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Matrimonio homosexual y neurosis
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
I. Desde hace tiempo (no sé desde cuándo) los psicoanalistas estamos ausentes de debates que, directa o indirectamente, nos conciernen. Por confusión, desconcierto o astucia o, como suele ocurrir en todas las corporaciones, por estar a la espera de que alguien haga la punta para denunciarlo o apoyarlo, o, finalmente, porque nadie confía demasiado en la palabra propia, salvo que esté amparada en una frase canónica del gran Maestro, en cuyo caso ya no será propia, en cualquiera de estos casos, los debates sobre el matrimonio homosexual nos encuentran como los famosos tres monos sabios: uno no oye, el otro no ve, el tercero no habla.

No me interesa, ahora, averiguar qué nos pasa, porque apremia más diferenciar planos de un debate, que solo parece haberse tramado en torno a derechos y a intereses jurídicamente protegidos. Este último plano existe, sin duda, y es uno de los ejes mayores de la actual tradición republicana. Hay, empero, otro plano, que es el del inconsciente, el que poco se presta a discusiones parlamentarias, a lo mejor porque conmueve las bases mismas de la sociedad civil en el particular ligamen del erotismo con la muerte.

Es un nivel de análisis donde impera la interpretación de lo actual (no necesariamente de la actualidad1) y no el dictamen del jurado, o el acto de gobierno.
Desde el punto de vista de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, fundamento del derecho natural democrático y moderno, declaración que en su primer artículo consagra la igualdad de todos los hombres ante la ley y la justicia, no hay mucho que debatir, salvo que el contrincante pertenezca a la derecha autoritaria y eclesiástica. ¿Qué razones habría para negarles el matrimonio e incluso el derecho a tener hijos? Desde luego, aquí empieza el debate en un terreno menos formal: se invoca la tradición multisecular, jurídica y religiosa, que consagra la heterosexualidad; se recuerdan los sufrimientos e inhibiciones que padecen y padecerán los hijos de homosexuales por la segregación silenciosa, nunca más punzante que cuando se viste de tolerancia; se pone el acento en la confusión de roles y de figuras que proviene de una igualdad sin diferencias sexuales.

Ahora bien, quienes invocan estos argumentos parecen ignorar sobre qué suelo se apoyan: la institución matrimonial que Occidente cimenta en preceptos religiosos claramente incestuosos2 –“Seréis una sola carne…” –, es quizá tan inevitable como potencialmente monstruosa: el “nido” (palabra que evoca sofocación y acumulación de basura) deriva en los abusos a que se somete al inocente. Y si se me dice que no se puede confundir a los pedófilos y sodomitas con las familias, digamos, normales, contestaría que sí, que es así; mas, he aquí el reverso, las fantasías y fantasmas perversos surgen, de improviso en cualquiera: ¿quién no ha experimentado un malestar y un vértigo inmediatamente censurado, al pensar que ese crío que tiene en brazos podría caer y morir?

¿Se debería reclamar que la patria potestad de los matrimonios formalmente heterosexuales sea sometida a control estricto por parte del Estado?

II. Voy a cambiar, ahora explícitamente, el nivel de análisis. El psicoanálisis se establece por entero en la premisa de que entre los sexos, hay un vínculo antisimétrico cuyo núcleo, enigmático, es inconmensurable; núcleo que metaforizamos de diversas maneras porque no podemos decirlo de una; de aquí nace lo que existe de indomesticable, de ingobernable en la sexualidad; de aquí también brota esa alianza entre el erotismo y la muerte que es prenda de intensidad y de riesgo, de una proliferación sin duda jerarquizada de deseos y de goces, pero que carece de centro y que jamás podrá ser naturalizada y sobre todo vuelta transparente. Desde el punto de vista de la sexualidad la transparencia es reaccionaria; lo cual no quiere decir que exista un progresismo sexual.

La pretensión de algunos de que florezcan nuevas sexualidades como florecen nuevos injertos, solo puede sostenerse al precio de eludir lo que nos muestra la psicopatología de la vida cotidiana, en la que el clamor de la arenga pública se desvanece y se transforma en algo muy distinto, en algo que circula espiraladamente desde el júbilo y la creación, hasta el sufrimiento, el silencio, y la muerte.

