Escribe Santo Tomás: «En lo referente a la naturaleza del individuo, la mujer es defectuosa y mal nacida, porque el poder activo de la semilla masculina tiende a la producción de un parecido perfecto en el sexo masculino; la producción de una mujer proviene de una falta del poder activo» (Summa Theologica). San Agustín aporta lo suyo: «Nada rebaja tanto de su altura a la mente varonil como acariciar mujeres en contactos corporales que pertenecen al estado de matrimonio” (De Trinitate). Tertuliano, por su parte, descubre el rostro de Eva en cada mujer: «Tu eres la puerta del demonio, la que quebró el sello del árbol prohibido, la primera desertora de la ley divina, la que convenció a aquél al que el diablo no se atrevió a atacar” (De Culta Feminarum). Pero Agustín de Hipona es, de lejos, el más contundente: «Las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones».
Freud sitúa en la castración femenina la matriz de ese extendido horroris feminae [Cabeza de Medusa]. Pero la misoginia no parece ser la causa del celibato clerical, sino apenas una de sus múltiples consecuencias. La prohibición del matrimonio sobre el clero reconoce su origen en la economía de la institución eclesiástica y en sus políticas de reclutamiento. Las posesiones parroquiales pertenecen a la iglesia, no deben estar sujetas a las leyes jurídicas de sucesión. La caridad bien entendida empieza por casa: sin esposas ni hijos reconocidos, no hay herederos para los bienes de Dios. Y, sin responsabilidades familiares, el cura puede entregarse en cuerpo y alma a su misión, a resguardo de cualquier interferencia laica. Como predicaba Gregorio VII: «La Iglesia no puede liberarse de las garras de la laicicidad sin antes liberar a los sacerdotes de las garras de sus esposas».
Pero, decididamente, la abstinencia marital no ha significado en la práctica castidad. Todo lo contrario. Aquí, como en otros continentes, la privación ha devenido apetito. A lo largo de los siglos se sabe que los frailes han abusado generosamente de la confesión de las pecadoras, que han dado rienda suelta a su libertinaje en los conventos vecinos, que han restringido la entrada a ciertos monasterios a cofrades homosexuales. Hace más de treinta años proliferan denuncias de pederastia y paidofilia sobre representantes del catolicismo en países como Estados Unidos, Canadá, México, Alemania, Irlanda... (¿Felices los niños?)
La generalizada castidad del ser hablante (de la que el matrimonio es cabal expresión), prueba freudianamente la tendencia antinatural de la sexualidad humana. Pero elegir, imponer y exigir esa castidad, más que una tendencia pone en evidencia propiamente una inclinación. Una inclinación perversa. Lo es también pretender legislar sobre la sexualidad, el matrimonio, la familia, la educación de los hijos, habiendo renunciado previamente a todo ello. El legislador queda singularmente exceptuado en su propio acto legislativo.
Podemos hoy verdaderamente celebrar el matrimonio, sobre todo porque podemos celebrarlo no como un sacramento o una institución civil, sino en tanto reconocimiento-acontecimiento de un derecho igualitario. |