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   Entrevista

José E. Abadi
  Por Emilia Cueto
   
 
El psicoanálisis estuvo presente en su historia desde antes de su nacimiento, ¿en qué momento sintió que quería empezar a formar parte de este movimiento?

Sin duda el psicoanálisis, la mirada y la pregunta que sobre la vida éste implica estuvieron presentes en la estructura familiar en la que nací y crecí. Lo cual, obviamente, significó desde estímulos e intereses intensos hasta inevitables dudas y resistencias. Pero ya concluido el sexto año del colegio secundario tuve que elegir entre las dos alternativas que aparecían con mucha fuerza: por un lado la psiquiatría y el psicoanálisis y por otro el teatro y el cine. Como es sabido comencé por la primera opción e ingresé al primer año de medicina, carrera que concluí seis años después, para continuar con el curso de médico psiquiatra de la Universidad de Buenos Aires e ingresar un tiempo después a la Asociación Psicoanalítica Argentina en donde hice mi formación.

En Cuéntame tu vida, de Jorge Balán, Mauricio Abadi narra que siendo candidato en la A.P.A. fue amigo durante algún tiempo de Lucio Rascovsky, Enrique Racker y Mimí Langer, quienes ya eran “grandes figurones” y agrega que se reunían en su casa los sábados por la noche a comer y jugar al pocker. ¿Qué relatos le han llegado a través de su padre de esa época?


Aquella época a la que alude Jorge Balán en Cuéntame tu vida fue una época de pioneros, entusiastas y apasionados. Como todo lo nuevo, la terapia psicoanalítica suscitaba dudas, miedos y resistencias lo que exigía un trabajo intenso para esclarecer la teoría, insertarla de un modo creativo en la sociedad y proponerla como instrumento terapéutico en la clínica. En las reuniones de esos iniciadores se compartían ideas, descubrimientos, dificultades y propuestas. Eran estudiosos y exigentes consigo mismos así como sanos cuestionadores con los trabajos que se presentaban al grupo, lo que permitió el crecimiento pujante que todos conocemos. Son muchas las anécdotas que confieren a esa época el clima tan particular con que se la recuerda.

Unos diez años después de las cenas de los sábados, allá por el año 1960 su padre se convertiría en uno de los discutidores de los planteos más tradicionales de la A.P.A., se trataba de delimitar qué se entendía por psicoanálisis puro y cuál sería el impuro. ¿Cuál es su posición en relación a estas cuestiones?

Mi padre no sólo incorporó las teorías que hacían a la formación clásica sino que como corresponde las metabolizó otorgándole la singularidad que cada uno le confiere a su trabajo, y desarrolló una propuesta teórica en el libro que publicó en 1960 Renacimiento de Edipo que, pienso, para ese entonces era novedosa y significativa. Lo que curiosamente en un primer tiempo despertó bastantes obstáculos se ha convertido hoy, a veces con otro lenguaje o a través de otros autores, en formulaciones de uso frecuente. Desde mi punto de vista es un aporte sumamente interesante, que permitió a su vez replanteos que creo que enriquecen nuestra concepción de sujeto. Yo personalmente esbocé algunas de estas formulaciones que tenían su teoría como base. Mauricio Abadi, un verdadero humanista, fue siempre permeable y abierto en su manera de relacionarse con nuestra práctica y se opuso a ciertas posiciones que detrás de una supuesta pureza testimoniaban rigidez e inmovilidad y luchas de poder.

¿Su inserción en la A. P. A. tiene raíces en la época del kleinismo?, ¿como vivió la llegada de las nuevas teorías psicoanalíticas?

Mi inserción en A. P. A. es coincidente con un cambio importante que se realiza en el espíritu y en el funcionamiento de la institución. Es la época del famoso retorno a Freud y la aparición y fortalecimiento de la Escuela Francesa. Cambian las estructuras y los manejos de poder en la conducción de la A. P. A. tanto en la formación de los candidatos a través de los seminarios y las supervisiones como en el trabajo teórico y científico de los miembros en los distintos departamentos de la institución. Esta también es una época de cambio que respira una libertad y una oferta que revitalizan al movimiento psicoanalítico de ese entonces. Hubo debates, confrontaciones, separaciones que evidenciaban una verdadera transformación.

