Si nos atenemos al diccionario, que define al equívoco como una expresión que puede entenderse en varios sentidos, entonces todo es equívoco: basta que introduzcamos los distintos contextos de una palabra. Pero si podemos separar puntualmente esos diversos sentidos, entonces nada es equívoco. No quiero equivocarme demorándome en fáciles paradojas; lo que quiero decir, es que la variedad de sentidos no es lo que distingue el equívoco del que hablamos en psicoanálisis –algo muy diverso a la simple confusión, claro está–, sino su extrema condensación en un punto donde ya no es posible enumerar la pérdida de sentido que nos lleva de aquí para allá, sin que podamos nunca terminar de cernirla.
La interpretación analítica y la escritura que merezca el nombre de tal, son ejemplos de equívoco en este sentido riguroso.
Lo propio del equívoco no consiste en que haya un lugar vacío, un lugar imposible de ocupar, porque ese es el lugar de la causa originaria. Este lugar es causa del equívoco, pero no se confunde con él. Lo propio suyo es que la condensación, mezcla de sentidos fragmentarios y desvanecientes, semejante, al menos en parte, a esos arabescos florales en los cuales las hojas y los frutos se superponen y entrelazan sin que se pueda determinar donde empieza y donde termina la figura1, no pueda deshacerse sin que se pierda el efecto propio del equívoco: interpelar al sujeto para que tome una decisión, interrogarlo para que descubra en ese fatal arabesco, en las volutas y en las expansiones, el sentido, en el doble alcance de la palabra, como algo que se experimenta en el cuerpo y como dirección2. La dirección del equívoco viene desde antes de nosotros y nos atraviesa rumbo a otro plano del discurso que podemos anticipar de modo sólo tentativo, aunque la tentación (en todos sus sentidos) sea precisa para que haya movimiento figurativo.
Podemos decirlo de otra manera: la demanda del Otro nunca es clara; compele, arrastra, nos solicita y, sin embargo, jamás es una orden. La orden es la declinación de la demanda, ya en trance de coagularse. Entre la interrogación que demanda y la respuesta, se interpone una interpretación sintomática del sujeto que así concluye la cadena dándole una resolución provisoria.
Llama la atención que la reducción del equívoco al equívoco vulgar haya llevado a muchos a postular una caricatura de acto que la resolvería: el equívoco vulgar es solidario de una pura y simple actuación (generalmente del analista), cuando no de un pasaje al acto3.
El acto de decisión, que se apoya en la razón insuficiente4 de la causación del sujeto, es el que resuelve el viejo problema semiológico de lo que Eco denominó “semiosis ilimitada”. En efecto, según el esquema tripartito de Pierce, un representamen mantiene una relación con su objeto que sólo un interpretante puede articular. Este interpretante configura, a su vez, un nuevo representamen en relación al objeto que reclama, una vez más, de la presencia del nuevo interpretante, y así ad infinitum.
Los escépticos griegos hace siglos habían formulado una objeción difícil de levantar: si una significación remite indefinidamente a otra así no hay una significación que concluya y por lo tanto es imposible significar nada. Podemos decir: la remisión al infinito es una remisión potencial y no actual. El valioso esquema tripartito de Pierce debe completarse con un elemento cuarto: el acto significante que establece una conclusión sin duda provisoria pero que deja su marca que perdurará reprimida, es decir, borrada. El momento de la inscripción contemporáneo al momento de la borradura puede equipararse al esquema temporal del tiempo lógico lacaniano: instante de la mirada, tiempo de comprender y momento de concluir.
La mirada remite a lo que no puedo ver y que se sitúa enigmáticamente; el tiempo de comprender, se reduce al tiempo de comprender que es preciso concluir precisamente porque hay una insuficiencia en la determinación significante y algo reclama el salto, otro de los nombres de la decisión5.
Más adelante retomaré este tema que requiere de un análisis problemático y cuidadoso.
Pero ahora quiero agregar un aspecto que es inherente a la trama del equívoco. Si algo caracteriza al significante más que su obvia linealidad, es la concurrencia de elementos simultáneamente presentes e implicados en una trama heterogénea, tan heterogénea como fragmentaria.
