltimo film (Le Diable, probablement, 1977) ambientado en el París post Mayo del ‘68, desarrolla la historia de Charles, un joven que deambula en una búsqueda identitaria, circulando por movimientos políticos, religiosos y ecológicos sin establecer lazo social alguno. Sus amigos son dos mujeres que lo aman y un hombre con el que discute su comportamiento disruptivo. Ellos lo envían a una entrevista con un psicoanalista con quien entabla una discusión intelectual en donde se introduce la idea del suicidio, que Charles, finalmente, concreta haciéndose matar por un lumpen drogadicto. El film –como señala el crítico Serge Daney– se caracteriza por un pesimismo bressoniano en el que se destaca permanentemente un sonido que aplasta las palabras que se dicen, mientras se ven imágenes de catástrofes ecológicas y amenazas de catástrofes nucleares. Y en una escena memorable, dentro de un ómnibus, los pasajeros pronuncian diversas frases que intentan explicar la causa de los problemas del mundo. Uno de ellos dice que la culpa es de los gobiernos, pero es refutado por un segundo pasajero que alude a que “algo nos conduce contra nuestra voluntad”. Un tercero dice que “hay que seguir y seguir, si no parece que estás siempre protestando”, y una mujer pregunta “entonces, ¿quién se burla de la humanidad? ¿Quién nos maneja sin darnos cuenta?”. Y el que habló en segundo lugar señala que “es el diablo, probablemente”. Y el ómnibus choca. El nihilismo es claro: no hay salida humana posible en este mundo lleno de consumidores autómatas1, aplastados por fuerzas ajenas y discurriendo con palabras vaciadas.

Obesidades o el síndrome de Pereyra
“Afirmo que quien pretenda componer acertadamente un escrito sobre dieta humana debe,
 antes que nada, reconocer y discernir la naturaleza del hombre en general”.
Hipócrates, Sobre Dieta, 400 aC.

“¿Cómo está Don Inodoro?
“Mal… pero acostumbrao”.

Roberto Fontanarrosa, Revista Viva, 2001

Como Charles, el obeso mórbido circula por diversos tratamientos, consume diversas ofertas de todo tipo, se confunde con los/las usuarias de sobrepesos estéticos, deglute psicologismos variados y, si abre la boca, come sin poder dejar de hacerlo y para cerrarla busca que algo o alguien se la cierre. Esto se desarrolla en un contexto social con ciertas características que naturalizan estas condiciones patogénicas convirtiéndolas en una constelación identitaria. Un ejemplo de esta realidad es cómo en la ciudad de Buenos Aires se han multiplicado en los últimos cinco años la cantidad de locales de una empresa farmacéutica que instaló el estilo autoservicio y que prácticamente ha convertido a la ciudad en una “ciudad farma”. Es evidente que esto está asociado a la incrementada oferta-demanda de todo tipo de medicamentos –muchos de ellos de venta libre– cuyo consumo es fuertemente estimulado. Así es que se ha hecho más natural que si duele la cabeza se tome algo para disminuir el dolor y es normal que si se tiene que trabajar –que es donde, por ejemplo, se produce ese dolor– se tome algo para seguir siendo eficiente. Y es necesario, además, que muchas veces se niegue la causa de ese dolor. Esto lleva al necesariamente consumo, en especial cuando no se modifican hábitos que son sugeridos pero no implementados. Así es que la “triple N” de la naturalización, la normalidad y la negación, suele ser tan destructiva como aquella que parafrasea2, con el agravante de que no es denunciada como tal. Y este es uno de los grandes problemas de la enfermedad crónica cuyo paradigma, por prevalencia, incidencia y morbimortalidad, es la obesidad3.

La historia del padecimiento que implica la obesidad, sus cuestiones y comorbilidades asociadas, posee particularidades que no se observan en otras condiciones patológicas. Sin pretensión de exhaustividad, es posible, al menos, describir tres de sus peculiaridades en el contexto cultural contemporáneo. La primera es la relación, notablemente directa, entre modificaciones alimentarias y de movimiento con el cambio corporal. La balanza –instrumento sencillo, popular y accesible– pone en evidencia lo anterior y es el objeto donde se definen estados de ánimo y regulación de la autoestima. Este instrumento está siempre presente tanto en su rechazo como en la obsesión de su uso. No hay ninguna otra condición o patología en la que exista tanta ambivalencia frente al instrumento que la evalúa. La segunda peculiaridad es el contraste entre la frivolidad de los mass-media y la información de la medicina, que define a la obesidad como “madre” de numerosas enfermedades y a su vez no es reconocida como enfermedad4. Y la tercera peculiaridad es la evidencia de un cuerpo notablemente alterado que parece no ser visto, hecho que se agrava en la medida en que las palabras que lo describen o no pueden ser dichas, o sólo son dichas en el registro de la queja crónica. Además el grupo social de obesos5 –que padecen una condición ni elegida ni irremediable– ha sido agrupado junto a otras minorías que poseen condiciones elegidas o irreversibles, con la diferencia de que estas últimas luchan contra la discriminación, mientras que el grupo obeso la suele justificar con cierta pasividad característica.