Freud, recordemos su palabra sin volverla intocable, sostuvo en la vigésima de las “Conferencias de introducción al psicoanálisis”, que la elección de objeto homosexual es una “ramificación regular” de la vida amorosa. Y en un célebre pasaje de Psicología de las masas y análisis del yo, que la homosexualidad masculina, idealizada3, es uno de los pilares de la organización social. Allí donde falta la mujer, como objeto o como agente, incluso allí donde la mujer imita hasta la caricatura las funciones denominadas masculinas, aparece el cortejo de solidaridad, sacrificio, abnegación, pero asimismo y en la misma escala, la exaltación feroz de las virtudes viriles y sus consecuencias que no necesito describir aquí; me basta remitirme a las dos masas “artificiales” tal y como las designó Freud: la Iglesia y el Ejército. La exaltación masculina y la homosexualidad se juntan como la flecha y el blanco.
Señalemos algunos parámetros elementales:

1) La homosexualidad, la masculina tanto como la femenina,4 es una conducta sintomática, no una estructura patológica. 2) Salvo una pequeña fracción, perversa o psicótica, que por razones distintas pero concurrentes, no anhelan ni publicidad ni estado público, la mayoría de los homosexuales son, para retomar la expresión freudiana, una ramificación regular de la vida amorosa de los neuróticos, con sus mismos componentes y sus mismas renuncias; aquí tampoco hay progreso, aunque el progreso civil propio de la tolerancia es indudablemente un valor cívico.5 3) La ramificación sintomatiza el rechazo a la diferencia de los sexos que es propia de la neurosis, es decir, del malestar de la cultura. A la vez, este rechazo –rechazo que no tiene nada de lineal, porque acepta lo que rechaza en uno y el mismo movimiento–, toma muy diversas formas que no se agotan en los mecanismos de defensa de la histeria o de la neurosis obsesiva. Se sabe: nos defendemos neuróticamente de la castración desconociendo hasta qué punto ella es un límite; y el desconocimiento, reconoce aquello que rechaza. De la castración, esa falta simbólica cuyo objeto no es especularizable, ese “juicio de imposibilidad”6 que limita y articula el discurso, correlato de un imaginario sin imágenes, no tenemos otra experiencia que la del neurótico. La homosexualidad, como cualquier posición sexual, es impensable bajo la categoría de la elección; se pueden elegir muchas cosas, menos justamente esa, aunque el ser sexuado sea responsable de la posición que tenga. Tanto para la mujer como para el hombre homosexuales, el falo está en el centro de la escena: para la mujer, es preciso desconectar al falo del órgano masculino, otra mujer podrá encarnarlo para ella; para el hombre, que el partenaire tenga su misma anatomía, lo salva de la angustia que le produce el cuerpo femenino, habitado simultáneamente por una privación intolerable y un exceso de potencia que siempre pone a cuenta de la madre. Claro está: estos rasgos no son ajenos al malestar en la cultura. ¿Qué obsesivo no se ampara en rituales fetichistas para mantener a distancia la invasión femenina? ¿Qué histérica no cesa de rendir homenaje a la Otra, símbolo de perfección inalcanzable?

En este punto estamos tentados por una doble aunque opuesta simplificación: o decimos que neurosis y homosexualidad se equivalen desde todo punto de vista, o bien marcamos una diferencia global entre neuróticos y homosexuales, como si los primeros estuvieran masivamente mejor ubicados.
Ni una ni otra. En un nuevo eco de Aristóteles, diré que tanto la neurosis como la homosexualidad se dicen de varias maneras; aunque ciertamente, al menos como mera cualidad potencial, la neurosis esté más abierta, sea menos rígida, en lo que respecta a la castración. En nuestros análisis de homosexuales, invariablemente nos topamos con un núcleo absolutamente impermeable y congelado, a veces tras una máscara de indiferencia, otras –las más favorables a la cura–, en el centro de una angustia que provoca la huída.

