UNO. Rudolf no ha cumplido aún sus 29 años. El 8 de enero de 1908 –y no de 1909, como erróneamente dijimos en la primera parte de esta saga, que concluirá en su capítulo tercero– se convierte en el miembro más joven de la denominada Sociedad Psicológica de los Miércoles que se reúne semanalmente en el domicilio de Freud. Según refiere en sus memorias, el propio creador del psicoanálisis lo invitó a unirse al grupo1. Una semana más tarde presenta su primer trabajo ante sus colegas. “Cuando entré en la casa, Bergasse 19 (una casa ocupada por varias familias), y subí las escaleras, la puerta de la izquierda conducía a las habitaciones privadas de Freud, la de la derecha, a una antecámara larga y estrecha; a la derecha de ésta estaba la sala de espera en la que tenían lugar nuestras reuniones de los miércoles por la tarde. Alrededor de una larga mesa había 15 sillas” (p. 103).
Otto Rank, como cada miércoles, escribe el acta de esa reunión. Con caligrafía nerviosa, anota lo discutido en ese grueso cuaderno rodeado de ceniceros (“Delante de cada persona había un cenicero y una caja de fósforos...” [103]). A diferencia de lo que suele suceder, y seguramente a los fines de preservar la intimidad del concernido –algo que, vale agregar, nos alecciona sobre la cautela que se tenía a la hora de registrar lo que acontecía en esas veladas–, la presentación es resumida en dos renglones: “Con la ayuda de algunas notas extraídas de su diario íntimo, el orador describe su desarrollo sexual hasta el momento de su matrimonio”2. No sería aventurado sospechar que mucho de lo que falta en esa minuta puede ser hallado en los primeros capítulos de la autobiografía aparecida en 1958, pues allí se detallan sin pudor los tropiezos de la vida sexual de nuestro personaje. Lo que sí fue consignado por el secretario de la sociedad fueron las intervenciones de los psicoanalistas durante la discusión. En ellas, los acólitos de Freud debatieron con total desenvoltura acerca de las prácticas masturbatorias, el exhibicionismo y la homosexualidad latente del expositor. Por caso, el propio Rank señala que es notable que el sujeto hubiera permanecido durante tanto tiempo en un estado de ignorancia respecto de las cuestiones sexuales –no sabemos a qué punto de la presentación se puede referir, pero las memorias nos dan una pista–: Rudolf von Urban escribe: “Cuando más tarde estudié anatomía y tuve que hacer disección de cadáveres, todavía creía que el cadáver femenino había poseído originalmente un apéndice similar al pene, el cual había sido cortado antes de que el cuerpo entrara a la sala de disección” (p. 54)
Rudolf von Urbantschitsch asistirá regularmente a las actividades de la institución hasta 1914; según sus propias palabras, Freud le aconsejó abandonar el grupo, pues su pertenencia al mismo podía desencadenar un boicot de la comunidad médica en contra del sanatorio al que nos referimos en la primera parte (p. 104). En 1922, luego de perder su clínica en circunstancias bastante curiosas, se acerca nuevamente a Freud, quien le aconseja reingresar al grupo analítico, comenzar un análisis con Paul Federn y estudiar durante un año con Ferenczi en Budapest (p. 183)3. De todas maneras, y a pesar de que seguirá practicando el análisis y continuará su relación con Freud, su readmisión en la Sociedad Psicoanalítica de Viena tuvo una breve duración, pues los miembros demostraron mucho antagonismo hacia von Urban. Las causas de esa dificultad, reconstruye el médico vienés, eran múltiples (p. 109): se oponían al método activo de Ferenczi, aprendido por aquel; él era el único cristiano entre tantos judíos –dato que no consideramos fidedigno–; por otro lado, habían circulado justos rumores de pacientes que, enamoradas de Rudolf, habíanse quitado la vida; por último, otro rumor, tan cierto como el anterior, había alcanzado los oídos de los vieneses: este médico aristócrata tenía planeado llevarse a Freud de Viena...
DOS. Durante su análisis con Federn, Rudolf recibe una propuesta que lo inquieta. El Archiduque Fredrich de Austria le ofrece las instalaciones de su palacio en Baden, a unos kilómetros de Viena, para fundar allí un sanatorio psicoanalítico. Sin saber qué hacer, se dirige a Freud, y redobla la apuesta: Freud podría hacer las veces de médico-jefe de la institución, en tanto que von Urban se haría cargo de la dirección administrativa de la clínica. Para ello Freud debía mudarse junto con su familia a Baden. El analista de Dora se muestra entusiasmado con el convite. Pero la ilusión duró poco. A comienzos de 1923 Freud hace venir a su discípulo a su oficina, y le comunica que el plan debía ser abandonado, pues acababan de diagnosticarle uno de los tumores más conocidos de la historia. En esa misma conversación von Urban le aconseja a Freud un remedio para su mal: la intervención de Steinach, consistente en la ligadura de los conductos espermáticos (vasectomía); el primero había trabajado hacía unos años con el creador de ese procedimiento (Eugen Steinach). El supuesto rejuvenecimiento que tal intervención producía era considerado como un remedio contra el cáncer4. En un comienzo Freud se mostró dubitativo, pero finalmente, y gracias a los ruegos mancomunados de von Urban y Federn, el analista de Dora se sometió a esa castración inducida el 17 de Noviembre de 1923 (pp. 193-197). Y Jorge Baños Orellana, en un ensayo brillante5, ha intentado demostrar que no es posible menospreciar las consecuencias, incluso doctrinales, de esa pequeña operación...
____________
1. Rudolf von Urban (1958) Myself not least. A confessional autobiography of a psychoanalyst and some explanatory history cases. London: Jarrolds; p. 103.
2. Federn, E. & Nunberg, H. (ed.) Minutes of the Vienna Psychoanalytic Society, V. 1. New York: International Universities Press, 1962; p. 281.
3. En tal sentido, no se entiende por qué razón, en el preludio de su autobiografía, este médico afirma que fue analizado por el propio Freud (p. 7). ¿Habrá sido por un afán de ganar lectores?
4. En una nota von Urban se atribuye, inexplicabnlemente, la autoría de la idea que sustenta esa intervención: dado que una carencia de hormonas sexuales podía favorecer el desarrollo de un cáncer, la vasectomía, al provocar un incremento en la producción de tales hormonas, era un remedio contra ese mal (p. 195 n.). Más aún, ¡en esa misma nota agrega que “literalmente forzó“ a su propio padre a someterse a la operación de Steinach! ¡Por lo cual el título de esta saga es incompleto!
5. “La vasectomía de Freud como post-scriptum de Más allá del principio del placer“, Imago Agenda, Nº 87, Marzo 2005. |