Usted se desempeña como titular de la cátedra “Los medios de comunicación y la opinión pública” en la Universidad de Belgrano. ¿Cuáles son los efectos más perjudiciales que ha observado de la incidencia de los medios de comunicación sobre la opinión pública y sobre los que sería importante estar advertidos?

Quiero aclarar que en este momento no estoy dictando la cátedra que usted menciona en la Universidad de Belgrano. De todos modos para responder a la pregunta le diré que no son los medios aquellos que son perjudiciales por sus efectos sino cuando a través de ellos algunos en ciertas oportunidades más que aclarar y aportar simplifican, banalizan y distorsionan. Cuando eso sucede esa mirada que el psicoanálisis puede aportar de un modo útil y pertinente desaparece y los interrogantes que propone nuestra específica lectura se convierten en respuestas omnisapientes que respira una pobreza de contenido llamativa. No se trata de alejarse de los medios sino de estar, por el contrario, presentes pero de un modo creativo y obviamente responsable.

Usted es uno de los pocos psicoanalistas que tienen una importante inserción en los medios de comunicación masivos. Eva Giberti y Gabriel Rolón hacían referencia, en entrevistas que les realicé, al cuestionamiento y la exclusión que suele venir desde la comunidad analítica. Usted mismo ha hablado del “prejuicio de desjerarquizar la teoría” al promover la divulgación ¿qué subyace a esa posición?


Continuando con lo anterior, no creo que en este momento se pueda hablar de una exclusión desde la comunidad psicoanalítica a los que estamos presentes o hacemos nuestros aportes en distintas áreas de la cultura y distintos medios de comunicación. Creo que nos corresponde a los protagonistas insertarnos de un modo útil y novedoso. La autoexigencia que tiene que ver con respetar al otro debe acompañarnos. Es aconsejable que también quien pregunta y selecciona tenga noción de qué y a quién le habla.

Después de cinco años en Radio Continental y tres en Radio Mitre dio por concluido el programa La alternativa, ¿Qué destacaría de esa experiencia?

Mi experiencia con el programa La alternativa tanto en radio Continental como en Mitre a lo largo de ocho años fue sumamente divertida y enriquecedora. No fue ni pretendió ser un programa de psicoanálisis sino que era en cambio uno ligado a la cultura cotidiana, a los grandes temas que siempre nos preocupan desde distintos puntos de vista y donde por otro lado estaban presentes espacios de humor, música, historia, etcétera, que tenían la intención de hacerlo interesante y ameno para nosotros y por lo tanto para los oyentes. No era mi interés como no lo ha sido a lo largo de mis programas (diferencio de cuando soy entrevistado en otros programas) desarrollar, como si acaso se pudiera, la teoría o la práctica psicoanalítica mediática. Son intentos de transmitir intereses que están presentes en mí y creo también en muchos a través de un lenguaje que el vehículo mediático exige reinventar. Por eso cuando soy yo quien realiza el programa creo que este se acerca más a la vertiente teatral y cultural y no a mi práctica cotidiana del psicoanálisis.

Los mitos griegos pasaron a ocupar un lugar importante dentro del programa y en un momento salieron de la radio y llegaron al teatro, ¿Cómo surgió esa iniciativa y en qué consistía la puesta?