Estas peculiaridades generan –a mi modo de ver– una condición específica y penelópica del hacer/no hacer, que perpetúan una condición que está en incremento más allá de su definida característica genética. La figura del obeso-dietante subvierte permanentemente a la lógica y la saludable intención médica de cambio de hábitos-cambio corporal-mantenimiento. E inclusive a la ingenuidad psicoanalítica sostenida en el ciclo cambio psíquico-cambio de hábitos-cambio corporal-mantenimiento. Es así que la cronicidad destituye la representación subjetiva de “cambio” y la lógica de la sobreadaptación constituye lo que llamamos “obesidad identitaria”, es decir un sujeto resignado –sin ser del todo conciente de su resignación– alternando repetitivamente entre diversas ofertas y consumos. Se trata de un acostumbramiento al malestar de igual modo al que desarrolla el que vive en un lugar con olor nauseabundo: después de un tiempo no lo percibe. No alude a la aceptación de una tendencia biológica o de una característica personal sino a la instalación del habituamiento a una condición. Este es un aspecto de la naturaleza del hombre –a la que se refiere Hipócrates– que hay que reconocer, sin lo cual una dieta para nada sirve. El acostumbramiento mencionado queda graficado y sintetizado en la precisión observacional del humorista que le hace decir a su personaje Inodoro Pereyra, que “está mal, pero acostumbrado”. El “síndrome de Pereyra” resume la condición en la que están muchos pacientes obesos cuando llegan a un analista.

Psicoanalistas o ¡es el hábito, estúpido!6

“El doctor George se aclaró la garganta. Antes que se ponga usted cómoda –dijo– creo mi deber decirle en seguida,con toda honradez, que nosotros en el campo de la psiquiatría no hemos conseguido inhibir el apetito. […] De modo que si ha venido usted a buscar esa ayuda, he de catalogarme entre los incapaces. –Gracias por su honradez, doctor –dijo Emma– pero no quiero adelgazar. Preferiría que me ayudara usted a aumentar otros cincuenta kilos, o quizás cien”.
Ray Bradbury, La mujer ilustrada, 1973

En 1955 se desarrolló en la Asociación Psicoanalítica Argentina un simposio sobre obesidad, donde la mayor parte de los trabajos de los pioneros del psicoanálisis en la Argentina transmitía el optimismo teórico-terapéutico de la época. Sin embargo, la clínica no expresaba lo mismo. Fue en 1978 en la misma Asociación, donde cité el texto de Bradbury para ubicar al analista en un lugar más acorde con una realidad compleja y frustrante desmitificadora de la buena intención de adelgazar. En realidad esta frustración ya estaba planteada en el Freud del “Más allá del principio del placer”, e inclusive en el que define las ventajas secundarias de la enfermedad. Lo “diabólico”, entonces, cambia de lugar: abandona el cuerpo de las histéricas y se instala en la insidiosa repetición tanática. Es así que se asimila a la destructividad de la pulsión de muerte y al narcisismo nirvánico. Andre Green (1988) cuando se ocupa del Mal –es decir, del diablo– plantea dos orígenes: la desmentida radical que destruye al otro para mantener la integridad narcisista y el sin por qué, el que no persigue ningún fin, el de la negatividad radical, el de la carencia de sentido. Y en el 2000 afirma:

“[…] La enfermedad somática se mantiene porfiadamente en el orden del sinsentido. […] En el mejor de los casos lo que se podrá hacer es llevar al sujeto a dar un sentido a lo que ocurre en él o con nosotros, con una gran prudencia. A deslindar una parte de lo que fue englobado en el sinsentido y dirigirse a ella para considerarla de otro modo y lograr hacerla significativa, pero el sinsentido de la enfermedad somática sigue presente”.

Es tradicional leer éste y otros textos desde la concepción de la compulsión pulsional de repetición y la teoría de los goces, donde el sufrimiento ocupa un lugar significativo, es decir las distintas sedes teóricas del “diablo”. Pero lo que aquí deseo mostrar es que lo diabólico se instala en lo más trivial, en los comportamientos rutinarios, normales, naturalizados: los hábitos. Estos procedimientos repetidos regularmente impresionan por su fijeza, la que hoy en día las neurociencias entienden como parte de la memoria implícita procedural.

