Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Entrevista

Homenaje a Pichon Rivière
  Por Emilia Cueto
   
 
Isidoro Vegh
Desde su óptica y su recuerdo, ¿quién fue Enrique Pichon-Rivière?

Enrique Pichon-Rivière fue un maestro, un psicoanalista, que supo transmitir en acto lo que es esperable de alguien que pasó por un análisis, que transitó la obra de Freud, que fue conmovido por el decir freudiano, y a quien su propia práctica también le retornó como un estímulo para encontrarse con el límite de eso que los psicoanalistas llamamos la castración y con lo que ese límite suele causar: la creación, el acto creativo, la reflexión novedosa.

¿De qué manera se ha visto influenciado por el encuentro con su figura y su obra?
Tuve la suerte de encontrarlo siendo yo muy joven, casi un adolescente. Cuando lo escuché por primera vez, el psicoanálisis comenzaba a presentarse en mi vida como un camino posible. Sucedió en un anfiteatro de la Facultad de Medicina, donde yo cursaba los primeros años, y Pichon-Rivière exponía algo de su concepción psicosocial a la que en esos años estaba consagrado. Me sorprendía, por un lado, la cantidad de gente que acudía a escucharlo, con una actitud de respeto y en algunos hasta de veneración. Pero esa primera charla no me impresionó demasiado. Por ejemplo, José Bleger que era un gran psicoanalista, discípulo de Pichón-Rivière, explícitamente así reconocido, tenía una presencia mucho más impactante. La actitud de Pichón-Rivière era más bien la de alguien que presentaba un humor y una soltura, dando a entender que eso de lo cual hablaba lo había recorrido generosamente, sabía de lo que hablaba. Pero la presentación que hacía de sus ideas no era una presentación brillante o descollante. Fue con el tiempo, cuando entré a su escuela, cuando lo escuché en múltiples conferencias y clases, que pude descubrir la magnitud de su pensamiento y cómo ese pensamiento, a su vez, se encarnaba en su modo no sólo de transmitir su enseñanza sino incluso en su vida.

Pichon-Rivière también jugó un papel importante en la inserción de Jaques Lacan –a quien conoció en 1955– en nuestro ámbito, a través de Oscar Masotta. ¿A su criterio qué fue lo que le despertó interés del maestro francés?
Creo que en esos encuentros, de Pichon-Rivière con Lacan, de Pichon-Rivière con algunos seminarios de Lacan, que luego se los ofreció a Oscar Masotta que estaba en ese tiempo en su casa, son un ejemplo de lo que, siguiendo a Aristóteles, llamamos el desencuentro feliz, la dystychia feliz. Son encuentros inesperados cuyo resultado, sin embargo, es propiciatorio. Pichon-Rivière nunca transitó de un modo riguroso y extenso la obra de Lacan, apenas recorrió algunos textos, algunas versiones hechas por discípulos de Lacan, pero creo que nunca llegó a alcanzar la importancia de los desarrollos lógicos que Lacan hizo, por ejemplo, de los grandes mitos freudianos. Creo que, más bien, la afinidad se sustentó en el hecho mismo que produjo ese encuentro. Cuando Lacan lo invitó a su departamento le dijo “le voy a ofrecer un regalo que sé que usted va a apreciar”. Y llamó a su vecino, que era Tristán Tzara, el fundador del dadaísmo, luego uno de los gestores del surrealismo, y fue una retribución a algo que el movimiento surrealista y Lacan también valoraron, el texto que Pichon-Rivière había escrito sobre la vida y la obra del conde de Lautreamont. Creo que más bien lo que hizo posible, lo que propició el deseo de ese mutuo encuentro, tuvo que ver con el gusto compartido por el psicoanálisis pero también el gusto compartido por el encuentro del psicoanálisis con el arte y específicamente con esa vertiente surrealista.

