Hace treinta y cinco o cuarenta años, el terrorismo de Estado acababa con más de un centenar de miles de vidas en América Latina. Un conjunto coordinado de brutales dictaduras abortaban la viabilidad de un proyecto regional de emancipación. En el corazón de la metrópoli, ese salvajismo represivo era verbalmente condenado como la expresión periférica de una barbarie fuera de control. Sin desconocer, aunque quizás prefiriendo olvidar que, a su vez, treinta y cinco o cuarenta años antes, una barbarie aún más bárbara se había cobrado cincuenta millones de vidas allí mismo, en el corazón de la civilización occidental. No entonces una barbarie lejana, distante, exterior, sino una barbarie más que próxima, interna e inherente a la civilización, cuando semejante record en la historia universal de la infamia no habría sido posible sin el auxilio del luminoso proyecto mancomunado de la razón y la ciencia, su criatura más preciada.
Cuando “nuestro destino de mercados comunes” se salda por el incremento efectivo de la segregación, cuando la sombra de su amenaza oscurece nuestro porvenir, la figura del gitano parece destinada a encarnar su objeto. Como inclinada a corporizar ese goce Otro, extraño, ajeno, ese goce despreciable y repudiado que sustenta el odio al extranjero, alimentando la xenofobia y el furor racista. Todo parecería predisponerlo así, en tanto el gitano, extranjero absoluto, se presta gustosamente a habitar los márgenes de la pretendida civilización y, en alguna medida, a desafiarla.
Desde que la fundación y el reconocimiento del Estado de Israel han sancionado el fin de la diáspora judía, el pueblo gitano, nómade perenne, se ha convertido en el exponente más acabado de una población en permanente migración. Una migración que no se sabe con certeza cuándo ni dónde comenzó. Una primera diáspora tuvo aparentemente lugar alrededor del Siglo X en la India; una segunda diáspora se inicia en el Siglo XVI en Europa; la tercera, actualmente en proceso, se vincula a la caída del Muro de Berlín y la posterior desintegración de Yugoeslavia, configurando una situación de objetiva debilidad que expone a los gitanos a la ferocidad de una Europa económicamente en crisis.
Se trata de un pueblo nómade que habla una lengua extraña –el romaní–, con una larguísima cultura ágrafa, sostenida enteramente en la tradición oral, que vive en tribus de un centenar de miembros con un jefe patriarcal. Se destacan por su música y sus espectáculos circenses, lo que junto a la magia, la adivinación y algún comercio marginal, constituye actualmente su fuente principal de ingresos. Se podría decir que los gitanos rechazan una sociedad que los rechaza, con la que preservan un vínculo de exterioridad. Mantienen instituciones civiles propias (rituales matrimoniales, ceremonias funerarias), y no siempre envían a sus niños a la escuela, donde su cultura, conformadora del patrimonio occidental, no ha sido siquiera contemplada. Razón por la que una parte importantísima de la comunidad se mantiene iletrada.
Parafraseando lo peor, podríamos decir que si los gitanos no existieran habría que inventarlos. Es a lo que se abocan algunos líderes europeos en nombre de un proclamado plan de seguridad, en el marco de una sospechosa reformulación de la noción de “identidad nacional”. El actual programa francés de deportación de gitanos a Bulgaria y Rumania –países de la Comunidad Europea–, se apoya exclusivamente en aquellas nociones de raza y cultura que definen precisamente la xenofobia.
Indiquemos, al concluir, tan sólo como una curiosa curiosidad, que el Presidente Sarkozi es de ascendencia judía por vía materna y de ascendencia rumana por vía paterna. El apellido Sarkozi es extremadamente frecuente en la comunidad gitana de Rumania. |