La semántica –esa semántica estándar que es la base de los diccionarios–, determina que los términos poseen significaciones primarias y constantes, y otras secundarias, variables, que dependen del contexto. Esta determinación posee su indudable utilidad, al punto que resulta muy difícil prescindir de ella, pero es una ficción engañosa. Semejante disposición, tan en apariencia obvia, es producto de una forma de racionalidad que, entre otros, ha cuestionado el movimiento de pensamiento inspirado por Wittgenstein6: las expresiones, ligadas a diversas situaciones7, hacen de tal ligamen una proyección orientada y a la vez diseminada, una constelación abierta de sentidos en incesante fluctuación que no permite su distribución en elementos constantes y variables. Esa estructura, a la vez continua y discontinua, se presta al vaciamiento a través de la experiencia de la escritura y del trabajo del análisis. Pero el vaciamiento está en relación compleja e insuprimible a un trasfondo (Background) discursivo tan inagotable como ingobernable.
A partir de de aquí deberíamos continuar interrogando esa posibilidad de prescindir del significado constante, independiente del contexto.
A ello habría que agregar lo que acertadamente se ha denominado “textura abierta” del discurso; es decir, el hecho de que una descripción, por más exhaustiva que se pretenda, jamás podrá completarse. La idea misma de definición completa es un puro contrasentido.8
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1. Tales arabescos, se dirá, son excesivamente compactos como para que dejen lugar a lo incompleto, a lo no saturado; no obstante la excesiva búsqueda de saturación denuncia a las claras que intentan cubrir lo que en definitiva es incubrible.
2. Como se ve, estamos obligados, siempre, a distinguir planos y niveles analíticamente – unívocamente –, diferenciables cada vez que nos movemos en este terreno: es el círculo inevitable del trabajo del discurso, que sólo podemos recorrer en espiral sin jamás desbordarlo. Pero por eso hay acto: el acto de la palabra siempre se nos adelanta y nosotros vamos a su zaga.
3. Es curioso que Lacan haya llamado “pasaje al acto” a algo que imposibilita el acto. La razón quizá radique en lo siguiente: todo acto debe pasar por un lugar donde puede fracasar; nada garantiza de antemano que no pueda el paso quedar sin paso, hundido en lo real.
4. En filosofía y en la lógica tradicional se habla del principio de razón suficiente: todo lo que es, dice este principio, tiene una razón suficiente para ser. Se advierte así por qué hablo de razón insuficiente; la causa causa, diría en una aparente tautología, pero no determina sino de manera parcial e inconsistente.
5. No se trata estrictamente hablando de libre arbitrio sino de la necesidad que me compulsa a obrar, pero lo hace de manera insuficiente y por ello no determina el curso de mi acción.. Es la condición del sujeto que no sólo es un punto de emisión sino también un punto de vacilación y por consiguiente desaparición.
Pero, no me engaño, esta noción, quizá el centro mismo de la renovación del discurso de Lacan, yace tras un manto de tinieblas producidas por la misma e inerte reproducción incesante de expresiones rituales o ritualizadas. En efecto, dije que no se trata de libre arbitrio, pero la palabra libertad, ¿es suprimible?
6.Me refiero al Wittgenstein de Investigaciones filosóficas y al Austin de Cómo hacer cosas con palabras.
7. Sin duda el significante como tal “asesina” la cosa. Según el clásico ejemplo de Lacan, la figurita que representa al elefante supone la ausencia del elefante. Sin embargo, la nihilización del referente no es un punto de partida sino uno de llegada.El símbolo se desprende de la cosa tras haber estado unido a ella y retorna a ella a través de una multiplicidad de usos que tienen como límite un vacío tan enigmático como insuperable. Precisamente: porque el lenguaje está unido esencialmente al mundo de la percepción, puede desprenderse ulteriormente de él. Lo he dicho muchas veces e insisto porque sobre el particular hay mucha confusión: el significante es una unidad de segundo grado que descompone al sentido en su totalidad, en ambas caras. No es un dato ni mucho menos el elemento de una combinatoria formal: es el producto de un proceso, no un dato estructural. En términos de computación: no es un input sino un output. La lingüística ha separado el lenguaje del mundo para hacer de él un objeto de estudio autónomo. Es precisamente un gesto necesario y al mismo tiempo cuestionable. Se trata, en definitiva, de un tránsito entre dos mundos diversos cuya conexión es problemática y a la vez necesaria: el de Wittgenstein (y el de Austin, es claro) y el de Lacan (pero asimismo el de Blanchot).
8. Véase el importante libro de François Recanati, El significado literal, Machado Libros, 2006, Madrid, especialmente los dos últimos capítulos. |