¿Se podría pensar a la técnica de grupo operativo, que se gestó en el Hospicio de la Merced, como una herramienta precursora en el intento de un anudamiento posible en las psicosis?
Creo que la técnica de grupo, específicamente de grupo operativo, es una mostración más de que en la psicosis –pero yo me animo a decir que también en la neurosis– hay algo en la red simbólica que nos habita que es incastrable, que no puede resolverse solamente con la interpretación y que precisa de la creación de dispositivos –en algún lugar Lacan los llamó artificios– que se juegan en la dimensión de lo Real. Sin duda que Pichon-Rivière cuando entró a trabajar en el Hospicio de la Merced –son muchísimas las anécdotas que cuentan de su creatividad y también del rechazo que recibió– introdujo en el tratamiento biologista, con que hasta ese entonces se enfrentaba a la enfermedad mental, innovaciones que abrieron un surco que consideraron también al psicótico con el derecho de situarse como un sujeto.

Para finalizar, -¿qué anécdotas rescataría de su vinculación con Pichon-Rivière?
No sé si en este momento me viene el deseo de recopilar anécdotas. Más bien lo recuerdo en múltiples encuentros, inclusive cuando iba a su casa para corregir, en una tarea imposible, cuatro conferencias que había dado sobre Familia y Psicoanálisis. Lo recuerdo dando sus charlas sobre Van Gogh. Lo recuerdo trayendo infinidad de libros como acompañantes fóbicos que, por supuesto, ponía sobre el escritorio y jamás consultaba ninguno. No los precisaba, los tenía incorporados. O lo recuerdo enfermo, internado, yéndolo a visitar y a saludarlo, y él recibiéndome con un gesto generoso, valorando la visita. Lo recuerdo alguna vez que yo iba con la pedantería propia de la juventud diciéndole: “pero maestro, esto que usted dice está cuestionado por Politzer” –hacía poquito que Bleger había hecho publicar los libros sobre Psicología concreta de ese gran psicólogo y honesto militante francés, muerto en la resistencia en la lucha contra los nazis–, y Pichon respondiéndome tranquilo y haciéndome la verónica como él decía que había que hacer: “Sí, tiene razón, pero sabe qué pasa, Politzer dijo muchas cosas”. Y yo, con mis atropellos propios de juventud, yéndome un poco enojado pero al mismo tiempo interpelado por esa respuesta de Pichon. También lo recuerdo regalando a diestra y siniestra sus famosos encendedores, siempre en esa actitud generosa de dar, de entregar, de ofrecer. O lo recuerdo siendo él el gran maestro Pichon-Rivière y yendo conmigo y otros colegas, un grupo de jóvenes, a comer juntos a Pippo y escribiendo en los manteles esa espiral dialéctica que nunca tenía que cesar.

Alfredo Moffatt
Desde su óptica y su recuerdo, ¿quién fue Enrique Pichon-Rivière?
Fue el creador de la psicología social que, en este momento de crisis y destrucción del entramado social, es el enfoque que permite resolver la sociopatología. Creó un concepto, no sólo de psicopatología, sino de sociopatología. Incluyó el macro-análisis y el grupo operativo que es el instrumento para reconstruir el entramado social y permite ir tejiendo lo vecinal y lo comunitario.
Además, grupo operativo es el instrumento eficiente para resolver la nueva problemática de la patología familiar.

¿De qué manera se ha visto influenciado por el encuentro con su figura y su obra?
Fue mi maestro fundamental porque me transmitió un nuevo paradigma en el enfoque de la problemática de salud mental. De base existencial donde el hombre es una historia que se proyecta hacia su futuro, esto permite afrontar la nueva patología basada en el concepto de incertidumbre, camino muy directo hacia la resolución de las crisis agudas.

¿Cuáles son las características de su personalidad que para usted se recortan más vivamente?
Su concepción humanista con una enorme sensibilidad para el dolor y su disponibilidad para curar fuera de los moldes académicos convencionales. Era un terapeuta desconcertante, desde su creatividad, por encontrar caminos alternativos.
De Pichón se puede decir que, como un maestro Zen, transmitía sus saberes a través de anécdotas paradojales.

Pichon-Rivière también jugó un papel importante en la inserción de Jaques Lacan –a quien conoció en 1955– en nuestro ámbito a través de Oscar Masotta, ¿a su criterio qué fue lo que le despertó interés del maestro francés?
Fue al revés, Pichón le dio a Oscar un artículo para que lo leyera y Masotta que venía del estructuralismo, lo desarrolló (aclaro, que tengo conocimiento de esto porque fui amigo de Masotta). Por lo que yo sé Pichón y Lacan se vieron muy pocas veces y no influyó en él.

