“El falo como significante –dice Lacan en La significación del falo–, da la razón del deseo (en la acepción en que el término es empleado como ‘media y extrema razón’ de la división armónica)”.
En los textos de matemática la razón es definida como una relación entre dos magnitudes numéricas, caracterizada como el cociente de una magnitud por la otra. Así en 8/4 la razón es 2. Y proporción es la igualdad de dos razones: por ejemplo 8 es a 4 lo que 24 a 12. Entonces, más en general y según una fórmula que algunos retóricos han extendido a la metáfora (erróneamente a mi juicio1) A/B = C/D.
Veamos más en particular el texto del matemático Euclides citado por Ghyka2. “Razón es la relación cualitativa en lo que se refiere a la dimensión entre dos magnitudes homogéneas. La proporción (analogía) es la igualdad de razones”. Entre las proporciones llamadas continuas, hay una considerada como la partición asimétrica3 más “lógica”, existe la partición denominada “sección áurea”, que es la que se obtiene al dividir una magnitud en dos fragmentos asimétricos y relacionar el fragmento total con el mayor de manera tal de compararlos con la relación entre el fragmento mayor y el menor. Así AC/AB = AB/BC. Es lo que Euclides denominó “división de una longitud en media y extrema razón” y cuya expresión aritmética ha sido calculada por la matemática posterior con la matriz, desconocida para los griegos, de los números irracionales, que poseen decimales aperiódicos que no sólo dejan un resto fuera del cálculo, sino que para alcanzar exactitud, justamente por su aperiodicidad, deben ser calculados vez por vez. El número de oro es, como se sabe, representado por la letra Φ (fi).
Pero, ¿basta la letra griega Φ y que sea un número irracional (y entonces con resto), para justificar la asimilación de la sección áurea al registro fálico, o al objeto como se hace en la Lógica del fantasma? Veamos algunas dificultades elementales, pero que justamente por ser elementales no podemos obviar. En el texto de Euclides se emplea el término “cualitativa” para definir la relación como razón; término que no debe llamarnos a engaño. Es que la relación une dos elementos cuantitativos y que poseen cualidad homogénea: la cualidad remite a la homogeneidad tanto de la forma como del contenido de los elementos sometidos a comparación. Por ejemplo y para abundar: antes de la invención de la geometría analítica por Descartes no se podían comparar elementos de la geometría (captados de manera por completo intuitiva) con los de la aritmética. La geometría analítica estableció correspondencias que permitían el cálculo. El término “razón” establece así nexos cuantitativos a partir de una materia por completo homogénea.
Lo que hemos visto del falo en la primera parte de este trabajo muestra lo contrario: la heterogeneidad de los materiales y de los aspectos del falo, heterogeneidad que sólo permite el uso de “razón” en el sentido matemático de manera puramente exterior y analógica. (No empleo aquí el vocablo analogía en el sentido de proporción euclídea; lo hago para designar la semejanza material. Una cosa es la simple semejanza, la que me permite establecer, pongo por caso y para dar un caso casi absurdo, la comparación entre una horma de queso y la luna porque las dos son redondas, y muy otra la semejanza de relaciones.)
Sin duda se ha aplicado la sección áurea en el curso de la historia a los más diversos aspectos, aunque siempre sobre elementos extensos (o susceptibles de extensión) y cuantificables: el rostro humano, el cuerpo humano; según la célebre representación propia del Renacimiento con su visión del hombre-microcosmos; a la construcción de edificios, por ejemplo el Panteón de Roma, aunque no sea necesario ir hasta objetos tan elevados: en la construcción corriente la distribución de las aberturas en el frente de muchos edificios de hoy y de ayer poseen la proporción áurea; y, asimismo, no es necesario mencionar el caso de la pintura y de versos regulares que –Ghyka trae ejemplos–, también muestran el parentesco con el número de oro.
En este punto el cálculo del número de oro viene a confundirse (como se confunde en el tratado de Ghyka) con el mito del número de oro, el que encierra la pretensión ilusoria de descubrir en la finitud y caducidad de las cosas una especie de ley o modelo eterno cuyos ritmos se repiten incesantemente según una ley de proporción en la asimetría.
Ghyka confunde, como tantos y es esto algo que debemos tener claro de entrada, la posibilidad de que una forma sea aplicable a otra con la posibilidad de explicar una forma mediante dicho número.
Seguramente hay objetos biológicos que crecen según la proporción áurea, pero ésta no explica el comportamiento biológico ni mucho menos iguala este ejemplo a otros –tomados de la arquitectura, de la pintura, de la música, etc.–, como si todos fueran coordinados según una legalidad cósmica.
En este sentido la proporción áurea encarnaría la ilusión de un falo imaginario sin tacha alguna; lo que explica la razón de que se la llame, exaltadamente y según ritos que se emparientan con las sectas pitagóricas, “divina proporción”.
(Ghyka examina según la ley áurea versos de Victor Hugo, de Valéry y de otros, pero tal proporción no da razón de la diferencia entre los ritmos de los poemas de uno y del otro. La ley inmanente al poema, el modo en que un poema concluye, el modo según el cual tiende hacia la conclusión, es altamente singular, reclama de otro tipo de acceso, aunque el acceso áureo no carezca de valor.)
Sin duda la constatación de que hay una regularidad allí donde en apariencia reina el desorden es el comienzo de una exigencia irrenunciable y las ilusiones áureas están ligadas a semejante constatación. Sin embargo, es necesario pensar otro tipo de orden y otro tipo de vínculo con el desorden y aquí puede tener cuanto menos valor sintomático la apelación de Lacan, con mayor razón si señalamos, como para indicar una orientación posible, el tenso pero visible vínculo del falo con, de un lado, el principio de placer y su paradójica tendencia al equilibrio4 letal, y del otro (pero, ¿se trata de otro?) con la pulsión de muerte.
1. Es que la metáfora proporcional debería contar con elementos homogéneos para respetar la regla áurea; y la retórica trabaja potenciando lo heterogéneo en tanto heterogéneo.
2. Véase el cit. libro de Ghyka, en el primer capítulo del primer tomo.
3. La asimetría es esencial porque diferencia las proporciones dinámicas o asimétricas de las estáticas o simétricas.
4. Siguiendo una sugestión de Michel Serres, podríamos hablar de homeorresis ( el mismo ritmo) en lugar de homeoestasis ( el mismo estado). |