El relato de las tragedias griegas de Esquilo, Sófocles y Eurípides en un lenguaje y con un estilo personal fue sin duda uno de los hitos más importantes del programa, tanto es así que luego pasamos a hacerlo en teatro, no sólo en la Capital sino en todo el país, con una respuesta que no dejaba de sorprendernos. Llegamos a ofrecer el Edipo rey, la Orestiada y las dos épicas de Homero, la Ilíada y la Odisea, por pedido de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires en la plaza frente al Palais de Glace con esa pendiente teatral que la caracteriza. Vinieron más de mil quinientas personas por función y el encuentro fue emocionante. Comenzaba con una presentación que yo hacía donde contaba cómo había nacido el teatro en la Atenas de Pericles, su relación con los mitos y sus influencias en el desarrollo posterior. Agregaba también qué era lo que nos había llevado a proponer esta puesta allí frente a ellos. Esta presentación que duraba unos diez minutos estaba impregnada de humor y de juego. Enseguida después comenzaba el relato de la tragedia desde un personaje que yo había creado para mí, que naturalmente no era explicitado al público, y que le confería un color absolutamente original, convirtiéndolo en el espectáculo que me proponía. En un tercer paso ese brillante humorista que es Rudy, al que conocemos por diarios, revistas y libros, hacía un stand up de unos diez minutos donde jugaba con qué hubieran dicho los medios de comunicación argentinos actuales si hubieran estado allí en aquellas épocas. Luego, la Lic. María Esther Isoardi que había trabajado a mi lado en la Universidad, hablaba también unos diez minutos acerca de la mujer de la tragedia desde el feminismo de hoy. Por último cuando eran en teatros y no ámbitos de concurrencia masiva proponíamos un debate con preguntas y opiniones del público que resultaba siempre estimulante. Este año continuaremos en teatro nuestras experiencias.

El arte ha estado y está muy presente en su vida y sus afectos. El teatro, por ejemplo, es una de sus pasiones, ¿Cuándo comenzó su camino como dramaturgo y quiénes fueron o son sus maestros?

Efectivamente soy un apasionado del teatro y del cine y han estado presentes en mi vida de distintos modos desde chico. Es imposible explayarme en pocas palabras sobre ese largo camino que incluyó experiencias aquí y en el extranjero y que tuvieron que ver con mi formación integral. Entre los muchos profesores que me enseñaron recuerdo a Lito Cruz, Luis Rossini, Rubens Correa, Augusto Fernández, Beatriz Matar, Ricardo Bartis y otros. En cine, más allá de lo que hice afuera, no quiero olvidar a Néstor Paternostro. La primer obra que puse en el teatro que (en ese momento se llamaba La Gran Aldea y que hoy es la Universidad de Cine que dirige Manuel Antín) fue Eduardo y Marco Antonio aquí y entonces que dirigió Luis Rossini y que recibió una crítica sumamente positiva lo cuál me permitió mantenerla dos años en cartel. La obra también fue elegida para ser estudiada en la Cátedra de Literatura Latinoamericana en la cátedra de Nora Glickman en Nueva York. Después puse también junto a Rossini Los ladridos y luego en el teatro La Plaza dirigido por Rubens Correa mi obra De felicidad también se muere. Han sido experiencias fundamentales para mí. Las tres obras transitan el género del absurdo y el grotesco tragicómico. Es aquel en donde siento que me puedo expresar de un modo más creativo y auténtico.

La felicidad ha sido motivo de sus reflexiones y estudios, tanto que lo llevaron a escribir De felicidad también se vive. En la introducción ofrece algunas “claves personales”, tales como frases de su padre y un accidente acaecido cerca de Porto Alegre a sus 24 años. Se trata de un término que no se suele utilizar en el ámbito psicoanalítico, ¿A qué lo adjudica?


Mi interés en torno a la temática de la felicidad y como repensar esta noción ha estado presente desde hace muchísimo tiempo en mi práctica y en mis formulaciones teóricas; y concluyeron en la necesidad de transmitirlas en un libro de divulgación como fue De felicidad también se vive. A partir de allí surgieron numerosos encuentros y entrecruzamientos interdisciplinarios a los que fui convocado que me permiten ir profundizando esta temática y que estoy volcando en una futura nueva publicación. 
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com.
 
 
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