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   Culpabilidad y sacrificio

Ética y sacrificio
  Por Manfredo Teicher
   
 
I.El malestar en la ética.* El Psicoanálisis nos habla de un sujeto escindido. De un Inconsciente y de un conflicto psíquico. En ese conflicto encontramos la raíz de lo que la sociedad humana y su historia ilustran. Una ética individual primordial (cuyo supremo bien es la satisfacción caprichosa y antojadiza de su dueño) que lucha contra una ética grupal (cuyo supremo bien es el bienestar grupal) que la quiere someter. Y las distintas culturas (cada una sistematiza la ética grupal a su modo) que luchan entre sí, para imponer su escala de valores en la ética grupal.

Nacemos con una ética individual que entiende que es bueno y justo que todo y todos estén a disposición del sujeto en formación (que podemos llamar Ética Primordial).
Poco a poco esta ética se cubre con un “barniz social” que contiene otra ética: la que respeta las necesidades narcisistas de los otros, según normas consensuadas. Normas que surgen de nuestra condición gregaria: la necesidad de ser reconocidos por un semejante significativo para merecer la integración en el grupo humano. Normas que exigen el respeto a los miembros del grupo. Nuestra conducta cotidiana (del sujeto adulto) es una transacción dialéctica del eterno conflicto entre las dos “éticas”, la primordial y la grupal (que podemos llamar Ética Superyoica).

La ética primordial, de His Majesty the Baby, es inevitable. El nuevo sujeto se encuentra en un mundo hostil donde pretende sobrevivir. Entonces es lógico que trate de “usar” los objetos que encuentra en ese mundo para su beneficio. No se pretende que respete a esos objetos. Respetar a los otros, significa tener en cuenta las necesidades narcisistas de los otros. Todavía no está en condiciones de ello. Y hasta parece necesario, al principio de la vida, que se fortalezca su egoísmo, o sea, el narcisismo infantil, para que el desarrollo del sujeto sea “sano”, para que tenga deseo de vivir.

Otro problema será: ¿cuál es la ética grupal superyoica que deberá limitar a la ética individual primordial?
La ética primordial es natural, genéticamente dada, universal e igual en toda la especie. En cambio la ética grupal es un producto de la inteligencia humana que ha desarrollado infinitas culturas. Culturas que se han ido desarrollando a partir de las relaciones entre los seres humanos entre si y entre ellos y su contexto. Cada cultura contiene determinadas normas éticas a las que considera las más adecuadas. Son distintas transacciones dialécticas entre la ética primordial, que desea someter a gusto de su dueño a todo y a todos los demás; y la necesidad de convivir con ellos, que desean lo mismo.

Surgió entonces una legislación, una ética grupal superyoica, normas de convivencia, para que el grupo humano, imprescindible para la salud mental del sujeto humano, pueda subsistir. Había que prohibir el incesto, el homicidio y el canibalismo (con sus derivados). Lograr el respeto entre los miembros dentro del grupo de pertenencia era la intención.

Normalmente, la ética primordial, el deseo de usar a los demás a gusto y según el antojo del sujeto, queda reprimida en el Inconsciente. Pero no desaparece, sino, por el contrario, presiona constantemente, saboteando la convivencia grupal.
Stefan Zweig, escritor vienés nacido en 1881 en La curación por el espíritu incluye una biografía de Freud donde aquel describe a la vida psíquica como un iceberg “del que sólo una pequeña parte alcanza la superficie iluminada de la conciencia”. La ilustración del iceberg coincide dramáticamente con el poder del Inconsciente que sería la parte sumergida, la que marca el rumbo. Es la ética primordial, tan actuada como negada, racionalizada y proyectada en los otros, la que marca el rumbo de las relaciones humanas; la competencia narcisista en el grupo le debe su origen. ¿Quién es el más poderoso, el más importante, el más bueno, el más lindo, el más inteligente? La síntesis de la manifestación de la ética individual en el grupo es: ¿quién tiene más poder? Por lo tanto, ¿quién tiene más derechos? Los demás tendrán los deberes.

