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   Desencadenamiento de las psicosis

Desencadenamiento: la anticipación como estrategia
  Por Gabriel Belucci
   
 
Entre las numerosas anécdotas que circulan en nuestro medio sobre la clínica de las psicosis, hay una que tiene una clara finalidad de advertencia, razón por la cual suele contársela en alguna de las materias de la Licenciatura en Psicología dedicada a la clínica psicoanalítica. El paciente, pretendidamente obsesivo, había tenido su primera entrevista con el analista a quien le solicitara un tratamiento. Llegada la hora de pautar un nuevo encuentro, el analista le preguntó al paciente si podía concurrir, digamos, el martes siguiente a las 17:00. El hombre consultó su agenda y le respondió: “No puedo. El martes a esa hora tengo que ir al supermercado”. El analista, en tono levemente jocoso, le habría dicho entonces: “Vamos, ¿no puede ir al supermercado a las 19:00?”. A lo cual el paciente, deponiendo su fachada obsesiva, estalló en una furiosa diatriba, acusando al analista de formar parte de un complot para destruir su vida.

Más allá del hecho, nada menor, de que lo que la anécdota deja traslucir parece ser una psicosis ya desencadenada, lo que intenta transmitir quien la cuenta suele ser del orden de la prudencia al intervenir. Prudencia que, desde ya, compartimos, pero que suele traducirse, en los analistas nóveles, en una inhibición generalizada, ya que “cualquier cosa que uno diga podría desencadenar la psicosis”. Digamos desde ahora que nada indica en nuestra experiencia que efectivamente sea así. Haciendo a un lado la discusión sobre la vigencia del concepto de desencadenamiento, en la que no entraremos aquí, esbozaré una lógica mínima que nos oriente en la clínica.

Forclusión, desencadenamiento, suplencia
. Es preciso, ante todo, situarnos en algunas coordenadas de estructura. La idea de estructura vino a aportar un rigor adicional a nuestra producción conceptual, que la inscribe en el plano de la episteme con iguales títulos que cualquier campo de saber científico. Si el psicoanálisis no es una ciencia, es más bien porque opera con el sujeto que la ciencia forcluye, pero sus conceptos y relaciones lógicas son susceptibles de una formulación rigurosa y de una verificación clínica.
Y bien, la elaboración lacaniana de los conceptos psicoanalíticos nos ha proporcionado no una, sino dos escrituras de los términos y relaciones que determinan la estructura del sujeto en su lazo con el Otro. La segunda, en torno a los nudos borromeos, suplementa la primera, que a fines de los años ’50 Lacan refirió a una topología de superficies. Dos términos se destacan en ésta como capitales: el Padre, que legaliza la estructura e instituye tanto el límite como la función de un más allá; y el falo, operador de efectos múltiples, que entre otras cosas permite que el sujeto se invista de ciertos imaginarios que lo ligan a la vida, y afecta el campo de la significación de una falta, a consecuencia de la cual “toda significación remite siempre a otra significación”.

En otros textos1, he insistido en que –en la formulación estructural introducida por Lacan– el concepto de forclusión, en tanto se refiere a la Ley del Padre, implica que esa Ley no operó desde el origen, y por ende ya no podrá hacerlo cuando sea preciso. Y es justamente el “cuando sea preciso” lo que marca el punto de quiebre que lleva al desencadenamiento. El mismo se produce cuando las circunstancias de la existencia del sujeto convocan la presencia de una terceridad ordenadora, ya sea que el propio sujeto esté llamado a ocupar alguna posición de autoridad o sea un otro quien se requiera en ese sitio. Las consecuencias de ese desencadenamiento son demasiado conocidas como para que abundemos aquí en ellas. Es en otra cuestión que nos detendremos.

Lo que el suplemento de los años ’70 aporta a la formalización estructural es la posibilidad de que el anudamiento que sostiene la estructura sea operado no sólo por el Padre, y ello en condiciones en las que podría contarse con éste, tanto como en aquéllas en las que el Padre no ha ocupado su lugar. He ahí el meollo del concepto de suplencia, con su enorme potencia para pensar la clínica, en especial en el campo de las psicosis. Y nada impide suponer que, suplencias, puede haberlas ya sea que el desencadenamiento haya tenido lugar o no. En otras palabras, suplencia es, en las psicosis, todo aquello que contrarresta las consecuencias de la ausencia de la Ley paterna. Dicho esto, hay que destacar que las hay más o menos eficaces, y que en última instancia toda suplencia es en acto, esto es, no cuenta con otra garantía que su eficacia, que las circunstancias pueden poner en jaque. Todo esto delimita para nosotros dos preguntas, que son nuestra brújula en los tratamientos: “¿Qué opera para un sujeto psicótico cómo suplencia?” y “¿Qué la pone en jaque?”.