Dentro de sus desarrollos teóricos se recalca el de “enfermedad única” a partir del cual considera a la “depresión como situación básica patogénica y a las otras estructuras patológicas –configuradas sobre la base de una estereotipia de las técnicas del yo (mecanismos de defensa) características de la posición esquizo-paranoide– como tentativas fallidas e inadecuadas de curación”, ¿Cuál es su pensamiento sobre estas formulaciones?
Con Pichón tenía una única disidencia que la confrontábamos, yo sostenía que la enfermedad única no era la depresión sino la fragmentación del yo, es decir la esquizofrenia. Yo suponía que era natural que estas hipótesis científicas nos separaran porque él tenía una base depresiva y yo una base esquizoide, (cada uno concebía el mundo desde su núcleo yoico más arcaico).

Para finalizar, ¿qué anécdotas rescataría de su vinculación con Pichon-Rivière?
Una vez le dije: “Enrique vos sos como un padre para mí” (un padre intelectual) me miró a los ojos y me dijo: “¿Sabés una cosa? a veces quisiera ser hijo tuyo”. En el momento yo me desconcerté y después me di cuenta que me otorgaba el permiso de crecer y ser padre y él descansar pudiendo ser hijo.

Vicente Zito Lema
Desde su óptica y su recuerdo, ¿quién fue Enrique Pichon-Rivière?
Alguien que podía ser un niño y jugar al “salto perpetuo” entre los bordes del cielo y los bordes del infierno. A veces caía en el abismo y desde allí nos miraba, con una soledad terrible. Otras veces abría el libro de la vida y nos enseñaba a leer, o mejor, nos incitaba a descifrar el lenguaje misterioso de la muerte, sin temor, como si se tratara simplemente, de un nuevo juego...

Usted ha publicado Conversaciones con Enrique Pichón-Rivière sobre el arte y la locura. ¿Cómo se gestó este libro?
El desencadenante fue un encuentro fortuito y a la par deseado en el medio de una avenida, tratando de evitar, sin gracia y a los tumbos, que los autos nos convirtieran tan rápidamente en “polvo de estrellas”... , y traigo aquí la música, hay música en este recuerdo. A pesar de la diferencia de años, celebrando la amistad que nacía, decidimos trabajar juntos, no dudo que Lautreamont y Sócrates nos ampararon.
Hoy, a más de treinta años de aquel libro, puedo decir que a veces la arrogancia está en la pregunta y la humildad brota desde la respuesta.

¿De qué manera se ha visto influenciado por el encuentro con su figura y su obra?
Sigo creyendo que los maestros existen, que es un rol cultural tan histórico como necesario. Pichón no se presentaba como un maestro, y hasta se reía, y fuerte, casi con enojo, si alguien lo colocaba en ese espacio. Pero el sabía que lo era, que andaba por este mundo abriendo senderos en la espesura, desafiando a las buenas y a las malas conciencias, y que su praxis se había convertido en un ejemplo, un ejemplo peligroso, pues incitaba, y aún incita, a compartir su búsqueda de la verdad profunda. Y como maestro nos enseñó: esa búsqueda de la verdad es el inicio de todas las causas. Y como maestro nos dio una advertencia: cada uno, y en su tiempo, deberá darle sentido a sus propias experiencias y palabras.

