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   Entrevista

Daniel Paola
  Por Emilia Cueto
   
 
Pocos años después de haber comenzado su práctica como psicoanalista se incluyó en 1986 en la Escuela Freudiana de Buenos Aires ¿Qué lo llevó a tomar esa decisión?

Primero es el análisis del analista. Comencé mi primer análisis a los 19 años en 1973. Era estudiante de medicina por ese entonces y no tenía más que una idea tenue respecto a la posibilidad de dedicarme al psicoanálisis. Durante el transcurso de ese análisis, que tenía un perfil kleiniano, pude arribar a la decisión de autorizarme a su práctica. Tal vez la lectura de Freud inclinó por primera vez la balanza al comprobar que podía hacerla solo, más allá de los grupos de estudio por los que circulaba. Pero lo que hizo que me cayera la ficha fue el encuentro con los seminarios de Lacan porque me deslumbró semejante innovación en la teoría. Los sucesos transcurrieron rápido. La lectura fervorosa de Lacan me lleva a concluir el análisis y después de un tiempo al inicio de otro, esta vez con un analista fundador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires en 1983. Habían ya transcurrido cuatro años desde el inicio de mi práctica como analista y decidí solicitar el ingreso a la Escuela porque buscaba continuar mi formación, hecho que considero aún persiste ya que no podría pensarse en un fin en cuanto al work in progress que determina su praxis. Por mi parte concibo la práctica del psicoanálisis ligada a una pertenencia vinculante con otros analistas, próximos a mi forma de pensar el futuro del psicoanálisis en este tiempo post-lacaniano. Sostengo la creencia de que la dispersión y la fragmentación no son buenos amigos de nuestro proceder. Me atrajo la Escuela por sus dispositivos en los que supuse un reaseguro en cuanto a la libertad de interpretación de los textos que Lacan había legado a la humanidad. Una lectura après-coup me lleva a la conclusión que ya en ese momento consideraba que la cuestión de nuestra praxis plantea más la dirección vivencial, vía regia del deseo, que la cura misma como ideal que anule la inhibición, el síntoma o la angustia.

En estos momentos está a cargo –por segunda vez– de la presidencia de esa institución ¿Cuáles son sus objetivos para este nuevo período?

En primer lugar insistir en la formación del analista como un quehacer inacabable. Luego profundizar el debate sobre el pase como experiencia crucial en el fin del análisis del analista. Sostener la investigación sobre el alcance del cartel en la producción teórica de los analistas ligada a su escritura. Poner en acto la posición analizante en la difusión de la enseñanza del psicoanálisis. Mantener la vigencia del axioma que sostiene que primero el analista es analizado

En el año 2004 realizó su pase y fue nominado AE (Analista de la Escuela), ¿Considera pertinente la vigencia de este dispositivo del cual el mismo Lacan dijera en 1978 que había sido un “fracaso”?


Interpreto que Lacan dijo que había fracasado la experiencia en la Escuela Freudiana de París. Aunque también tengo dudas respecto a ese fracaso ya que aún sigo escuchando relatos de pasantes y pasadores de aquella época que no se desdicen de lo actuado. Además han transcurrido 43 años desde la Proposición del 9 de octubre y no podría decir que en los pases actuales de nuestra Escuela se jueguen los ideales de aquella época de pioneros. Habiendo experiencia y haciendo serie hemos podido transmitir la variable diferente para cada pasante en cada pase. El pase pasó a ser en nuestra experiencia el intento de una ruptura de los arquetipos que siempre comandan los argumentos que suponen una función universal. Si hay forclusión del original cada pase será distinto, dando cuenta de la particular dimensión en la que se constituye la relación a un discurso imposible como es el analítico. Además, desde mi punto de vista, el pase es una experiencia testimonial ligada al fin del análisis y al pasaje de analizante a analista que no desdice cualquier otro dispositivo que plantee los mismos objetivos

Entre 1994 y 2001 se desempeñó como jefe del Servicio de Adolescencia del Hospital Alvear ¿Cuáles son las situaciones que por su punto de urgencia resultan más difíciles de abordar?


La demanda de atención supera siempre la disponibilidad horaria de los colegas con posibilidad de atenderlas. Esto origina la necesidad de contar con gran cantidad de concurrentes que participen en la atención de pacientes de manera prioritaria, cuando en verdad se debería por sobre todo formarlos para enfrentar la urgencia. En la Argentina se produjo el efecto soñado por Freud en cuanto a la masividad de la consulta por parte de sectores populares que no podrían realizar una consulta privada. La política de Salud Pública estatal está progresivamente declinando y temo la intención deliberada de hacerla desaparecer.