Pero, ¿qué decir de aquellos neuróticos cercanos a la denominada caracteropatía? ¿No sabemos, acaso, que la convivencia cotidiana y aparentemente pacífica entre un hombre y una mujer suele ser una manera radical de expulsar la diferencia de los sexos?

Realidad miserable, complementaria del que finge aristocráticamente una movilidad libérrima y sin trabas para gozar del sexo: en psicoanálisis, la valoración libidinal es indiscernible del cuestionamiento de la propia posición sexual. Todo ser sexuado reclama la interdicción del incesto para gozar; todo ser sexuado encuentra a sus objetos marcados por ese núcleo imposible, que no cesa de fascinar. No hay genio del sexo –a pesar de la imaginería neurótica que lo supone–; pero sí hay intensidades y gratificaciones que se alcanzan, exclusivamente, por medio de la inteligencia aguzada por la angustia y por la angustia que se abre al desamparo; el que puede, a veces, iluminarnos.

Puedo decir, provisoriamente, que ciertos neuróticos están eventualmente mejor posicionados que muchos homosexuales (adviértase la particularización que elude la masividad) para acceder al horizonte que inaugura el juicio de imposibilidad. Y al revés, ciertos homosexuales han efectuado un trayecto –el que suele no ser ajeno a la sublimación–, en dirección a semejante juicio, que está vedado a la masa neurótica. Lo que no quiere decir que tales “ciertos”, que ambas particularidades se equivalgan, precisamente porque si lo pensáramos así, estaríamos borrando los datos del problema, los que sin duda, enraízan en la estructura misma que establece una diferencia modal de la constelación fálico-narcisista de ambas patologías7.

De todas maneras y para finalizar, por el momento, es preciso reconocer que la movilización homosexual, con su reclamo insistente de estado público, tiene un valor intrínseco que no podemos dejar de escuchar –y de interpretar–. Agrego, una vez más, interpretar no es juzgar, sino leer lo que retorna en los intersticios de lo reprimido.

_________________
1. Lo actual, que es lo que la actualidad reprime, puede ser perfectamente anacrónico.
2. Es cierto: el liberalismo quiso y quiere volver laico al matrimonio; pero ese laicismo es una distancia sin duda valiosa pero frágil, con la constricción religiosa que remite patéticamente a “hasta que la muerte nos separe”. El divorcio, vivido con culpabilidad, apenas roza este pacto mortífero.
3. Conviene reiterar que “idealizar” no es “sublimar”. Lo menos que puede decirse de la primera es que siempre fracasa en su impulso a descorporalizarse. Es más, los ideales del yo, necesarios por estructura, son el complemento de una sexualidad sojuzgada, en los bordes mismos de la avaricia libidinal, que a veces explota de forma aberrante.
4. Si aclaro “tanto masculina como femenina” es, quizá, porque la homosexualidad masculina siempre ocupa el primer plano, espectacular. Los hombres, intolerantes ante la masculina, se muestran comprensivos y hasta cómplices de la femenina. Por varias razones, algunas evidentes, las otras no tanto. De entre estas últimas, menciono una nada desdeñable: cuando una mujer ama a otra, a la vez que rinde homenaje al falo que desespera de poder encarnar, le garantiza al hombre que por lo menos una no va a desearlo; el obsesivo, agradecido. ¿Quién dijo que los hombres deseamos que la Otra nos desee?
5. Los politólogos tienen la tendencia a considerar la vida política como el centro de la vida humana.
¿Necesito aclarar que esta vida carece de centro y que es preciso estar atento al nivel en el que nos ubicamos?
6. La expresión, tomada de sus Estudios sobre el Edipo, le pertenece a Moustapha Safouan.
7. No quiero salir del paso con fórmulas rápidas, pero el espacio y el tiempo y, sobre todo, la oportunidad, me obligan a utilizar algunas expresiones sintéticas, sin desarrollo. Como indicación, diré lo siguiente: en la pareja heterosexual, el misterio del Otro sexo, de manera particularísima el femenino, enigmático incluso para la mujer, ofrece una barrera a la pendiente encerrante, asfixiante de la identidad.
 
 
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