¿Cuáles son las características de su personalidad que para usted se recortan más vivamente?
Su capacidad, diría que de esencialidad artística, para ser coherente aún en la contradicción. Su vida no fue una línea recta; pagando un duro precio, hizo de su cuerpo una espiral dialéctica, de su pensamiento una diosa de dos caras, de su destino una caja de Pandora. Y sin embargo, y fiel a si mismo, incluso en la peor adversidad, mantuvo fuerzas y una ansiedad poética que le permitieron “planificar la esperanza”, hasta en el último de sus hermosos días.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 192 | octubre 2015 | Ana María Fernández  El género bajo la lupa del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 190 | abril 2015 | Eduardo Said  UN PSICOANALISTA EN LA POLIS
» Imago Agenda Nº 187 | diciembre 2014 | Leonardo Leibson  Las psicosis después de Lacan
» Imago Agenda Nº 186 | noviembre 2014 | PAULA SIBILIA  Las mutaciones del sujeto, la “descorporificación” y la intimidad como espectáculo
» Imago Agenda Nº 180 | mayo 2014 | Pablo Zunino Spitalnik  El doctor Lacan en las tablas
» Imago Agenda Nº 179 | marzo 2014 | Diana Sahovaler de Litvinoff  “Sujeto, intimidad y tecnología”
» Imago Agenda Nº 177 | diciembre 2013 | Carlos Gustavo Motta  El cine y la subjetividad de la época
» Imago Agenda Nº 175 | octubre 2013 | Martín Alomo  Elección y goce
» Imago Agenda Nº 173 | agosto 2013 | Alicia Stolkiner  Política social en Salud Mental: no tratar a nadie como mercancía
» Imago Agenda Nº 172 | julio 2013 | Sergio Zabalza  La “hospitalidad” del psicoanálisis y las articulaciones del discurso
» Imago Agenda Nº 170 | mayo 2013 | Silvia Wainsztein  De la adolescencia al tercer despertar sexual
» Imago Agenda Nº 169 | abril 2013 | Ana Rozenfeld  “La resiliencia, esa posición subjetiva ante la adversidad”
» Imago Agenda Nº 168 | marzo 2013 | Verónica Cohen  “No hay que confundir a los maestros con amos, es un rechazo de la transferencia al discurso”
» Imago Agenda Nº 166 | diciembre 2012 | Roberto Rosler  “De la neurobiología de la afectividad al psicoanálisis”
» Imago Agenda Nº 165 | noviembre 2012 | Rebeca Hillert  Niños y analistas en análisis
» Imago Agenda Nº 164 | octubre 2012 | Alfredo Eidelsztein  “Del Big Bang del lenguaje y el discurso en la causación del sujeto”
» Imago Agenda Nº 163 | septiembre 2012 | Amelia Imbriano  ¿Por qué matan los niños?
» Imago Agenda Nº 162 | agosto 2012 | Creencia y sacrificio en el capitalismo salvaje 
» Imago Agenda Nº 161 | julio 2012 | Carina Kaplan  “No existe un gen de la violencia”
» Imago Agenda Nº 159 | mayo 2012 | Psicoanálisis y ceguera  Entrevista a Cristina Oyarzabal
» Imago Agenda Nº 157 | febrero 2012 | Julio Granel  Lecturas psicoanalíticas del accidentarse
» Imago Agenda Nº 156 | diciembre 2011 | Susana Kuras de Mauer  Acompañamiento Terapéutico: de la prehistoria a los dispositivos actuales
» Imago Agenda Nº 154 | octubre 2011 | Marcelo Percia  “Estar psicoanalista en situación numerosa”
» Imago Agenda Nº 152 | agosto 2011 | Hugo Dvoskin  Un psicoanalista… fotograma por fotograma
» Imago Agenda Nº 151 | julio 2011 | Edgardo Feinsilber  Tras las constelaciones pulsionales
» Imago Agenda Nº 149 | mayo 2011 | Haydée Nodelis  De Masotta y Sciarreta al Hospital Moyano y los test mentales