Cuestiones diagnósticas.
Esas preguntas habrá que ponerlas en relación con lo que un sujeto psicótico busca o encuentra en el espacio analítico. Si lo que venía contrarrestando la forclusión de la Ley ha caído o trastabilla, nos compete hacer una lectura del modo en que el dispositivo podría, o bien apuntalar esa suplencia, si es posible, o bien contribuir a la institución de una nueva, lo cual es solidario de una lectura de las circunstancias que complican cualquiera de esas alternativas, y que de hecho precipitaron la consulta.
Hay, sin embargo, un prerrequisito lógico, y es la formulación de una conjetura2 acerca de la posición del sujeto en la estructura, dicho de otro modo, sobre si podemos o no contar con el operador paterno. Y ello en condiciones que pueden enmascarar su ausencia: como solía recordar Lacan, “nada se parece más a una neurosis que una prepsicosis”. Pero entonces es menester contar con algunos criterios que nos guíen. Esos criterios, surgidos de una convergencia entre lo que indica nuestra experiencia y sus coordenadas formales, se vuelven tanto más útiles cuando se los pone en relación.

Como es sabido, no hay en las psicosis no desencadenadas una presencia clara de fenómenos elementales que nos afirme en el diagnóstico. Ahora bien, si por “elemental” entendemos aquello que verifica las condiciones de estructura, debe ser posible encontrar al menos algunas manifestaciones clínicas en las que ésta sea legible. ¿Cuáles serían? Sin pretensión alguna de agotar esta interrogación, que debe proseguirse, mencionaré las que me han resultado más notables.
Están, en primer lugar, ciertas particularidades en el despliegue de la significación. Si lo que denominamos “significación fálica” implica la imposibilidad de significaciones absolutas, deslizándose la significación a partir de la articulación de la cadena significante, eso instaura un enigma con respecto al ser del sujeto, a lo que él es en el Otro. En las psicosis ya desencadenadas, fenómenos como algunos neologismos, o las llamadas “intuiciones delirantes”, atestiguan la existencia de tales significaciones absolutas, por las que el sujeto sabe, por ejemplo, que él es “el Elegido”5. En las psicosis no desencadenadas, hay también puntos en los que se verifica que la significación no desliza. Son aquellos en los que reconocemos nuestra deuda con la psiquiatría clásica, y que un clínico de la talla de Pereyra incluyó en la categoría de “ideas fijas”. En efecto, se constata que, pese a todos los intentos en contrario, el sujeto volverá una y otra vez a la misma idea, en sí misma irreductible, por ejemplo que es “desafortunado”, no siéndole posible ninguna otra versión. Con la sagacidad del clínico avezado, Pereyra destacaba que la idea fija era muchas veces la antesala de la idea delirante4.

En segundo lugar, la afectividad. Algo que la escritura de nudos permite situar con mucha precisión es que sólo el anudamiento borromeo, que implica la Ley del Padre, constituye un cuerpo. Estrictamente hablando, el cuerpo es el nudo. Pues bien, lo que denominamos, desde Freud, afecto, supone un cuerpo. En las neurosis, el afecto, a excepción de la angustia, siempre aparece desplazado, pero es posible restituir, en el encadenamiento discursivo, las coordenadas que lo vuelven legible (por las cuales, por ejemplo, alguien está triste o colérico). En las psicosis, el afecto no es localizable ahí donde se lo espera, y sus coordenadas no son restituibles. Eso es lo que se denominó “afectividad paradójica” en la esquizofrenia. En la paranoia, el arrebato pasional es solidario de una significación coagulada. Nada de ello se constata en las psicosis no desencadenadas, pero en cambio sí es situable la ausencia de una respuesta afectiva en coordenadas subjetivamente significativas. También, ciertos puntos de perplejidad donde cabría esperar la angustia.

