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   Problemas y controversias

El lugar de la sublimación
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Dejo de lado, por el momento, los múltiples problemas preliminares que plantea la noción corriente de sublimación, siempre acechada por el puritanismo que quiere elevar el espíritu más allá de la “grosera” materia,1 a lo que es fino, pulcro, limpio, incontaminado. Tomaré como referencia dos nociones clave: acto y negatividad.
Un acto no es un simple resultado sino el proceso de su constitución. No es el vacío, sino el proceso de vaciamiento. No es un significante tomado en su puntualidad, sino el proceso de transformación de una palabra en significante. Pero no hay acto sin apuesta de un sujeto que se pierde y desaparece en los efectos de este, un sujeto que es determinado en su indeterminación, y de este modo reaparece ya no como objeto, es decir, como substrato, sino como actividad constreñida a decidir.

Un acto parte de un sujeto y produce un sujeto; podemos decir: produce un nuevo sujeto.
Esta noción reconoce, al menos, tres niveles: acto sexual, acto analítico y acto de creación sublimatoria, sea científica, poética, o ensayística, aunque nos interesen fundamentalmente las últimas.
Es de vital importancia comenzar por el acto sexual porque, contra todas las falsas evidencias de la racionalización, el acto sexual –que, ¿necesito aclararlo? es un acto fallido y en tanto tal logrado– está lejos de ser simple, inmediato y carente de una meta inhibida.

Por el contrario, sin la inhibición, diré primaria, de lo incestuoso de la Cosa, es literalmente imposible que el coito produzca lo que Lacan llama en el seminario 14, La lógica del fantasma, un goce que caiga fuera del cuerpo.
El acto sexual encarna, lo sabemos, una paradoja intensísima. Sin la vecindad con ese núcleo arcaico, primario, incestuoso, cada uno de los partenaires deja de experimentar esa angustiosa atracción, angustiosa y fascinante atracción, que otorga al acto sexual un lugar único en la serie de los actos. Mas al revés: sin una proximidad que se aleja o sin una lejanía extrema que se aproxima hasta el límite del roce, como se suele decir, un “toque”, que es solo eso, un mero toque, tampoco hay allí, en el lecho, acto.

El acto sexual también impone, a su modo, una medida, es el corte del goce2 fálico cuyo horizonte, aunque sea exclusivamente virtual, es la producción del objeto niño.
Nueva paradoja: es preciso que en el comienzo haya un vacío generado por alguna de las múltiples encarnaciones de la castración, centradas en los órganos genitales, pero el acto culmina en el velamiento del vacío, de un modo análogo (y hasta me atrevería a decir homólogo3) al desenlace del chiste, en el que la risa desencadenada vela la verdad que, de aparecer sin censura, provocaría inquietud e incluso angustia.
(Desde luego, la ganancia de placer propia del chiste compromete de otro modo al cuerpo. Es quizá, más epidérmica y está menos centrada genitalmente. La del orgasmo, que no es la mera eyaculación o descarga, toma todo el cuerpo antes de precipitarse hacia el éxtasis, hacia el afuera. El hecho de que el cuerpo sea provisional y totalmente tomado, indica su lugar, único.)

Encontramos aquí varias referencias que habrán de aparecer en los niveles “superiores” del acto. El incesto, que es el núcleo de lo sagrado en análisis, la diferencia de los sexos, la emergencia de la madre en tanto prohibida, la feminidad, ya que no hay acto sexual sin un polo receptivo y por lo tanto femenino, y agreguemos a ello el corte: no hay acto sin corte. El orgasmo de algunas psicóticas que encuentran en el extremo –tomo la referencia de algún texto de Safouan–, de la falta de medida el rostro de su propia madre, muestra a las claras, por contraste, lo que implica la ausencia de corte.
En el siguiente nivel, el del acto analítico, tan solo quisiera destacar una secuencia característica. Al igual que en el acto sexual, se parte de una carencia, pero la culminación no la vela, la repite elaborándola. El acto analítico hace del sufrimiento encarnado en el síntoma, el momento de apertura a la exterioridad radical que nos constituye como sujetos. La prohibición del lecho hace del diván el sitio por excelencia para que una palabra se torne significante: es decir, palabra que se borra y vacila, tachadura de lo que resta de tal operación y consiguiente declinación del goce.

