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   Colaboraciones exclusivas

La degradación del amor en tiempos de eclipse de la Ley
  Por Martín Uranga
   
 
“Ama, y haz lo que quieras”
San Agustín.

Hablar del amor nos lleva de manera indeclinable a la necesidad de situar el origen mismo de la subjetividad y la cultura. La cultura, y con ella la condición humana, se constituyen a partir de la renuncia pulsional por amor al padre. Así lo sitúa Freud en “Tótem y Tabú” cuando sostiene que el advenimiento de la vida social se hace posible si y sólo si a partir de la institución de la Ley que prescribe la renuncia pulsional a las mociones parricidas e incestuosas. La preservación del lugar del padre muerto será condición inalienable a partir del espacio Otro que inaugura, para la inscripción de una ética de la diferencia que consagre la diferencia entre el yo y el otro, la diferencia generacional, y la diferencia sexual, en un entramado simbólico que de cuenta de la castración. Será entonces a partir del reconocimiento de la otredad y de la diferencia ineliminable que ella implica, que podrá desplegarse la vida amorosa en cualquiera de sus posibilidades y acepciones. Por amor se erige la cultura. Y sólo el amor, en tanto lazo con el Otro que debe preservar cuidadosa y hospitalariamente su irreductible diferencia, permitirá metabolizar una y otra vez las apetencias tanáticas que desde la nada primordial amenazan los resortes mismos de la civilización. El amor al padre trocado en amor a la Ley, habilita como hito inaugural de la subjetividad, la peregrinación itinerante de la existencia signada por la aventura desiderativa que revierte la lógica anómica de las pulsiones en el discurrir libidinal del existente por el universo de los símbolos. Amor y estructura discursiva constituyen de este modo un enclave fundacional a partir del cual emergerá un sujeto deseante que podrá sostener su existencia sí y sólo sí a partir de la afirmación consecuente del principio del placer dialectizado por el principio de realidad que reconoce en la sumisión constituyente a la Ley el imperio de la castración.

Si el amor al padre muerto se erige como constitutivo de la emergencia de la Ley y la cultura, entonces es necesario pensar a partir de esta sumisión fundacional al orden simbólico las distintas modalidades amorosas a partir de las cuales el sujeto se relacionará con los otros. De este modo, los lazos fraternos, filiales, y sexuales, se derivan del reconocimiento del lugar del padre y portan en sí las marcas de este vínculo fundante. Hagamos un ligero repaso por la calidad y la estructura de la vida amorosa de nuestros tiempos para poder situar las condiciones actuales que signan el vínculo del sujeto con el universo simbólico. Si pensamos en los lazos fraternos, observamos el incremento de la rivalidad. Las luchas entre pares denotan un dato incontrastable de nuestra época. Se suceden enfrentamientos al interior de las naciones, las clases sociales y las generaciones. La proliferación de grupos sectarios de distinto tipo es una muestra de un modo de conformación narcisística de los agrupamientos humanos, que configuran identidades rígidas, estereotipadas y sin marca de diferencia entre unos y otros. En cuanto a los lazos filiales, nos encontramos con la tendencia empática y amistosa entre padres e hijos que no permite la inscripción de la diferencia generacional. Respecto a los vínculos sexuales, el no reconocimiento de la diferencia sexual inscripta simbólicamente a partir de la polaridad falo-castración, condice con la multiformidad de formas e identidades sexuales. Este polimorfismo denuncia en su misma variedad no sólo que “no hay relación sexual” en términos de complementariedad instintiva, sino sobre todo el hecho de que el mismo dato de la marca castratoria es denegado al no producirse la asunción simbólica de la posición sexuada. Es decir: aparecen distintas formas de la sexualidad no sólo porque no hay un modo relacional signado por el instinto, sino porque a su vez no se produce el reconocimiento simbólico que implicaría la afirmación, siempre deficitaria pero no por eso no definida, de la masculinidad y la feminidad humanas. La estructura en falta del objeto pulsional que habilita la proliferación de modalidades de goce no es asumida en términos éticos. Al no haber una asunción subjetiva de la falta y la diferencia, pareciera que todo es posible. Y sabemos bien que cuando todo es posible, nada en realidad lo es. La asunción de la masculinidad o de la feminidad que implicarían afirmación subjetiva con caída de goce y asunción ética de la castración, quedan de este modo desdibujadas en formas polimorfas que nos retrotraen a la perversión estructural anómica de la infancia.

De este modo, el rasgo común de las distintas formas de la vida amorosa contemporánea está dado por el borramiento de la inscripción del sistema de diferencias. Relaciones fraternas sectarias y violentas que desconocen la diferencia entre el yo y el Otro, relaciones filiales cómplices y empáticas que se desentienden de la diferencia generacional, y relaciones sexuales que parten de identidades insufladas de goce que desmienten la castración y la diferencia sexual, constituyen un panorama de situación que debe constreñirnos a pensar cuál es la modalidad de relación que estamos instituyendo, avalando, y promoviendo con el universo simbólico de la cultura. El colapso de la inscripción simbólica de la falta no puede sino remitir a la feroz represión de la categoría del padre muerto. Sólo el reconocimiento estructural del parricidio puede promover a partir de las pulsiones amorosas la institución de la Ley y la cultura, y entiendo que es justamente esta negación la que obtura la constitución de la alteridad como instancia normativa que circunscriba la castración. Pareciéramos estar en una vertiginosa carrera por ocupar el lugar del padre muerto para reinstituirlo en su dimensión de crueldad. Querer ocupar el lugar que debe permanecer vacío es equivalente a negar el parricidio. Intentar asumir el lugar del padre es la tarea a la que según Freud se abocaron los hermanos luego del asesinato, hasta que advirtieron que él único modo de cortar la cadena de repetición era instituir un pacto que reconociera el carácter éxtimo de la Ley y la falta. Ocluir la falta es negar el parricidio y con él las pulsiones amorosas que instituyen la Ley. De este modo, el amor que no adviene queda sustituído por la mera identificación cruel y despótica que hace condescender el deseo al campo del goce. La Ley no desprende a la existencia humana del apego narcisista, y el goce reina oscuramente relegando la castración a la dimensión de deshecho del cual hay que desembarazarse.