Hay, por otra parte, un uso particular de los imaginarios, sin mediación de una operatoria simbólica. Relaciones a predominio especular, que muchas veces sostienen un hacer ahí donde otros recursos (simbólicos) faltan, o proporcionan una identidad, todo lo cual no es incompatible con vínculos perfectamente razonables con los semejantes, son las que inspiraron al Lacan de los ’50 la noción de “muletas imaginarias”. En todo caso, si estos imaginarios fracasan muchas veces es porque no dejan de conducir al sujeto al punto donde debería responder más allá del semejante, como cuando se trata de establecer una pareja o tener hijos. A ello se agrega, en consecuencia, la más que lógica evitación de aquellas circunstancias que, para su resolución subjetiva, requerirían la terceridad de la Ley. También es constatable la ausencia de una barrera al capricho del otro que llevó a Lacan a la idea de una “ausencia de agresividad”. Hecho este recorrido diagnóstico, concluiremos refiriéndonos a la estrategia del analista, que supone la del propio sujeto.

La anticipación como estrategia: Recientemente5, enuncié la tesis de una disimetría entre el tiempo y el espacio. Si el espacio es el Otro, el tiempo es la dimensión propia del sujeto. Esa dimensión se verifica, por ejemplo, en la institución de una temporalidad anticipatoria que, en la angustia señal, da cuenta de las condiciones de peligro, y que supone una verdadera instrumentación subjetiva de la angustia. Esa instrumentación es posible en la medida en que el sujeto ha sido marcado por la Ley, lo que Freud denominó “complejo de castración”.
Ausente la marca de la Ley, la anticipación no está garantizada como posibilidad, lo cual se pone de relieve en el desencadenamiento de una psicosis. El psicótico cae en un agujero que nada señaló de antemano. Sorprendentemente, sin embargo, y como ya indicamos, muchas veces el sujeto psicótico se las ingenia para evitar las circunstancias que podrían desencadenar la estructura. Esa es la lógica de muchas inhibiciones psicóticas, que haríamos bien en respetar hasta tanto no podamos dar cuenta de su función (y reemplazarlas por algo mejor, si lo hubiera). Esas inhibiciones van, de este modo, al lugar de la angustia ausente.

Se podría pensar que, en la conducción de los tratamientos, la anticipación puede constituirse en estrategia. Si el psicótico padece el espacio del Otro sin poder restarse, hacer jugar el tiempo anticipatorio es restituir al sujeto. El diagnóstico mismo es un primer paso, entendido no sólo en términos de estructura, sino de las dos preguntas que formulamos (por la eficacia y los obstáculos de lo que suple la Ley del Padre). Anticipar es aquí, del lado del analista, una suerte de cartografiado que le permita pensar por dónde es posible y por dónde no sería posible transitar en el trabajo analítico.

Aspiramos, no obstante, a que esa ganancia de saber originariamente de nuestro lado pase al sujeto. Tiene lugar, toda vez que ello ocurre, una suerte de transferencia de saber, inversa a la que acontece en el análisis de las neurosis. Como consecuencia, será el propio sujeto psicótico quien pueda disponer de un saber nuevo acerca de su posición, de aquello que le permite sostenerse en la existencia y aquello que podría ponerlo en riesgo (en última instancia, de desencadenar las consecuencias de su posición en la estructura). Se comprueba aquí, como tantas veces, que el analista sólo podrá operar haciéndose instrumento de ese sujeto que, después de Lacan, hemos aprendido a suponer como lo que responde al Otro.
_____________
1. Cf. BELUCCI, G., Psicosis: de la estructura al tratamiento, Letra Viva, Buenos Aires, 2009, p. 119. Cf. también BELUCCI, G., “El malentendido de la Verwerfung”. En: Imago Agenda, Nº 137, marzo de 2010, p. 92.
2. La idea del diagnóstico como conjetura la he encontrado felizmente desarrollada por Eduardo Said. Cf. SAID, E., “Estructuras diferenciales y conjetura clínica” (ficha).
3. Como afirmaba un paciente del Hospital Borda.
4. Cf. PEREYRA, C., Semiología y psicopatología de los procesos de la esfera intelectual, Salerno, Buenos Aires, 2000, capítulo “Trastornos del contenido del pensamiento”.
5. En mi seminario 2010 del Hospital Borda, titulado La neurosis y su cura.
 
 
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