Sin embargo, en el acto analítico el sujeto queda tomado en el sin sentido radical. Allí se abre la instancia, a la vez interna al análisis porque él conduce a tal lugar, y externa, porque se prolonga más allá de las sesiones; la sublimación, ya veremos, está a la vez dentro y fuera del análisis y así puede hacer del automatismo de repetición un automatismo de invención.
¿Qué indica esta última expresión?
La invención no consiste solamente en el hallazgo de un objeto correlativo al hallazgo de una expresión feliz para el deseo, lo que Freud denominaría, sencillamente, realización de deseo, porque esta tarea es propia del automatismo de repetición y de su (re) hallazgo.

Es, tal y como la enfoco, dar cima a una obra, de la naturaleza que fuera: escultura, teorema, novela, poema, ensayo. No importa tanto su calificación académica como su carácter formativo, en el sentido no precisamente educativo, aunque no lo excluya, como en su aspecto de dar forma. En sus acepciones corrientes, “obra” designa tanto algo hecho, configurado, construido, como un poder: “por obra y gracia de…”.
En su sentido estricto –y a esto apunta el proceso sublimatorio– hablamos de un nuevo espacio (más bien lugar, sitio) y asimismo de un nuevo tiempo. En la sublimación el sujeto se instala en un proceso no diré transindividual, porque lo transindividual es un rasgo esencial de él, sino en uno cuyo cultivo es lo que habitualmente llamamos “cultura”.

Desde un cierto punto de vista, los diversos códigos culturales, su historia, sus instancias, sus estructuras, pertenezcan al ámbito de la pintura o de la escultura o de la ciencia, o de la literatura, constituyen, para emplear expresiones de Schelling, un paso incesante de la productividad al producto, de la actividad a la obra conclusa, o para usar expresiones de Humboldt, tomadas del griego, de la enérgeia al ergon. Jamás se reunen ambos momentos, la actividad y el producto, en unidad indiferente: entre ambos se registran interrupciones, alteraciones, encabalgamientos, superposiciones, dislocamientos e incluso catástrofes. La cultura, o bien el Otro en su dimensión simbólico institucional o, para emplear el lenguaje de Hegel, en la dimensión del espíritu objetivo, llama (no digo demanda) a los actores para que restablezcan la productividad allí donde el producto alienado cosifica la actividad y la impide al extremo. En la sublimación, el sujeto, habilitado por el automatismo de repetición pega el salto a la invención –es decir, a la invención de un conjunto en el cual la actividad vivifica lo que estaba muerto en el producto–, solo si ha podido acoger el llamado del Otro para emprender la vivificación.
(El llamado interesa al sujeto como una casi nada, como flujo y vacilación; no me refiero a la demanda, que lo toma como objeto fantasmático. Descuento que hay una cierta ambigüedad entre ambas posiciones y que en el curso de un análisis e incluso en la vida cotidiana, se pasa incesantemente de una a otra posición.)

Ahora bien, semejante caracterización veda el paso a cualquier psicología del arte, la cual considera, gracias a una falsa evidencia, que la obra expresa un interior en el exterior, cuando en verdad es al revés: es la exterioridad, una exterioridad a la vez organizada y fracturada, la que reclama y en tal reclamo algunos pueden tentar, gracias a sus condiciones subjetivas, las cuales, obviamente, dejan su huella en el producto final, una respuesta eficaz.