En este sentido, el malestar en nuestra cultura socava las bases mismas de la civilización. No se trata ya del malestar que es funcional al trabajo de la cultura y que se expresa en términos del retorno sintomático de las mociones pulsionales reprimidas, sino de la irrupción siniestra de aquello que debería quedar sofocado por amor a la Ley y que degrada la labor de Eros poniéndola al servicio de Tanatos. El universo simbólico queda diluido en la vacuidad de las imágenes, la Ley se torna en capricho, el deseo se subsume en el goce, los fantasmas se actúan, y la ética de la diferencia se transforma en moral hedonista. En este contexto, el amor en tanto predisposición activa al cuidado y preservación del Otro en su alteridad irreductible, se trastoca en apropiación gozosa que deniega su existencia inasimilable para convertirla en un objeto de consumo. La dialéctica de las recíprocas demandas de reconocimiento y afirmación desiderativa en torno del mediador fálico ceden su lugar a los afanes tanáticos que instituyen la consistencia de identidades fetichizadas. Las posiciones neuróticas que denuncian la dificultad de asumir la castración bajo la forma de la frustración y la queja, se transforman en sufrimiento mortífero padecido en acto sin mediación simbólica. De este modo, considero que la psicopatología de la vida amorosa en la contemporaneidad está signada por el cuestionamiento mismo del amor como modo de encuentro existencial entre los sujetos. La espera creyente en el don amoroso del Otro se transfigura en arrogancia autosuficiente que impone la hegemonía de lo Mismo (Levinas). Los pactos simbólicos no configuran el marco normativo del ejercicio de la libertad sino que en nombre de esa misma libertad son violentados y vulnerados. Los compromisos no son transgredidos o revocados sino que directamente no son asumidos. La culpa no constituye un punto de pasaje hacia el acto responsable y reparatorio sino que es considerada un lastre que coarta la “autorrealización”. Si pensamos en la dimensión erótica de los vínculos amorosos, vemos que la diferencia sexual es revocada, quedando la alteridad femenina subsumida en el goce viril. La caricia que recorre sin llegar a poseer el cuerpo del ser amado, es reemplazada por la totalitaria orgía pulsional de los golpes y el maltrato. El beso como expresión libidinal y simbólica es cercenado por la voracidad de relaciones canibalísticas y devoradoras que deserotizan el encuentro sensual entre los cuerpos en aras de una obscenidad que erige la voluptuosidad en amo supremo. La “no relación sexual” que produce el (des) encuentro erótico entre los amantes que se ofrendan mutuamente, es desestimada por la fetichización de la pretendida fusión genital. En definitiva: el acto sexual no se constituye en el encuentro privilegiado del eros con la ética a partir de la libidinización de la diferencia que constituye al sujeto en el registro del goce placentero afectado por la castración y la trascendencia, sino que se actúa como modo de afirmación del narcisismo que evita el encuentro traumático con el desvalimiento del Otro.

Hemos dejado de creer en la Ley como dato constituyente de la existencia y del encuentro posible con el Otro. Desmentimos el parricidio que inaugura la subjetividad y renunciamos de este modo a la castración, el amor y la responsabilidad, para sumergirnos renegatoriamente en un universo pulsional que resiste su negativización por parte de la palabra. Narciso ha provocado el eclipse de Edipo, la fascinación estática de la imagen ha sustituido la incierta errancia desiderativa. Entiendo que reposicionar al amor en el eje de la existencia es una de las tareas priomordiales de nuestros tiempos. Porque la dignidad del deseo se sostiene en el amor por la palabra. Y porque el apego al universo simbólico es lo que habilita al reconocimiento amoroso del Otro que promueve el arduo trabajo del eros en favor de la cultura. El sujeto despojado de su división constitutiva queda amenazado en su existencia por el fulgor irreverente de su propia idolatría, y sólo a partir de la firme convicción en la potencia libidinal del verbo podremos dar lugar al despliegue de una e(ro)tica civilizadora, que favorezca la dignidad del deseo trascendiendo éticamente la oscuridad innominada de los goces anómicos y parasitarios que indefectiblemente nos habitan.

Bibliografía
- Freud, Sigmund. Obras Completas. Madrid. Editorial Biblioteca Nueva. 1973.
- Milmaniene, José. La ética del sujeto. Buenos Aires. Editorial Biblos. 2008.
- Levinas, Emmanuel.De la existencia al existente. Madrid. Arena Libros. 2000.
 
 
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