Tiempo atrás salió en Argentina un libro, un pequeño libro, de un filósofo muy poco conocido entre nosotros, Vladimir Jankélévitch1, al que conviene leer por múltiples razones; una de ellas, que en otra oportunidad comentaré, es que introduce, por las vías menos habituales, una categoría que considero esencial para la determinación del sujeto, en el sentido en que entendemos esta expresión: presque-rien, es decir, “casi nada”, algo que ni es simplemente nada ni tampoco simplemente algo que es, algo que existe como un desvanecimiento en acto que está al borde de la desaparición y, no obstante, en el límite, subsiste. Ahora, vuelvo al libro que invito a leer.
Con diversa penetración y diversos tonos, la tradición humanista insiste en que aceptamos el dolor, la enfermedad, la muerte a condición de distraernos cotidianamente de ellos hasta que se nos vengan irremisiblemente encima, así que mientras tanto obramos y sentimos como si fuéramos a estar para siempre.
Pero la inversa puede llevarnos exactamente al mismo lugar: tener a la muerte permanentemente en la mira puede ser (y de hecho lo es) un modo de ignorarla, del mismo modo que la modernidad inventó una forma exitosa de defenderse de la sexualidad: convertirse en sexólogo, aficionado o profesional.
Este escollo (porque se trata en verdad de uno solo y el mismo) está presente en el horizonte de estas entrevistas de Vladimir Jankélévitch, que son cinco, y salieron publicadas originalmente en diversas revistas de Francia a propósito de un libro suyo titulado justamente La Muerte; recopiladas en francés bajo el título Penser la mort?, el título fue traicionado al traducírselo al castellano, literalmente pero sin interrogación: Pensar la muerte.
Con ironía le responde el filósofo a un periodista: “No pienso absolutamente nunca en la muerte. Y en caso de que usted pensara en ella, le recomiendo hacer como yo, escribir un libro sobre la muerte”.
Y en otro lugar, dice: “Uno puede preguntarse si hay una actitud en relación a la muerte”. La de Jankélévitch no es una posición precisamente naif ni la repetición del gesto de Demócrito, para quien si en tanto vivos no estamos muertos y si muertos ya no más vivos, entonces la muerte no es un verdadero problema. Efectivamente, diría Jankélévitch, no es un problema porque es un misterio, pero un misterio sin secreto, un misterio, diríamos, trivial: no hay nada oculto que revelar, y esto es, quizá, lo más terrible e insoportable: la muerte es irrepresentable, inarticulable; es una experiencia que nunca fue hecha, la primera y la última casi experiencia de una serie inexistente.
A la experiencia sustraída de la muerte le cabe la fórmula que Kierkegaard elaboró para dar cuenta de la repetición estética: lo único que se repite, dijo, es la imposibilidad de repetir.
“Por lo tanto, una actitud es inútil”. Corrijamos la expresión: no es exactamente inútil sino imposible de tomar. No hay nada ante lo cual situarse cuando referimos la muerte y nuestro lenguaje se descompone al meditar el alcance del “de” incrustado en la expresión “hablar de la muerte”; aunque, desde luego, hay mucho que decir de aquellas doctrinas, actividades, ideologías que disimulan la ausencia de ante lo cual levantando un profuso escenario cuyo prototipo es el culto católico a los muertos: “El católico es necrófilo, necromante, prefiere un cadáver a un ser vivo”.
Como Jankélévitch, judío, francés, partícipe de la Resistencia, rompió con Alemania a consecuencia del exterminio, y lo hizo a tal punto que un músico amado por él –Franz Liszt– aunque de origen húngaro, por tener un nombre de pila germano, mereció la transformación en “François”, no menciona el “ser-para-la-muerte” de Heidegger.
Sin embargo, el lector interesado no eludirá el cotejo; un cotejo que, por lo demás y básicamente, es interior al texto de Jankélévitch y no una mera preocupación adicional del lector. No cabe la menor duda de que los tonos, el estilo de ambos pensadores están en las antípodas; y si agregamos que a propósito de la muerte Heidegger emplea el fuerte vocablo Entschlossenheit (resolución) y hasta diferencia una actitud auténtica de otra inauténtica con respecto a ésta, pareciera que también hay antípodas en lo temático.
Sorpresas de las consonancias y de las disonancias intelectuales, de los múltiples entrecruzamientos del pensamiento: en un cierto y profundo nivel, no hay antagonismo entre ambos a pesar de que constituyen mundos diversos del espíritu y, sobre todo, de la ética, porque ellos recogen, contra las teleologías de la muerte, la lección que, desde siempre, supo transmitir la literatura, que la muerte carece de sentido. La “resolución” de Heidegger –“estado de resuelto” traduce Gaos– no es ninguna “resolución” en el sentido ordinario del vocablo; si la muerte carece de respecto, si es unbezüglich, carece de relación, de referencia, si cada uno es abruptamente separado por esta certeza irrebasable de la gregariedad y se topa con el silencio y la angustia, entonces la resolución, que no es decisión sino horizonte de decisión, que no es lo mismo, prepara al existente para que decida, para que decida crear un sentido allí donde no lo hay de antemano.
Esta concepción heideggeriana, infinitamente lejos de la muerte “dulce”, de la muerte “propia”, de la muerte “personal”, infinitamente lejos de los discursos edificantes que tantos heideggerianos construyen para velar la lección de Ser y tiempo, precisamente porque al mismo tiempo que separa al hombre de los vínculos gregarios precisa que nadie es el fundamento de sí mismo y así se constituye, ya en el origen, como deudor y culpable, digamos, también y esencialmente, responsable de lo que ha recibido, permite entender, cabalmente, ciertos desarrollos de Jankélévitch.
Por ejemplo éstos: “es la ausencia de sentido la que le da un sentido a la vida. … la muerte erige el sentido de la vida, ya que si debo morir y es la nada,…entonces no voy a ninguna parte. Luego, la ausencia del más allá hace desembocar mi vida en el vacío, en la nada; de donde se sigue que mi vida no se construye en ninguna dirección. Simplemente, ¿puedo pensar a mis hijos, a mi descendencia? Es la única esperanza que me queda”.
En su conmovedor Lo imprescriptible, Jankélévitch muestra otra faceta, esta vez retrospectiva, de la esperanza: la dirigida hacia los muertos. Es imposible que los crímenes del nazismo puedan prescribir, es imposible que puedan ser perdonados, porque la prescripción y el perdón traicionarían la voz de los muertos que no tienen otra voz que la mía; esos muertos que no se confunden con la fetichización del cadáver ya que conforman la cadena de los nombres repetidos, una y otra vez, nombres de los ancestros.
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1. Jankélévitch, Vladimir, Pensar la muerte, F.C.E., Buenos Aires, 2004. |