Voy a puntualizar brevemente los puntos clave de mi intervención oral.
No se puede hablar de Nombre del Padre sin acudir al trasfondo religioso, inevitable. Pero este vínculo no puede ser masivo. Lo que el inconsciente toma de la religión –y digo específicamente religión cristiana, con su procedencia del Antiguo Testamento–, es, antes que nada, la figura –en el sentido retórico, poético del término–, de un donador del nombre, de un transmisor de una herencia, el que está oscuramente ligado a un fondo de poder indespejable y que se manifiesta a la luz del día en Totem y Tabú. Este padre de la religión dúplice hay que tenerlo en cuenta, entre otras cosas, porque allí la marca del análisis intentará cernir una efectiva separación entre el donador y el fondo de poder arbitrario. No obstante, la función de la paternidad divina, en su Trinitarismo, que vincula al padre y al hijo a través del Espíritu Santo, censura el lugar materno como articulador de una relación, compleja y ajena a la armonía que predica la psicología, entre un padre que impone al hijo la prohibición de la madre, al tiempo que goza (o se supone, más bien, que lo hace) de la madre. Y además, es esta misma madre una pieza esencial que los teólogos de la paternidad siempre dejan de lado: es la madre la que transmite o bloquea el mensaje paterno. Pero aquí importa destacar, con respecto a la masividad, los tres niveles diferenciados: lo que pertenece a la religión por estructura, por síntoma, y por racionalización. Por estructura (por shîntome, en definitiva), la función de la escucha (Exaudi nos, Domine, el lugar del intermediario, también el lugar de la demanda que el Dios formula al hombre: “¿Dónde estás, Adán?”), pero hay que colocar en otro nivel el carácter sacrificial y de sacerdocio que se adjudica a Cristo. Del mismo modo, hay que distinguir el síntoma propiamente dicho, de las racionalizaciones, como las de aquel que no se analiza porque es católico militante, por ejemplo. El nombre es un lugar vacío, y los nombres concretos que ocupan ese lugar son excepcionales, suplementarios.
Así, podemos decir que la paternidad psicoanalítica es un pliegue entre la paternidad cristiana (o bíblica más en general) y la anamorfosis que le impone a esta la irrupción de la sexualidad, y lo que de ella retorna por la vía de la interpretación analítica.
En esta estructura es preciso articular las figuras protagónicas –el padre, el hijo, la madre–, con sus sombras o dobles arcaicos, que son, a no dudarlo, figuras míticas sin las cuales es imposible articular el inconsciente. Sin ellas el psicoanálisis se transforma en una terapia edificante, moralizante. Al padre le corresponde la sombra del padre terrible, fantasma que siempre opera en la clínica, como sabemos y que muestra las verdaderas dificultades en las que se encuentra el que transita su Edipo: el varón requiere del amor del padre, pero este amor puede someterlo pasivamente al fondo incestuoso de esta misma figura. La hija, por su parte, si bien según Freud retorna a la madre tras su decepción ante el padre, ¿no corre el riesgo de identificarse con esos restos de madre arcaica que persisten en cualquier madre ya falicizada y así quedar atrapada en el nivel pre-edípico?
Necesitamos de una serie de operaciones para situar mejor las cuestiones de la paternidad. Antes que nada, no hay que hacer del Nombre del Padre una clave de bóveda de la estructura; es más bien una función suplementaria y en un sentido riguroso, no vulgar de los términos, excepcional. Por lo demás si hacemos centro en lo peculiar del nombre como tal y en el carácter suplementario de las funciones de la paternidad, simultáneamente debemos colocar los términos de todo el arco conceptual en una posición mediana. ¿Qué se dice con estos términos? Que las funciones que describimos deben ser articuladas en un nivel entre-dos, que es el lugar del sujeto.
Entre-dos: El padre no tiene nombre; un padre sí lo tiene; y ese un padre es aquello que construye un sujeto como su padre. Pero lo construye sobre el fondo de una herencia, de una deuda simbólica. El horizonte concreto del psicoanálisis está constituido por la pregunta de un hijo acerca de su padre y la de un padre que no siendo para sí mismo padre –nadie es padre para sí–, al comunicarse con su hijo, repite la experiencia suya como hijo con respecto a su propio padre.
En el nombre y a través de él localizamos nuestro asunto: el nombre del padre no es un nombre propio, pero a través de él se articula el nombre propio del sujeto, que es una donación, en el sentido de que el enunciado del nombre debe poseer la fuerza de enunciación que inviste al sujeto con un nombre.