¿Es posible la intervención analítica en el momento de la urgencia? ¿De ser así cual sería su apoyatura teniendo en cuenta que no se ha instalado la transferencia?

Si hay un analista en función que no crea en la rigidez del encuadre de la práctica “particular” como único resorte de su existencia, la transferencia adquiere ribetes insospechados y se establece en el instante presente que tan genialmente el filósofo Jean Baudrillard describiera. Si hay una analista en función en una situación de guardia la resolución de una urgencia puede tener el máximo de eficacia y evitar lastimosas internaciones o practicas salvajes. Todavía no se ha captado extra-muros de los Centros de Salud Mental el presente como tiempo de resolución de la urgencia, en el que la inmediatez de la transferencia establecida por necesidad se resuelve por la presencia del analista.

La urgencia en adolescentes ¿tiene el mismo estatuto que en un sujeto adulto?


Usé un neologismo para titular mi último libro, Transadolescencia, para no establecer vigencias cronológicas y no sumarme de esa manera a una tendencia clasificatoria de estilo psicopatológico. El estatuto que importa a un psicoanalista es el del sujeto como corte entre palabra y verdad. De esta forma será singular la relación a la falta de objeto en cada momento de la vida. Sí podría describirse que hay un momento de impacto entre la angustia y el marco referencial de la historia identificatoria de un sujeto y que ésto es distinto si se produce en un tiempo post-pubertad. Con el neologismo transadolescencia quise dar sentido a todo esto considerando que hay tiempos en los que se atraviesa un sentido, en el que hay transa según el tiempo vivencial y que ello es de predominio pulsional oral.

En Transadolescencia refiere que su propuesta analítica no implicaba generar conflictos con la psiquiatría clásica ¿De qué manera se conjugaban esos discursos, por momentos antagónicos, si tenemos en cuenta el lugar que muchas veces ocupan los fármacos en relación a la palabra?


Transadolescencia es el quinto libro de una serie que se inició con Psicosis o cuerpo y continuó con Erotomanía Paranoia y Celos, Lo Incorpóreo y Erradamente la pulsión. En todos ellos hace serie la intención de plantear que si existen dos discursos, o sea dos sujetos, ya son antagónicos siendo el resorte de la transferencia la suposición de saber para qué ese antagonismo pueda postergarse todo lo posible hasta que el sujeto sea capaz de no desarrollar un conflicto por ello. Hay antagonismo entre inconsciente y cuerpo y de esa manera Freud descubrió la conversión. Es una función analítica evitar la confrontación de acuerdo a mi forma de pensar.
Respecto a la psicofarmacología considero que es antagónica con nuestra praxis pero sin embargo es común que los analistas acepten tal contradicción, sobre todo tomando en cuenta que la alucinación desborda hasta los límites de la locura por inhibir el sueño.

¿Es posible sostener el discurso psicoanalítico y operar desde allí en una institución hospitalaria? ¿Cuál ha sido su experiencia al respecto?
Si no hubiese sido posible no creo que hubiera podido sostener mi presencia en el Hospital. Pero es indudable que el sostén que desarrollé en los veinte años de hospital fue determinado por los tantos otros que también lo hacían. Solo no hubiera podido hacer nada. Cada analista termina argumentando una creencia e inventa algo para hacer frente al retorno desde lo real que es la alucinación, forma predominante de la estructura en el conjunto de los pacientes que consultan en el hospital.

Usted afirma que “todo adolescente debe atravesar por la constitución de un espacio voyeur como condición previa para hacerse ver” ¿De qué manera se puede pensar el lugar que en la actualidad ocupa Internet para muchos adolescentes, en relación a la creación de ese espacio?


Si por supuesto. Me refiero a que el inicio de la pulsión escópica siempre está marcado por un tiempo voyeur para después hacer una transformación en el contrario y volverse exhibicionista como retorno que le corresponde al eje imaginario por correspondencia al otro como semejante. La actualidad de Internet es un obstáculo para esa inversión pulsional, ya que los que desarrollan una suerte de adicción evitan el contacto con el otro todo lo posible y de esa manera suspenden por tiempo indeterminado el “hacerse ver”

En “Adolescencia Virtual”, clase incluida en el seminario “Clínica de la adolescencia bajo transferencia”, dictado a través de www.elSigma.com, vincula la adicción virtual a los juegos y a internet con el Estadio del Espejo, el Ideal del Yo y la inter-subjetividad, luego hace una referencia a los líderes del siglo XX y los campos de concentración ¿Podría desarrollar brevemente la articulación que propone?


