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   Entrevista

Juan Dobón
  Por Emilia Cueto
   
 
Dentro del campo psijurídico propone la interdisciplina como un desafío que implica revisar método y objeto. ¿Cuáles son a su entender las aristas esenciales a repensar de estas categorías?

La interdisciplina resulta un desafío para un analista, diría un desafío “imposible”. Pone a prueba revisar nuestro método, el conjetural, en un sentido abductivo siguiendo la lógica de lectura de los signos en Pierce, verificado en una casuística de lo particular que no sienta “jurisprudencia”. Es decir, lo obtenido en un caso no puede generalizarse, sino que es puesto radicalmente a prueba en un nuevo caso. No olvidemos que en el campo interdisciplinario la ciencia médica trabaja bajo el método inductivo-deductivo, lo que determina los desarrollos que en la actualidad postulan desde ese campo una medicina basada en la evidencia. Sus métodos de experimentación, validación y verificación están sostenidos en parámetros de eficacia y eficiencia. El nuestro, en cambio, no puede, ni debe regirse por esos parámetros. En cuanto al objeto, nuestro campo, el freudiano, supone un objeto de causación del deseo inconsciente, objeto a-histórico, a-tópico y a-típico que resiste toda tipificación. La interdisciplina en cambio requiere definir un objeto nuevo en cada problema interdisciplinario, el objeto transdisciplinario. Por ejemplo, si pensamos ¿qué es un niño? la medicina aportará todo su bagaje biopsicosocial para definir un niño. El desafío es pensar, inventar y aportar, desde el psicoanálisis, acerca de lo que es un niño para evitar, lo que suelo llamar, la babelización de los saberes que finalmente terminan perdiendo su orientación y arrasando la palabra del sujeto, en ese caso el niño o adolescente, que se pretende alojar bajo el “axioma” interdisciplinario. Éste no es una solución para todo uso sino un problema que se abre cada vez.

En “Psicoanálisis y Criminología: hacia una interdisciplina posible” refiere en relación al objeto: “Hay escenarios (situaciones) a pensar más que fronteras dadas (lo normal, o lo patológico, el bien o el mal).” ¿Cuáles son las modificaciones que esta perspectiva introduce en el campo de la criminología?

La criminología y la psicología han tenido a lo largo de su historia –no está de más decir que son casi contemporáneas–, una larga serie de infelices encuentros. Desde los desarrollos del positivismo italiano, Ferni, Garófalo y el ideario Lombrosiano que se expresan jurídicamente en el código italiano de 1921, a las teorías de la personalidad, en autores como Strauss o Schneider y su tipificación de las conductas. Qué decir de las teorías jurídicas de la excepción de Carl Schimdt y sus relaciones con lo que luego fueran la psiquiatría y la psicología nacional socialista. En nuestro medio, sin llegar a tal extremo, a mediados del siglo pasado la tradición alienista que difundiera Nerio Rojas, reproduciendo las ideas psiquiátrico-forenses y manicomiales del corpus dogmático francés. Desde allí se impuso el término “psicopatías”, definición estragante de por sí, llamándolos estados “semi-alienados o fronterizos”. Que se banaliza actualmente bajo categorizaciones imprecisas tales como manipulador, actuador, psicópata o “perverso”.

En la etapa actual el “matrimonio” entre la lógica taxonómica del DSM y la criminología positiva han determinado la recurrente práctica de retornar a la idea de delitos por autor. Vale decir, tipificar la personalidad, la conducta a través de la clasificación por trastornos y de allí incidir en la decisión acerca del grado de peligrosidad o no de un sujeto, de responsabilidad o no en un delito o de evaluación de las conductas humanas, en un franco retroceso a los fines del siglo XIX e inicios del XX. En primer lugar la idea de situación, de acontecimiento es un concepto que Badiou extrae de Lacan, aunque lo lleva a otras consecuencias. Pensar en términos de situaciones subjetivas implica romper la dialéctica que propone la criminología y el derecho penal al pasar de la caracterización de los delitos por autor a una supuesta valoración objetiva de los delitos por acto. Pensar en términos de situación abre la puerta de la subjetividad, es decir, las condiciones de vulnerabilidad, condiciones subjetivas, que determinaron que tal autor cometa tal acto. Lo que al decir de un jurista a quien respeto y valoro, Eduardo Zaffaroni, nos permitiría pensar interdisciplinariamente una clínica de la vulnerabilidad a la que un psicoanalista podría aportar el alojamiento subjetivo. Y por qué no, cuando esto es posible, la producción de la división misma del sujeto.