De su parte, el sujeto se nombra tal y como ha sido nombrado y en este nivel se manifiesta con toda intensidad la naturaleza del problema: el nombre expulsa lo que nombra y transforma toda aserción en una pregunta en la que se localiza el sitio por antonomasia de la identificación. Si Paul Ricoeur diferenció la declaración del padre de la declaración al padre, es preciso decir que la declaración del padre es segunda en relación a la declaración del padre que hace la madre apelando al padre, quiero decir, al padre como apariencia problemática de lo Uno. Pero si el sujeto que oficia de padre, al declarar no es, para nada Uno, porque es sujeto, la invocación que la madre hace al padre instaura a un padre supuesto, a un padre que es, antes que nada, una constelación simbólica de autorización y no ese que está-ahí.
Con todo, no hay aquí círculo vicioso: es que el padre que reconoce al hijo como su hijo no es el padre que invoca la madre: este desdoblamiento de la apariencia muestra a las claras que el reconocimiento del padre –siempre necesariamente equívoco–, presupone la invocación materna. Hacer centro en el nombre y en su eficacia es la mejor manera de evitar que el psicoanálisis se transforme en una suerte de apéndice de la rectificación psicológica familiar.
Lo que obstaculiza, más que nada, el análisis de las funciones paternas en la actualidad, es una confusión ideológica que ha ido ganando espacio entre los psicoanalistas. Se habla de la decadencia del padre con una liviandad arrasadora y se olvida algo esencial: el padre del que habla el psicoanálisis es ya y de entrada, en la misma época de Freud –la nuestra la culmina, no es algo distinto; la nuestra es una modernidad tardía, no una época distinta y contrapuesta–, un padre caído. La caída del padre inaugura la modernidad y ese padre que duda acerca de su función, que se ve amenazado por el avance femenino y por reclamos que lo agobian, es exactamente el padre del psicoanálisis. Es el padre que abre el espacio para una pregunta, cosa que no ocurría en otras épocas en las cuales la función estaba naturalizada. No hay padre sin duda y la duda interroga la herencia simbólica de una paternidad mítica, poderosa, ancestral. Así se crea una cadena asimétrica que constituye al padre como tal.
La observación de Philippe Julien en su libro El manto de Noé, acerca de qué responder por la paternidad en términos de ser, es una impostura; pero que un hijo, una hija pueden y deben responder a la pregunta verdadera ¿Qué quiere decir haber tenido un padre?, es sin duda decisiva.
Y sin embargo, la impostura es necesaria, aunque la respuesta sea siempre incierta, vacilante, desplazada, puesto que nadie es hijo de un discurso, en definitiva, porque hijo remite a un padre y la noción de discurso no cubre la de padre. Así, vemos que el lugar vacío más que vacío es inocupable: cualquier nombre, como los múltiples nombres de Dios (Adonais, Elohim, etc) es inadecuado, incómodo, en definitiva inhabitable. No hay al respecto soluciones “limpias”. La pregunta por el ser declina en qué significa haber tenido un padre, pero claro, no son tajantemente separables. Lo interesante de Julien es que nos lleva al lugar desde donde es posible interrogarnos: siempre un hijo habla, el padre por sí jamás lo hace, jamás habla, salvo desde el lugar desde donde habla un hijo como persona, como resonador, en el alcance étimo de la expresión.
Se dirá, en definitiva pasa lo mismo con una madre, pero no de la misma manera. En absoluto: una madre se desdobla sólo porque hay un padre que oficia de corte; cuando una madre habla sin padre, la voz loca e imperiosa de la madre no conoce desdoblamiento alguno. En el mismo sentido debemos decir que si bien es la madre la que deja pasar el mensaje del padre, un hijo debe, más tarde o más temprano, descubir a ese padre más allá de su madre.
Desplazamos el centro de atención hacia la posición mediana y en definitiva al extremo de un hijo que hijo de un discurso se interroga por el donador supuesto que ha estado o se supone haberlo estado, en su origen, para descubir, finalmente, que allí donde el origen se pierde, es posible comenzar a crear algo: un suplemento.
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* Este es el esquema de una intervención oral en la apertura de Versiones del Padre, Congreso interno 2009, de la Asociación Argentina de Psicoterapia para Graduados, 29 de octubre de 2009. |