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   Problemas y controversias

Un significante demasiado pesado: Escuela
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En la “Proposición del 9 de octubre de 1967” Lacan formula, inicialmente, dos principios que, al prolongar sus implicaciones y supuestos, entran en tensión si no en directa contradicción.
Ambos son muy conocidos, exhibidos, incluso; pero poco tocados por el examen: El analista, dice el primero “no se autoriza sino de sí mismo.” (ne s’autorise que de lui même)1
El segundo, reza así: “Lo que no excluye <que se autorice de sí mismo> que la Escuela garantice (garantisse) que un analista brote de su formación”.

Un aclaración preliminar: sé que lui même es traducido habitual y “oficialmente”2 como “él mismo”. Yo prefiero traducirlo como sinónimo de Soi-même; y no lo hago inocentemente. Ambas traducciones son gramaticalmente equivalentes, pero no lo son desde el punto de vista de la enunciación. Si se traduce “él mismo” es porque se quiere evitar, con molestias, las repercusiones del indeseado “Sí mismo” de las psicologías del Ego. ¡Pero al “sí mismo” hay que atravesarlo, no eludirlo! La primera persona es estructural y definitoriamente auto-referencial: no podría hablar, cuando dejo de ser un simple infans, sin referirme a mí mismo en diferentes versiones y posiciones. Ahora bien, al hablar de mí me divido entre el que enuncia sustrayéndose al enunciado, para deslizarse, flotante, por debajo, y el predicado reflexivo que enuncio; predicado que, es notorio, dramáticamente notorio, escapa a toda reflexión. (La primera persona se eclipsa y retorna aun con figuras que no coinciden con el “yo”; los predicados, entran en las orejas del Otro y allí adquieren una nueva vida.)

Ahora estamos en condiciones de responder a la más elemental objeción a la primera proposición de Lacan: ¿no es el Otro el que autoriza? ¿No he llegado a ser analista porque he sido llevado a ese lugar por el juego del amor, es decir, de la demanda del Otro? (Todos sabemos que, por lo menos uno, ha sido decisivo para que nos inclinemos por sentarnos en el sillón.)
Hay muchos, demasiados, analistas que cuando escuchan a sus pacientes están más pendientes de sus maestros y supervisores, de lo que ellos dirán de sus intervenciones, que del propio discurso. ¿Estaré en lo “correcto”? ¿Me aprobarán? ¿Me enviarán pacientes? (No pretendo hacer un juicio moral, sino una distinción ética, diferenciar planos, no cuestionar personas: todos sabemos el peso inmenso que posee lo gregario.)

Vuelvo a la pregunta por la autorización del analista; la única manera de responderla es mostrar lo que fue como analizante. Es en el diván antes que en el sillón, que se aprende esa desgarradora lección que hace del sí mismo una instancia tan inevitable como ilusoria. Dividido de mí mismo, sin posibilidad de reunir mi existencia a mi saber sobre mí –el saber está más allá de cualquier “mío”–, aprendo a hacer de la primera persona el vehículo de una decisión interpretativa que me permite escuchar a otro desde el Otro –o mejor, desde lo Otro– y así sublimar3 una verdad. Es difícil llegar a este lugar y nunca es posible instalarse como quien se instala en un oficio, pero su existencia, aunque excepcional, es la única garantía posible –garantía sin reglas y sin posesión– de la veracidad del análisis. Aunque el analista jamás está solo, porque su historia de formación lo acompaña, en el momento de la interpretación ninguna autorización lo alcanza; la interpretación, aunque posea principios, no se deriva de regla alguna: requiere de un salto, o de una apuesta o como quiera o pueda llamarse a ese acto.
Quiero decir: la autorización que no sea una autorización jurídica es un fenómeno extremadamente complejo, y la frase de Lacan si algo muestra, es que la decisión de la primera persona en el acto de interpretar no puede ser garantizada por ningún Otro.

Pero ¿y el segundo principio? A mi modo de ver, lo único que una Escuela4 puede garantizar es la formación académica de alguien: qué estudió, con quién y con qué nivel, etc., etc. Esa confusión atraviesa ideológicamente todo el texto y abre la puerta para la juridización del análisis, que lleva a preguntarse si alguien actúo conforme a los estatutos y no si actúo conforme a los principios del análisis.
Si la Escuela –por el procedimiento que sea, incluso el que propuso Lacan, de distinguir dos categorías de analistas–, dice que alguien es analista, sea bajo la forma de A. M. E. o de A. E., y aunque sea dicho con todos los recaudos a que constriñe el verbo “ser” - garantiza lo imposible de garantizar. Desconoce e incluso desmiente que entre la garantía dada o pedida (¿cómo funciona aquí la demanda? ¿no queremos hablar de ella?) y el acto analítico, hay un abismo que ninguna formulación podría evitar.

¿Somos anarquistas? En absoluto. Una Escuela debe preocuparse de poner al alcance de sus miembros todos los recursos necesarios para que se formen; esto es ineludible y no puede cuestionarse: el analista no es un héroe solitario. Pero al cruzar la frontera debe dejarlo solo para que se exponga a las necesarias contingencias de su acto. Claro: así se reduce el mercado; pero también el terreno de acción de la mala fe. De otra parte, el Otro establece sanciones sociales que no coinciden con el dominio de los reglamentos y preceptos aptos para fomentar las llamadas “éticas profesionales” –que son morales y no éticas–.
Cuando Lacan comenzó a difundirse de manera fulminante y por todos lados, no fueron los manejos institucionales los que propiciaron su difusión.
_______________
1. Scilicet, Nº 1, Seuil, Paris, 1968, p. 14.
2. Por ejemplo la versión que publicó Manantial en Buenos Aires en 1987.
3. Una de las condiciones de la sublimación es el olvido de sí; que no es “altruista”, porque lo que el olvido de sí permite, es que las consecuencias elaborativas que necesitan, obviamente, de otras condiciones, además del olvido, retornen sobre el sujeto potenciando su capacidad de sentir y de vivir, pero de un modo indirecto, sin proporción entre la inversión y la ganancia (para hablar en detestables términos económicos), de un modo inesperado y por eso mismo jubiloso.
4. En otro momento me propongo examinar los alcances históricos del término “Escuela”, que Lacan ha evocado en más de una vez.
 
 
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