Pienso que desde que Max Weber desarrolla su Teoría de la Burocracia el campo de concentración está instituido en lo social. Que el nazismo haya hecho lo infinitamente peor con su consecuencia no evita que el campo de concentración sea una institución vigente y que los psicoanalistas intentemos volcarlo hacia la mayor inocencia posible del sujeto en cuanto a la perversión que genera. Habría que sostener en la dirección de la cura la mayor distancia entre el campo de concentración que es la estructura y la perversión que podría desarrollarse como lazo al padre signado por lo fatídico de un dualismo que evoca la realización del incesto. La supuesta adicción virtual encierra al individuo en un campo de concentración por el dualismo que se establece con la computadora. La imagen virtual i’(a) queda en suspenso y por lo tanto se altera la relación al Otro como campo del lenguaje donde existe un fantasma a descubrir en tanto núcleo princeps del inconsciente. El inconsciente es un campo de concentración mucho más “inocente” que cualquier otro si el sujeto se aviene a sus consecuencias.

En el análisis con adolescentes ¿Se podrían establecer particularidades en la dirección de la cura?, ¿Cuáles, por ejemplo y por qué?
Insisto que si un joven consulta, es por las consecuencias desproporcionadas que el pasaje al acto de su constitución como sujeto le ha ocasionado. El golpe de la angustia por lo imperativo del significante en la falta de objeto que se enmarca en el fantasma, es la particularidad de ese tiempo. Ese tiempo es distinto en cuanto a lo vivencial y es importante restar sentido a la creencia que existe alguna iniciación posible eficaz en lo sexual. Siempre existirá el peso de la suposición del saber descartando la creencia de un saber consumado.

Y respecto del fin de análisis, ¿cómo pensarlo?
Mi segundo análisis tuvo una duración de veintidós años. Me parece que los tiempos de un análisis no son cortos si alguien quiere volver auténtico el derecho de llamarse analista. El fin del análisis supone una caída del encuentro con el sentido de la interpretación que el analista propone al analizante. No hay ninguna garantía de desaparición de la inhibición porque es de estructura un límite para el efecto de lo simbólico que cada sujeto pueda resistir. No hay colapso del síntoma porque el ser retornará por siempre en una pretensión de estar alineado en el campo de lo verdadero. No podría haber desaparición de la angustia porque el efecto de lo simbólico por siempre intentará como una ola cubrir un real sin que haya previsión de tsunamis vivenciales. Un joven, en todo caso, podrá interrumpir su análisis para que el síntoma acalle la angustia primordial del golpe que produjo al instalarse en el fantasma. Pero eso no es fin de análisis.

Una noción que trabaja reiteradamente es la de frenesí adolescente, ¿En qué consiste ese frenesí, al que a su vez diferencia del desenfreno sexual?

El frenesí puede no perderse nunca en la vida. El falo muestra una cara que supone un inicio en el que la comunicación es posible. En principio se supone que hay inter-subjetividad. Primero es necesario saber qué es una pipa, para después decir siguiendo a Magritte “c’est ne pas une pipe”. De este modo el frenesí conjuga una creencia que la letra de Imagine de Lennon expresó a la perfección: “imagina que no hay fronteras ni religión ni países…” Tal vez ese primer tiempo falsus del falo no desaparezca nunca. O se inicie otra verdad que niegue ese falsus en el síntoma que lleve a un individuo al análisis por la ego-distonía que provoca en su cuerpo

En las últimas semanas se ha reinstalado el debate en torno a la adopción por parte de parejas homosexuales, ¿Cómo piensa usted los efectos de estos cambios posibles en la sociedad? ¿Cuál es su posición respecto de los cuestionamientos más frecuentes que se suelen realizar?
Carezco de una opinión general formada al respecto. Podría intervenir desde la transferencia en el caso por caso de acuerdo al deseo del analizante en cuestión, enmarcado en la ética de lo posible lógico, si fuera homosexual y si quisiera adoptar un hijo. Esto que planteo se opone a un análisis culturalista al estilo de Karen Horney que excluía la neurosis infantil y sus consecuencias, estableciendo que el individuo varía sobre todo por la presión ambiental.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com.
 
 
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