En el artículo anteriormente citado plantea que “el discurso jurídico establece una relación casi lineal entre ley, acto y culpa mientras que el discurso psicoanalítico abre una hiancia entre la ley y el acto. ¿En qué puntos el encuentro del discurso jurídico con el psicoanalítico es imposible?, ¿Cómo se trabaja a partir de ello?

Creo que muchas de las consideraciones que pensamos como imposibles, son el efecto inevitable de la aplicación de la ética del psicoanálisis. Ética de lo real, tal como la nombrara Lacan, que considero determina finalmente la reintroducción de lo Real en la ética. Esto va subvirtiendo uno a uno, los conceptos fundamentales, la idea de transferencia, inconsciente, pulsión, la idea de sujeto –la diferencia entre sujeto del derecho y sujeto del deseo– la de objeto, la noción de sanción o más aún la de responsabilidad. Imagine el impacto que determina para ese discurso una praxis como la nuestra, que propone dispositivos donde se permite que un sujeto sea escuchado, que no tipifica, que le permite una instancia de ser a-rresponsable, cuando es dejado a la libre asociación y en un segundo tiempo se lo confronta con su decir entre los dichos. Entonces en el trabajo con el discurso jurídico y sus demandas, podemos partir al menos de dos ideas básicas. La primera, que el sujeto es el efecto de un decir antes que un individuo que concurre detrás de una demanda jurídica, ese enviado sin demanda; como decimos en el espacio Psi-Jurídico requiere de una intervención por parte del analista para producir un intervalo que aloje y provoque la demanda que no hay aún, lo que en alguna medida determina al analista en producir la división del sujeto. La segunda consideración es que la ética con la que procedemos, la que también debemos mantener aún en los escritos e informes que enviamos y que rige cada una de nuestras intervenciones en los dispositivos, es una interrogación crítica de la moral y sus valores para cada sujeto. Allí el sujeto en un segundo tiempo podrá o no, si él así lo desea o valora, ser el soporte de su acción moral. Esto me recuerda siempre aquella frase de Lacan que decía, “acompañamos al sujeto hasta las puertas de su acción moral”. Reintroducir lo Real en la ética conduce a preguntas sobre la vida, el amor, el deseo, los actos y las decisiones, cuestiones éstas ajenas al derecho –por suerte–. En fin, alguna dimensión de la verdad, lo verdadero debe tocar el ser de cada quien. Lo que acontezca de las puertas de la acción moral hacia la ciudad ingresa en otro orden de responsabilidad-civil, ciudadana.

Usted propone implementar otro tipo de sanciones que difieran de la vía punitiva, dado que éstas llevan a la repetición y el fracaso. ¿Cuáles serían esas otras sanciones –a las que llama subjetivas– y qué tenderían a tener en cuenta?

En primer lugar la idea de sanción subjetiva fue un desarrollo que presentáramos en Oñati, País Vasco, en 1995. Es el resultado directo del concepto de “asentimiento” que Lacan propone en su escrito de “Aportes del psicoanálisis a la criminología”. No creo que pertenezca a nuestro territorio pensar una crítica del concepto de pena o de sanción penal. De hecho toda la historia de la criminología crítica se sostiene en el análisis y la crítica del orden de las penas y las sanciones. Estableciendo todo un andamiaje de alternativas y dispositivos diferentes a la medida de pena privativa de libertad. No pertenece ésto a nuestra incumbencia discursiva, ni campo de intervención.