» Imago Agenda Nº 148 | abril 2011 | Entrevista a Patricia Alkolombre  Reproducción asistida: un campo fértil para el psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 147 | marzo 2011 | Isidoro Berenstein  Lo vincular frente al psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 146 | diciembre 2010 | Moty Benyakar  Lo disruptivo en psicoanálisis: de la trinchera al diván
» Imago Agenda Nº 145 | noviembre 2010 | Leandro Pinkler  filosofía y Psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 144 | octubre 2010 | Alfonso Luis Masotti 
» Imago Agenda Nº 143 | septiembre 2010 | Juan Dobón 
» Imago Agenda Nº 141 | julio 2010 | Rubén Slipak 
» Imago Agenda Nº 140 | junio 2010 | Daniel Paola 
» Imago Agenda Nº 139 | mayo 2010 | José E. Abadi 
» Imago Agenda Nº 138 | abril 2010 | Eduardo Foulkes 
» Imago Agenda Nº 137 | marzo 2010 | Héctor Rupolo 
» Imago Agenda Nº 136 | diciembre 2009 | Mariam Alizade 
» Imago Agenda Nº 135 | noviembre 2009 | Juan Jorge Michel Fariña 
» Imago Agenda Nº 133 | septiembre 2009 | Homenaje a Oscar Masotta   Palabras de Norberto Ferreira y Teodoro P. Lecman
» Imago Agenda Nº 132 | agosto 2009 | Esteban Levin 
» Imago Agenda Nº 130 | junio 2009 | Gabriel Rolón 
» Imago Agenda Nº 129 | mayo 2009 | Nora Trosman 
» Imago Agenda Nº 127 | marzo 2009 | Stella Maris Rivadero 
» Imago Agenda Nº 126 | diciembre 2008 | Jorge Rodríguez  El saber está, ineludiblemente, entre el poder y el dinero
» Imago Agenda Nº 125 | noviembre 2008 | Acerca de la vejez, también del analista 
» Imago Agenda Nº 124 | octubre 2008 | Liliana Donzis 
» Imago Agenda Nº 123 | septiembre 2008 | Giolu García Reinoso 
» Imago Agenda Nº 122 | agosto 2008 | Norberto Ravinovich   de Masotta a Letrafonía
» Imago Agenda Nº 121 | julio 2008 | Mario Buchbinder  Psicoanálisis y Máscaras
» Imago Agenda Nº 120 | junio 2008 | "Vivir hasta la muerte"  Homenaje a Fernando Ulloa
» Imago Agenda Nº 120 | junio 2008 | Jorge Baños Orellana 
» Imago Agenda Nº 119 | mayo 2008 | Luis Kancyper 
» Imago Agenda Nº 118 | abril 2008 | Héctor López 
» Imago Agenda Nº 117 | marzo 2008 | Pablo Peusner 
» Imago Agenda Nº 116 | diciembre 2007 | Robert Lévy 
» Imago Agenda Nº 115 | noviembre 2007 | Néstor Braunstein 
» Imago Agenda Nº 113 | septiembre 2007 | Leopoldo Salvarezza  La medicalización de la vejez
» Imago Agenda Nº 110 | junio 2007 | Marta Gerez Ambertín  Los registros de la culpa
» Imago Agenda Nº 108 | abril 2007 | Juan Vasen  El niño programado
» Imago Agenda Nº 107 | marzo 2007 | Enrique Millán  La adolescencia y el
» Imago Agenda Nº 106 | diciembre 2006 | Eric Laurent  Psicoanalista a partir de Lacan
» Imago Agenda Nº 105 | noviembre 2006 | Jorge Alemán  Embajador del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 103 | septiembre 2006 | Alberto Sava  La locura a escena
» Imago Agenda Nº 102 | agosto 2006 | Sergio Rodríguez 
» Imago Agenda Nº 101 | julio 2006 | Silvia Ons  Psicoanálisis y cultura
» Imago Agenda Nº 100 | junio 2006 | El horror ante la vejez 
» Imago Agenda Nº 99 | mayo 2006 | Conmemoraciones freudianas  Cinco diálogos a propósito de los 150 años del nacimiento del fundador del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 98 | abril 2006 | Horacio Etchegoyen  Un didacta del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 97 | marzo 2006 | Charles Melman  Transmitir sin religión
» Imago Agenda Nº 96 | diciembre 2005 | Alfredo Eidelsztein  Psicoanalista Didáctico
» Imago Agenda Nº 95 | noviembre 2005 | Pura Cancina  La fábrica del caso