Y estos hábitos –que en el obeso son en realidad lo que el sujeto debería modificar– se sostienen a partir de la inexorable articulación de dos círculos viciosos alrededor del “abrir y cerrar la boca”. El primero de ellos se basa en que la vivencia subjetiva de descontrol es inversa a la de autoestima. Por lo general el paciente necesita mejorar su autoestima que suele ser deficitaria en función de su historia personal y de los conocidos factores culturales en juego en la cuestión de la obesidad. El acto impulsivo –en su multideterminación– afecta directamente la representación de sí mismo y esta condición es, a su vez, precipitante del desborde, constituyendo el primer clásico círculo vicioso: pérdida de control-disminución de la autoestima-incremento de la pérdida de control. Esta condición se naturaliza en un hábito cristalizado en el que no se puede “cerrar la boca”.7 Y el segundo círculo –que hace cerrar la boca– es propiciado por el sentimiento de culpa que lo hace sentirse “hijo del rigor”. Así es que se deposita en el otro el control como punición natural para lo que es vivido como “pecado”8. El rol proyectado y actuado estabiliza la secuencia transgresión-punición-incremento de la transgresión, a partir de la fantasía de que sólo el rigor generará control y, por ende, es normal que el otro cumpla esa función.

La tragedia del Charles del film de Bresson está anunciada desde el momento en que la palabra ha perdido su poder, pues quienes la enuncian están inmersos en el mismo vacío rutinario y sin sentido, y la destructividad impera impunemente. Sin vínculo no hay efecto de la palabra y la desesperanza –esa herramienta del diablo– domina la situación. Lo que llamamos aquí obesidad identitaria recorre un camino parecido que a veces puede impresionar como comedia de costumbres o como melodrama, pero que siempre lleva escondida el aroma de la repetición trágica, de esa boca por donde ingresa el diablo. Pero la clínica también muestra que a veces el cambio se produce y se sostiene. No suele ser sólo por buena voluntad yoica ni por el desciframiento de algún enigma histórico; no depende de ninguna técnica en particular o moda atractiva. Parece necesitar de creatividad y de la co-construcción de una legalidad compartida que incluya la resignificación de lazos sociales. Así se puede observar que algo de esa identidad del hábito se desmantela, su perseverancia cambia de signo, surge la responsabilidad por sí mismo y el “exorcismo” se produce a partir de algún vínculo significativo, probablemente.


Bibliografía
Daney, S. ( 2004) Cine, arte del presente, Santiago Arcos editor, Buenos Aires, pag. 69.
Green, A.(1988) “Por qué el mal”, en La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Amorrortu, Buenos Aires, 1993.
— — (2000) “Teoría”, en Fine,A. & Schaeffer,J (eds.) Interrogaciones psicosomáticas, pag. 57.
Martinez Conesa, J.A. (2006) La gimnástica médica y el tratado hipocrático sobre dieta, Universidad de Valencia, 2006.
Zukerfeld, R. (1978) “Imagen corporal y deseo”, en Psicoterapia de la obesidad, Letra Viva, Buenos Aires, 1979.
— — (2009) “Contratransferencia, disponibilidad y prejuicios en la psicoterapia psicoanalítica con pacientes obesos”. Actualidad Psicológica, 379, 6:9, Octubre 2009.
_______________
1. El estilo cinematográfico de Bresson hace que los personajes sean actuados casi como zombies recitantes y si bien su cine no es de “crítica social” ésta se desprende por añadidura.
2. Se trata de la triple A de los años ’70.
3. Es decir la que para la medicina implica un índice de masa corporal mayor a 30 con permanentes ciclos de adelgazamientos y engordes.
4. Solo recientemente y luego de 40 años de planteada, Alberto Cormillot y colaboradores lograron la sanción de una ley que implica un paso para el reconocimiento de su tratamiento pero no aún de su prevención.
5. Hoy en día constituye más del 15% de la población con una importante prevalencia en la pobreza de modo que junto a la desnutrición configura una malnutrición maligna.
6. La paráfrasis del slogan con el que Carville le hizo ganar a Bill Clinton las elecciones de 1992 frente al omnipotente George Bush (padre), la utilizo en su valor extensivo aludiendo al problema de soslayar lo obvio de una cuestión.
7. Este hábito incluye diversas variedades de excesos y restricciones.
8. Silvia Bleichmar solía comentar que en la posmodernidad una mujer de clase media siente que es más pecaminoso comer una torta de chocolate, que tener sexo con el cuñado.
 
 
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