Para ser claro, la sanción o asentimiento subjetivo en el campo del dispositivo o los artificios bajo transferencia, sean el dispositivo analítico tradicional o su extensión, representa una única y básica idea, la de la implicación del sujeto en su decir. Ahora bien, imagine qué repercusión ha tenido aquella idea que la ley de responsabilidad penal juvenil, aun no aprobada, lleva en su texto el concepto de “sanción subjetiva” o sanción responsabilizante. Al menos para mí la única extensión posible del asentimiento o la sanción subjetiva propiamente dicha –en esto hay que andar con muchísimo cuidado– es en aquellos dispositivos o artificios que permitan el trabajo de un analista, sean estos individual, de familia o de grupo, y sepan tolerar los efectos de la transferencia en cada sujeto; marchen en la vía de una afirmación, una implicación del sujeto. En suma la dimensión de la enunciación de cada sujeto, uno por uno. En esos artificios las intervenciones debieran orientarse en lo sintomático o el síntoma de cada caso, cada sujeto –aunque fuese un grupo–. De ahí se extraerán efectos en la identidad y en las versiones de su propia historia a construir. A veces en historias devastadas sin otra versión para subjetivar su deseo y su historia, más que aquellas que lo mal-dijeron –las instituciones (escuelas, institutos, cárceles)–. Afirmar e implicarlo en su decir como sujeto que es escuchado resulta en sí una “sanción subjetiva”, al menos la que está a nuestro alcance, que desanda en algún sentido esa devastación. Hoy los adolescentes con diversos conflictos con la ley penal representan la encarnación del Otro, una construcción mediática y social de un fantasma segregativo y discriminatorio. Si en el siglo XIX eran los locos, en el XX los homosexuales, en éste “el musulmán” y el joven pagan ese precio. En este punto deseo insistir, no puedo pensar el tema de la construcción de una identidad –y su consecuencia directa algún orden de responsabilidad–, sin la categorización de lo real y el síntoma. Toda otra intención nos llevaría a una reeducación o readaptación a los valores de identificación, de responsabilidad y de moral socialmente aceptados.

Usted habla de cierta relajación en la práctica privada de supervisión, ¿Qué sucede en el ámbito hospitalario, por ejemplo en el Hospital Piñeiro donde es Jefe de Consultorios Externos del Servicio de Salud Mental?

No me apasiona la sociología, no sé mucho de cuestiones “ambientales”, pero constato que hay cierta laxitud en la frecuencia de la práctica privada de supervisión. En cambio observo que tanto en algunas instituciones psicoanalíticas como en el espacio hospitalario la supervisión es sistemática con múltiples posibilidades, sea individual o grupal, y creo decididamente que donde hay discurso analítico y transmisión, se produce un fenómeno institucional enriquecedor. Hay ateneos, presentación de pacientes, supervisiones, espacios de formación y cursos, en suma, hay pensamiento y discurso analítico para pensar críticamente. Decía que la supervisión grupal es un espacio en el cual debiéramos reflexionar, nuevamente queda en manos del arte y el oficio del analista que conduce ese espacio, el hecho de poder alojar a un supervisante ante otros y hacer de eso un espacio de transmisión y no un escenario de exhibición de fallas y de saberes de otros. En tal sentido llevo adelante un espacio de supervisión que se llama “Pensar el caso”, que supone al menos ser diferente y tratar de no incurrir en tres cuestiones que extraigo de cierta tipificación en la que se incurre en algunas supervisiones grupales o individuales. En ellas habitualmente se habla del “paciente”, se demanda diagnóstico y pensar casi axiomáticamente, la “dirección de la cura”, esto es un efecto de positivización resistencial de la praxis. Creo en cambio que “un caso” no es el paciente, el caso es ese artificio constituido entre analizante, analista y transferencia. No hay caso sin analista y el analista amén de su persona, sus intervenciones o su estilo, es la función, el punctum, que sostiene. Por otra parte la aplicación terapéutica del psicoanálisis debiera hacernos reflexionar en la diferencia entre cura y terapéutica. La cura que sostiene un analista se direcciona, se ordena en función de la estrategia que es la transferencia. La aplicación terapéutica del psicoanálisis está determinada por la dirección de esa cura. Si no lo nuestro sería una psicoterapia o una terapéutica médica más que pretenda desalojar el síntoma o “curarlo”.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Juan Dobón es Médico-Psicoanalista. Jefe de Unidad de Consultorios Externos Hospital P. Piñero. Director del Instituto de Investigaciones del Campo Psi-jurídico- IICPJ. Consultor de la Sociedad Argentina de Psicopatología (SAP) - AMA.
 
 
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