Si entramos a desmenuzar el ovillo de la ética grupal, nos encontramos con una intrincada selva. Un discurso, donde predominan la solidaridad y la justicia (que podemos llamar “Ética Grupal Sublimada”) por lo menos, para el grupo de pertenencia. Una hermosa fachada, producto del barniz social adquirido e internalizado con amarga resignación en la lejana infancia. Cubriendo una actitud individual y grupal que compite para obtener suficiente “poder” y dar rienda suelta a aquella criatura que escondimos en el Inconsciente, la que tanto en un sujeto adulto como en un grupo humano, exige la denominación de “Ética Perversa”, o, simplemente Perversión.

Mientras no se obtiene tal poder, ocultando los deseos perversos, los seres humanos solemos mostrar una emocionante capacidad de compartir con los vecinos (individuos y/o grupos), respetarlos y ser solidarios. Es el poder que anula al miedo, el que intoxica en forma maníaca al ser humano. El miedo pone freno a sus deseos ilimitados. Pero también el miedo obliga a someterse al poder grupal que puede llegar a ser mucho más cruel y dañino que el individual.
Si la ética grupal pretende defender los intereses del grupo humano frente al egoísmo individual, entra en contradicción consigo misma si defiende los intereses de algún grupo (o subgrupo) en particular porque de este modo lesiona los intereses de otros grupos. Entramos entonces en el campo de la ética perversa.

El “Yo” resulta subordinado a tres poderes:

El Deseo del Ello, de usar a todo y a todos, despreciándolos.
El mandato del Superyó, los valores internalizados que respetan a los otros.
Las tentaciones del mundo exterior, que cuestionan los valores internalizados.
Satisfacer a esos tres amos no es tarea fácil. Privilegiar a uno implica traicionar a los otros. Con su lógica consecuencia: el doloroso sentimiento de culpa. Sentimiento que puede ser insignificante o muy intenso. Culpa por transgredir una demanda de cualquiera de los tres:

Del Ello que no quiere soportar la subordinación que pretende imponer el Superyó.
Del Superyó subordinado a un mandato grupal (por ejemplo: guerra para defender a la patria).
Del mundo exterior: la tentación de robar, violar, lastimar, matar.
La culpa es un sentimiento que aparece luego, después del daño cometido. Es una forma que toma el miedo. Temor a un castigo merecido por transgredir la norma. Y puede ser tan intensa que “sacrifica” el recuerdo del placer sentido al cometer el daño.
Tener que “portarse bien”, sublimar, respetar, es un esfuerzo y como tal, frustrante. Esto eleva la tensión interna, lo que implica displacer. Displacer tolerable hasta un umbral determinado por la historia del sujeto. Es su tolerancia a la frustración. El reconocimiento es el premio ansiado y si se logra, convierte el displacer en placer, justificando el esfuerzo realizado.

II. El Sacrificio. El hombre primitivo hacía sacrificios para aplacar a los dioses. Aparecían fantasías culpógenas para interpretar desgracias, explicando que la ira de los dioses eran castigos (sequías, inundaciones, enfermedades, cataclismos, etc.).
¿De qué se sentía culpable? Infinitas pueden ser las posibles respuestas.
Por existir, por no saber, por no poder, por transgredir normas. La culpa podía incluir el haber transgredido normas conocidas que defendían una pacífica y amable convivencia.
Con el sacrificio se pretendía (y generalmente se lograba) anular todo sentimiento de culpa. Aún el haber realizado daños que deberían ser castigados.
Con el avance tecnológico esto ha cambiado. El sacrificio es simbólico. ¿Esto es así?

Haití y Chile. Hubo dos sismos intensos, con algunos tsunamis agregados. Y la humanidad se movilizó para ayudar en la reparación. Cabe la pregunta: ¿Por qué no se moviliza la humanidad para erradicar la pobreza de Haití y de todas las zonas donde la miseria humana luce la vergüenza de la especie?
¿A qué dioses estamos intentando aplacar al sacrificar a cada vez más seres inocentes?
¿Para eso se prohíbe el aborto?
¿Debo sentirme culpable por formular estas preguntas?


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*. Ética: sistematización del Bien y del Mal, de lo Justo y lo Injusto.
 
 
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