Entre nosotros, el término “escritura” se ha vuelto un objeto misterioso, indescifrable, y, sobre todo, confuso.
Todo el mundo está de acuerdo en que escribir no es simplemente… escribir. Escribir no puede quedar reducido a una simple transcripción de algo pensado utilitariamente. Pero, a partir de aquí todo se torna enredado: ¿Escribo si redacto a los tropezones un trabajito para unas de esas jornadas de títulos recurrentes, siempre los mismos? ¿Y la llamada escritura del inconsciente? Cuando Lacan, en “La instancia de la letra” refiere que un escrito, en el sentido cabal del vocablo, es aquel que no le deja al lector más salida que su entrada, cuando dice que su propia escritura de este texto no está a la altura de tal exigencia, ¿qué clase de escritura quiere especificar?
Para colmo, Derrida, durante años (en los últimos tiempos de su vida dio un giro a sus intereses) batió el parche del fonocentrismo, censurador de la letra.
Derrida era un hombre de talento y sobre todo, un lector agudo, pero la tesis que cimentó su fama es francamente un dislate: la crítica a la voz, a la phoné, se fundamentaba en que aquel que habla se escucha a sí mismo, favoreciendo la ilusión de la pura conciencia que se posee a sí misma: “El sistema del ‘oírse-hablar’ a través de la sustancia fónica… ha producido incluso la idea de mundo”1. Afirmación fácil e insostenible; dejo de la lado el absurdo de postular que la idea de mundo podría derivarse de una conciencia hija de Narciso; es demasiado evidente que siempre, la idea de mundo, incluso en sus variantes más pobres, ha interrogado los privilegios de la conciencia. Pero la experiencia psicoanalítica más elemental muestra lo contrario del supuesto “oírse-hablar”, el que habla, al dirigirse a otro, se escucha como Otro. Oponer la voz a la letra es, quizá, un síntoma de resistencia al predominio de la ideología estructuralista y su apología de los códigos cerrados. De este modo, Derrida, al escapar de la asfixia, supo sacar un partido excelente de una tesis esmirriada.
Barthes, supo decir una verdad tan simple, evidente, como habitualmente desconocida.
El famoso adagio latino Verba volant, scripta manent (Las palabras vuelan, lo escrito permanece) fue cuestionado y con razón por Barthes: si escribo, puedo romper la hoja o no enviar la carta; si, en cambio, le digo algo ofensivo a alguien, lo dicho y escuchado se torna inolvidable. Es la fundamentación última de la imposibilidad de analizar por correo. Entre el escrito y el habla hay diferencias de estrategias, de posiciones, de modos de la presencia del Otro –concretada en el público, ausente de la escena de la escritura, mas transformado en el famoso fantasma de la página en blanco frente a la cual el escritor, con frecuencia, agoniza–, y sobre todo, de temporalidad. En el tiempo, en la pulsación, se concreta la diferencia mayor, lo que no impide que haya palabra dichas que se acercan al nivel de la escritura y escritura que tiende a la coloquialidad. Si escribo, puedo interrumpir el hacerlo; la palabra se gesta en un acto único. Y es tal relación con el público la que explica ciertos rasgos de oralidad que no por evidentes deben dejar de ser apuntados: el carácter redundante, las apoyaturas insistentes en expresiones que tienen por única función apelar a la atención del oyente, y por último pero no en último lugar, la organización laxa de la expresión, abierta a correcciones incesantes y explícitas. Por ello el juego del encastre –meter una frase dentro de otra, jugar con el estilo–, es una posibilidad que ofrece múltiples perspectivas a quien pueda entregarse al silencio del escribir, tanto más silencioso cuanto más el escritor, a veces defensivamente, se rodea de ruido ambiente y de murmullos y hablas dispersas propios del bar. En cualquier caso –la presencia muda del público que apremia, o bien, cuando uno está solo ante la pantalla de la computadora, que son dos formas concretas del Otro–, la angustia late. –Tan solo el escriba, que se limita a transcribir un pensamiento hecho, y el charlatán, que repite un habla hueca, pueden sentirse cómodos en una u otra función–.
Desde luego, las diversas y contrastantes acepciones del vocablo “escritura”2 plantean un obstáculo que no se resuelve con la mera enumeración, aunque esta sea necesaria. Empecemos, entonces, por la enumeración: 1) Escritura lógico-matemática, que opera con símbolos artificiales; tan apta para la formalización como, gracias a que es una escritura blanca, hablada por nadie, inapta para la sexualidad. 2) Escritura de escriba, que usa la lengua como un mero instrumento de comunicación. 3) Escritura como sinónimo de, para usar un neologismo, inscriptura, es decir, equivalente de la huella mnémica freudiana. 4) Escritura a la cual su extrema densidad, esa que introduce al lector en un trayecto que no le permite el ejercicio de una cómoda y casi indiferente descodificación, podemos denominar escritura en el sentido estricto, aunque carezcamos de concepto para ella; pero, en definitiva, sabemos bien que para muchas cosas que importan en alto grado –el arte en primer lugar–, carecemos de concepto, sin que ello sea obstáculo para el gusto y el juicio.
Probablemente, cuando Lacan hablaba del escrito que no le deja al lector más salida que su entrada, se refería a esta última acepción. Es curioso: quien exaltaba a la escritura –Lacan– era alguien que escribía poco y con extrema dificultad; sus mejores efectos de estilo provienen de su seminario. Freud nunca teorizó, que yo sepa, el lugar de la escritura; él, por el contrario, hasta llegó a escribir conferencias que nunca dictó.
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1. Derrida, J. De la gramatología, Siglo XXI, 1978, p. 13.
2. A lo mejor hay un mito que sostiene reunidas estas diversas acepciones. Conviene preguntárselo. ¿Será el mito mallarmeano del Libro absoluto, ese libro que emerge como ideal justamente para hacer visible su ausencia, el que alimenta esta sintomática confusión? |