» Imago Agenda Nº 94 | octubre 2005 | Esther Díaz  Deseo y poder
» Imago Agenda Nº 93 | septiembre 2005 | Gabriel Lombardi  La posición del analista
» Imago Agenda Nº 92 | agosto 2005 | Silvia Bleichmar  La sociedad al diván
» Imago Agenda Nº 91 | julio 2005 | Rudy  Analista retirado
» Imago Agenda Nº 90 | junio 2005 | Juan Bautista Ritvo  Un analista en controversia
» Imago Agenda Nº 89 | abril 2005 | Norberto Marucco  El trabajo del psicoanalista
» Imago Agenda Nº 88 | abril 2005 | Ana María Gómez  El pago en psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 87 | marzo 2005 | José Schavelson  Freud, un paciente sin cáncer
» Imago Agenda Nº 86 | diciembre 2004 | Alicia Hartmann  Psicoanalizar niños
» Imago Agenda Nº 85 | noviembre 2004 | Janine Puget  Psicoanálisis de los vínculos
» Imago Agenda Nº 84 | octubre 2004 | José Grandinetti  Psicoanálisis en el Borda
» Imago Agenda Nº 83 | septiembre 2004 | Hugo Vezzetti  Tras las huellas de Freud en Argentina
» Imago Agenda Nº 82 | agosto 2004 | Colette Soler  De rupturas y construcciones
» Imago Agenda Nº 81 | julio 2004 | Carlos Ruiz  Topología y psicoanálisis: articulaciones
» Imago Agenda Nº 80 | junio 2004 | Armando Bauleo  De Pichon a Italia y de lo grupal a la desmanicomialización
» Imago Agenda Nº 79 | mayo 2004 | Roberto Harari  Un "torbellino" en la historia
» Imago Agenda Nº 78 | abril 2004 | Beatriz Sarlo  Sintáxis del zapping y postmodernidad
» Imago Agenda Nº 77 | marzo 2004 | Francois Leguil  El objeto del psicoanálisis es el deseo
» Imago Agenda Nº 76 | diciembre 2003 | Fernando Ulloa  El oficio de psicoanalista
» Imago Agenda Nº 73 | septiembre 2003 | Silvia Amigo 
» Imago Agenda Nº 71 | julio 2003 | Eva Giberti  Pensando la adopción
» Imago Agenda Nº 70 | junio 2003 | Eduardo Grüner  La democracia es el objeto a de la política
» Imago Agenda Nº 69 | mayo 2003 | Eduardo Pavlosky  Pasión por los grupos
» Imago Agenda Nº 68 | abril 2003 | Silvio Maresca  La declinación argentina
» Imago Agenda Nº 67 | marzo 2003 | Ricardo Rodulfo  El psicoanálisis en la universidad
» Imago Agenda Nº 66 | diciembre 2002 | Héctor Yankelevich  Nos hay psicoanalista de niños
» Imago Agenda Nº 65 | noviembre 2002 | Rubén Zuckerfeld  La clínica de la escisión
» Imago Agenda Nº 64 | octubre 2002 | José Milmaniene  La escritura y la ley
» Imago Agenda Nº 63 | septiembre 2002 | Rolando Karothy  No hay un goce para todos
» Imago Agenda Nº 62 | agosto 2002 | Carlos Brück  Los psicoanalistas podemos ser escépticos
» Imago Agenda Nº 61 | julio 2002 | Juan Carlos Indart 
» Imago Agenda Nº 60 | junio 2002 | Raúl Yafar 
» Imago Agenda Nº 59 | mayo 2002 | Tomás Abraham  La censura del lacanismo
» Imago Agenda Nº 57 | marzo 2002 | Emilio Rodrigué 
» Imago Agenda Nº 55 | noviembre 2001 | Isidoro Vegh  Descubrir nuevos campos de goce
» Imago Agenda Nº 54 | octubre 2001 | Juan David Nasio  La femineidad sigue siendo un enigma
» Imago Agenda Nº 53 | septiembre 2001 | Élida E. Fernández  La psicosis no es otro idioma
» Imago Agenda Nº 50 | junio 2001 | Betty Garma 
» Imago Agenda Nº 49 | mayo 2001 | Juan Carlos Volnovich 

 

 
» Grama Editorial
Conocé las últimas novedades   Tienda on line y envíos a todo el mundo
 
» ACADP
Programa de formación en crianza  Inicio Agosto 2018
 
» Centro Dos
Formación clínica en Psicoanálisis  charlas informativas
 
» Lacantera Freudiana
Cursos 2018  CABA - ZONA OESTE
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com