La sublimación no es, tampoco, un análisis de la “personalidad” de nadie, si es cierto que el sujeto, conforme a la fórmula de Sartre que interpretamos de otra manera, es lo que no es y no es lo que es. Tampoco es una suerte de pedagoría del espíritu destinada a evitar la enfermedad: la hemos hallado en sujetos hundidos en su vida miserable y, por el contrario, seres a los cuales podemos llamar, sin ironía, felices, muestran una profunda incapacidad para ella.
Lo más que podemos decir (o quizá lo menos) es que el sujeto ha sido llamado, en un intervalo entre la actividad instituyente y el producto instituido que la obstruye; lo ha sido para que la dimensión más radical de la pulsión de muerte (como pulsión de recomienzo4) se ponga en obra a través de los diversos niveles de la acción negatriz.

Para decirlo brevemente, son los lazos de la obra y de la pulsión de muerte, mediados por la decisión de un sujeto que desaparece en su obrar, los específicos del acto sublimatorio, situado en una encrucijada, bilocado y bitemporalizado, a la vez antes de la obra y luego de ella, a la vez dentro y fuera.
Sin embargo, la sublimación como tal es una propedéutica al cambio de plano: si se entra en ella, hay que proceder como procede el crítico de genio (no digo genialmente, sino con genio autónomo, lo que incluye al ingenio) que empieza por poner entre paréntesis todo lo que aprendió de las grandes totalizaciones –antropología, estética, arte en general–, y puede entregarse a las solicitaciones singulares de esta obra y no de cualquiera, atento a aquello que solo se entrega en y por los detalles, en cuyo caso mucho puede aprender no de los contenidos del psicoanálisis sino de sus formas: la condensación, el desplazamiento, la puesta en escena, la deformación, la diferencia entre el proceso primario y el secundario y antes que nada, de la represión que recuerda lo que olvida y olvida lo que se oculta a la vista, haciendo señas y más señas.
________________
1. Recuerdo las definiciones de sublimación del diccionario de la Real Academia “1. tr. Engrandecer, exaltar, ensalzar o poner en altura.2. tr. Fís. Pasar directamente del estado sólido al de vapor.”
2. Si digo goce digo sufrimiento, acabamiento que no acaba, inminencia ante lo indeterminado y asimismo aquello que diferencia al animal humano de cualquier especie: la “sinrazón”, lo no necesario, lo que no sirve para nada y que hace de la vida una perpetua finalidad sin fin.
3. Para diferenciar analogía de homología me valgo de la diferencia que Perelman establece entre semejanza de relaciones –homología– y relación de semejanza –analogía–. La analogía es imaginaria, la homología, simbólica; dicho esto en homenaje a la nomenclatura escolar.
4. Véase en la Ética del psicoanálisis, el capítulo XVI llamado justamente “La pulsión de muerte”; allí dice Lacan “La pulsión como tal y en la medida en que ella es entonces pulsión de destrucción, debe estar más allá del retorno a lo inanimado. (…) Voluntad de destrucción. Voluntad de comenzar de cero”. Es curioso, Lacan recomienda que no se ponga el acento en el término voluntad (Wille) para que no se lo vincule con Schopenhauer. Sin embargo, usa el término tanto como lo hace y muy sugestivamente en “Kant con Sade”.
No obstante, como lo ha mostrado Clément Rosset, la voluntad en Schopenhauer no es una tendencia hacia… lo que fuera, sino, para retomar la fórmula kantiana en otro contexto, una finalidad sin fin.
Quizá porque se trate de una finalidad sin fin pueda darse, en segunda instancia, un fin de destrucción y de recomienzo. Cuando está en juego una perentoriedad sin objeto ni representación, la destrucción bien puede ser un fin asignable. Este fin asignable puede ser designado, en otro registro, como semblant.
Un huracán puede alcanzar el estatuto del semblant, al igual que un animal en acecho de su presa.
Lacan agrega, en el mismo capítulo, “Como en Sade, la noción de pulsión de muerte es una sublimación creacionista…”. 
 
 
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